Hombres elegantes y otros artículos, comentado por Brian Majlin | RED/ACCIÓN

Hombres elegantes y otros artículos, comentado por Brian Majlin

Un especialista invitado comenta un libro de no ficción y elige los seis párrafos de ese libro que más le hayan llamado la atención.

Hombres elegantes y otros artículos
Milena Busquets
Anagrama

Uno (mi comentario)

Cuando su segunda novela Todo esto Pasará fue un éxito en casi todo el mundo, Milena Busquets supo que la perseguirían para publicar una nueva novela. Pero ella no tenía intenciones -ni capacidad, arriesga en las primeras páginas de este libro- para poder hacerlo pronto. Y allí su editor le propuso mantenerse entrenada escribiendo artículos pequeños en la prensa. De allí, de recopilar todos esos artículos que ha escrito Busquets por casi cuatro años en El Periódico de Catalunya, es que sale este libro que también puede leerse como un recorrido a través de los entresijos de su novela. Si en ella Busquets repasaba el modo en que afrontó la muerte de su madre -la omnipresente Elena Tusquets-, hablaba de sus hijos, de sus vínculos sexo afectivos y del modo en que convivía todo eso con ese entorno a veces lúgubre y a veces festivo del verano en Cadaqués, aquí hace exactamente lo mismo, pero sin la intención coherente de la ficción, sino con el camino sinuoso de lo discontinuo.

Leídos todos juntos, los artículos son una especie de transición desde Cadaqués hacia quién sabe dónde. Durante más de 100 textos breves la autora pone el foco o bien en su vida -a veces con aparente (solo aparente) banalidad- o bien en sitios -o aspectos- poco iluminados de Barcelona (y de los catalanes). Una mezcla de experiencias del yo, aguafuertes e interpretaciones sobre el modo en que percibe Busquets algunos cambios en los modos de vincularse de las personas entre sí y con el mundo: Messi, Berenboim, Zlatan, Iniesta, Bergman (Ingmar, no Sergio), Proust, Cohen, Twitter, las selfies, el verano, el sexo, el otoño, los meses del año, libros, el independentismo, las ramblas, Coco, sus hijos, su madre y más, desfilan por Hombres Elegantes y otros artículos. Si les gustó la novela, disfrutarán saber un poco más sobre esos personajes.

Dos (la selección)

Umberto Eco era un señor gordo con gabardina que de vez en cuando venía a casa, se sentaba en el sofá del fondo y empezaba a hacernos dibujitos a mi hermano y a mí para que no incordiásemos. Umberto Eco fue el hombre gracias a cuya novela El nombre de la rosa la pequeña editorial de mi familia pudo subsistir y seguir publicando literatura de la de verdad durante algunos años más. Umberto Eco fue el escritor que decidió apoyarme dándome un libro, Sobre literatura, cuando me lancé a la arriesgadísima aventura de crear mi propia editorial, Erre que Erre, y dejar de trabajar en una multinacional (me arruiné, por cierto, pero no olvidé su generosidad)

Tres 

Y entonces te repites cien veces, mil veces, doscientas mil veces, la extraordinaria frase de Heiddeger: “somos los invitados de la vida”. Nada más. Y los invitados, un día, se van. 

Cuatro

Yo creo que cuando sabes lo que va a decir o lo que va a opinar un columnista con solo leer el título de su crónica, sin necesidad de leer el artículo, entonces es que el columnista está acabado. Nadie tiene infinitas cosas que decir ni infinitas cosas que hacer, la mayoría tenemos, con suerte, tres o cuatro. Las repetimos y las rehacemos unas cuantas veces, con la esperanza estúpida de pulirlas, de decirlas o de hacerlas mejor o menos mal (cuando en realidad la primera vez suele ser la buena), pero tal vez estaría bien, un día, ser capaces de mirarnos al espejo y de declarar: “Ya he dicho todo lo que tenía que decir, a partir de ahora me quedaré calladito y me dedicaré a aprender alemán y a releer los títulos que me hicieron feliz”. O: “Ya he dicho todo lo que tenía que decir, ahora intentaré volver a enamorarme hasta los huesos una última vez y traduciré el trabajo de otro”. O: “Lo que tenía que decir, importante o no, poco o mucho, comprendido por una mayoría o solo por unos pocos, ya lo he dicho”.

Cinco

Queremos saber si todos los niños se han bañado. La única regla del verano, al menos en casa, es que hay que bañarse cada día, pero si prefieres no bañarte, no te preocupes, no pasa nada. Si alguien ha logrado que Noé meta la cabeza debajo del agua. Queremos saber por qué las hormigas invaden el baño, por qué los mosquitos le pican siempre a él, por qué la sal lamida del hombro de mi hijo pequeño es el manjar más exquisito del mundo. En algún momento, pasados los primeros días, querremos saber cuántos veranos más nos quedan como este, cuánto tiempo más estaremos exactamente como ahora, rodeados de nuestra gente, sintiéndonos queridos, no a la intemperie. Y lo pensamos con un dolor repentino y profundo que apartamos rápidamente porque ya somos perros viejos y un poco sabios, y sobre todo en verano, con la ayuda del mar, del vino, de los niños y de los besos, sabemos esquivar con gran habilidad la oscuridad para ponernos como lagartos al sol.

Seis

Solo hay tres o cuatro temas para un escritor (y para un artista): el paso del tiempo, la muerte, la búsqueda del amor y de la belleza, la soledad. Siempre me hace sonreír la cara de apuro que ponen los escritores cuando los (malos) periodistas les preguntan sobre qué va su novela. ¿Sobre qué va a ir? Si hace dos mil quinientos años que todas las novelas van sobre lo mismo. 

Siete

Pasamos años tirando de nuestros hijos, dándoles nuestra energía y nuestro impulso, alimentándolos y empujándolos. Y, de repente, un día vislumbras a lo lejos, o ya no tan lejos, la fuerza que tendrán, la pasión que han heredado, el equilibrio, la luz. Y entiendes que dentro de un tiempo el foco de la vida estará encima de ellos y nosotros pasaremos a ser personajes secundarios. No pasará mañana, no pasará pasado mañana, pero pasará. Y será señal de que no hemos hecho las cosas tan mal. Y nos bajaremos del escenario con una graciosa reverencia y un beso al aire.


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