Evasión y otros ensayos, comentado por Pablo Plotkin | RED/ACCIÓN

Evasión y otros ensayos, comentado por Pablo Plotkin

Evasión y otros ensayos
César Aira
Random House

Uno (mi comentario)

Este librito de Aira reúne cinco ensayos buenísimos que hablan del amor por la lectura, el trabajo del escritor, la diferencia entre talento y genio, los procesos creativos y el arte, precisamente, de escribir ensayos. Son aproximaciones rápidas que invocan la felicidad de la experiencia literaria a la vez que discuten los paradigmas actuales. Según Aira, los novelistas hoy son personas demasiado satisfechas de sí mismas que se pierden en predicamentos interiores y que desprecian el propósito fundacional del género: escapar de esta realidad. “Evasión”, por ejemplo, parte de la lectura de The Black Arrow, de Stevenson, para reivindicar la narración de aventuras y la escritura “volumétrica”. De ahí en más, Aira enfoca en figuras como Raymond Roussel y Salvador Dalí y despliega en pocas páginas un ideario fascinante, con revelaciones más o menos directas sobre su propio trabajo y una claridad conceptual admirable. Como ocurre con todo buen ensayista, ya no importa si Aira tienen razón o no: importa el placer que produce leerlo.

Dos (la selección)

“Lo que quería hacer notar [se refiere a un pasaje de Stevenson] es el modo en que la escritura se hace tridimensional: el espacio de la iglesia está utilizado en todo su largo, ancho y alto, en sus vistas al exterior, sus entradas y salidas, sus espacios anexos, su luz, sus ocupantes; y cómo están coreografiados los movimientos, con qué aceitadas transiciones se pasa de un cuadro a otro, en los pocos segundos que dura todo; y cómo los colores, las formas, la música, los gritos (con el delay de las campanas en el silencio súbito) se entrelazan y combinan con las emociones, con la nieve, con las huidas… Todo eso lo hizo Stevenson; él solo hizo el ‘trabajo de equipo’ que dio este resultado. Sonidista, iluminador, vestuarista, guionista, camarógrafo, director, productor, montajista (…) En la medida en que se despliega el oficio necesario para poner en pie estas construcciones, sale a la luz la incomparable superioridad de la literatura sobre las demás artes, a las que anticipa e incluye.”

Tres

“La predicación autobiográfica vuelve urgente al tema, además de absorbente, y excluye ese triunfo del lenguaje que eran los purple patches. Hoy los novelistas no saben siquiera lo que son los purple patches, o en todo caso no saben que con ese nombre, que proviene de la Epístola a los Pisones de Horacio, donde es purpureus pannus, se llama a los pasajes descriptivos que interrumpen la acción por un momento, corto o largo, a veces por un para de líneas apenas. Antes nunca faltaban en una novela, y le daban su poesía, su ritmo, su atmósfera. Casi podría decirse que eran lo esencial de la novela, su lujo, lo que la hacía valer la pena, aun cuando el lector impaciente se los salteara. Porque lo que importa del purple patch no es tanto el purple patch en sí mismo, como lo que lleva a él y lo hace necesario en cierto punto. Es decir, el viejo novelista consciente de su oficio y decidido, porque sabía lo que le convenía, a incluir un párrafo descriptivo, poético, paisajístico, un claro de espacio en un flujo temporal del relato, debía conducir en determinada dirección a los personajes, a la acción, al argumento, de modo que pudiera llegarse naturalmente al ‘paño púrpura’. Y era ese trayecto, esa dirección, lo que le daba a la novela su movimiento y su fantasía.”

Cuatro

“La literatura de evasión ha muerto. No se huye de nada, porque no hay nada de qué huir. Al contrario: hoy la novela es novela de acercamiento. Ha triunfado la proxidina, la droga que acerca todas las cosas a sí mismas. Una autoestima exacerbada desalienta el trabajo, y el trabajo era lo que justificaba la novela que no era sólo la narración de una historia sino la construcción de la escena de una historia. Esa novela, de la que The Black Arrow fue el ejemplo que elegí, era una especie de maqueta con resortes, poleas, luces, telones que se deslizan, miniaturas dotadas de chips parlantes… La narración-construcción implicaba un trabajo, una artesanía que costaba trabajo: no era simplemente ponerse a contar algo.”

Cinco

“¿Por qué no nos conformamos simplemente con el Escribir Bien que se nos da naturalmente? Los lectores se conformarían con lo que nos sale más fácil. No sólo se conformarían sino que lo apreciarían más, porque ese producto entraría en el paradigma de lo esperable y convencional, que es lo que querían leer, y no los textos cada vez más raros que nacen de la intensificación que comporta la búsqueda de lo Mejor. En cuanto a los críticos, lo más probable es que los irritemos por sacarlos de su rutina y crearles complicaciones. ¿Quién nos mandó a querer escribir mejor? ¿Por qué no escribimos novelas comunes y corrientes, como todas las demás? Nos ponemos a todo el mundo en contra, y sin embargo persistimos en ese trabajo que se hace cada vez más difícil y nos hace más difícil la vida. Creo que hay una razón para que hagamos algo tan injustificadamente masoquista. La vida va empeorando paulatinamente, las trampas que nos tiende se van haciendo más barrocas, y necesitamos habilidades nuevas y más perfeccionadas para dar cuenta de ella. Es un compromiso creciente que crea un círculo vicioso. Tanto va empeorando la vida que debemos hacer más y más para redimirla en la Obra. Y cuanto mejor escribimos peor nos va, porque en el trabajo perdemos más y más oportunidades de felicidad, y lo Mejor no alcanza nunca a lo Peor, como la carrera de Aquiles y la tortuga.”

Seis

“Yendo a definiciones de ‘genio’ más particularizadas, la que encuentro más sugerente es la que surge de la siguiente afirmación, que no es mía, aunque la suscribo: ‘El talento hace lo que quiere; el genio hace lo que puede’. Tiene la virtud de establecer una diferencia no puramente cuantitativa entre talento y genio. El hombre de talento puede hacer lo que se propone, y si tiene mucho o muchísimo talento puede hacerlo todo o casi todo; esto se refiere a lo que quiere hacer, es decir a hacer realidad, a plasmar en realidad, lo que ha pensado o imaginado… En cambio el genio hace sólo lo que puede: está obligado a hacer lo que le manda su genio, pues él no es un mero superlativo de la habilidad o el talento: él está poseído por una fuerza sobrehumana que lo domina… Con esa sumisión paga la admiración, la devoción, con la que el consenso universal lo ve… Está sometido a su genio. Lo que explica que con tanta frecuencia cometa tantos errores y su vida sea tan corta y desdichada.”  

Siete

“El cuentista debe conocer su oficio, el poeta debe ser original, el novelista debe alquimizar la experiencia… el ensayista debe ser inteligente.”


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