Adriana Amado | RED/ACCIÓN
Sie7e Párrafos | 17 de enero de 2019

Crónica del agua sobre Epecuén

El agua mala
Josefina Licitra
Aguilar

Selección y comentario por Adriana Amado, Doctora en Ciencias Sociales por la FLACSO y analista de medios.

Uno (mi comentario)

Mil quinientos evacuados de las últimas lluvias dice el televisor, no importa cuando estén leyendo esto. En el mundo del calentamiento global, siempre habrá lluvias, inundaciones y evacuados. Pero algunas catástrofes condensan en sí mismas todas las catástrofes, como esa sopa que concentra en unos centímetros cúbicos un pollo cocinado con verduras. La tragedia de Epecuén es el caldo en que se cocina una de esas metáforas argentinas espesas: un pueblo que crece sin planificación pública al ritmo de la codicia individual que la naturaleza castiga con moraleja bíblica. Como si la fuerza sobrenatural fuera el único freno a la soberbia del sentido común. (…)

(sigue mi comentario)

Sentido común es el que dice que siempre que llovió paró y que los políticos roban pero ni siquiera hacen. Porque en la Argentina lo más común es el sinsentido de políticas públicas que desprecian el largo plazo que no entra en la estrechez de las campañas electorales. Y prefieren más asfaltos decorados con palmeras y menos desagües invisibles. Total, resarcir es más barato que construir y es más fotogénico el funcionariado entregando solidaridad ajena que inaugurando cloaca propia.

Sentido extraordinario es el de Licitra, que le permite relatar con compasión la historia de ese pueblo en el ombligo del fin del mundo que soñó con ser Saint Tropez y al final se convirtió en una Atlántida salada, tenebrosa. Una fosa que cristalizó los sueños en fósiles vulgares y desenterró cadáveres que flotaban a los ojos de los vivos para recordarles que ellos también estaban muertos. Agua mala es la parábola de un pueblo que vio hundirse sus modestas expectativas en aguas sépticas. Agua mala es esa que dicen que es mayoría en nuestro cuerpo y que en cada uno de los miles que alguna vez estuvimos inundados, será siempre tormenta.

Dos (la selección)

¿Aguantaría el terraplén? En Epecuén había dos opiniones encontradas. Estaban los llamados «alarmistas» —entre ellos, los bomberos de la zona– que auguraban un final trágico. Y estaban los que confiaban en los funcionarios municipales y provinciales, que habían jurado que cualquier desborde no superaría los diez centímetros, que Epecuén jamás se inundaría y que el pueblo seguiría siendo lo que siempre había sido: uno de los principales centros de turismo de salud de la Argentina. Un maná de aguas altamente salinas que ponían a Epecuén en un plano terapéutico a la altura del Mar Muerto, en Medio Oriente.

Tres

Con el sueldo de sereno, el padre de Alfredo fue ampliando su vivienda y la acondicionó para recibir turistas. Así lo hizo durante más de una década, hasta que llegó la inundación y ese y todos los negocios quedaron bajo agua. Para aquel entonces, Alfredo ya tenía veinte años y energía suficiente para desarmar la casa entera. Sacó puertas, ventanas, sanitarios. Y unos días después vio la llegada del lago y escapó a Carhué con su familia.

Cuatro

—A ver, señores: el agua nos pasa por encima, es preferible perder una temporada pero salvar las cosas –dijo Julio Fernández Badié, director de Turismo de Epecuén. Pero no hubo vecino capaz de escucharlo.

—No querían moverse de ahí —resume ahora Hirtz.

—¿Por qué cree que la gente ahora dice lo contrario?

—Bueno, a veces hay que encontrar un responsable de lo que pasó, ¿no? Mirando atrás en el tiempo, igual reconozco que hubo una credulidad mía, del intendente, del gobernador, del ministro, en la palabra de Hidráulica. Pero ahora con el diario del lunes todos tenemos la verdad. Esa situación a lo mejor la tendríamos que haber percibido y haber sido más agresivos. Porque cuando finalmente colapsa Epecuén y el agua empieza a venirse sobre Carhué, con cuatro años de atraso se terminan tomando las medidas de construir el canal aliviador, de volar los taludes del Ameghino, de poner el tapón… Pero en el momento era imposible saberlo.

Cinco

Ven las ruinas del supermercado El Pulpo, el Hotel Plage, la pizzería, los quinchos, el Castillo, la casa del doctor Gasparri, la panadería de Córsico, la heladería que hacía helado de mate cocido, la caramelería donde los chicos robaban caramelos, la cancha de bochas con un pizarrón donde había que anotarse para tener turno y jugar.

Ven botellas, mosaicos, espaldares, pedazos de platos: retazos de vida y de color que aparecen derrotados bajo las costras de sal.

Seis

Hubo familias enteras que quedaron a la deriva. En el caso de Esther, tenía allí a su padre, su suegro y un cuñado, y no sabía cómo rescatarlos. La Municipalidad había prohibido retirar los cajones porque el camino al cementerio estaba destruido, entonces la gente tuvo que buscar formas alternativas —no oficiales— para recuperar a sus muertos. En Carhué, una empresa funeraria empezó a vender sus servicios. Iban en una balsa y traían de regreso un féretro. También aparecieron buzos que cobraban por hacer ese trabajo. Y en algún momento, cuando la situación se hizo inmanejable, intervinieron los bomberos. Enviados por la Municipalidad, debían llevar los ataúdes y entregarlos a sus dueños siempre y cuando demostraran que tenían un lugar razonable —un cementerio— donde acomodarlos.

Siete

»Pienso en esto ahora, después del diluvio, cuando subo a mi escritorio y veo que la tela de araña no está. El agua barrió con ella, como barrió con tantas otras cosas. Y por primera vez después de la locura —de goteras, agua, mareas domésticas, papeles mojados, miedo: miedo a la próxima lluvia— me siento en mi silla, llena de supersticiones y rezos al cielo, y pienso en mi araña con amargura en el pecho. Como si la vida entera que habita en todas las cosas se hubiera escurrido por un tubo cloacal».


En SIETE PÁRRAFOS, grandes lectores eligen un libro de no ficción, seleccionan seis párrafos, y escriben un breve comentario que encabeza la selección. Todos los martes podés recibir la newsletter, editada por Flor Ure, con los libros de la semana y novedades del mundo editorial.

Recibí SIE7E PÁRRAFOS

Sobre libros y escritores. Todos los martes, por Flor Ure.

Ver todas las newsletters

Cultura | 17 de abril de 2018

Para el cine la estrella es el periodista y no la información

Desde 1940 el periodismo y las noticias falsas se ficcionan. Hoy, el Peter Parker de Spiderman es el que mejor encarna al periodista actual, trabajador precarizado por un jefe rufián que lo destrata.

De tanto ver esas películas “basadas en hechos reales” pasa que los personajes se confunden con las personas. Recorrer esos imaginarios del periodismo que circulan en el cine puede dar pistas de las imágenes que se asocian a la profesión. Y es mejor que agregar una lista más a los cuatro millones de resultados que arroja “Las mejores películas de periodistas” en el buscador. Bastante más que “las mejores películas de” bomberos, abogados o soldados, profesiones bastante cinematografiadas, por cierto. Pero a pesar de semejante variedad, hay pocas coincidencias en las recomendaciones más allá de “El ciudadano Kane” (1940) y “Todos los hombres del presidente” (1976). Una lista bastante completa compiló 66 títulos entre los que obtuvieron más de 6,5 puntos ponderados en los sitios especializados IMDB, Filmaffinity, Metacritic y Rotten Tomatoes. Ahí se ve que antes de la famosa película del Watergate ya se habían hecho otras veinticinco y que había cuatro antes de la famosísima de Orson Wells, lo que viene a demostrar que hace mucho que el periodismo se ficciona. Y mucho.

Hay que decir que “El ciudadano Kane” no solo encabeza todas las listas de películas de periodistas sino que es reconocida, casi unánimemente, como la mejor película de todos los tiempos. El gran mito fundacional de la industria informativa fue la opera prima de un joven de 25 años que creó, filmó e interpretó un magnate de diarios a lo largo de su vida, con el único antecedente de haber producido otro gran mito de los medios modernos, la dramatización de “La guerra de los mundos” de H.G. Wells para la radio CBS. Pero gracias a ello el joven Orson experimentó en carne propia las primeras fake news de los grandes diarios que hicieron portadas de una histeria colectiva que no fue pero que sirvió para presentar a la naciente radio como una amenaza social. La visión de Wells fue entender que en personajes como el empresario William Randolf Hearst había una clave para entender las relaciones de la prensa y el poder y lo encarnó en Charles Foster Kane. Cualquier similitud de la escena de multitudes que voceaban “Don’t read Kane” con “Clarín miente” es pura coincidencia.

Cita repetida de las listas de películas de periodistas es “Todos los hombres del presidente” que, como casi todas, está “basada en hechos reales” pero es una ficción, tanto como Bob Woodward no es Robert Redford ni Carl Berstein es Dustin Hoffman. Por eso puede contar el Watergate sin mencionar la investigación del senado que llevó a la destitución de un devaluado Richard Nixon, que tenía una tensa relación con los periodistas a los que no atendía ni en conferencias de prensa. Aunque en estas latitudes eso pueda parecer normal, esa mala prensa lo consagró como el malo favorito de las películas de periodistas como la que dramatiza la entrevista “Frost/Nixon” o “The Post” que vuelve a traer al villano aprovechando que los tiempos políticos vuelven a poner la prensa bajo amenaza. Steven Spielberg destaca la figura de su directora, Catherine Graham, por mujer y por periodista, dos rasgos políticamente correctísimos en la era Trump, a la que exalta por encima del editor jefe Ben Bradlee y al periodista Ben Bagdikian, que fue el que puso el cuerpo para conseguir los famosos papeles del Pentágono. Pero hay que decir que la mejor periodista que encarnó Meryll Streep no es esta ni la de “Leones por corderos” sino la poderosa jefa de “El diablo viste a la moda”, inspirada en la famosa editora de Vogue, Anna Wintour (cuya tiranía real puede constatarse en el documental que cuenta cómo se produce “El número de Septiembre”).

El cuarto o el quinto poder
Los papeles del Pentágono o el Watergate no deberían ser las películas más citadas porque hablan de filtraciones y operaciones políticas que parecen decir que el periodismo es cuarto poder no tanto porque controla a los otros tres sino porque va a la zaga de su juego, aun en los momentos en que se creía en su mejor momento. Para peor, este siglo el cine lo corre un lugar y habla de “El quinto poder” porque se agregó la intermediación de los hackers como Julian Assange que obtienen la información y deciden a qué medios se la dosifica. Los periodistas de “Spotlight” son menos rutilantes y más rutinarios pero su investigación sobre la pedofilia en la Iglesia católica sigue teniendo impacto global. Sin embargo, el cine no entiende eso de que la estrella sea la información porque necesita papeles estelares. Pero, ¿por qué la realidad debería ser como en las películas y hay periodistas que quieren ser celebridades?

Los profesores Jordi Carrión y Carlos Scolari plantean que una de las reglas de la edad dorada de la ficción es que se vincula con la realidad recíprocamente: “Por un lado, la historia contemporánea contamina los mundos de ficción e incluso en el caso de las series fantásticas encontramos lecturas en diagonal de nuestra realidad política. Por el otro, las series salen de la televisión e influyen en nuestros modos de vestir, de comer, de beber, de actuar, de relacionarnos”. ¿Y si muchas de las frustraciones de los periodistas vinieran de que se hicieron la película?

A la humanidad, en general, las películas de periodistas les resultan un poco aburridas. Los que no conocen las internas de las redacciones ven en ellas lo que la parodia de Seth Meyer: un grupo de obsesionados por la noticia de su vida, siempre mal vestidos, fumando y tomando café quemado en unas oficinas abarrotadas, que hablan con las fuentes sentados en la plaza mirando el horizonte. Llegan al éxtasis cuando miran las rotativas imprimiendo el diario que al día siguiente estarán leyendo todos en el subte mientras sonríen satisfechos porque triunfó el cuarto poder. Mientras tanto, el resto del mundo no entiende cómo es que triunfa el periodismo si siempre queda cuarto.

Periodista multifunción
Por eso el periodista que todos conocen por su nombre es Ken Brockman. Como todo lo que pasa en el mundo (y lo que pasará) está en “Los Simpsons” fueron los primeros que entendieron que en estos tiempos el periodista es multifunción como Ken, que fue presentador, movilero, entrevistador incisivo pero siempre demagogo repetidor de lugares comunes como “Es lo que digo siempre: la democracia no funciona”.

Después, con el cambio de siglo, el cine puso al periodista en entramados más complicados, como las presiones corporativas de “Gracias por fumar” o “El informante” o la corruptela política de “Leones por corderos” o “Los secretos del poder”. En esos años la película “Buenas noches, y buena suerte” usa el blanco y negro para recordar que ya es de otra época un enfrentamiento como el que tuvieron el periodista de la CBS Edward R. Murrow y su productor Fred Friendly con el tristemente célebre senador Joseph McCarthy. Por estos tiempos las presiones y manipulaciones del poder son más verosímiles cuando se cuentan en tono de sátira como en “Mentiras que matan” donde un cínico asesor (Robert de Niro) y un productor megalómano (Dustin Hoffman) convencen a la prensa de una guerra que nunca ocurrió en un país que existe pero nadie conoce. Hoy se llamaría “Fake news que matan”.

Súper periodistas
Hay periodistas extraordinarios en el lugar menos pensado, como en “Historias cruzadas” donde una joven escribe de día una columna de labores domésticas en el diario de Jackson, Mississipi, y de tarde escribe un libro con las historias de las criadas negras en tiempos en que no podían usar el mismo baño que sus patrones. O como el reportero gráfico de “Ciudad de Dios” que redime su vida con la cámara que captura a sus amigos de la infancia en una foto de primera plana: ellos en la banda que dispara balas en las favelas de Rio de Janeiro, Buscapé disparando la foto que nadie habría podido tomar en tan peligroso territorio. Algo de eso también cuenta la serie “The Wire”, escrita y producida por el periodista David Simon, que en la última temporada relata sus experiencias en el diario Baltimore Sun, el diario de una ciudad que podría ser cualquiera de las atravesadas por la delincuencia y la pobreza.

Dos periodistas fundamentales para entender el periodismo actual aparecen en biopics de escritores. Truman Capote revolucionó el periodismo al combinar investigación con narración en lo que hubiera sido una noticia policial más si no la hubiera contado en A sangre fría (1966). La novela reconstruyó con delicadeza estilística y precisión quirúrgica un crimen y el proceso que llevó a los asesinos a la orca. “Capote” lo cuenta en versión cinematográfica, según la biografía de Gerald Clarke, y esa viñeta se puede complementar con “Infame” que dramatiza la red de celebridades en la que estaba preso el escritor. Más alucinado pero igual de influyente es el periodismo Gonzo que propone Hunter Thompson, que tiene su capítulo de gloria en Miedo y asco en Las Vegas (1971). En la película Johnny Depp recrea el momento en que el periodista cubre un evento automovilístico en un desparramo de drogas, sexo y alta velocidad, poniendo el cuerpo para desafiar el principio de distancia que estipulaban los cánones periodísticos.

En cualquier caso, los periodistas de entonces ya no son los mismos. Basta ver la mítica BBC en sus míticos inicios en el noticiero semanal de “The Hour” para añorar el periodismo en su etapa artesanal, cuando allá por la posguerra empezaba a disputar con los relacionistas de Downing Street la versión de la Guerra de Suez o la hazaña de la perrita Laika en la carrera espacial. Freddie Lyon y su productora Bel son fósiles que solo aparecen en los manuales de periodismo, igual que la redacción idílica de “The Newsroom” llena de periodistas que pelean románticamente por la primicia en tiempos en que las noticias circulan globalmente como el derrame de petróleo en el Golfo de México o la captura de Bin Laden. Como su colega inglés, Will McAvoy encarna el arquetipo del periodista que de tan comprometido se vuelve un sociópata. Porque en el fondo todo periodista se siente un héroe incomprendido.

Por eso la cultura pop les dedicó dos súper héroes que trabajan en un diario cuando no andan por ahí salvando a la humanidad: Superman en el Daily Planet y el Hombre Araña en The Daily Hornet. Aunque algunos creen que los periodistas siguen siendo como Clark Kent, discretos reporteros de impermeable y libreta pero los únicos que pueden salvar el mundo, Peter Parker encarna mejor el periodista actual, trabajador precarizado por un jefe rufián que lo destrata. Los periodistas de hoy, como Spiderman, vuelven a su casa a coser los girones del traje que les dejó la lucha cotidiana con los matones de siempre. Pero, estén atentos, en cualquier momento siempre aparece una nueva del Hombre Araña.