En defensa de la Ilustración, comentado por Diana Cohen Agrest | RED/ACCIÓN

En defensa de la Ilustración, comentado por Diana Cohen Agrest

Un especialista invitado comenta un libro de no ficción y elige los seis párrafos de ese libro que más le hayan llamado la atención.

En defensa de la Ilustración
Steven Pinker  
Planeta   

Uno (mi comentario)

Pinker cuenta con una extensísima obra, gran parte de ella traducida al español, cómo funciona la mente; la tabla rasa; los ángeles que llevamos dentro. Analiza los mecanismos y sesgos cognitivos que conducen a juicios erróneos que atraviesan desde la vida personal hasta la construcción de la política. De allí que en el subtítulo de la nueva obra, “Por la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso”, desafía un prejuicio aceptado acríticamente: es un lugar común citar un proverbio del Eclesiastés, atribuido al rey Salomón: “no hay nada nuevo bajo el sol”.

En defensa de la Ilustración, escrita por el canadiense Steven Pinker, psicólogo experimental y científico cognitivo que se desempeña como profesor en la Universidad de Harvard, es una refutación de ese proverbio ancestral. Pinker se pregunta: “¿Qué es el progreso?” A modo de respuesta, menciona valores tales como la salud, la paz, la libertad, la igualdad de derechos, la alfabetización, la felicidad, entre tantas otras variables que hacen que la vida valga la pena ser vivida. En cada uno de sus 23 capítulos, y a lo largo de 741 páginas, el autor se consagra a describir el progreso acaecido desde la Ilustración hasta nuestros días: además de los valores mencionados, se detiene en la riqueza, el medio ambiente, la seguridad, el terrorismo, la democracia, el conocimiento, la calidad de vida, las amenazas existenciales…. La clave de su propuesta es que todas estas cosas son mensurables, pueden medirse. Y si estas variables aumentaron a lo largo del tiempo, “eso es el progreso”. Por cierto, si nunca se lo leyó a Pinker, esta caracterización tan sintética podría dar a pensar que la obra es el compendio de un optimismo ingenuo, una proclama compartida pero utópica. Pero es mucho más que eso. Porque tras el índice, el autor anticipa el contenido de la obra con la enumeración de una lista de 75 figuras en la que prueba estadísticamente el progreso de cada uno de los valores mencionados. Valiéndose en todos sus cuadros de coordenadas cartesianas, analiza la esperanza de vida media entre los años 1771 y 2015, según datos de la Organización Mundial de la Salud y del Banco Mundial, donde nos muestra que en 1760, mientras que en África era de 27 años y en Europa de 35, en 2020 será de 60 y de 70 respectivamente. Con el mismo método basado en la evidencia, analiza la alfabetización entre 1475 y 2010, comenzando en el Renacimiento en los Países Bajos, Inglaterra y Alemania, e incorporanto más tarde países como Chile o México, citando en todos los casos referencias confiables y contrastables para cualquier lector. Con este procedimiento analítico, Pinker va recorriendo la mortalidad infantil y materna, la mortalidad por enfermedades infecciosas, la desnutrición, las muertes por inanición, el producto bruto mundial, el producto interior bruto per cápita, la deforestación, los vertidos de petróleo, los porcentajes de muertes por combate, genocidio, homicidio, de peatones, por accidentes de tránsito, por accidentes de aviación, por rayos, por terrorismo… pero también mide el progreso por el bienestar mundial, las horas de trabajo, el costo de la luz, el tiempo libre, los costos de los pasajes aéreos… y aún así, la lista no es exhaustiva. De allí que la obra es un recorrido fascinante, a menudo desde tiempos arcanos, hasta un segundo milenio que continúa cumpliendo la promesa humanista de “maximizar la prosperidad y el florecimiento humano”. Pero Pinker reconoce que la defensa actual de la Ilustración no pasa únicamente por desenmascarar falacias o difundir datos. Porque el ser humano tiene la capacidad de abatir las partes más oscuras de su propia naturaleza. Y aun cuando persista el sufrimiento, sostiene una cuerda tendida hacia un porvenir tan promisorio como el que inauguró la Ilustración.

Dos (la selección)

Este libro hasta para vivir.

Tres

Para los pensadores ilustrados, la huida de la ignorancia y la superstición mostraban cuán equivocada podía estar nuestra sabiduría convencional, y hasta qué punto los métodos de la ciencia (el escepticismo, el falibilismo, el debate abierto y la comprobación empírica) constituyen un paradigma de cómo lograr el conocimiento fiable.

Cuatro

Muchos autores actuales confunden la defensa ilustrada de la razón con la tesis inverosímil de que los humanos son agentes perfectamente racionales. Nada podría estar más alejado de la realidad histórica. Pensadores como Kant, Baruch Spinoza, Thomas Hobbes, David Hume o Adam Smith eran psicólogos inquisitivos y plenamente conscientes de nuestras pasiones y debilidades irracionales. 

Cinco

Si algo tenían en común los pensadores ilustrados era su insistencia en que apliquemos enérgicamente el estándar de la razón a la comprensión de nuestro mundo y no recurramos a generadores de engaño como la fe, el dogma, la revelación, la autoridad, el carisma, el misticismo, la adivinación, las visiones, las corazonadas o el análisis hermenéutico de los textos sagrados.

Seis

La sensibilidad humanista impelió a los pensadores ilustrados a condenar no solo la violencia religiosa, sino también las crueldades seculares de su época, incluidas la esclavitud, el despotismo, las ejecuciones por delitos poco serios como el robo en tiendas o la caza furtiva, y los castigos sádicos tales como la flagelación, la amputación, el empalamiento, el destripamiento, el despedazamiento en la rueda y la quema en la hoguera. La Ilustración se designa a veces como la «revolución humanitaria», toda vez que condujo a la abolición de las prácticas bárbaras que habían sido moneda de uso corriente en las distintas civilizaciones durante milenios.

Siete

El gobierno no es un mandato divino para reinar, un sinónimo de «sociedad» ni una encarnación del alma nacional, religiosa o racial. Es una invención humana, tácitamente convenida mediante un contrato social, destinada a fomentar el bienestar de los ciudadanos coordinando sus comportamientos y disuadiendo de los actos egoístas que pueden resultar tentadores para todos los individuos, pero que dejan a todos en peores condiciones.


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