Enrique Raab: periodismo todo terreno, comentado por Fernando García | RED/ACCIÓN

Enrique Raab: periodismo todo terreno, comentado por Fernando García

Enrique Raab: periodismo todo terreno
Enrique Raab
Sudamericana

Uno (mi comentario)

Desde el 16 de abril de 1977, cuando fue secuestrado junto a su pareja de su departamento de la calle Beruti, Enrique Raab es uno de los cien periodistas desaparecidos por la dictadura militar. De origen vienés, Raab refinó y redefinió el oficio de cronista en medios gráficos de los años 60 y 70 como Primera Plana, Análisis y La Opinión. En este libro, María Moreno recopila lo mejor de su pluma desplegada en distintos frentes: de la observación y el comentario social al retrato de las figuras del espectáculo y la cobertura de movilizaciones masivas. Luego de un estupendo prólogo donde Moreno indaga el estilo y personalidad de Raab, sobreviene un salvataje de algunos de los mejores textos que se hayan publicada en medios masivos.

Dos (la selección)

Con o sin estadísticas precisas, el cálculo no tiene muchas probabilidades de error: de las 200 personas que fueron a interesarse por la Academia del Fracaso, de Marta Minujín y Agustín Merello, por lo menos 180 ya se habían baqueteado con los laberintos de La Menesunda, allá, por 1965. La diferencia es nimia: apelando a un parangón cinematográfico, podría decirse que si La Menesunda fue, en la carrera de Minujín, su período Cecil B. de Mille, la Academia apenas logra encaramarse al status de El Fusilamiento de Dorrego (el de Mario Gallo, primer film argentino, 1908). (…) Hastío, depresión y angustia en esta asfixiante aventura de Minujín: comparado con una visita a la Academia del Fracaso, el venerable bisonte de Altamira casi puede convertirse en un hecho artístico escandaloso.

(La Opinión, 28 de septiembre de 1975)  

Tres

Por desgracia—o, mejor dicho, gracias a Dios—también está Gasalla, ese duende angustioso y atormentado, sumergido ahora en un mundo propio de escalofriante crueldad. Si su Pato Donald no tiene ya el brillo del año pasado, en el Globo, si resulta bastante obvio que sus compañeros le resultan, casi siempre, una traba, hay cinco minutos, por lo menos, durante los que su niño prodigio del gran moño negro y de la mirada pérfida desparrama oleadas de terror por la salita de La Fusa. Uno intenta reírse, encender otro cigarrillo, arrimar a la boca el whisky casi aguado para saborear la diversión. Es imposible: de golpe, un gran trágico—quizás el más grande actor que tiene la Argentina—contagia a todo ese público, tan sofisticado, su propia visión de un infierno freudiano, edípico, tan espeso y negro como una pesadilla de algún Buster Keaton criado en Almagro o en Villa Soldati.

(Análisis, abril de 1971)  

Cuatro

Por supuesto, la histeria musical es tan vieja como la propia música, y todavía hay mucha gente que se acuerda de las mujeres que se desmayaban cuando Franz Liszt, cien años atrás, se sentaba majestuosamente al piano. Pero esto es otra cosa: es como si el mundo se hubiera vuelto la piel del revés. Una sola semana, en Buenos Aires, puede ilustrar el fenómeno: entre el martes y el sábado pasado, Palito Ortega—para observar un caso límite—fue tema de discusión en el programa Incomunicados, de Canal 9, y entonces hizo hablar de sí al político conservador Emilio Hardoy, a la psicóloga Toba Fundia y a la actriz Luisa Vehil; ocupó la portada de dos revistas; anegó de público la calle Lavalle al asistrir al estreno del film El club del clan; desfiló por media docena de bailes suburbanos e hizo sus irrupciones habituales (dos) en el ciclo Sábados Continuados, de Canal 9. La gente parece negarse a hablar de otra cosa, a ver otra cosa, a bailar otra cosa, como si fuera un Sol obsesivo, copernicano, que diese vueltas alrededor de una minúscula Tierra. Pero este oleaje que parece ingobernable no se mueve nunca por sí solo: hay muchos vientos detrás de él que están agitándolo.

(Primera Plana, 17 de marzo de 1964)

Cinco

Imagen para uso masivo, efigie multiplicada en miles de posters en blanco y negro, en borrosas citocromías, en desplegable papel ilustración. Tapas de Gente, de Radiolandia, de Antena que repiten, en tres cuartos perfil, el rostro chato y redondo, la mirada dura, como fluctuante entre el susto y la instrospección, el pelo lacio y cuidadosamente desarreglado: “es Delon, pero criollo”, define una de las chicas. Verdad: Camero imagen sugiere un cierto, indefinido chic internacional, con un impalpable trasfondo de asaditos hechos en su quinta, largas veladas de vino tinto y guitarra, algo así como la inesperada prolongación gauchesca de un producto de Cineccita. No es el barrio, como García Satur, ni la hibridez andrógena proyectada hacia el mito, como Arnaldo André.

(La Opinión, 15 de enero de 1975)   

Seis

Ediciones Musicales Francis Smith se llama hoy el emporio musical construído sobre los cimientos de esa filosofía: una filosofía tan discutible como el hippismo porteño de pacotilla que durante años fue su antagonista. ¿Por qué tuvieron tanto éxito esas crónicas, un poco reaccionarias, un poco tiernas, de la calle Corrientes de hace cinco años? “Te explico”, dice Smith con esa disposición solícita y cordial que nunca lo abandona. “¿Sabés dónde pegaban más? En los boliches…En Olivos, en Martínez, hasta en Mau-Mau…Claro, los pibes de familias más pudientes se reían un poco de estos pobres muchachos harapientos, naufragados en algún bar de Corrientes…” Inconscientemente, Smith oponía el sector ocioso de una clase al sector ocioso de otra: la lumpen-burguesía contra el lumpen-proletariado. ¿Inconscientemente? Sin duda: Smith es demasiado bueno, demasiado gentil para acometer un operativo cultural tan disolvente con premeditada alevosía.

(La Opinión, febrero de 1976)

Siete

A las 12.55 aparecen el general Perón y María Estela Martínez de Perón detrás del gran vidrio blindado, en uno de los balcones. Los gritos son estentóreos y también indiscernibles. Se percibe, sí, que Ar-gen-ti-na rivaliza nuevamente con Mon-to-ne-ros; del lado de la Catedral el grito de Evita intenta pujar con el de Isabelita, proferido desde Hipólito Yrigoyen. El bombo trabaja a gran velocidad: todo el sector de JP comienza a saltar con los torsos desnudos, al compás de El que no salta es gorilón…El que no salta es gorilón. Sentado sobre una de las salientes del edificio de la Curia, los mira un hombre canoso. Con la mano derecha en alto, hace el signo de la V. Está conmovido. En cierto momento, se saca el pañuelo negro anudado a la garganta y lo empieza a agitar.

Periodista: ¿Qué le parecen estos muchachos?

Hombre canoso: Los muchachos son bárbaros. Yo mucho no los entiendo, a veces. Hoy se vinieron con las vinchas en la cabeza (unas vinchas celestes y blancas que lleva en la frente casi toda la JP). Son muchachos locos, pero quieren la cosa buena…Yo soy un peronista de los de antes. Mire, para mí, al general no se lo puede discutir…El general es lo más grande que hay…(Mira de reojo el grabador del periodista). ¿Está prendido el aparato? Bueno, téngalo bien prendido para que se grabe lo que voy a decir…Este país va a salir adelante, con la ayuda de Dios y del general…De los dos…Aunque, ¿qué quiere que le diga? Hablando con la mano en el corazón, confío más en el general que en Dios.

(La Opinión, 13 de octubre de 1975)   

Fernando García vive en Plaza Irlanda, Buenos Aires, ciudad donde también viven su su madre, su padre y su hija. Ha escrito varios libros, entre ellos: “Los Ojos, vida y pasión de Antonio Berni” (2005/2009/2013), “Conversaciones con León Ferrari” (2008), “Marta Minujín: Los años psicodélicos” (2015), “Cómo entrevistar a una estrella de rock y no morir en el intento” (2016), “Crimen y Vanguardia: el caso Shocklender y el surgimiento del underground en Buenos Aires” (2017) y la serie “100 veces” (Pappo, Redondos, Stones, Charly) co-escrita con José Bellas entre 2011 y 2015. “Diario de Tempest” es su primer acercamiento a la ficción..


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