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La posibilidad de morir asesinado es 8 veces mayor dentro de las cárceles bonaerenses que fuera de ellas

Los penales de la provincia concentran a 39 mil presos y una tasa de asesinatos ocho veces más alta que la que existe entre quienes viven en libertad. Si bien los homicidios están en descenso, la superpoblación y la delegación del “gobierno” de los pabellones en los propios detenidos generan situaciones de violencia extrema.

Por Javier Drovetto

18 de mayo de 2018

Cuando Carlos Mena se peleó a facazos con otro preso del penal de Magdalena, la disputa fue para decidir quién usaría la única hornalla que había para 50 personas. El que perdiese se iría a dormir sin comer: la pelea se dio sobre la hora de “engome”, como se dice cuando los presos son encerrados en celdas individuales, generalmente de a dos, hasta el día siguiente.

Mena se llevó la peor parte: un puntazo arriba de la oreja y un agujero de lado a lado en un brazo. A su rival, un compañero del pabellón, lo cortó a la altura del hombro.

Fue una de las 30 veces que Mena peleó con facas y sintió que, estando preso, podía haberse convertido en asesino o asesinado.
Lo que protagonizó durante los ocho años que estuvo detenido por el robo a la salida de un bingo es lo que ocurre con frecuencia si se cuantifican los homicidios ocurridos en las cárceles bonaerenses. En ese encierro, los presos están expuestos a una tasa de asesinatos que es ocho veces más alta que la que se registra en la provincia de Buenos Aires fuera de las cárceles.

En las penales bonaerense, los homicidios están en baja pero todavía son alarmantes: hay 5,7 homicidios cada 10 mil presos, de acuerdo al último informe anual sobre “Lugares de encierro y políticas de seguridad en la provincia de Buenos Aires” de la Comisión Provincial por la Memoria. En las cárceles federales, esa relación baja a menos de la mitad: 2,7.

Afuera de los penales, en toda la provincia, esa relación es de 0,68. Y en el país, de 0,6, según los registros del Observatorio de la Seguridad Ciudadana.

Con su nombre o el de un compañero, Mena pudo haber engrosado esa tasa. “El hambre trae discordia. Más en un lugar donde hay resentimiento por ser pobre. Y donde ser ignorante potencia ese resentimiento”, analiza Mena, que en junio de 2016 salió en libertad y un año después fue contratado por el Ministerio de Justicia bonaerense para dar clases de lectura y escritura en cárceles. Se convirtió en el primer ex convicto en ser contratado por el estado provincial para ocupar ese rol.

La transformación tiene una explicación lineal: Mena dejó de pelear con facas cuando pasó a formar parte del pabellón 4 de la unidad N°23 de Florencio Varela, donde un abogado de La Plata da clases de filosofía y escritura, una iniciativa que lleva editados siete libros escritos por presos.

“Me dignifiqué, dejé de ser una cosa. Ahora quiero darle a otros la oportunidad que tuve”, promete Mena, que tiene 36 años y asegura que en sus últimos cinco preso devoró cien libros.

En un pabellón del penal 23 de Florencio Varela pacificaron la convivencia con un taller de escritura. Fotos: MAFIA.
En un pabellón del penal 23 de Florencio Varela pacificaron la convivencia con un taller de escritura. Fotos: MAFIA.

Superpoblación y liderazgos ejercidos por presos

Durante 2016, últimos datos disponibles, en las cárceles bonaerenses hubo 20 homicidios, lo que significa un asesinato cada 18 días. Los propios presos cometieron 19 asesinatos y por el restante están imputados agentes penitenciarios, acusados de “tortura agravada por el resultado de la muerte”.

Para el equipo de la Comisión Provincial por la Memoria que releva los casos en base a datos oficiales del servicio penitenciario, el Ministerio de Justicia bonaerense y la Procuración General provincial, los homicidios se dan por tres factores: la sobrepoblación de cárceles; la delegación en los presos del orden interno de pabellones; y la escasez de comida, ropa, elementos de higiene y actividades que ocupen la mente de los detenidos.

“En ese contexto, con hambre, hacinados y aislados, pelean por cuestiones básicas. Además, el servicio penitenciario centra la gestión del orden interno en la violencia gestionada indirectamente a través de detenidos”, considera el abogado y psicólogo social Roberto Cipriano, secretario de la Comisión Provincial por la Memoria.

El hacinamiento en los penales bonaerenses es una realidad: hay un 38 % más de presos que la capacidad que ofrecen las unidades. Los 56 penales y 6 alcaidías bonaerenses, preparados para 28.500 personas, suman 39.364 presos.

Buenos Aires es la provincia con más presos. Y probablemente ya sea la que más personas detenidas tiene en relación a su población: 229 cada 100 mil habitantes, una proporción muy superior a la media del país, que es de 186 presos cada 100 mil personas.

Hasta 2016, cuando sumaba 33.698 presos, la tasa de la provincia de Buenos Aires era de 200. Estaba por debajo de la de Salta y Córdoba, que en aquel momento eran de 205 y 203 presos cada 100 mil habitantes, respectivamente. Sin embargo, Salta tiene una sobrepoblación menor, del 22 %, y Córdoba tiene un 12 % de presos menos que la capacidad de sus penales.

El “gobierno” de varios pabellones en mano de los presos es una realidad que nadie niega. En parte, esa delegación se da por la baja cantidad de penitenciarios en proporción a los presos. La provincia cuenta con 15.565 efectivos en penales. Es decir, un agente cada 2,5 presos. Mientras que en las cárceles federales, la relación es de 1 a 1.

De todos modos, como los penitenciarios bonaerenses trabajan 24 horas seguidas y descansan 72, esa cifra hay que dividirla por cuatro turnos. Si además se le restan los administrativos, el personal jerárquico y aquel que está de licencia, la relación empieza a tornarse preocupante: hay penales bonaerenses en los que 20 penitenciarios de guardia custodian a 1.000 presos.

Varios directores de penales cuentan que antes de trasladar a un preso le preguntan al “limpieza” o líder del pabellón a donde pretenden reubicar al detenido, si está dispuesto a recibirlo. Ese liderazgo, ejercido a fuerza de violencia y autoritarismo, a veces busca ser quebrado o vengado. Son en ese momento cuando se producen algunos de los homicidios.

El servicio penitenciario convoca a pastores evangélicos para pacificar pabellones.
El servicio penitenciario convoca a pastores evangélicos para pacificar pabellones.

Pabellones evangélicos: un lugar de refugio

Cuando ocurre un asesinato, los pabellones “se rompen”. Así se le llaman a los traslados para desarmar grupos y evitar venganzas. Muchas veces, tras un crimen, el servicio penitenciario le ofrece el gobierno de ese pabellón a un pastor evangelista, una de las iniciativas carcelarias que muestran eficacia para evitar homicidios.

El último pabellón que le ofrecieron a Alberto Benavídez, un pastor evangélico de Luis Guillón que trabaja en cárceles desde hace dos décadas, fue el 6 de la unidad N°2 de Sierra Chica, en Olavarría.

“Fue en 2014 y nos lo dan porque venía con historias violentas, de homicidios. El servicio penitenciario a veces nos convoca para que la palabra de Dios funcione como elemento de pacificación”, explica Benavídez y asegura que desde que su iglesia, Asamblea de Dios de Monte Grande, coordina el pabellón 6 y otros siete en ese mismo penal, no volvieron a registrar homicidios entre los 1000 presos que lo tienen como referente religioso.

En los pabellones evangélicos que coordina Benavídez hay hasta 180 presos por pabellón, muy por arriba de la capacidad ideal. Eso se explica porque muchos presos, sin ser creyentes, piden el traslado para estar seguros. A esos los llaman los refugiados. “Los aceptamos porque mientras respeten las normas de convivencia tenemos expectativa de que inicien un proceso de cambio y de fe”, asegura Benavídez y considera que la violencia es baja en sus pabellones porque “se pasa del gobierno ejercido por la fuerza a un gobierno que coordinamos nosotros y que es liderado por un cristiano que tiene conducta y deseo de trabajar y servir”.

El crecimiento del evangelismo dentro de las cárceles es elocuente: el 37 % de los presos de las cárceles bonaerenses son evangelistas, según datos que difundió el periodista Rodolfo Palacios, especializado en temas policiales y del sistema carcelario argentino.

En el pabellón 4 del penal de Florencio Varela los presos escribieron siete libros.
En el pabellón 4 del penal de Florencio Varela los presos escribieron siete libros.

Filosofía y escritura como método de pacificación

Alberto Sarlo es el abogado platense que inició una verdadera transformación del pabellón de máxima seguridad 4 del penal N°23 de Florencia Varela. Lo hizo a partir de la lectura y la escritura.

“En el pabellón hay capacidad para 29 presos y viven 57. Pero existe una buena convivencia. Todas las semanas, entramos al pabellón y ellos encuentran un proyecto en el que trabajar, como el de publicar el próximo libro sobre la violencia de género que vivieron y ejercieron”, señala Sarlo y anticipa que el libro será el octavo de la editorial carcelaria Cuenteros, Verseros y Poetas.

Si bien hay muchos talleres en cárceles, el de Sarlo es único porque no se desarrolla en el área educativa del penal, sino dentro del pabellón, lo que para el abogado fue clave para pacificar la convivencia. “El estado, representado por agentes penitenciarios o el personal que fuera, no entra al pabellón. Pero las pocas veces que lo hace, es para realizar requisas violentas. Eso no ayuda a bajar los niveles de violencia”, considera.

Su iniciativa podrá verse en los cines en agosto, cuando se estrene un documental filmado el año pasado. Además y a partir de los resultados obtenidos, su plan empezó a extenderse a otros penales.

Guillermo, uno de los presos que pasó por el pabellón donde trabaja Sarlo, ahora intenta reproducir la experiencia en un pabellón de la unidad N° 9 de La Plata, a donde fue trasladado. “Hace 14 años que estoy preso y durante mucho tiempo tuve que afilar una faca para sentirme seguro. Ya no quiero eso”, dice.

Guillermo acordó con el director del penal para que haya computadoras, libros y pueda pasar documentales sobre filosofía dentro del pabellón donde es el referente. “Ya no hay peleas”, asegura y dice que su sueño, cuando salga en libertad, es hablarle a su hija de 14 años de la “voluntad de poder” sobre la que reflexiona Nietzsche, su filósofo preferido.

El juez Roberto Conti, del Tribunal en lo Criminal N° 6 de Lomas de Zamora, también empezará a replicar la iniciativa de Sarlo en dos pabellones de la unidad N° 40 de Lomas de Zamora. “Soy quien condena, quien priva de la libertad a una persona cuando lo encuentra culpable. Por eso quiero ocuparme de que en la cárcel sumen herramientas para reinsertarse”, explica y asegura que él personalmente entrará al pabellón para dar algunas clases.

Conti lleva apenas tres años como juez y cuenta que hasta ahora tuvo a su cargo una causa por homicidio dentro de un penal, justamente el N° 40. “Era un preso que estaba en tránsito. Lo juntaron en un mismo lugar con dos presos con los que estaba confrontado y uno de ellos lo apuñaló”, relata.

El taller que dicta el abogado Alberto Sarlo ya tiene su documental.

El servicio penitenciario destaca un progreso

Las cifras de homicidios que registra el servicio son altas, pero exhiben una baja si se revisan los últimos cinco informes de la Comisión Provincial por la Memoria. Los 20 homicidios relevados en 2016 están por debajo de los 31 del 2015, los 28 de 2014 y los 24 de 2012.
Para la conducción del servicio penitenciario se trata de un progreso que responde a varios componentes. “Si analizamos los homicidios, la mayoría ocurre dentro de las celdas. Eso nos permite determinar que cuando existe una pelea en espacios comunes o abiertos, se logra una intervención rápida y efectiva por parte del personal penitenciario”, afirma Horacio Falcone, director General de Coordinación del servicio penitenciario bonaerense.

Efectivamente, la mayoría de los asesinatos se da en los pabellones, principalmente en las celdas, donde justamente aparece el autogobierno de los presos como una de las razones que propicia los homicidios. Y donde la intervención de los efectivos para frenar una pelea requiere más tiempo.

“Hay que pensar que la convivencia en una cárcel es forzada. Nadie elige con quien vivir. Cuando se incrementa la población, esa convivencia se hace cada vez más problemática. En un contexto de encierro, se agudizan problemas que afuera parecen insignificantes y se generan peleas que muchas veces conlleva a la muerte de alguien”, considera Falcone y a destaca la instrumentación de un nuevo sistema de requisas cruzadas, es decir hechas por penitenciarios que no trabajan habitualmente en el penal a inspeccionar, lo que permitió hacer más efectivo el secuestro de facas.

Falcone insiste en que la tasa de homicidios está en descenso y apunta que otro de los factores que incide en ese descenso es la apertura de 37 talleres nuevos en dos años, lo que permitió elevar a 310 la oferta formativa. También destaca la ampliación de los cupos para que los internos hagan deporte. En ajedrez, por ejemplo, pasó de 800 a 5300 inscriptos.

En ese sentido, las últimas cifras del Sistema Nacional de Estadística sobre la Ejecución de la Pena, correspondientes a 2016, evidencian una falencia justamente en el aspecto instructivo: ese año, el 76 % de presos bonaerense no participó de ningún programa de capacitación laboral, el 66 % no tuvo ningún trabajo remunerado y el 49 % no asistió a clases educativas de ningún tipo.

En las cárceles bonaerenses hay una superpoblación del 38%.
En las cárceles bonaerenses hay una superpoblación del 38%.

De pelear con facas a escribir poesía

La última vez que Mena estuvo cerca de la muerte fue en diciembre de 2014. Estaba en un pasillo de la unidad 23 de Florencio Varela: un preso lo atacó con un cuchillo y le hizo varios cortes en el antebrazo.

Mena ya no hacía facas con vigas de la cama ni con cepillos de diente. Hacía un tiempo que se la pasaba leyendo filosofía. El pibe que lo atacó estaba enojado porque Mena lo había retado delante de su novia cuando en el sector de visita el pibe recibió sexo oral frente a otras parejas y varios chicos.

Jura que jamás pensó en vengarse. Tenía la mente ocupada en la editorial carcelaria y la energía puesta en sus poesías. Como la que publicó en el compilado La Filosofía no se mancha:

En momentos complicados me sirve de mucho
tomar como ejemplo mi pasado,
para recordar lo que era y
rápidamente estrellarlo contra el piso
como una vieja estatua.

Para juntar con suma paciencia
el ausente polvo que rodea a mis pies.

Después, lo cargo con pathos en la mano artista,
la cual nunca me dio la espalda,
y con un envalentonado soplo del alma,
lo arrojo hacia mi futuro original,
transformándolo en un majestuoso océano
de luceros confidentes y poderosos
que vislumbran mi sonrisa positiva.

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