El número olvidado, una luz en la oscuridad | RED/ACCIÓN

El número olvidado, una luz en la oscuridad

 Una iniciativa de Dircoms + RED/ACCION

Seguramente, cada vez que buscás informarte durante estos meses de pandemia, encontrás muchos números negativos. Hoy vamos a hablar una cifra que invita a la esperanza y a valorar aquello que logramos entre todos.

El número olvidado, una luz en la oscuridad

¡Hola! Seguramente cada vez que buscás informarte durante estos meses de pandemia encontrás muchos números negativos. Hoy vamos a hablar de una cifra que invita a la esperanza y a valorar aquello que logramos entre todos.


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De todas las cifras tremendas que escuchamos en este tiempo, de todos los números que tienen que ver con el coronavirus, hay uno en particular que tiene un profundo significado: 841.000. Son las personas (hasta fines de la última semana) a las que se les diagnosticó esta enfermedad y hoy están en su casa y recuperaron su vida normal. Juntas, llenarían diez de los más grandes estadios de fútbol. Por varios meses ellas recibieron el impacto de los síntomas, el golpe del diagnóstico, la incertidumbre… Pero ¿qué significa ese número?

Significa que de cada diez familias de nuestro país al menos una tuvo alguien con coronavirus que ahora está bien. Significa también otras miles y miles de personas —desde remiseros y remiseras a profesionales de limpieza o salud— que no durmieron, que atendieron, corrieron, se desesperaron, dejaron su tiempo y familia y se sacrificaron a sí mismos. Lo hicieron por esas 841.000 vidas humanas concretas que se salvaron, luego de pasar por todo lo que implica la pandemia: la enfermedad, la fiebre, la tos, los síntomas, la angustia, el miedo…

Hoy, muchos de los números que circulan esconden mensajes con violencia, huelen a una peste que crece, no se detiene y que a su paso lastima. Pero, en medio de eso, en nuestro país, cerca nuestro, hay vecinos, amigos, familiares… 841.000 personas que sufrieron el impacto del diagnóstico y fueron apoyados, tratados, mimados, abrazados, por decenas, miles de maravillosas y maravillosos trabajadores y trabajadoras.

En cada clínica y hospital, héroes y heroínas le dan sentido a esta cifra. Entre tantos blancos, negros y grises, aquí hay color, una luz, un orgullo. Somos nosotros también los que logramos como comunidad que 841.000 personas sigan entre nosotros luego de dar esta batalla.

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Cuatro preguntas a Fanny Kohon, directora de programas sociales de AMIA [Por David Flier].
La dirección de programas sociales de AMIA brinda asistencia y desarrolla proyectos en cinco áreas: Servicio social, Adultos mayores, Discapacidad, Voluntariado e Infancia.

—¿Cómo afectó la pandemia el trabajo qué hacían?
—Hasta marzo atendíamos en forma presencial a una población de alrededor de 3.000 personas en situación de pobreza y vulnerabilidad, a quienes brindábamos prestaciones económicas destinadas a alimentos, salud, educación y vivienda. Esa misma población vio una merma muy importante en sus ingresos y en el primer mes se triplicó la cantidad de personas que tuvimos que ayudar, porque se sumó un grupo perteneciente a sectores medios de familias con padres y madres de entre 35 y 55 años dedicados principalmente al turismo, la gastronomía y otras actividades del sector informal que se encontraban sin ingresos. Tuvimos que ayudar a la distancia, con atención virtual y transfiriendo ingresos económicos. En cuanto a las personas mayores, por ejemplo, también debimos adaptarnos, empleando voluntarios para que los llamaran, haciendo talleres virtuales y capacitando a esta población en el mundo digital. Y también entregando viandas para los adultos mayores que concurrían presencialmente a nuestro centro y comían allí antes de la pandemia.

—¿Qué herramientas fueron clave para ustedes en este contexto?
—Fue muy importante trabajar en forma coordinada con otras organizaciones de la sociedad civil, en nuestro caso, especialmente con otras organizaciones judías del país. Pero también con el Estado: siempre remarcamos que más allá de la ayuda que damos, nuestra principal tarea es orientar a las personas para que accedan a las prestaciones que les ofrece el Estado, que vela por sus derechos. Y también fue muy importante la gran cantidad de personas que se acercaron como voluntarios para ayudar en este tiempo.

—A propósito, ¿cómo viste la respuesta solidaria en este tiempo?
—A pesar del padecimiento de la situación de cada uno, se han abierto las voluntades para acompañar. Nuestros voluntarios pasaron de alrededor de 100 a unos 200, además de algunos que se suman para eventos puntuales, ofreciendo su tiempo o donaciones.

—¿Cuáles son los principales desafíos que ves para la pospandemia?
—Una de las enseñanzas que nos deja la pandemia es la necesidad de proveer de mayores dispositivos y mayor conectividad. Sobre todo, en la población adulta mayor, a la que es importante acompañar. Y principalmente, teniendo en cuenta la situación social, el desafío va a ser seguir generando acciones que promuevan mayor equidad e inclusión.

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Incluso en las circunstancias más adversas pueden cumplirse sueños. Lo tienen muy claro Leonardo, Víctor Hugo, Clemente, Nicólas. Ellos son de Uruguay, Paraguay, Venezuela y Argentina respectivamente. Al comenzar la pandemia, los cuatro vivían en la calle. Se conocieron en un parador de emergencia instalado por el gobierno porteño en Parque Roca y pronto se dieron cuenta de que tenían en común mucho más que su dura realidad económica: los unía el amor por la música.

Junto con Verónica, una de las coordinadoras del parador, formaron el grupo Los Guerreros y grabaron una canción compuesta por Leonardo: “Hombre de la Calle”. En su letra reflexionan sobre la confianza en Dios pese a las dificultades de vivir en la calle. Esta es su primera estrofa y estribillo:

No importa, si el lugar es diferente, si lo habita otra gente, tu creencia o religión,
No importa lo que hiciste en el pasado, si sos bien o sos adicto a droga, tabaco, alcohol.
No importa, eso a Dios no le interesa, el admira la pureza, que hay en cada corazón.
Por eso, hoy elevo mi garganta, soy un hombre de la calle que hace escuchar su voz.

Frío, lluvia sed y mucha hambre,
una plaza es nuestro techo y la cama algún cartón.

Vale la pena leer la nota del amigo Joaquín Sánchez Mariño en Infobae y escuchar la canción.

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Foto: UNR.

Si algo nos enseñó la pandemia es a ponernos en el lugar del otro. Inspirados en esta idea, en la Universidad Nacional de Rosario decidieron implementar un programa para ayudar a quienes ingresan al mundo universitario: Codo a Codo.

“Después de un año tan complejo, queremos que cada ingresante 2021 tenga a su lado a estudiantes de su misma carrera para que lo acompañen en el tránsito hacia la vida universitaria", explicó durante su presentación el Rector Franco Bartolacci.

Desde el año próximo, cada ingresante (desde el mismo inicio de los trámites de preinscripción y durante los primeros meses de cursada) podrá contar con un acompañante: un alumno o alumna de su misma carrera, quien recibirá capacitación previa y un estímulo mensual por seis meses, y lo ayudará a adaptarse a su nuevo mundo y su nueva etapa.

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Foto: Facebook Jardín Maternal Caramelitos.

Hace 21 años que Mariela abrió en Villa Carlos Paz el Jardín Maternal Caramelitos. Cuando comenzó la cuarentena debió cerrarlo. Pero nunca se desconectó de su vocación por los chicos y chicas. Al punto que, pensando en su salud emocional —y sin descuidar las medidas preventivas— creó una idea para que puedan divertirse y aprender a la vez.

La iniciativa fue consensuada con los padres y madres: un taller recreativo sobre ruedas o, como lo llama ella, un "Jardín en bicicleta". En grupos de a seis, y según la edad, los niños y niñas salen en sus bicis y recorren Costanera. A la orilla del lago pintan, aprenden de la naturaleza, comen algo o practican yoga o meditación, según contó Mariela en una nota al canal televisivo Doce.

Un aplauso por la vocación docente y el interés por los niños y niñas. 👏👏👏

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Juan.

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