El señor Kim está vivo y está en Argentina, pero en Corea del Norte su familia no lo sabe

Por Javier Sinay
18 de julio de 2018

Nació en Pyongyang, luchó en la Guerra de Corea y en 1957 llegó a nuestro país con otros 11 prisioneros. Su historia está íntimamente ligada al apretón de manos de Kim Jong-un y Donald Trump. Ayudanos a encontrar a sus compañeros.

* * *

En algún momento del año 1950, quizás en agosto o en septiembre, un muchacho de 20 años llamado Kim Kwan Ok marchó al frente de batalla en el río Nakdong, justo en el extremo sur de Corea: hasta hacía unos días, este chico estaba trabajando en un tribunal, ayudando con el papeleo y las cosas más sencillas, ganando algo de dinero para darle de comer a su familia. Su padre había muerto, y su madre y sus tres hermanos menores dependían de él.

Kim Kwan Ok no sabía hacer la venia ni disparar un arma, pero había sido reclutado a la fuerza por el gobierno comunista de la región norte de Corea y había sido asignado a una batería antiaérea compuesta por algunos adolescentes que manejaban un cañón soviético: la Guerra de Corea acaba de comenzar y mantendría en vilo al mundo en los tres años siguientes, y aún más. Sus consecuencias continúan hasta hoy.

“Ese día en el río Nakdong muchos murieron, yo tuve suerte”, dice Kim Kwan Ok, que está a punto de cumplir 89 años. “Yo vi todo eso. Dios me salvó. Un montón murieron, algunos quedaron sin piernas, otros sin brazos. Feo, muy feo. Yo tuve suerte”.

Soldados preparándose para una de las batallas del río Nakdong. Foto: Wikimedia.
Soldados preparándose para una de las batallas del río Nakdong. Foto: Wikimedia.

El señor Kim vive en Buenos Aires. Nació en 1929 en Pyongyang, esa ciudad que hoy es la capital de Corea del Norte, un país que en la prensa anglosajona suele aparecer como el “reino ermitaño” porque es el más cerrado del mundo y escapar es casi imposible. También es una dictadura comunista embarcada en una carrera nuclear que ahora mismo, luego de que su líder Kim Jong-un estrechó la mano del Presidente Donald Trump, parece haberse desacelerado.

El señor Kim toma un café en un restaurante de la Avenida Independencia. Habla español con acento oriental y lo mezcla con sonrisas frecuentes. Sus ojos rasgados se han hecho pequeños con la edad y mientras conversa se pierden en los recuerdos de Corea: sus quince días en la guerra, los aviones norteamericanos en el cielo, su improvisado uniforme marrón, los soldados que de noche gritaban “¡mamá!”, el miedo y la confusión. El señor Kim ya no sabe nada sobre sus tres hermanos, que quedaron en Pyongyang. Así son las historias de la Guerra de Corea.

Kim Kwan Ok nació en Pyongyang en 1929. Foto: JS

La contienda comenzó en 1950, cuando los comunistas encabezados por Kim Il-sung (el abuelo del actual gobernante norcoreano) marcharon al sur con la ayuda de los chinos y llegaron hasta el río Nakdong. Estaban a punto de tomar toda la península cuando una coalición de 16 países encabezada por Estados Unidos entró para expulsarlos. Luego de tres años de combate, la situación quedó empatada y se firmó un cese de fuego. Pero no la paz: técnicamente, las dos Coreas siguen en guerra hasta hoy.

Kim Il-sung, líder norcoreano, firmando el armisticio en 1953. Foto: Wikimedia.
Kim Il-sung, líder norcoreano, firmando el armisticio en 1953. Foto: Wikimedia.

“Cuando los norteamericanos entraron, a nosotros nos ordenaron volver al Norte”, sigue el señor Kim. Él, que no era comunista ni militar, no quería seguir combatiendo. “Íbamos por senderos de montaña. Éramos un grupo dirigido por un oficial. En un momento, de noche, varios nos escapamos: teníamos miedo de lo que nos podía pasar si nos descubrían, pero igual lo hicimos”.

El señor Kim actúa algunos gestos cuando no encuentra las palabras. Ahora hace como que apunta un rifle, ahora como que levanta las manos: en un lugar de la provincia de Chungcheong del Norte, una patrulla surcoreana encontró a los desertores y los capturó.

“Y ya quedé prisionero”, sigue. “Prisionero de Corea del Sur. Me mandaron a un campo de prisioneros en Busan. Todos éramos del Norte y chinos: todos juntos, 7.000. Mitad chinos, mitad coreanos”. Era el campo de Geoje-do.

- ¿Cuánto tiempo estuvo ahí?
- Tres años y medio.

- ¿Cómo era la vida en ese campo?
- ¡Feo, feo! Adentro de ese campo... ¡mataban a la gente! Mataban a la gente que no conocían y no pasaba nada. No había ley.

"Quedé prisionero de Corea del Sur. Me mandaron a un campo en Busan. Todos éramos del Norte y chinos: todos juntos, 7.000. Mitad chinos, mitad coreanos"

- Kim Kwan Ok -

Prisioneros chinos y norcoreanos en un campo cerca de Busan, en abril de 1951. Foto: Gahn, State Dept.  (USIA)/ Wikimedia.

Conocemos la historia del señor Kim gracias a Lee Kyo Bum, otro inmigrante como él, que la escribió en La inmigración coreana en Argentina, un libro publicado por la editorial Sunyoungsa en Seúl, en 1990. Allí se cuenta la odisea, hoy casi olvidada, de los doce prisioneros norcoreanos que llegaron a Argentina luego de la guerra.

Cuando acabó el conflicto, en el campo de Geoje-do les dieron a elegir a los prisioneros: podían volver a Corea del Norte, podían quedarse en Corea del Sur o podían emigrar, con la ayuda de Naciones Unidas, a un país neutral.

El señor Kim pensó que no podía regresar al Norte, de cuyo ejército había escapado: “Me matan, seguro”. Pero en el Sur no tenía dinero, ni propiedades, ni parientes. Su vida cambió totalmente.

La repatriación de los prisioneros fue uno de los puntos más delicados en el armisticio que firmaron las dos Coreas en 1953. La Comisión de Repatriación de Naciones Neutrales, con India a la cabeza, supervisó el regreso de 83.000 norcoreanos hacia el Norte y el asentamiento de otros 22.000 en el Sur. Una minoría de 88, compuesta por 76 norcoreanos y 12 chinos, prefirió emigrar. Muchos quisieron ir a Estados Unidos, pero como no era un país neutral, no pudieron. Pidieron por México, para viajar luego hacia el norte. Pero México no abrió sus puertas.

En cambio, Argentina y Brasil sí lo hicieron.

El primer contingente de prisioneros norcoreanos se embarca hacia Argentina, en 1955. Foto: Asociación de Coreanos en Argentina.
El primer contingente de prisioneros norcoreanos se embarca hacia Argentina, en 1955. Foto: Asociación de Coreanos en Argentina.

El 9 de febrero de 1954, estos prisioneros dejaron Corea en un barco rumbo a su primera parada: Madras (ahora Chennai), en la India. Desde allí, luego de tres años en otro campo (aunque menos restrictivo), serían trasladados a Sudamérica.

El señor Kim examina la lista de los doce prisioneros que eligieron venir a Argentina, entre los que él se cuenta.

  • Lim Ik Kan: “Está vivo. Tiene una hija que vive en Canadá”.
  • Han Yong Mo: “Se fue a Norteamérica”.
  • Park Chang Kun: “Está en Norteamérica. Vive”.
  • Park Sang Shin: “No sé a dónde está”.
  • Hong Il Sob: “Está en Corea. No sé cómo andará”.
  • Jang Ki Doo: “No sé a dónde está”.
  • Jung Jung Hee: “No sé a dónde está”.
  • Kim Kwan Ok: “Yo”.
  • Jung Choo Won: “Falleció. Fue capitán de barco”.
  • Cho Chol Hee: “Se fue a Norteamérica. Murió”.
  • Son Jae Ha: “Vivía acá, pero ya murió. Dejó dos hijas”.
  • Lee Cho Kyun: “No sé a dónde está”.
La lista de los 12 prisioneros coreanos. Foto: Asosiación de Coreanos en Argentina.
La lista de los 12 prisioneros coreanos. Foto: Asosiación de Coreanos en Argentina.

Cuando llegó a Argentina, al señor Kim le costó conseguir un empleo. Pero encontró una tintorería japonesa de casualidad, “en Viamonte 366”, y allí trabajó durante un año. Luego ingresó al laboratorio de revelado de Otto Hess, una compañía de óptica, con sección de fotografía. Más tarde consiguió un puesto como fotógrafo de sociales en La Boca y Barracas. “Yo tenía una cámara Konica”, dice. “Famosa máquina no podía comprarme, no tenía plata”. Con los años, llegó a ser también martillero público y a trabajar en el campo y en un supermercado.

Kim Kwan Ok fue fotógrafo y martillero público, entre otras cosas. Foto: JS

Y mientras tanto se casó, tuvo un hijo, fundó la Asociación Coreana y se convirtió en su primer presidente: el señor Kim consiguió la radicación de 2.000 coreanos y por eso fue invitado después a Seúl, adonde el gobierno surcoreano lo condecoró. Luego viajó dos veces más, también invitado.

Con los años, el señor Kim se convirtió en un respetado personaje de la comunidad coreana: uno de sus patriarcas.

Sólo le falta cumplir una misión en la vida: reencontrarse con su familia. “En esta situación, no sé si ocurrirá”, dice, con un poco de melancolía. “Estoy esperando, pero ¿cuánto tiempo? Va a haber que esperar cien años, por lo menos. Toda la vida. Qué triste, es muy triste”. Hasta el día de hoy sigue soñando, a veces, con su madre. Ella se llamaba Hang Su-ok.

- ¿Quiere volver a Corea del Norte?
- Cuando esté bien, volveré. Cuando no haya comunistas, entonces sí, iré en seguida. Antes no. ¡Si voy, me matan! Totalmente, no, en contra.

- ¿Intuye que sus hermanos están vivos?
- Yo creo que sí. Alguno seguro murió, pero son tres.

- ¿Será que sus hermanos creerán que usted murió en la guerra?
- ¡Claro, claro! Les mandé cartas varias veces. Nunca me contestaron. El gobierno comunista no permite que lleguen las cartas. Para ellos, yo no existo más. Pero estuve acá todos estos años.

Epílogo

La Guerra de Corea es un problema en tiempo presente: las familias divididas, como la del señor Kim, se han repartido a lo largo del mundo. Y mientras no puedan recuperar contacto, el crimen de su partición continúa vivo.

Contar la historia completa de los doce prisioneros coreanos que llegaron a Argentina en 1956 y en 1957 nos permitirá comprender mejor de qué se trata el conflicto que protagoniza Kim Jong-un, que nos puede parecer extraño o lejano, pero que en realidad está mucho más cerca de lo que creemos.

Ayudanos a encontrar a los otros 11 inmigrantes coreanos, aquellos hombres que cambiaron su destino de prisioneros y que en Argentina se convirtieron en pioneros de una comunidad esforzada y pujante.

Si sabés algo de ellos o de sus descendientes, por favor escribinos a javiersinay@redaccion.com.ar

Queremos saber más.

English version of this article

Mr. Kim is alive and is in Argentina, but in North Korea his family doesn’t know it

He was born in Pyongyang, he fought in the Korean War and in 1957 he came to Argentina with 11 other prisoners. His story is intimately linked to the handshake of Kim Jong-un and Donald Trump. Help us find his relatives.

Sometime in the year 1950, perhaps in August or September, a 20-year-old boy named Kim Kwan Ok marched to the front in the Nakdong River, just at the southern tip of Korea: until a few days ago, this same boy was working in a courtroom, helping with paperwork and the simplest things, earning little money to feed his family. His father had died, and his mother and three younger brothers relied on him.

Kim Kwan Ok did not know how to make a pass  or fire a weapon, but he had been forcibly recruited by the communist government of North Korea and had been assigned to an anti-aircraft battery composed of a group of teenagers who were driving a Soviet cannon: the Korean War has just started and would keep the world in suspense for the next three years—  and even longer. Its consequences continue to this day.

“That day in the Nakdong River many died, I was lucky,” says Kim Kwan Ok, who is about to turn 89 years old. “I saw it all. God saved me. Many died, some were left without legs, others without arms. It was ugly, very ugly. I was lucky”.

Mr. Kim lives in Buenos Aires. He was born in 1929 in Pyongyang, a city that today is the capital of North Korea, a country that usually appears in the Anglo-Saxon press as the “Hermit Kingdom” because it is the most isolated/isolated/shut-off in the world and escaping is almost impossible. It is also a communist dictatorship embarked on a nuclear race that right now, after its leader Kim Jong-un shook hands with President Donald Trump, seems to have slowed down.

Mr. Kim drinks coffee at a restaurant on Avenida Independencia. He speaks Spanish with Oriental accent and mixes it with frequent smiles. His slanted eyes have become smaller with age and while conversing they get lost in the memories of Korea: his fifteen days in the war, the American planes in the sky, his improvised brown uniform, the soldiers who screamed at night in their dreams “Mom!", the fear and confusion. Mr. Kim does not know anything about his three brothers, who stayed in Pyongyang. Such are the stories of the Korean War.

The war began in 1950, when the communists led by Kim Il-sung (the grandfather of the current North Korean leader) marched south with the help of the Chinese and reached the Nakdong River. They were about to take the entire peninsula when a coalition of 16 countries led by the United States entered to expel them. After three years of fighting, the situation was tied and a ceasefire was signed. But not peace: technically, the two Koreas are still at war until today.

"When the Americans entered, they ordered us to return to the North," Mr. Kim continues. He, who was not a communist nor a military man, did not want to continue fighting. "We were walking through mountain trails. We were a group led by an officer. At a moment, at night, several of us escaped: we were afraid of what could happen to us if they discovered us, but we did it anyway."

Mr. Kim  uses gestures when he can’t find the words he is looking for in Spanish. Now he's aiming a rifle, now he’s raising his hands: somewhere in the province of Chungcheong North, a South Korean patrol found the deserters and captured them.

"And I became a prisoner," he continues. "Prisoner of South Korea. They sent me to a prison camp in Busan. We were all from the North and China: all together, 7,000. Half Chinese, half Korean." It was the Geoje-do prisoners war camp.

How long were you there?
Three and a half years.

What was life like in that camp?
Ugly, ugly! Inside that camp... they killed people! They killed people they did not know and nothing happened. There was no law.

We know the story of Mr. Kim thanks to Lee Kyo Bum, another immigrant like him, who wrote about Korean immigration in Argentina, and published a book with the Sunyoungsa publishing house in Seoul, in 1990. The book tells the odyssey, almost forgotten today, of the twelve North Korean prisoners who arrived in Argentina after the war.

When the conflict ended, in the camp of Geoje-do the prisoners were given the choice to return to North Korea, stay in South Korea or emigrate, with the help of the United Nations, to a neutral country.

Mr. Kim thought he could not return to the North, from whose army he had escaped: "They would have kill me, for sure." But in the South he had no money, no property, no relatives. His life had changed completely.

The repatriation of the prisoners was one of the most delicate points in the armistice signed by the two Koreas in 1953. The Neutral Nations Repatriation Commission, headed by India, oversaw the return of 83,000 North Koreans to the North and the resettlement of another 22,000 in the South. A minority of 88, composed of 76 North Koreans and 12 Chinese, preferred to emigrate. Many wanted to go to the United States, but since it was not a neutral country, they could not. They asked for Mexico, to travel later to the north. But Mexico did not open its doors.

On the other hand, Argentina and Brazil did.

On February 9, 1954, these prisoners left Korea on a ship for their first stop: Madras (now Chennai), in India. From there, after three years in another camp (although less restrictive), they would be transferred to South America.

Mr. Kim examines the list of the twelve prisoners who chose to come to Argentina, among whom he finds himself.

Lim Ik Kan: "He's alive. He has a daughter who lives in Canada. "

Han Yong Mo: "He went to North America."

Park Chang Kun: "He is in North America. He lives".

Park Sang Shin: "I do not know where he is".

Hong Il Sob: "He's in Korea. I do not know if he is fine. "

Jang Ki Doo: "I do not know where he is".

Jung Jung Hee: "I do not know where he is".

Kim Kwan Ok: "Me."

Jung Choo Won: "He passed away. He was a ship captain. "

Cho Chol Hee: "He went to North America. He died".

Son Jae Ha: "He lived here, but he died. He has two daughters. "

Lee Cho Kyun: "I do not know where he is".

When he arrived in Argentina, Mr. Kim had a hard time getting a job. But he found a Japanese dry cleaners by chance, "in Viamonte Street, number 366", and he worked there for one year. Then he entered the laboratory of Otto Hess, an optics company with a photography section. Later he got a position as party photographer in La Boca and Barracas neighbourhoods. "I had a Konica camera," he says. "I couldn’t buy a famous machine: I did not have money." Over the years, he also became a public auctioneer and worked in the fields and in a supermarket.

In the meantime he got married, had a son, founded the Argentine-Korean Association and became its first president: Mr. Kim facilitated the resettlement of 2,000 Koreans and was invited later to Seoul, where the South Korean government condecorated him. He then traveled there twice more, also invited.

Over the years, Mr. Kim became a respected man of the Korean community in Argentina: one of his patriarchs.

He only needs to fulfill a mission in his life: to reunite with his family. "In this situation, I do not know if it will happen," he says, with a bit of melancholy. "I'm waiting, but how long? I will have to wait a hundred years, at least. A lifetime. How sad, it's very sad." To this day he continues to dream, sometimes, with his mother. Her name was Hang Su-ok.

Do you want to go back to North Korea?
When it's free, I'll go back. When there are no communists, then yes, I will go at once. Not before. If I go, they kill me! Totally, no, won’t go.

Do you think your brothers are alive?
I think so. Some of them probably have died, but they are three.

Do you think your brothers believe that you died in the war?
Of course, of course! I sent them letters several times. They never answered. The communist government does not allow letters to arrive. For them, I do not exist anymore. But I was here all these years.

Epilogue

The Korean War is a problem in the present time: divided families, like Mr. Kim's, have been distributed throughout the world. And while they can not recover contact, the crime of their partition is still alive.

Telling the full story of the twelve Korean prisoners who arrived in Argentina in 1956 and 1957 will allow us to better understand how the conflict of Kim Jong-un, which may seem strange or distant, is much closer to us than we believe.

Help us find the other 11 Korean immigrants, those men who changed their destiny as prisoners and who in Argentina became pioneers of a strong and struggling Korean community.

If you know something about them or their descendants, please write to javiersinay@redaccion.com.ar

We want to know more.