En qué se basa la moda sustentable | RED/ACCIÓN

Qué hay detrás de la ropa que compramos y qué elecciones podemos hacer para disminuir su impacto en el planeta y la sociedad

 Una iniciativa de Dircoms + RED/ACCION

¿Sabías que se necesitan más de 7.500 litros de agua para hacer un par de jeans? ¿O que la industria de la moda, una de las más contaminantes, es una seria amenaza para lograr cumplir con el Acuerdo de París? Y, además del impacto ambiental, la producción textil muchas veces se vincula con condiciones laborales precarias. Todo esto mientras nuestros patrones de consumo aumentan en los últimos años. ¿Cómo podemos contribuir a una moda más sustentable?

Qué hay detrás de la ropa que compramos y qué elecciones podemos hacer para disminuir su impacto en el planeta y la sociedad

ILUSTRACIÓN: JULIETA DE LA CAL

La COP26, la reciente cumbre mundial climática, nos dejó, de alguna forma, mucha tela para cortar. Stella Mc Cartney, diseñadora británica e hija de Paul Mc Cartney, es una de las portavoces más famosas de la moda sustentable. Mientras transcurría la COP, ella hizo una exhibición titulada Future of Fashion o El Futuro de la Moda en un museo de Glasgow, desde donde dijo: “Le suplico a los gobiernos que regulen más la industria de la moda”.

La industria de la moda es la tercera industria manufacturera más grande del mundo, después de la automotriz y de las industrias tecnológicas. Emplea directamente alrededor de 75 millones de personas en toda su cadena de valor. Al mismo tiempo, es una industria altamente contaminante.  Según un estudio del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, la industria textil representa el 8% del total de las emisiones de gases de efecto invernadero y es “responsable del 20% del desperdicio total de agua a nivel global”.

Además, el uso de distintos componentes químicos como solventes y tinturas es responsable de un quinto de la polución industrial del agua. La moda representa entre un 20% y un 35% de los microplásticos que terminan en el océano. Se necesitan 7.500 litros o más de agua para hacer un par de jeans.

Según un informe de la consultora McKinsey, publicado este año, si la industria de la moda mantiene sus tendencias contaminantes, para la mitad de siglo va a desviarse en un 50% de los niveles de emisiones que debería tener para que se logre el umbral de 1,5 grados establecido en el Acuerdo de París.

Esta nota se desprende de un episodio de FOCO, el podcast de RED/ACCIÓN.

¿Qué es lo que hace que esta industria sea tan contaminante o nociva con el ambiente?

Fedra Mauricci, argentina, creadora de Black in Fashion, una consultora de marketing y sostenibilidad con especialización en moda, también representa a nuestro país en Universo MOLA o el Movimiento de Moda Sostenible latinoamericano y es docente en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, República Dominicana y en la Universidad Ibero, Puebla, México, explica: “Venimos escuchando hace tiempo que la moda es una de las industrias más contaminantes. No sabemos si la primera, la segunda, la tercera; pero sí es verdad que a través de todo el proceso de producción pasa por distintas industrias muy contaminantes, como la industria ganadera, la industria agrícola, la industria química, la industria del transporte. Y entre los factores específicos que llevan a este resultado están estas industrias con falta de reglamentación, falta de control y de interés y esto se va replicando a medida en que el producto avanza hacia su descomposición final. Es una industria altamente contaminante con escasas regulaciones y control. Y también una falta de interés junto a la falta de educación del consumidor y el diseñador”.

Por su parte, Mara Gabriel, argentina y especialista en sociología del diseño, sustentabilidad y moda, forma parte de varias organizaciones que investigan y trabajan por una moda más sustentable como el Centro Textil Sustentable, Unplastify y Ashoka, explica: “La industria de la moda involucra la extracción de la materia prima, la generación de la misma en caso de ser sintéticas o artificiales. Con esa materia prima se hace el hilado. Y del hilado, el textil. Para recién ahí empezar a fabricar las prendas. Normalmente, en la cadena de producción, que es larga, se involucran más de dos o tres continentes. Lo que implica que el traslado de esas materias primas, hilado, textiles y prendas hasta llegar a la manos de un consumidor, genera una gran huella de carbono. A su vez, si pensamos en los procesos, tenemos un uso intensivo de agua, aditivo, químico y colorante, que luego terminan en las aguas residuales. No es solo el uso intensivo del agua, sino que las aguas residuales van dañando el ambiente”.

Foto: Fernando Gens/Télam/MCL

El fast fashion y el aumento del consumo

La industria de la moda se fue volviendo más contaminante con los años. Un gran problema tiene que ver con cómo cambió el consumo. Los volúmenes de venta de muchas cadenas de ropa crecieron dramáticamente en los últimos años, y la tendencia sigue. Para imaginarnos esto, en 2014, las personas compraban un 60% más de ropa que en 2000 y, al mismo tiempo, se quedaba con esa ropa durante la mitad de tiempo.

Estoy hablando particularmente de lo que se conoce como “fast-fashion” o “moda rápida”, esas cadenas internacionales de las que en Argentina no hay muchas, pero son popularísimas en todo el mundo como H&M, Zara, Forever 21, etc. La ventaja de estas marcas es que son particularmente baratas, tienen alta rotación de productos y bajos precios. Es decir, marcas que en algunos casos ofrecen hasta 50 colecciones al año.

El resultado de esto es un volumen incluso más grande de ropa que termina en un basural. Según un informe de la Comisión Económica de las Naciones Unidas de Europa, un 85% de los textiles producidos termina en un basural cada año. Sin ir más lejos, en el desierto de Atacama, Chile, 59.000 toneladas de ropa son tiradas al año, en lo que se convirtió en un basurero gigante. Chile es el mayor importador de ropa usada de América Latina. Lo que no es seleccionado por comerciantes para ser vendido en sus locales, va desde un puerto cercano a este desierto, que es una zona franca, y estas prendas tardan alrededor de 200 años en desintegrarse.

“A la vez, la cultura del fast fashion genera necesidades ficticias y las alimenta haciendo creer a un usuario o consumidor que semanalmente tiene que acercarse a la tienda a ver qué lleva. Las colecciones eran antes cuatro anuales, y ahora son semanales o quincenales. Con esa frecuencia los locales reciben nuevas prendas. Entonces, genera la conducta en el consumidor de pasar y comprar algo nuevo, de pasar y ver, cuando en realidad no lo necesita. Esto alimenta inseguridades en las personas”, explica Mara Gabriel.

“El fast fashion nace en su esencia como una democratización de la moda y con eso dar trabajo a personas en situación de vulnerabilidad. Lo que hizo el fast fashion fue un aumento desmedido del consumo junto a un encasillamiento de estas personas en situación de vulnerabilidad, que no les ha permitido progresar sino que las ha mantenido en esa condición. Para mí, el problema de esta industria es que ha aumentado la cultura del consumo. Tenemos marcas que nos indican que a los 15 días nuestras prendas ya pasaron de moda, con lo cual, acelera una ansiedad de consumo permanente. Y esto genera una cantidad de desechos y de prendas sin usar que se acumula en nuestros placares y en todo el planeta. Tenemos donaciones que ya no encuentran a dónde dar y países que cierran ya sus fronteras ante la donación de textil. Así que tenemos ahí un gran problema”, señala Fedra Mauricci.

Gabriel agrega: “La cadena de producción en el caso de marcas de ropa masivas, suelen ser muy largas. La materia prima, con la que se hace el hilado, puede ser natural o artificial o mezcla de todas estas. Suele producirse en un país. Luego, el textil se produce en otro, que quizás es otro continente y, luego, la prenda en otro. Esto involucra muchos países y muchos eslabones sobre los que las marcas no tienen control. Ni siquiera tienen mucho control de lo que sucede internamente en el país”.

Estamos hablando de una industria altamente globalizada. La mayoría de las fábricas textiles, por ejemplo, están en países como China, Bangladesh, India o Pakistán. Y en América Latina, el principal exponente es Brasil. Desde la producción, Argentina está bastante atrás.

“Por lo general, un 70% de las prendas que se consumen en el país, se importan. Este es un dato de la Cámara. Entonces, se nos hace difícil saber o dar a conocer ese proceso porque muchas veces ni las marcas lo saben. Sí estaría bueno que nos aseguren, de alguna manera, que los talleres cumplan con las normas legales de sus países, que en algunos países la norma es más rigurosa que en Argentina. Así que no es que todo lo que se hace afuera deba tener una connotación negativa”, dice Mauricci.

Gabriel explica: “Acá, a nivel local, tenemos muy poca industria textil, sobre todo del hilado. Sí tenemos algo del hilado de algodón, aunque no tenemos muchas alternativas. Casi siempre se mezcla con fibras sintéticas, artificiales y las empresas textiles lo que hacen para fabricar es usar hilados producidos en el exterior. Pero de todas formas, las marcas suelen trabajar directamente con textiles producidos en el exterior. Nuestra industria textil es muy baja”.

Foto: AFP.

¿Qué sabemos de las condiciones de trabajo de estas fábricas en el país?

Hubo en más de una ocasión denuncias por talleres clandestinos. La ONG La Alameda hizo una lista de 112 empresas que fueron denunciadas y más de 30 agrícolas-ganaderas en donde hay trabajo precarizado. En muchos casos los trabajadores son inmigrantes. Al ser una industria poco regulada faltan cifras y datos que den dimensión de la problemática y ayuden a abordarla.

“Tenemos buenas fábricas textiles, muy pocas, pero tenemos algunas inversiones que se han dado últimamente en Mendoza, algo en Chaco y algo en Buenos Aires. Si vamos a grandes fabricaciones textiles y queremos comprar en mayoristas, no directamente de fábrica porque nuestra producción no nos permite comprar a la fábrica directo, hay que preguntar a estas mayoristas de dónde viene el textil y hacer la investigación en la página. Hay muchas que tienen normativas de RSE o de sostenibilidad. Muchas de ellas exportan, lo que da más garantía de que cumplen con normativas nacionales e internacionales”, dice Mauricci.

En tanto, Mara Gabriel señala: “Las condiciones de trabajo en las fábricas textiles del país son muy complicadas. Están reguladas, sí, pero a veces las regulaciones no se cumplen. Son pocas las fábricas que realmente cumplen con todo. La Alameda es una organización que trabaja mucho con el tema de talleres clandestinos. Intentan regular estas cuestiones, descubrir y denunciar. Se producen tres o cuatro denuncias diarias de talleres clandestinos que están por fuera de la regulación. Pero por más que se produzcan la denuncia es muy difícil terminar de dar con ellos. Para las marcas hay mucha desinformación porque hay un actor intermediario, que es el encargado del producto terminado. Y muchas veces las marcas tienen ese encargado de producto terminado, que trabaja con cinco talleres diferentes. Pero ese encargado es quien lleva y trae las prendas de una marca a un taller y viceversa. No pone en contacto a la marca con el taller y tampoco revela cuáles son los talleres. Entonces, acá ya hay un actor que hace que toda esta información se vuelva compleja. Es muy importante que la marca conozca los talleres con los que está trabajando”.

La necesidad de cambiar, de empresas y consumidores

¿Qué cambios pueden introducir las marcas de ropa tradicionales, marcas que quizás no nacieron ya con la identidad o la misión de ser sustentables, para involucrarse más en tener un impacto positivo en términos sociales y ambientales?

“Hay que pensar la sustentabilidad como un camino, y en ese camino tomar las mejores decisiones e ir año a año mejorando en esas decisiones en otras áreas sobre las que todavía no nos hacíamos responsables. En primer lugar, revisar la huella de carbono, revisar la cadena de producción. El textil, de dónde proviene, cómo se compone, qué alternativas existen a esos textiles o qué es lo más local que podría conseguir”, explica Gabriel.

Y agrega: “A su vez, producir internamente en el país disminuye obviamente la huella de carbono. Si pensamos en la materia prima, lo ideal sería hacer eso de fibras biodegradables, que no usen químicos o colorantes agresivos. Aunque hoy estamos muy, muy lejos de esto. Otra decisión a tomar en la etapa de fabricación podría ser usar ropa usada para fabricar nueva, pero esto no soluciona el problema, alarga el ciclo de vida de las prendas, pero tarde o temprano esto llega al vertedero”.

Es por ello que Gabriel considera que “es muy importante educar y conversar con el consumidor, generando iniciativas que inspiren a cuidar la ropa, a devolverla, a hacer una compra consciente, a reutilizar, a dar alternativas y generar una relación en la que el consumidor se informa y va después a hacer preguntas a otras marcas. Es importante no solo pensar en el impacto de la producción, sino también en el uso que hacemos los consumidores y cómo se acerca a la marca”.

La pandemia nos hizo reflexionar sobre nuestros viejos hábitos como consumidores y la moda no fue la excepción. La demanda de los consumidores está llevando a que las marcas se involucren más en conocer lo que pasa a lo largo de toda su cadena de producción y se preocupen por usar materiales y procesos menos nocivos para el ambiente.

“Para comprar de forma responsable, lo primero es informarse. Preguntar, cuestionar, mirar la composición, de qué está hecha una tela, dónde se fabricó la prenda, cuanta más información podamos tener, mejor. ¿Qué taller usa? ¿quiénes cosen prendas? Son preguntas que podemos instalar y empezar a hacer tanto como consumidores o como emprendedores”, aconseja Gabriel.

Por último, te regalamos algunos consejos:

  • Comprar marcas locales: por lo general, la huella de carbono que deja el transporte se ahorra en estos casos. Además, aportás a la economía local. También son interesantes las marcas que ofrecen trabajo digno a comunidades vulnerables.
  • Uno de los grandes problemas de la industria de la moda es la sobreproducción: intentá evitar las compras impulsivas y acudir a vintage o prendas ya existentes y no nuevas.
  • La decisión con respecto a los materiales es compleja: el poliéster 100% —que en origen consume mucha energía y es un derivado del petróleo— permite el reciclado total, mientras que una prenda 100% de algodón puede haberse fabricado con malas condiciones de trabajo. En este sentido, lo más importante es la trazabilidad. Exigir a las marcas que compartan y transparenten la información sobre qué productos químicos emplean en el proceso, cómo trabajan sus trabajadores, etc.
  • La clave son marcas con enfoque de economía circular: que busquen bienestar social, ambiental y beneficios económicos al mismo tiempo.

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