Fernando García | RED/ACCIÓN
Sie7e Párrafos | 15 de abril de 2019

Recuerdos que mienten un poco, comentado por Fernando García

Recuerdos que mienten un poco
Indio Solari en conversaciones con Marcelo Figueras
Sudamericana

Uno (mi comentario)

Solo con los libros que se han escrito sobre la leyenda de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota se podría llenar el estante de una biblioteca: de la ficción al ensayo y la crónica periodística. Sin embargo, hasta ahora, casi veinte años desde la separación del grupo, el Indio Solari no había prestado su voz a ninguno de estos relatos más allá de la cita extraída de alguna de las contadas entrevistas que dio a la prensa gráfica. Este libro extenso es, por fin, su versión de las cosas. De la historia de su familia de origen a la que formó con su pareja y su hijo Bruno, Solari revisa puntillosamente una vida que tiene casi la misma duración que la cultura rock a la que ha contribuido a definir con su lírica y enigmática presencia.

El género elegido aquí es híbrido, unas memorias guíadas por una larguísima conversación con el periodista y escritor Marcelo Figueras sin la forma de una entrevista periodística. Más allá de revelar cuestiones pendientes como la circunstancia de la separación o el origen del nombre, hay en Solari una prosa oral riquísima donde se mezclan la voz del “hombre psicodélico” (así se llama a sí mismo) informada por lecturas y experiencias alternativas y la de una erudición popular adquirida en los pliegues de la peripecia argentina de los últimos cincuenta años.

Dos (la selección)

Frente al correo estaba la plaza principal, que tenía una pérgola donde tocaban distintas bandas: la de la Municipalidad, la de la Marina…Nélida me llevaba y yo me fascinaba con el brillo de los vientos. Los músicos de la Marina usaban polainas y yo las imitaba, subiéndome mis soquetitos blancos. Tendría 3 o 4 años. Volvía a casa flotando en el aire, colocado como si hubiese salido de un recital.

Mis viejos no eran melómanos, pero ponían música clásica en la radio. Todavía tengo la cañita que usaba entonces como batuta. Me la devolvió mi vieja antes de morir. En aquel entonces me ponía encima de un papel de diario que oficiaba de escenario, delante de una radio vieja—esas que parecían catedrales de madera—y “dirigía” desde ahí.

En casa no había muchos  discos. Estaban, sí, esas colecciones típicas de la época, que armaba la revista Selecciones del Reader’s Digest: Música para soñar y reposar. Venían en una caja, las partes más reconocibles de las obras clásicas: Chopin, Wagner.

Tres

Siempre tuve amigos en el cielo y en el infierno. Del cielo me gusta el clima, nomás. Del infierno, la compañía (…) Cuando crecí y me quedé solo empecé a llevar a casa a gente que era medio rara. Ya venían hippies y esa onda, que llamaban la atención. En esa época éramos un puñado. Yo andaba con el pelo largo y con una camisa roja con una especia de diamante pegado. Me ponía unos pantalones anchos azules, con estrellas plateadas acá y unos zapatos de taco alto que se usaban en esa época. Pasaba gente terminal, por mi casa. Era el albergue de los freakies, no solo de cabotaje sino también internacional. Alguna gente se quedaba una temporada. (…) Hubo tres años maravillosos—del 67 al 69—en los que la libertad te brotaba por los ojos. Los jóvenes eran, éramos, los generadores de una revolución por el simple hecho de plantarnos y decir: El mundo que nos dejan no nos gusta. La onda que venía de Inglaterra era más fashion y artificial, porque ahí circulaba heroína en vez de marihuana o ácido lisérgico como en los Estados Unidos (…) En esos años se arma una nueva cultura de izquierda en el mundo, más universalista. Por eso yo tendía a ver las revoluciones latinoamericanas desde un lugar que algunos confundían con cinismo. Pero nosotros ya percibíamos que no se podía tomar la Casa Blanca con Mausers. (…) La militancia orgánica no tenía que ver con mi ideales. Yo no podía pensar como un montonero. Estaba afuera de ese menú. Compartía parte de la mirada, eso de estar en contra de la opresión, de la mita y el yaconazgo tencocráticos (…) Las experiencias en las que me enganché estaban vinculadas con otra mirada del mundo. Yo me vinculé temprano con la política del extásis, que por ese entonces cultivaba muy poca gente, inclusive dentro de los que se disfrazaban de hippies.  

Cuatro

Un día llegan Skay y Poli de Salta, donde administraban un campo de los Beilinson. Me vienen a ver, me dicen que quieren reunir a Los Redondos. Dándole vueltas al asunto, en mi casa de la costa di con un recetario que había editado Royal, la marca de los postres. Ahí inventaban a una cocinera ficticia que era la que te presentaba las recetas, la dibujaron y todo. ¿Y que nombre le habían puesto? Patricia Rey (…) La idea que derivó del nombre fue la de crear un personaje que no fuese ninguno de nosotros. Una suerte de padrino mafioso que se había ganado la reverencia de sus seguidores. Nosotros veníamos a ser apenas sachets vacíos, artistas existenciales por los que pasaba una energía buena cuando estaban en vena. Así lo pintamos a Patricio–un tipo que tenía un piso en la rue de l’Èpée de París y había colgado un Mondrian en el ascensor–…¡tenía toda la guita del mundo! (…) A fin de cuentas, Patricio Rey debería encarnar en cualquiera, como si cayera del cielo. Está hecho de la misma naturaleza de nuestras obsesiones.

Cinco

De pronto me sorprendió que Poli estuviese ahí, dispuesta a hacerse cargo de la parte administrativa y burocrática de la banda, que tanto a Skay como a mí nos excedía. (Cosa de la que me arrepentí con el tiempo) En fin, lo lógico era tener a alguien de confianza que cuidara la taquilla para que Skay y yo nos dedicásemos a la parte creativa. Y entonces se armó este trío que ya se separó del resto. (…) Los Redondos siempre fueron una banda de amigos, donde había tres maníacos que conducían el sulky. (…) El seudónimo de Poli, eso de llamarla “La 9mm”, se lo pusimos entonces. Fue un mote de entrecasa. En el ambiente no estaban acostumbrados a que una mujer fuera a pelear dieros mientras los otros se rascaban el higo, tocando la guitarra. Yo creo que, cuando tenés un grupo ganador, venderte a un manager es una pelotudez. No es que los shows se vendían porque hacíamos una gran difusión, porque no había nadie atrás nuestro promocionando nada: ninguna corporación. La gente nos seguía cada vez más, y entonces no necesitabas otra cosa que el número telefónico de los pubs y decir: Sí, no, esto es tanta guita, las entradas son para nosotros y la cantina es para ustedes (…) El ansia de libertad te lleva a rechazar ofertas muy tentadoras. Yo recuerdo dos momentos así. Una vez cuando yo todavía no tenía casa propia, me ofrecieron dos departamentos en Mar del Plata a cambio de tocar en el marco de una campaña política. Y la otra vez, cuando la banda de separó, un productor me ofreció varios millones de dólares por once shows. Y también dije que no. Antes de descubrirme a mí mismo haciendo algo que me violenta, prefiero volver a fabricar ropa.

Seis

Yo era todo lo contrario a lo que se suponía que estaba de moda. Para empezar cantaba raro, no tenía esa voz prístina propia de las bandas “modernas”. Además era un pelado con barba, que subía al escenario vestido con la misma corbatita que había usado durante su trabajo diurno en el hogar de niños…Lo que me hizo diferente, imagino, era el hecho de que encarnaba casi todo lo que la industria del espectáculo tenía por negativo. Para seguir los tips de la hora estaban todos los demás. Pero a mí me salía otra cosa. Tal vez el éxito se haya debido a eso, nomás: a que la gente percibió que éramos genuinos. (…) El público biempensante de los comienzos se distanció enseguida. Le pareció que, tan pronto nos volvimos populares de verdad, nuestra obra se convirtió en algo menor. Cuando era al revés, objetivamente: fue mucho más importante lo que empezamos a transmitir, y lo que transmito ahora, que las pavadas que cantaba al principio (…) Cuando los boliches se llenaron de gente desangelada, el público cool nos rechazó. Era su forma de decir: Si le gusta a esta gente, no nos puede gustar a nosotros. Somos una elite que disfruta de cosas especiales, se ve que el Indio se vendió, le interesa la multitud para ganar dinero. ¡Como si uno supiese cómo va a reaccionar la gente cuando saca un disco!

Siete

Lo que pasó esa noche me sorprendió. Puede que la embriaguez haya tenido que ver, estábamos medio picoteados…Veníamos hablando de los asuntos pendientes y salió el tema de los videos de Rácing: aquellos que habíamos grabado con tantas cámaras y que algún día, cuando estuviésemos en las condiciones ideales, queríamos editar y posproducir. Yo llevaba años reclamando que se hicieran copias del material, por cuestiones de seguridad (…) Lo único que sé es que seguimos gritando hasta que Skay se fue a la mierda, porque no le gustan las situaciones tensas. No recuerdo si al final dije expresamente. Esto se acabó acá, pero me subí al coche—el chofer me esperaba afuera, se había dormido ya—y volví a casa. (…) Y esa madrugada entendí que no quería saber más nada con ellos. Me llenó de amargura darme cuenta de lo que estaba pasando, de los que seguramente venía pasando desde hacía años: ¡qué ingenuidad la mía! Esa es una de las características de la traición: no sabés cuándo empezó, sólo la ves cuando llega el momento en que explota. (…) ¿Cómo seguís adelante con una relación, una vez que se instaló la desconfianza entre todos? ¿Cómo sabés si la verdad va a volver alguna vez a la boca de un amigo que te traicionó? (…) Cuando yo quemo naves, quemo naves. Y ya no me importa un carajo lo que atesoré hasta ayer, aunque sea mío. Por eso nunca les hice juicio. Si quieren regalar ese material de video, hacerlo público, yo no me voy a oponer. Pero en fin, me hubiera gustado que Los Redondos tuviesen un final más dedicado a la gente. Me quedé con las ganas de un final más elegante.  


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Sie7e Párrafos | 9 de abril de 2019

Enrique Raab: periodismo todo terreno, comentado por Fernando García

Enrique Raab: periodismo todo terreno
Enrique Raab
Sudamericana

Uno (mi comentario)

Desde el 16 de abril de 1977, cuando fue secuestrado junto a su pareja de su departamento de la calle Beruti, Enrique Raab es uno de los cien periodistas desaparecidos por la dictadura militar. De origen vienés, Raab refinó y redefinió el oficio de cronista en medios gráficos de los años 60 y 70 como Primera Plana, Análisis y La Opinión. En este libro, María Moreno recopila lo mejor de su pluma desplegada en distintos frentes: de la observación y el comentario social al retrato de las figuras del espectáculo y la cobertura de movilizaciones masivas. Luego de un estupendo prólogo donde Moreno indaga el estilo y personalidad de Raab, sobreviene un salvataje de algunos de los mejores textos que se hayan publicada en medios masivos.

Dos (la selección)

Con o sin estadísticas precisas, el cálculo no tiene muchas probabilidades de error: de las 200 personas que fueron a interesarse por la Academia del Fracaso, de Marta Minujín y Agustín Merello, por lo menos 180 ya se habían baqueteado con los laberintos de La Menesunda, allá, por 1965. La diferencia es nimia: apelando a un parangón cinematográfico, podría decirse que si La Menesunda fue, en la carrera de Minujín, su período Cecil B. de Mille, la Academia apenas logra encaramarse al status de El Fusilamiento de Dorrego (el de Mario Gallo, primer film argentino, 1908). (…) Hastío, depresión y angustia en esta asfixiante aventura de Minujín: comparado con una visita a la Academia del Fracaso, el venerable bisonte de Altamira casi puede convertirse en un hecho artístico escandaloso.

(La Opinión, 28 de septiembre de 1975)  

Tres

Por desgracia—o, mejor dicho, gracias a Dios—también está Gasalla, ese duende angustioso y atormentado, sumergido ahora en un mundo propio de escalofriante crueldad. Si su Pato Donald no tiene ya el brillo del año pasado, en el Globo, si resulta bastante obvio que sus compañeros le resultan, casi siempre, una traba, hay cinco minutos, por lo menos, durante los que su niño prodigio del gran moño negro y de la mirada pérfida desparrama oleadas de terror por la salita de La Fusa. Uno intenta reírse, encender otro cigarrillo, arrimar a la boca el whisky casi aguado para saborear la diversión. Es imposible: de golpe, un gran trágico—quizás el más grande actor que tiene la Argentina—contagia a todo ese público, tan sofisticado, su propia visión de un infierno freudiano, edípico, tan espeso y negro como una pesadilla de algún Buster Keaton criado en Almagro o en Villa Soldati.

(Análisis, abril de 1971)  

Cuatro

Por supuesto, la histeria musical es tan vieja como la propia música, y todavía hay mucha gente que se acuerda de las mujeres que se desmayaban cuando Franz Liszt, cien años atrás, se sentaba majestuosamente al piano. Pero esto es otra cosa: es como si el mundo se hubiera vuelto la piel del revés. Una sola semana, en Buenos Aires, puede ilustrar el fenómeno: entre el martes y el sábado pasado, Palito Ortega—para observar un caso límite—fue tema de discusión en el programa Incomunicados, de Canal 9, y entonces hizo hablar de sí al político conservador Emilio Hardoy, a la psicóloga Toba Fundia y a la actriz Luisa Vehil; ocupó la portada de dos revistas; anegó de público la calle Lavalle al asistrir al estreno del film El club del clan; desfiló por media docena de bailes suburbanos e hizo sus irrupciones habituales (dos) en el ciclo Sábados Continuados, de Canal 9. La gente parece negarse a hablar de otra cosa, a ver otra cosa, a bailar otra cosa, como si fuera un Sol obsesivo, copernicano, que diese vueltas alrededor de una minúscula Tierra. Pero este oleaje que parece ingobernable no se mueve nunca por sí solo: hay muchos vientos detrás de él que están agitándolo.

(Primera Plana, 17 de marzo de 1964)

Cinco

Imagen para uso masivo, efigie multiplicada en miles de posters en blanco y negro, en borrosas citocromías, en desplegable papel ilustración. Tapas de Gente, de Radiolandia, de Antena que repiten, en tres cuartos perfil, el rostro chato y redondo, la mirada dura, como fluctuante entre el susto y la instrospección, el pelo lacio y cuidadosamente desarreglado: “es Delon, pero criollo”, define una de las chicas. Verdad: Camero imagen sugiere un cierto, indefinido chic internacional, con un impalpable trasfondo de asaditos hechos en su quinta, largas veladas de vino tinto y guitarra, algo así como la inesperada prolongación gauchesca de un producto de Cineccita. No es el barrio, como García Satur, ni la hibridez andrógena proyectada hacia el mito, como Arnaldo André.

(La Opinión, 15 de enero de 1975)   

Seis

Ediciones Musicales Francis Smith se llama hoy el emporio musical construído sobre los cimientos de esa filosofía: una filosofía tan discutible como el hippismo porteño de pacotilla que durante años fue su antagonista. ¿Por qué tuvieron tanto éxito esas crónicas, un poco reaccionarias, un poco tiernas, de la calle Corrientes de hace cinco años? “Te explico”, dice Smith con esa disposición solícita y cordial que nunca lo abandona. “¿Sabés dónde pegaban más? En los boliches…En Olivos, en Martínez, hasta en Mau-Mau…Claro, los pibes de familias más pudientes se reían un poco de estos pobres muchachos harapientos, naufragados en algún bar de Corrientes…” Inconscientemente, Smith oponía el sector ocioso de una clase al sector ocioso de otra: la lumpen-burguesía contra el lumpen-proletariado. ¿Inconscientemente? Sin duda: Smith es demasiado bueno, demasiado gentil para acometer un operativo cultural tan disolvente con premeditada alevosía.

(La Opinión, febrero de 1976)

Siete

A las 12.55 aparecen el general Perón y María Estela Martínez de Perón detrás del gran vidrio blindado, en uno de los balcones. Los gritos son estentóreos y también indiscernibles. Se percibe, sí, que Ar-gen-ti-na rivaliza nuevamente con Mon-to-ne-ros; del lado de la Catedral el grito de Evita intenta pujar con el de Isabelita, proferido desde Hipólito Yrigoyen. El bombo trabaja a gran velocidad: todo el sector de JP comienza a saltar con los torsos desnudos, al compás de El que no salta es gorilón…El que no salta es gorilón. Sentado sobre una de las salientes del edificio de la Curia, los mira un hombre canoso. Con la mano derecha en alto, hace el signo de la V. Está conmovido. En cierto momento, se saca el pañuelo negro anudado a la garganta y lo empieza a agitar.

Periodista: ¿Qué le parecen estos muchachos?

Hombre canoso: Los muchachos son bárbaros. Yo mucho no los entiendo, a veces. Hoy se vinieron con las vinchas en la cabeza (unas vinchas celestes y blancas que lleva en la frente casi toda la JP). Son muchachos locos, pero quieren la cosa buena…Yo soy un peronista de los de antes. Mire, para mí, al general no se lo puede discutir…El general es lo más grande que hay…(Mira de reojo el grabador del periodista). ¿Está prendido el aparato? Bueno, téngalo bien prendido para que se grabe lo que voy a decir…Este país va a salir adelante, con la ayuda de Dios y del general…De los dos…Aunque, ¿qué quiere que le diga? Hablando con la mano en el corazón, confío más en el general que en Dios.

(La Opinión, 13 de octubre de 1975)   

Fernando García vive en Plaza Irlanda, Buenos Aires, ciudad donde también viven su su madre, su padre y su hija. Ha escrito varios libros, entre ellos: “Los Ojos, vida y pasión de Antonio Berni” (2005/2009/2013), “Conversaciones con León Ferrari” (2008), “Marta Minujín: Los años psicodélicos” (2015), “Cómo entrevistar a una estrella de rock y no morir en el intento” (2016), “Crimen y Vanguardia: el caso Shocklender y el surgimiento del underground en Buenos Aires” (2017) y la serie “100 veces” (Pappo, Redondos, Stones, Charly) co-escrita con José Bellas entre 2011 y 2015. “Diario de Tempest” es su primer acercamiento a la ficción..


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Sie7e Párrafos | 7 de febrero de 2019

Los combatientes, comentado por Fernando García

Los combatientes
Vera Carnovale
Siglo XXI

Selección y comentario por Fernando García, autor de “Los Ojos, vida y pasión de Antonio Berni”, “Conversaciones con León Ferrari”, “Marta Minujín: Los años psicodélicos”, “Cómo entrevistar a una estrella de rock y no morir en el intento”, “Crimen y Vanguardia: el caso Shocklender y el surgimiento del underground en Buenos Aires” y la serie “100 veces” (Pappo, Redondos, Stones, Charly) co-escrita con José Bellas.

Uno (mi comentario)

Parte de la colección “Historia y cultura”, dirigida por Luis Alberto Romero, la segunda edición de “Los Combatientes” es un texto ineludible para comprender la formación y desarrollo del PRT-ERP, una de las formaciones emblemáticas de la guerrilla en Argentina. Investigadora del Conicet, Carnovale realiza un mapeo exhaustivo de los documentos disponibles de la organización que apoya con muy valiosos testimonios en perspectiva de militantes revolucionarios sobrevivientes al naufragio de la experiencia en el comienzo de la dictadura militar. Así, su análisis no deja cabo suelto y puede descubrir tanto el entramado de la decisión de lanzarse a la aventura armada como la circunstancia social y la intimidad de sus protagonistas enmarcada en una moral espartana que era el espejo invertido del “enemigo”.

Dos (la selección)

Dentro de esta impugnación general al pensamiento guevarista, (Nahuel) Moreno hacía hincapié en algunos postulados en especial. Uno de ellos era el rol de vanguardia atribuido por Guevara al campesinado en los procesos revolucionarios del entero continente. “Nunca se plantea la menor posibilidad de que esa situación pueda variar de país a país”, protestaba Moreno, señalando las enormes diferencias de las estructuras ecnómico-sociales de los países latinoamericanos. No se trataba sólo de llamar la atención sobre el movimiento obrero organizado y combativo en países como la Argentina o Bolivia, y el papel de las organizaciones sindicales en la lucha de masas del continente, ni aun de insistir en que la “clase explotada a la vanguardia de la revolución latinoamericana cambia de país a país y de etapa a etapa”. En rigor, era el entero razonamiento de Guevara lo que se impugnaba.

Tres

A lo largo de 1967, se conformaron dos corrientes internas en el PRT: una liderada por Mario R. Santucho y otra minoritaria, liderada por Nahuel Moreno. Para este último, luego de las fuertes protestas de los primeros meses de 1967, resultaba claro que el movimiento obrero había sufrido importantes derrotas en todo el país, al tiempo que la dictadura se consolidaba y lograba llevar adelante el plan de estabilización del ministro de economía, Adalbert Krieger Vasena. En cambio, para Santucho y sus seguidores, debajo de aquella aparente y relativa estabilidad comenzaban a engendrarse nuevos enfrentamientos, y si bien el movimiento obrero atravesaba un período de retroceso (…) podía capitalizar el “odio generalizado” contra la dictadura, así como las crecientes simpatías de jóvenes, obreros y estudiantes (…) La muerte de Guevara en octubre de ese año no conmovió las certezas de santuchistas ni de morenistas. Para los primeros, había llegado el momento de “seguir su ejemplo y recoger su fusil”, y emprender la guerrilla en la Argentina. Para los segundos, el postulado retroceso del movimiento obrero en el país tornaba impertinente el lanzamiento de una guerrilla ofensiva.      

Cuatro

El nuevo ejército necesitaba referencias históricas que le otorgaran legitimidad y le permitieran estrechar los lazos con ese pueblo que venía a representar. El modelo, el ideal de identificación, fue, como era esperable, un ejército: el de las guerras de Independencia del siglo XIX. (…) Ya un año y medio antes de la fundación del ERP, en enero de 1969, había tenido lugar la primer acción armada del PRT: el asalto al Banco Provincia de la localidad de Escobar. El comando que lo ejecutó, liderado por el propio Santucho, se denominó “Sargento Cabral”. Fuerzas Armadas y fuerzas revolucionarias compartían, entonces, una percepción de la confrontación local como expresión de una guerra de carácter mundial. Si en esa guerra las Fuerzas Armadas se arrojaban al combate sustentadas en una representación de sí mismas que giraba en torno a la figura de la vanguardia contrarrevolucionaria, es plausible postular que su discurso y accionar favorecieron el hecho de que su enemigo de guerra, la vanguardia revolucionaria, compartiera de alguna manera aquella representación.

Cinco

Santucho presentó al colectivo partidario un documento considerado por muchos como la obra más acabada y madura de su pensamiento: Poder burgués, poder revolucionario. Nos detendremos particularmente en ese texto por varios motivos. En primer lugar, porque a pesar de ser 1974 el año que estaría indicando el comienzo de una militarización en el PRT-ERP, lo cierto es que en este documento hay un notorio énfasis en la noción de que el poder popular se construía fundamentalmente a partir de la movilización de las masas. En segundo lugar, porque si un año y medio antes la apertura electoral era enfáticamente catalogada de “farsa”, aquí, sin ser reinvindicada, adquiría el estatus de forma legítima de lucha. En tercer lugar, porque se proponía no ya al ejército revolucionario, sino a un “frente antiimperialista”, expresión de acuerdos políticos “por arriba” y la movilización de masas “por abajo”, como fuerza dirigente del proceso revolucionario en curso. Las armas cumplían ahora la función de reaseguro de un poder revolucionario ya conquistado.  

Seis

La mayoría de las personas entrevistadas utiliza indistintamente los términos “héroe” y “mártir” para referirse, por ejemplo, a los militantes fugados del penal de Rawson el 19 de agosto de 1972 y fusilados en Trelew el 22. En la documentación partidaria, los dieciséis militantes fusilados se convirtieron en héroes de Trelew, y fue el día 22 de agosto (y no el 19) el que se decretó Día del Combatiente Heroico. La heroicidad provenía menos de la acción de la figura de la fuga en sí misma que de una muerte perpetrada desde la alevosía. (…) Entonces para el PRT-ERP, héroe era el guerrillero que caía en combate, quien moría asesinado a sangre fría, o bien aquel que moría luego de conocer las formas más extremas del sufrimiento físico, la tortura. Sin algunos de estos componentes, no había héroes.

Siete

La militancia del PRT-ERP estuvo compuesta por una abrumadora mayoría de jóvenes. Determinar la forma en que cada uno de ellos se acercó a la organización no es tarea sencilla. Sin embargo, puede decirse que aquel acercamiento reconoció motivos menos vinculados a opciones político-ideológicas previamente analizadas que a ansias emancipatorias de diverso tipo. Esas ansias alcanzaban, en el contexto cultural de “los sixties”, el espacio de los cuerpos y la sexualidad. Modernización cultural y radicalización política encontraron —en principio, sin mayores tensiones—lazos empáticos que situaban a la juventud en el lugar protagónico de los cambios. No obstante entre la figura del joven rebelde y del profesional revolucionario medió un proceso de transformación poco explorado, en el cual la irreverencia devino en solemnidad, la rebeldía en disciplina y el “amor libre” en moral revolucionaria.  


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Sie7e Párrafos | 16 de enero de 2019

Crítica a la crítica, el territorio de la pereza

Crítica de choque
Fredy Massad
Bisman

Selección y comentario por Fernando García, autor de “Los Ojos, vida y pasión de Antonio Berni”, “Conversaciones con León Ferrari”, “Marta Minujín: Los años psicodélicos”, “Cómo entrevistar a una estrella de rock y no morir en el intento”, “Crimen y Vanguardia: el caso Shocklender y el surgimiento del underground en Buenos Aires” y la serie “100 veces” (Pappo, Redondos, Stones, Charly) co-escrita con José Bellas.

Uno (mi comentario)

Fredy Massad es argentino pero reside en las afueras de Barcelona desde donde escribe sobre arquitectura para el diario ABC al tiempo que mantiene el blog “La viga en el ojo ajeno”. Si bien “Crítica de Choque” se ocupa del star system de la arquitectura global (la era de las starchitects) hay en su pormenorizada enjundia un mensaje para el ejercicio de la crítica en general. (…)

(sigue mi comentario)

La pereza actual hacia el juicio crítico que Massad denuncia en el campo del urbanismo puede trasladarse entera al dominio de las artes, ya fuera en el circuito alto o en el entretenimiento. Como explica Massad el crítico se ha convertido en un manso reseñador que chasquea los dedos al compás de las novedades. Por lo demás, se trata de una introducción fantástica al mundo de la arquitectura global desde una perspectiva que elude la neutralidad para comprometerse con los valores sociales del diseño dejando al descubierto el lado oscuro de las prácticas buenistas y multiculturalistas. “Crítica de choque” consigue ir más allá de su objeto y revelarse como un agudo volumen de ensayo en la tradición de, sí, la mejor crítica.

Dos (la selección)

La esencia del término “crítica” ha ido languideciendo y agonizando, monopolizada por fabricantes de celebrities que se postran ante ellas, ríen sus gracias y divismos, y se ocupan minuciosamente de ocultar sus miserias y flaquezas. Contribuyen así a reforzar otra más de las ficciones que cimentan el mundo actual. Ficciones apoyadas en esa destrucción de la voluntad reflexiva individual y autónoma que alientan las estructuras y herramientas de poder neoliberal, disimulándola bajo una abundancia de medios y redes sociales que, tal y como plantea el pensador Byung-Chul Han son un mero espejismo de libertad de opinión y pensamiento.

Tres

En 2013 Charles Jencks ligaba el concepto de starchitecture a los edificios icónicos construidos a mayor gloria de gobiernos y grandes corporaciones, comprendiéndolo asimismo como una consecuencia lógica del capitalismo tardío. Señalaba que el fenómeno del edificio icónico había generado un círculo vicioso del que los “Google Starchitects” no podían escapar, puesto que obtener esos prestigiosos encargos les otorgaba la plena libertad creativa con la que anhelaban trabajar. A su parecer, la arquitectura icónica iba a permancer pero sería necesario imbuirla de una iconografía consciente. Tajantemente opuesto a la arquitectura-estrella y sus consecuencias se manifestaba Kenneth Frampton en 2009, acusando a la mayor parte de proyectos firmados por arquitectos estrella de carecer totalmente de integridad, ser esencialmente toscos y decepcionantes y estar meramente reducidos a imágenes.

Cuatro

La idea de la cooperación con los países en vías de desarrollo, con tan buena prensa y admirada, es posiblemente la salida más apropiada para lavar las conciencias multiculturalistas: paternalistas, buenistas, etnocéntricas. De mantener disimuladamente la idea más pura del capitalismo y la superioridad colonialista. En ningún momento se plantea ni desea cambiar o modificar ese sistema desigualitario, esa brecha social, económica y cultural con la parte más desfavorecida del planeta, sino mantenerlo a base de pequeños gestos, asumiendo que ese Otro al que alude Zizek siempre va a ser el necesitado y “nosotros” seremos quienes les aportemos las “soluciones” a sus necesidades.  

Cinco

La necesidad de homogeneizar la realidad de Iberoamérica por su costado más pobre y sórdido a fin de hacerla un producto intelectual para el gusto primermundista dará lugar a un libro como Ciudades Radicales. Un viaje a la nueva arquitectura latinoamericana de Justin McGuirk. En la traducción más directa del subtítulo original del libro “A través de Latinoamérica a la búsqueda de una nueva arquitectura” se trasluce quizá más claramente cuál es el propósito con el que el ex director de la revista ICON emprendió su periplo por la región. No se trata de una búsqueda con objeto de indagar y aprender sino de colmar los neófagos ojos primermundistas, que no quieren “descubrir” más que lo que tienen deseo y necesidad de descubrir.

Seis

Alejandro Aravena es, sin el menor género de dudas, el golden boy del eje neopopulista. He vinculado con anterioridad su perfil al del modelo del storyteller que Nicole Aschoff define en su libro The New Prophets of Capital: emergentes e influyentísimos gurús “revolucionarios” que “bajo una máscara de progresismo, han emergido para reinventar el mercado libre como la solución universal a todos los problemas de la sociedad”. Escribe Aschoff: “Los más poderosos de estos narradores (storytellers) no son pobres ni gente trabajadora, son la superelite (…) Aunque sus perspectivas destacan problemas reales asociados al capitalismo, sus soluciones no desafían ni a este ni a sus efectos destructivos. Al contrario: lo apuntalan. Ofreciendo soluciones seguras y convenientes para el mercado a los problemas sociales, estos nuevos profetas refuerzan la lógica y las estructuras de acumulación. Sus historias marcan los términos del debate y los campos de posibilidad, dominando el plano de ideas y devorando las historias que desafían al statu quo. Sus narrativas permiten que el capitalismo evolucione, absorba las críticas y, consecuentemente, se preserve a sí mismo como sistema”.   

Siete

La intelligentsia ha optado por dar carpetazo y propiciar estrategias de huida hacia adelante en lugar de asumir y acatar la tremenda crisis que asola a la arquitectura. Su incapacidad para aportar respuestas o ideas al presente, más allá de seguir haciendo de él un espectáculo que nutrir con vanos relatos de personajes a idolatrar y narrativas épicas que dejan de lado a la realidad, ha quedado patente. Y ahora mismo da la impresión de que nos encontramos en un espacio donde pululan ideas zombis y muertos vivientes, que regresan esgrimiendo de nuevo sus mismas y fracasadas mañas. Después de haber sobreactuado, de haberse rasgado las vestiduras durante los años de recesión económica (cuando parecía que se terminaría desmontando el estado de bienestar en el viejo continente y, con ello, los jugosos beneficios que sus comportamientos les habían estado proporcionando) hoy salen de sus refugios del “sálvese quien pueda” o “yo no estuve ahí mientras sucedía” y regresan por sus fueros.  


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