La elefanta Mara y una historia que enseña | RED/ACCIÓN

Aprender a soltar: qué nos deja el viaje de Mara, la elefanta india a la que le llevó más de 50 años conocer la libertad

 Una iniciativa de Dircoms + RED/ACCION

Nacida en la década del 60, pasó por zoológicos y circos, por Sudamérica y Europa, y residió hasta el 2020 en el Ecoparque de la Ciudad de Buenos Aires, cuando, en plena pandemia, fue trasladada a un santuario de elefantas en Brasil. Su historia refleja la evolución del trato de los seres humanos hacia los animales. Quienes la cuidaron durante sus últimos años en la capital argentina cuentan de la profunda huella que Mara les dejó.

Una imagen en el centro de la elefanta Mara, con fotos que aluden a su historia en los costados.

Intervención: Julieta de la Cal.

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Desde hace algunos años está de moda usar el verbo soltar como sinónimo de dejar ir. Dejar ir aquello que no nos hace bien: una relación, un lugar, un recuerdo. Y a veces soltar lo que amamos porque es lo que hay que hacer, lo que el otro necesita: dejar ir al hijo que abandona el nido, ubicar a una mascota en un entorno más apropiado, devolver a un animal a su hábitat natural.

Llevó aproximadamente 55 años (nadie sabe la fecha exacta de nacimiento) soltar a Mara. Entender, por fin, que esta elefanta nacida en la India en la década del 60 y que hasta el 2020 residía en el actual Ecoparque (antes zoológico) de Buenos Aires merecía, por fin, vivir en la naturaleza junto a otros elefantes de su especie. 

Soltar a Mara para dejarla ser elefanta.

Solo hay una cosa que Mara ya nunca va a conocer: la libertad de no estar bajo el cuidado de seres humanos. Porque lo que le reste de vida, Mara lo pasará en libertad controlada, en el Santuario de Elefantes Brasil en Chapada dos Guimarães, estado de Mato Grosso, dirigido por Scott Blais

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La de Mara es una gran historia porque también fue un gran viaje. 

Comienza en la India, en donde nace en un campamento de trabajadores y, cinco años después, es comprada por el zoológico alemán Tierpark Hagenbeck, un sitio que se creó para exhibir y vender animales exóticos, que exhibió a personas de tribus indígenas nubias, inuit, maasai y cingalesas en 1875 y que, en 1937, construyó el "recinto de elefantes más moderno del mundo". Hagenbecks también era proveedor del zoológico de Buenos Aires. Pero todavía falta para que llegue Mara a Argentina. No la van a soltar tan fácil.

A fines de los 60 la familia Tejedor, dueña de varios circos, le compra al zoológico alemán tres elefantes: Bambi, Merry y Mara. Un nuevo y largo viaje para Mara, que llegará a Buenos Aires en mayo de 1970 para recalar en el circo África, luego Sudamericano, de Uruguay.

A Mara le enseña su rutina de ocho minutos un capitán alemán, Hans Ruoff, que en un circo colombiano ofrecía el espectáculo "Capitán Hans Ruoff y sus vertiginosos elefantes futbolistas".   

Dicen que Mara era muy querida y cuidada, también una gran inversión para el circo. Dormía en un lugar calefaccionado, pastaba en las plazas de los pueblos que visitaba, ayudaba a levantar la carpa del circo.

La elefanta Mara, durante sus años en Buenos Aires. Foto: Télam.

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En 1980 Mara es comprada por el circo argentino Rodas. Tres funciones diarias, 100 artistas en escena, giras de verano, Mara baila rumba.

Un día a Mara la visita su antiguo entrenador, Hans Ruoff y algo pasa, accidente o no: luego de revisarle las patas, la elefante lo golpea en la cabeza. Ruoff ya no se recupera y muere. 

Mara pasará quince años en el circo, hasta que el sitio quiebra y las fuerzas que deben hacer cumplir el decomiso judicial, junto a autoridades del entonces zoológico, la van a buscar al parque en el que vive, como una desempleada más, junto a los artistas que se quedaron sin trabajo. 

Próxima parada, octubre de 1995: el templo hindú de elefantes del Zoológico de la Ciudad de Buenos Aires, diseñado en 1904 por el arquitecto italiano Virgilio Cestari.

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Hasta hace pocos años existía la idea de que todas las personas tenían el derecho de conocer todos los animales. Incluso aquellos animales que son naturales de otro continente.

Es necesario analizar las costumbres de cada época según su contexto. En 1857 levantar un zoológico en el parque Tres de Febrero fue considerado un logro para la ciudad. Bajo la dirección del médico y naturista Eduardo Ladislao Holmberg el zoo, que en 1888 se mudó a su ubicación actual en la zona de Plaza Italia, se creó con la premisa de ser un paseo familiar y un laboratorio dedicado al estudio, experimentación y observación de las especies.

Los primeros elefantes asiáticos, Siam y Neán, llegaron en 1889. Desde entonces el templo hindú estuvo siempre ocupado.

Allí, por primera vez en el mundo, una hembra dio a luz en cautiverio. Phúa Victoria Porteña nació el 23 de febrero de 1905. Allí los niños podían pasear sobre los lomos de los elefantes. Allí llegaron Canga y Congo en 1936. Allí fue fusilado por la policía el macho Dalia en 1943, cuando se lanzó sobre los barrotes de su jaula y los guardias no pudieron controlarlo. Allí siguen viviendo Kuki y Puki, dos elefantas africanas, hijas de una hembra sacrificada en una matanza en el Parque Nacional Kruger, de Sudáfrica. Allí llegó Mara, después de bailar rumba.

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Marcos Flores, 24 años, estudiante de la Tecnicatura en Conservación de la Biodiversidad, fue uno de los cuidadores de Mara los últimos cinco años y esto es lo que cuenta: "El hecho de que un elefante crezca sin manada es terrible. En la manada, dirigida por matriarcas, es donde aprenden todo sobre ellos, a ser elefantes básicamente. Y si bien después pueden llegar a relacionarse con cualquier otra especie animal (incluidas personas), hay muchos conocimientos de esas etapas que no los adquieren".

Desde su llegada, a Mara le toca compartir la jaula con Kuki y Puki. Pero compartir es una manera de decir. Los elefantes asiáticos no se entienden con los africanos. Por eso, cuando Mara esté afuera, al aire libre, las otras dos deberán permanecer encerradas y viceversa. Sin embargo, dicen sus cuidadores, algo de manada hay en ese grupo, humanos incluidos.

“Mara es una elefanta muy particular”, continúa Flores, “sumamente expresiva. Vocalizaba muchísimo cuando quería hacerse notar o cuando nos quería decir algo. Como cuidadores, lo primero que hacemos en el día es revisar que todos los animales estén bien. Mara, por las vocalizaciones con las que te recibía, te hacía empezar el día con una sonrisa. Se relacionaba muchísimo con las personas. Obviamente este es un tema muy amplio porque se trata de entender cómo se llegó a que una elefanta silvestre termine estando sus 24 horas con personas alrededor.

“Había muchas historias en cuanto a Mara. Que había lastimado y hasta matado gente, que era una elefanta mala y muchas cosas más. Pero obviamente, luego de cuatro años y casi todos los días con ella, es imposible no terminar enamorado y con una relación superfuerte. Ojalá algún día pueda volver a verla, creo que me reconocería”.

¿Cómo “ojalá algún día pueda volver a verla”?

Es que el viaje de Mara continúa. Luego de 25 años en el zoológico, a Mara la van a soltar. Metafórica y literalmente.

Mara, en Buenos Aires.
La elefanta Mara se despidió del Ecoparque de Buenos Aires en plena pandemia.

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En el nuevo milenio la idea de lo que es un zoológico toma un giro. El público que los visita, a pesar de la contradicción de esto, se queja de las condiciones en las que se encuentran los animales, de los espacios inadecuados que ocupan; del hecho, en el caso del zoológico de Buenos Aires, de que se levante en medio de población, edificios, tránsito.

Mara, en particular, arrastra desde hace tiempo problemas en las patas: una infección, una lesión; y además repite un movimiento, un bamboleo denominado estereotipa, indicador de estrés y sufrimiento, que muchos visitantes, equivocadamente, consideran simpático. 

En un editorial de 2016 de la Revista de Veterinarios de la provincia de Buenos Aires, se lee: "Un jardín zoológico es, según su definición, un parque público en el que se exhiben animales cautivos, principalmente para recreación y educación. Quizás esta definición no es suficiente para caracterizar a un zoológico hoy en día y lo que está claro es que es imprescindible repensar su función en la sociedad actual y rediseñarlos. Se percibe una tendencia general que, tal y como están, no deben seguir creciendo. En muchos casos, además de existir el mero exhibicionismo de los animales, la precariedad, la infraestructura y la higiene van en contra del bienestar animal, la sanidad y las normas de seguridad. Pero pensar en un nuevo paradigma de transformación del zoológico, no debe tomarse a la ligera y basarse solo en deseos o ideales sin solidez técnica profesional". Y luego: "La iniciativa de transformar los zoológicos en ecoparques ha resonado fuerte en los últimos años y si bien se parte de la certeza de que debe hallarse una nueva perspectiva, las propuestas deben estar a la altura de un nuevo paradigma".

Es con la transformación del zoológico en ecoparque, entonces, que se comienza a buscar el modo de ubicar a los animales en entornos más adecuados a sus necesidades.

En 2015 y por iniciativa de la Asociación de Funcionarios y Abogados por los Derechos de los Animales (AFADA), a la orangutana Sandra se le concedió un hábeas corpus, se la reconoció como "persona no humana y ser sintiente", y se la trasladó en 2019 desde el ecoparque porteño al santuario Center of Great Apes en Florida, Estados Unidos. 

Algo comenzaba a cambiar, también en relación a Mara. 

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“La idea de trasladar a Mara ya estaba desde que yo entré al ecoparque en 2016”, continúa Marcos Flores. “Hasta que llegó el momento en que esa idea se transformó en un quizás y ese quizás en un hecho y teníamos que trasladarla. Con todo lo que eso implicaba para nosotros: quizás el objetivo más grande que íbamos a tener nunca. 

“Fue necesario cumplir con varias reglas sanitarias: realizar chequeos médicos y sanitarios como extracciones de sangre, chipeo, vacunas, lavaje de trompa, y una cuarentena sanitaria en todo el espacio de elefantes que también teníamos que cumplir sus cuidadores y las elefantas africanas por compartir el mismo espacio. Así que básicamente, cuando el mundo entero entró en cuarentena, nosotros ya estábamos haciéndola desde hacía varios meses, con barbijo e higiene de manos. Y además realizábamos el entrenamiento de habituación (un proceso por el cual, ante un estímulo repetido, la respuesta es cada vez menos intensa). El entrenamiento incluyó a las tres elefantes: se trata de premiar al animal por efectuar comportamientos o acciones que necesitamos que realicen. Los premios siempre son comida que a ellas les guste. A Mara le gusta mucho lo dulce, la manzana, sandía, miel, banana, melón. También las naranjas, tiene una habilidad increíble para pelar las naranjas con la trompa. Así les enseñamos a posicionarse para que les podamos sacar sangre, vacunarlas, sus tratamientos de podología y todos los chequeos médicos. El animal tiene que querer colaborar al 100% en ese momento, si no es imposible realizarlo. Y nosotros nunca las obligaríamos, tampoco".

La adaptación de Mara para viajar se inició en 2018, de la mano de varios especialistas. Los requisitos de salud eran muchos; también comprobar su historia para descartar que se tratara de un animal adquirido a través del comercio ilegal de especies amenazadas. El trabajo que se realizó con la elefanta, de acción y premio, se denomina “condicionamiento operante con refuerzo positivo”. Así Mara aprendió a entrar a la última jaula-caja en la que estaría en su vida. 

El nuevo viaje comenzó el 9 de mayo de 2020, plena cuarentena estricta en el país, cuando Mara ingresó, una vez más y de manera voluntaria, a la caja de transporte. Afuera, el personal del zoológico la despedía en medio de lágrimas y abrazos.

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María Florencia Gómez, 31 años, estudiante de Veterinaria y auxiliar de zoológico, es otra de las cuidadoras de los elefantes desde 2018. Esto es lo que cuenta: “El trabajo para trasladar a Mara llevó un año y medio, había que conseguir la documentación para que pudiera salir del país e ingresar a otro, y además debía adecuarse a la caja de traslado”.

Mara recorrió, de Buenos Aires a Mato Grosso, 2.750 kilómetros por tierra en 5 días, en un contenedor de acero de 5.750 kilos, y 3,2x5 metros. Viajó acompañada, custodiada, cuidada, querida, haciendo paradas cada tres horas aproximadamente en la que se le ofrecía agua, comida, caricias, palabras. Pero nunca se bajó de la caja hasta llegar al santuario. 

Cuando Marcos y Flor la visitaban en alguna de las paradas técnicas del lado argentino, ella los recibía con ruidos y señales afiliativas, que son las que usan para interactuar con los miembros de su grupo. 

Hasta que un día llegó, por fin, el momento de soltarla de verdad.  

"Estoy contento por Mara", dice Marcos Flores, "siempre va a ser un hermoso recuerdo para mí, y verla compartir espacio y momentos con otras elefantas es una felicidad inmensa. Ella tuvo una vida durísima y así y todo siempre daba una oportunidad tras otra a las personas, sobre todo a nosotros. Siempre colaboró para todo, amorosa y predispuesta. Y así como ella nos dio la chance de conocerla, esta vez nos tocó a nosotros darle la chance de poder ser una elefanta libre y relacionarse con otras de su especie. Estoy agradecido de que las últimas personas con las que tuvo relación en Argentina hayan sido mis compañeros. Ellos se convirtieron en la familia humana de Mara, que logró darle esta posibilidad, además de brindarle amor y apoyo incondicional".

María Florencia Gómez, por su parte, comenta: "Si bien todas las despedidas son tristes, saber que iba a un lugar donde podía estar mejor siempre es lindo. Como cuidadores somos responsables de acompañar la vida de los animales, que no solo es el día a día, sino que también  enmarca los nacimientos, las muertes y los traslados. Creo que el traslado de Mara se vivió con esa dualidad de la tristeza de la despedida pero con la felicidad de que la estábamos acompañando a que tenga una vida más adecuada a sus necesidades. Este trabajo te enseña a ser menos egoísta y más empático, entendiendo que a veces mejorar la calidad de vida de ese animal implica que esté lejos nuestro y lo hacemos con orgullo y felicidad".

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Hay un video inmenso, hermoso, de cuando Jane Goodall, la etóloga y naturalista británica, libera al chimpancé Wounda, en el Congo. Parecía ser, ese, el momento más alto y emotivo sobre la liberación de animales en un entorno adecuado. Pero ahora también hay que preparar los pañuelos para ver la partida de Mara del ecoparque y su llegada al santuario de Brasil. En ese video, sin embargo, hay algo que choca a la vista y ya es imposible de cambiar: la ciudad, el asfalto, la larga ruta. No es la India de la manada de Mara, la libertad le llega muy lejos del hogar, pero por lo menos llega.

En el santuario Mara enseguida se relacionó con otra elefanta asiática, Rana. Se hicieron inseparables. Y se reencontró con una vieja amiga de Alemania, Bambi.

El lugar no está abierto al público y recibe animales que sufrieron maltrato, abandono o explotación. Se espera que pronto reciba a las elefantas africanas que esperan en Buenos Aires, y a las de Mendoza. 

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En el futuro, zoológicos y ecoparques serán sitios que trabajen por la conservación y la preservación de especies amenazadas y, principalmente, autóctonas. Un lugar de paso para los animales que puedan ser devueltos a la naturaleza, y un hogar para aquellos que necesiten cuidados permanentes. La interacción de los mismos con el público, será, por otra parte, cada vez más limitada, por lo que nuestros hijos y nietos conocerán a las especies a través de otros medios, por ejemplo, de hologramas que confunden los sentidos y hacen creer que el animal está ahí, al alcance de la mano. 

En cuanto a Mara, ya tuvo suficiente atención humana, ya escribimos la última parte de su largo viaje y es hora de soltarla. Porque esa es, simplemente, la única opción correcta.


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