En Venezuela, comentado por Adriana Amado | RED/ACCIÓN

En Venezuela, comentado por Adriana Amado

Un especialista invitado comenta un libro de no ficción y elige los seis párrafos de ese libro que más le hayan llamado la atención.

En Venezuela
Joaquín Sánchez Mariño
Galerna

Uno (mi comentario)

Pocos países del continente tuvieron tanta atención como Venezuela. No hay otro que tuviera tantas notas periodísticas. De pocos tenemos tanta gente a mano para preguntar por lo que leemos por ahí. Sin embargo, no debe de haber otro del que sepamos menos. A diferencia de lo que cualquiera hace con su perplejidad, un día Joaquín largó todo y partió, con más desfachatez que precauciones, a ver en directo. Y ahí fue, compartiendo sus sorpresas primero en sus redes, que siguen ahí para poner imágenes vivas a lo que cuenta el libro. Al final, desde la reflexión que permite una escritura arrancada de un tirón, con el teléfono todavía ardiendo de mensajes de los que fue cruzando en el periplo. 

Su mirada podría ser otra más que agrega una versión más para azuzar la confusión general y las convicciones particulares. Pero Joaquín no se conforma con mirar un país, unas gentes, un contexto. No se queda en la mezquindad de dar dos visiones y que el lector se arregle para sacar de dos extremos, un punto medio. Sospecha que la mitad entre dos parcialidades es una parcialidad media. Este cronista decidió mirar a los que cuentan el conflicto más contado de los últimos tiempos. Él, el primero. Y así explica qué es ser periodista en tiempos de redes. Que, paradójicamente, es trabajar sin red. Y sin viáticos, sin carné, sin chaleco, sin previdencia. Y, aun así, seguir contando como si fuera lo mejor del mundo. El mayor riesgo de Joaquín no fue meterse en lugares vetados, cruzar la frontera ilegalmente, cubrir balaceras sin chaleco ni experiencia. Lo más jugado fue tratar de hacer equilibrio en un tema pantanoso donde hay cocodrilos esperando que resbale de un lado o del otro para devorarlo a reproches. 

Hace un tiempo, la gente solo podía enterarse de lo que pasaba lejos si alguien iba, miraba y contaba. Ahora, que todos somos cronistas de nuestro tiempo, no solo al periodismo viene bien verse desnudo en el espejo que muestra cómo y por qué contamos. Venezuela, en este texto, es la trama que muestra cómo se teje el concurrido, y no siempre comprendido, oficio de contar.

Dos (la selección)

Quiere saber si voy a mostrar la Venezuela de hoy a favor o en contra, quiere saber qué pienso de Maduro y de Chávez y, también, de la política argentina. Me pregunta entonces, mientras me habla de fútbol, si soy kirchnerista. Trato de esquivar la pregunta porque no quiero su desconfianza. Es un dilema: si le digo que no, va a desconfiar porque no va a ver en mí un compañero sino un juez o, quizás, un enemigo. Si le digo que sí, tal vez confíe pero va a ser una total farsa de mi parte, un engaño que no puede engendrar ninguna verdad.

Tres

Es increíble cómo cambia la realidad cuando media una historia. Hasta que supe del derrotero de su familia, Reynaldo padre me parecía un tipo duro, de ideas radicales contra el chavismo por mera politiquería. Uno que está contra el comunismo, pensé. Es lo que se piensa —creo— cuando se ven manifestaciones desde un país lejano y solo se escuchan consignas en contra de algo. No llegué a Venezuela a discutir sobre política, sino a charlar sobre lo que hay detrás, a ver cómo es la vida cotidiana. Y entre medio entendí que a cada discurso del odio le corresponde un motivo, un familiar muerto, una empresa perdida, una familia rota, un chico con hambre, un hospital sin agua…

Cuatro

Mientras viajo por Venezuela hay otro argentino haciéndolo. La diferencia entre lo que ve él y lo que veo yo es sustancial, como si contáramos involuntariamente el exacto reverso de lo que ve el otro: una especie de duelo secreto, que ninguno de los dos asumirá. ¿En qué ciudad estaba él y en cuál yo? Me sentía en uno de los relatos de Las Ciudades Invisibles, de Calvino: mientras uno veía los espacios vacíos, el otro encontraba los productos, sentimientos y personas que debieran ocupar esos espacios vacíos. Mientras uno se movía en la clandestinidad, otro era recibido en los canales oficiales de noticias, y celebrado por las agencias del gobierno. Pero yo no era su adversario ni su reverso, y fueron muchas las ocasiones en las que busqué ratificar sus imágenes. No encontré con qué y en determinado momento tuve que abandonar la idea de que la realidad era un cuento de dos ángeles.

Cinco

En sus redes, mi compatriota mostraba mercados llenos de productos, gente contenta con el gobierno de Maduro, calles donde la inseguridad parece una fábula. El truco en los supermercados era fácil de desenmascarar: en todos los videos salía él en primer plano caminando entre góndolas en un mercado en el que había mucha gente. Pero nunca mostraba los precios, no hablaba con los venezolanos que estaban por ahí ni mostraba qué compraban. No podía hacerlo porque entonces la imagen caería inmediatamente: un producto incomprable es mera utilería. Recorría barrios populares y mostraba gente bailando. Todo eso es real: ¿en qué ciudad no existe la alegría? Pero ¿alcanza? 

Seis

Es fácil construir un relato, y entiendo que mi compatriota contribuyera a eso: por lo que vi, sus ideas políticas eran más claras que las mías y estaba dispuesto a defender ese modelo. Hay quien cree que un relato no sólo oculta la realidad, sino que también la cambia.

Siete

Como toda experiencia extrema, Venezuela me puso en contacto como nunca con mi oficio. Eran sus historias lo que me pasé la vida persiguiendo. Historias donde la hostilidad del mundo se materializa. Algunos pasamos por la vida sintiendo un dolor que no podemos explicar, una tristeza que no concuerda con la vida que llevamos. Y de pronto, Venezuela. De pronto, Luis Ángel caminando mil kilómetros en busca de una quimera que sabemos falsa. Es el momento en que toda la ternura, todo el sufrimiento que no supimos explicar nunca deja de pertenecernos. No era el dolor del mundo lo que nos pesaba, era la ambición de verlo, finalmente. Era nuestro narcisismo pujando por tener una razón real para mostrarse. Y entonces, en la vuelta de tuerca final, algo más pasa. Todo lo que había de uno desaparece, deja de importar, y quedamos en silencio frente al relato de los otros.


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