La historia del hombre que hizo más de 60 trasplantes cardíacos infantiles | RED/ACCIÓN

La historia del hombre que hizo más de 60 trasplantes cardíacos infantiles

Foto: Javier Sinay | Intervención: Pablo Domrose

En la agenda de Horacio Vogelfang nada es cien por ciento seguro. En un día cualquiera, este médico de 67 años y dos matrimonios, de modales pausados y palabras precisas, puede estar cenando con sus amigos, viendo una película en el cine con su esposa, tomando un té con una de sus cuatro hijas o leyendo un libro en soledad, pero si en el teléfono suena cierta llamada, todo se interrumpe.

Vogelfang es el fundador y el jefe del servicio de trasplante cardíaco del hospital pediátrico más importante de la Argentina, el Hospital Garrahan: su trabajo consiste en colocar un nuevo órgano en un pecho donde hubo un corazón muy enfermo. Cuando alguien lo llama para avisarle que en algún lugar del país hay un corazón esperando, el operativo de trasplante comienza y Vogelfang arde en un torrente para el que ha venido entrenándose toda la vida. Pero su primer obstáculo es el tiempo. “Se supone que el deterioro de un corazón empieza después de las cuatro horas”, dice. “El límite son las seis horas”. Tan poco como seis horas entre la muerte de un donante y la colocación del órgano en el pecho de un niño.

Ahora es lunes al mediodía. Vogelfang ocupa una pequeña oficina repleta de papeles en ese hospital gigantesco por el que, cada día, pasan unas 10.000 personas. Su guardapolvo cuelga de una percha; un bastón de mango curvo duerme contra la pared. Vogelfang padeció de poliomielitis cuando tenía cuatro años y han quedado secuelas. A los 20 comenzó a visitar al mismo psicólogo que aún hoy visita. Una foto de Sigmund Freud sobresale entre libros de cirugía cardiológica.

Horacio Vogelfang en su oficina. Foto: JS

“Trabajamos cuando hay agujeros entre cavidades que no deben estar”, dice. “Arterias, válvulas tapadas, diminutas, algunas ausentes; porciones del corazón que deben ser reemplazadas por prótesis. Cuando no hay posibilidad de mejorar o corregir al corazón enfermo o con defectos, se recurre a una cirugía más excepcional: el trasplante”.

En esas cuatro o seis horas que hay antes del trasplante ocurren muchas cosas. Vogelfang evalúa en la primera llamada (en la que del otro lado de la línea hay alguien del INCUCAI, el Instituto Nacional Central Único Coordinador de Ablación e Implante) si el órgano sirve. Puede ser que ese corazón sea demasiado grande o demasiado chico, o que tenga un grupo sanguíneo diferente al del niño receptor, o que la forma en la que falleció el donante complique las cosas. En todo caso, Vogelfang lo piensa y lo discute también con algunos de los cirujanos de su equipo. Si lo acepta, el INCUCAI le indica el horario de extracción (el término técnico es “ablación”) coordinado con otros equipos que van a trabajar sobre otros órganos: por cada donante se pueden obtener hasta siete.

El equipo de trasplante cardíaco del Hospital Garrahan, en pleno trabajo. Foto: cortesía de Horacio Vogelfang,

Paso dos: Vogelfang llama a su secretaria. Es una mujer que trabaja con él desde 1995, cuando no hacía trasplantes de órganos, sino de tejidos. Su nombre es Gisela Abad, y después de hablar, ella hace, a su vez, unas 30 llamadas telefónicas. El operativo está en marcha.

Si el órgano se encuentra a más de 100 kilómetros, el equipo de ablación (compuesto por unas seis personas) viajará a buscarlo en un avión Learjet. La secretaria llama: averigua si hay chance de despegar desde Aeroparque y si el clima presenta buenas condiciones. Llama también a una compañía de taxis aéreos y ésta se encarga de enviar remises para los médicos, y de coordinar la custodia policial que, entre el Aeroparque y el hospital, deberá acompañar a la ambulancia que llevará el órgano.

Más llamadas: hay que avisar a los cirujanos del segundo grupo, que trabajarán sobre el paciente receptor. Si ese niño se encuentra en terapia intensiva, sus médicos encargados lo preparan para el quirófano. Si el niño está en una sala común, la secretaria llama y avisa; lo mismo si está en su casa. (Un niño que se encuentra inscripto en la lista de emergencia del INCUCAI siempre tiene un remís listo para un eventual traslado urgente al hospital). La secretaria llama también al puesto de vigilancia del hospital para advertir que habrá policías, autos y movimientos.

El equipo de ablación, a punto de despegar. Foto: cortesía de Horacio Vogelfang.

Cuando el equipo de ablación despega, es tiempo del paso tres: el otro equipo lleva al paciente al quirófano. Los padres del niño –nerviosos, felices, aterrados– acaban de firmar un consentimiento para la operación y, un rato después, los anestesistas lo inducen en un sueño profundo. Ya no hay marcha atrás.

En un operativo de trasplante hay poco tiempo para pensar: el plan de acción no deja lugar a las dudas. La ciencia del trasplante, tan esforzada y admirable, pero también tan compleja e inquietante, es un triunfo de la técnica que parece estar más allá de nuestra comprensión cotidiana. “No es que me hayan abierto, hendido, para cambiarme el corazón”, escribió el filósofo Jean Luc Nancy en El intruso, un pequeño tratado filosófico sobre su trasplante cardíaco. “Es que esta hendidura no puede volver a cerrarse”. Pero no hay tiempo, y Nancy sólo pudo filosofar al respecto ocho años luego de la operación.

“El corazón nos llega unas cinco horas después de la ablación”, sigue Vogelfang. “Pero el receptor ya está con su corazón enfermo extraído, con circulación extracorpórea conectada a una máquina y con el tórax libre. Sin pérdida de tiempo, empieza la sutura del nuevo corazón con los elementos vasculares del receptor”.

Carpetas y fotos de pacientes, en la oficina de Horacio Vogelfang. Foto: JS.

Conocemos la importancia de la donación y la necesidad de hacer más trasplantes en un país como el nuestro, donde 7.586 personas necesitan uno para salvar su vida, pero no estamos demasiado al tanto acerca de lo que pasa en un quirófano como el del Hospital Garrahan, donde unas 30 personas trabajan durante seis o más horas.

Los cirujanos usan lentes de aumento. Una parte del corazón original (la que conserva las venas que llegan del pulmón con sangre oxigenada) queda en el cuerpo. ¿El resto? Se corta y se extrae. A la pieza original se le agrega el nuevo corazón. Para eso, hay que conectar la arteria aorta –que envía sangre a todo el cuerpo–, suturándola con la aorta del nuevo corazón. Lo mismo con la pulmonar. Las venas y las arterias se cosen entre sí punto a punto, con una cercanía muy inferior al medio milímetro. Se cosen a mano, con agujas e hilos muy delicados, y sólo ese trabajo puede hasta llevar dos horas.

“El momento más importante”, dice Vogelfang, “llega cuando terminamos de hacer ciertas conexiones y queremos que el nuevo corazón empiece a latir adentro del tórax del receptor, justo en el momento en que la sangre empieza a circular y llega a él”. Esto ocurre antes de terminar todas las suturas para que, con la recepción de sangre, el órgano reviva cuanto antes. “Vemos que empieza a latir y se produce una distensión del equipo”, dice Vogelfang. “Seguimos trabajando, pero sabemos que el corazón responde”.

El trabajo en el quirófano, a principios de la década de 2000.
Foto: cortesía de Horacio Vogelfang.

Vogelfang habla sin demasiados tecnicismos; es fácil entenderlo y quizás por eso la charla TED que dio en 2013 sea tan emocionante. Pero, al mismo tiempo, no usa tantas palabras coloquiales. Vogelfang se mantiene en equilibrio y, en general, parece un hombre sereno.

Desde el año 2000, hizo 63 trasplantes. En los últimos tiempos ha llegado a hacer hasta diez por año y a participar también en tres renales cada mes.

“Vogelfang es muy agradable, una persona que no cambió con los años”, lo describe su secretaria, Gisela Abad. “Humilde: su grandeza te deja sin palabras”, dice Carolina Occhiuzzi, la madre de una niña llamada Abril Dispenza, que fue trasplantada en 2004. “Venía caminando desde la puerta del quirófano, sacándose el barbijo y sonriendo con satisfacción”, lo recuerda Sergio Dispenza, el padre de Abril. La operación había durado ocho horas y Vogelfang había aplicado un inusual protocolo canadiense para que Abril recibiera un órgano con un grupo sanguíneo incompatible. Una hazaña médica. “Tuvo la hombría de hacerlo”, dice Dispenza, aún emocionado. “Vogelfang es una persona que no espera que le den las gracias”, agrega la propia Abril.

El equipo que realizó el primer trasplante cardíaco en el Hospital Garrahan, el 1 de octubre de 2000. Vogelfang está en la última fila, en el centro. Foto: cortesía de Horacio Vogelfang.

Pero a Vogelfang no le gusta ser un héroe. Cuando la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires lo reconoció en 2017 como Personalidad Destacada de las Ciencias Médicas, él pidió que todos los miembros de su equipo fueran mencionados y aparecieran en la foto. “La estrella de un trasplante es quien decidió donar el órgano”, dice ahora. “Generalmente no es quien falleció, sino un familiar que está atravesando el momento de máximo dolor y alcanza, para mí, la categoría de héroe”.

Dos días después de nuestro primer encuentro, sentado en su escritorio, de nuevo el bastón contra la pared y muchos papeles en todos lados, dice que se convirtió en un cirujano de trasplantes con el correr del tiempo y por las necesidades de los pacientes. Que en la etapa del aprendizaje (en Argentina, Inglaterra, Estados Unidos, Canadá y Alemania) veía el quirófano con cierta distancia y con el interés de un principiante, pero que cuando empezó a operar él mismo, sintió la responsabilidad de trabajar con “algo que se donó”, algo que sólo funciona bien si la cirugía se hace bien. Que trata de hablar con los padres para que sean conscientes de los riesgos y que necesita que ellos formen parte del equipo. Que enfrentarlos si un niño ha fallecido es algo que no puede dar por aprendido y que aún lo golpea. Que su mayor satisfacción es haber desarrollado el único servicio de trasplante cardíaco en un hospital estatal pediátrico. Que es tarde. Y que ya se tiene que ir.

Un letrero de Abril Dispenza, en la oficina de Vogelfang. Foto: JS.

El encuentro inicial había sido un lunes. Después de la entrevista, Vogelfang se fue del Hospital Garrahan e hizo una operación en un sanatorio privado en el que también trabaja: una cardiopatía congénita. El niño ya está comiendo, sin respirador. El martes, Vogelfang realizó otra. De nuevo una cardiopatía congénita. Terminó a las diez de la noche. El paciente está en cuidados intensivos, evolucionando bien. “Hoy a la tarde tengo otra más”, dice el miércoles. Así es la vida de los cirujanos. Cada día, un acto quirúrgico. Algunos los ven como los príncipes de la medicina: una casta superior que camina con sus delantales al viento.

Sin embargo, Vogelfang ni siquiera quería ser un cirujano.

“Para mí, el cirujano no era un príncipe, sino un tipo cuadrado, que no pensaba, que hacía cosas con las manos”, dice. Soñaba con ser un psiquiatra o un psicoanalista y se sacó un 4 en la materia de cirugía en la Faculta de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. Pero ingresó en algunas guardias de los hospitales, de a poco empezó a hacer cirugías y al final terminó apasionándose por ese ejercicio tan desarrollado que, a la vez, tiene algo de artesanal.

“Yo me di cuenta de que no está bien saber algunas cosas”, dice, en algún momento. “Todo esto es algo que le da sentido a mi vida, pero ¿por qué lo hago? No sé. Puede haber razones de la infancia, de los desafíos que uno adopta en la vida. No sé”.

¿Superar la poliomielitis? No lo dice él. Es una pregunta. Pero no duda en su respuesta. “Sí”, afirma, breve. “El desafío fue ese”.

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