Desafíos de las jugadoras de rugby femenino en Argentina

Cada vez más mujeres juegan al rugby: qué desafíos enfrentan para ser incluidas en un entorno históricamente de varones

 Una iniciativa de Dircoms + RED/ACCION

En los últimos cinco años creció un 121% el número de chicas que practican este deporte en Argentina. Sin embargo, no pueden hacerlo en todos los clubes ni cuentan con la competencia necesaria. En esta nota, referentes del rugby femenino analizan cuáles son los estereotipos y costumbres que deben desarmarse para lograr que la disciplina sea más inclusiva.

Collage de mujeres jugando al rugby.

Intervención: Julieta de la Cal.

Hasta hace poco tiempo les decían Las Pumas. Pero ahora, tras un importante trabajo en equipo, las jugadoras del seleccionado de rugby femenino argentino pasaron a llamarse Las Yaguaretés. Este cambio de identidad, que años atrás era un hecho difícil de proyectar, refleja un fuerte cambio de paradigma en el deporte. 

El objetivo final de quienes enarbolaron esta bandera desde un primer momento es impactar en la cultura de tal forma que si una chica decide jugar al rugby, eso no le genere ruido absolutamente a nadie en el conjunto social y tampoco se le presenten barreras por el simple hecho de ser mujer

Que el equipo nacional de seven femenino tenga su propio nombre —y ni más ni menos que el de un animal con tanta fuerza— es un reflejo de los espacios que exjugadoras, entrenadoras e incluso jugadoras están conquistando en el rugby.

Los datos son optimistas. De acuerdo al último relevamiento del área de Desarrollo y Competencia de la Unión Argentina de Rugby (UAR), la cantidad de mujeres en este deporte creció 121% en los últimos cinco años. Actualmente, unas 6.084 chicas lo practican en el país, de las cuales 5.142 están en edad competitiva, a partir de los 15 años.

El futuro está en las generaciones más pequeñas. En este sentido, el reglamento de la UAR sobre las categorías infantiles dice que “niñas y niños pueden jugar juntos en un equipo de rugby, hasta la categoría M13 inclusive”. En las divisiones más grandes, no hay normas que obliguen a los clubes a fomentar el rugby femenino. 

Más allá de los avances y conquistas, cabe preguntarse: ¿existe una cultura del rugby para las mujeres? ¿Se les da el mismo lugar a ellas que a los hombres en los clubes? La respuesta es un claro  “no”, y lleva consigo una serie de realidades y hechos que formaron históricamente parte de este universo deportivo. Todavía cuesta desarmarlos, pero el trabajo que se hizo hasta el momento y que sin dudas se seguirá haciendo es mucho y trae consigo sus frutos. 

Gisela Acuña, excapitana del seleccionado argentino y actual entrenadora de Las Yaguaretés (junto al head coach Tomás Bongiorno) es pionera en este deporte. Cuando ella lo jugaba, todo era distinto y la veían como un “bicho raro”. Este año se convirtió en la primera coach del conjunto nacional. “Leer que cada vez hay más  jugadoras fichadas en el rugby infantil te infla y te da a entender que el laburo paga y que fue muy difícil pero hoy tenemos una sonrisa”, expresa sobre lo que ocurre hoy en día. Y justifica el quiebre de su voz con que el rugby la volvió “más emocional”. 

Acuña recuerda una frase perfecta para ilustrar el trabajo que ella y tantas otras mujeres están llevando a cabo. “La cultura maorí dice ‘planta árboles que no verás’. Tratamos de plantar la mayor cantidad de árboles y algunos los estamos viendo”, expresa en ese sentido. 

Gisela empezó a jugar al rugby sin siquiera saber qué era un scrum —la formación que se hace durante el partido entre ambos equipos para disputar la pelota— y fue por una compañera de banco que la invitó a unirse a un conjunto de chicas. “Estaba en plena adolescencia, tenía 16 años y mientras pasaba por esos bajones encontré un lugar en el mundo donde estaba cómoda”, rememora. 

Por eso, les dice a las mujeres que tienen la idea de jugar “que se animen”. “Quiero estar para aquellas que necesiten algo, que tengan dudas o miedos, decirles que no están solas, que somos un montón que trabajamos por el rugby, porque sigue creciendo”, añade. Confiesa que los inicios fueron “muy duros” y no quiere que nadie se sienta como ella se sintió. 

Parte de la labor de sumar cada vez más niñas al deporte tuvo que ver con incitar a entrenadores y directivos a que lleven a sus hijas al club. Allí, les daban una pelota ovalada y, tal como lo cuenta ella, hacían “lobby”. “Hoy esos entrenadores están trayendo a sus hijas y te miran y te dicen ‘tenías razón’”, agrega sobre esta tendencia que se da sobre todo en el interior del país.

Cambiar desde las bases

Aunque las jugadoras están más organizadas, queda mucho camino por andar, comenta Acuña. Porque, a diferencia de los hombres, las mujeres todavía tienen que hacer muchas veces 100 kilómetros para disputar un partido, entran a la cancha cada 15 días y juegan en modalidad seven (con siete jugadoras por bando) todo el año. Los varones juegan todos los fines de semana y en equipos de 15. 

Hacen falta políticas activas y hacen falta jugadoras. Todo esto lo ve con claridad Cecilia Di Costanzo —“la Tana”, como la conocen todos en el ambiente deportivo— quien también es exjugadora de rugby, actual entrenadora y a su vez integra la Comisión de Género del Club Universitario de La Plata. 

“La situación actual es buena”, analiza. Y aclara: “Se creció cuantitativamente, hay más clubes, hay muchas más jugadoras. Hay cada vez más adolescentes que se suman al deporte. Las niñas se suman a los clubes que las reciben. Porque no todos los clubes aceptan nenas en las infantiles, pese a que deberían hacerlo”. 

“Tenemos el lugar que nos dan”, sintetiza la Tana. Con esto se refiere a que, en general, las jugadoras están en el último eslabón cuando quieren, por ejemplo, reservar la cancha para jugar o practicar. Lo mismo sucede con las entrenadoras. “Somos muy pocas y cuando estamos somos hipercuestionadas. Siempre se nos exige lo que a los varones no por más capacitadas que estemos”, plantea. 

Por otra parte, Di Costanzo comenta que hay barreras culturales, que se presentan desde el momento en que una familia le dice a una niña que no se puede sumar al deporte porque o es muy violento o es masculino. “Los clubes son instituciones que se fundaron y se pensaron por y para varones en un momento histórico donde esos roles de género estaban muy marcados”, explica. 

De hecho, todavía hay instituciones sociales de las que solo los hombres pueden ser socios y en donde, incluso, a veces las mujeres tienen prohibido ingresar en determinados salones. 

La Tana explica que cuando las jugadoras se van retirando buscan lugares de reconocimiento, lo que genera una “presencia disruptiva” en los espacios más tradicionales. “Cuando decimos que queremos ser entrenadoras piensan que somos incapaces para desarrollar y hacer crecer nuestro deporte”, expresa. 

A pesar de todas las falencias que se encuentran hoy en día en el rugby, Di Costanzo enfatiza la importancia de  llamar a la selección nacional Las Yaguaretés (y no Las Pumas), algo que, cuenta, fue una discusión “de larga data”. “Fue construir una identidad propia que nos libere de esa mochila, de un historial que no es nuestro, que no nos pertenece y no nos identifica. Está buenísimo que se haya saldado de esa manera”, acota. 

Esta “liberación” de la que habla tiene que ver con que las jugadoras de selección antes eran llamadas Las Pumas y llevaban consigo toda la carga de la marca, la trayectoria y la historia de Los Pumas, mientras que ellas no habían formado parte de esa construcción. En este sentido, la Tana concluye: “El nombre nuevo nos dio la posibilidad de construir una identidad propia y nueva, más vinculada a nuestras propias trayectorias e historias”.

Jugadoras del seleccionado argentino de rugby en una ronda.
Foto: @Lasyaguaretes.

La actualidad del rugby femenino, en primera persona

Renata Giraudo es jugadora del seleccionado argentino desde 2017. Empezó en el deporte como profesora de rugby infantil en el club La Tablada, hasta que se sumó al Club Universitario de Córdoba.

Su mensaje para las mujeres que quieren entrar en este deporte, en la misma línea que el que sostiene Acuña, es que se animen. “Necesitamos muchas más chicas que jueguen al rugby, necesitamos que más clubes y sobre todo los más reconocidos comiencen a aceptar niñas en sus divisiones inferiores, que crezcan de la mano de la cultura del rugby y en el futuro confirmen las primeras divisiones de sus clubes”, comenta. 

Giraudo plantea asimismo que es necesario generar competencia y difusión para que “a la gente no le parezca raro ver a una mujer jugando al rugby”. La yaguareté manifiesta también que el hecho de que los planteles cuenten con escaso número de jugadoras las limita a la hora de entrenar, generar ingresos o gestionar herramientas para el equipo. 

“No todos los clubes le abren las puertas a un plantel femenino y a veces los dirigentes no nos reconocen como lo que somos”, agrega. 

No obstante, Giraudo reflexiona: “Estamos mejor, seguimos desarrollándonos, nos falta, pero es el camino”. 

Sobre la identidad del combinado nacional femenino, comenta: “Somos eso que llevamos en el pecho hace mucho tiempo: representamos las mismas características que los varones de selección al identificarnos con ese felino, pero es nuestro y habla de nosotras”. 

Por último, la cordobesa confiesa cuáles son sus deseos de acá a diez años: que en el país haya muchos más clubes y mujeres jugando, que las niñas tengan contacto con el deporte en edades escolares, que el rugby XV se desarrolle en la categoría femenina y que, de ser así, tanto el XV como el seven estén involucrados en torneos internacionales. Un sueño que no es solo suyo, sino también de sus compañeras y de tantas exjugadoras que plantaron ese árbol para, con algo de esperanza, verlo crecer.


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