La vida a través de Zoom: cómo la app cambió nuestra rutina de encuentros | RED/ACCIÓN

La vida a través de Zoom: cómo la app cambió nuestra rutina de encuentros

Hasta que la crisis del coronavirus estalló, era una app más de videollamadas. Ahora es el lugar virtual donde nos encontramos todos: para trabajar, festejar un cumpleaños o tomar clases. La duda es si permanecerá luego de la pandemia.

Ilustración: Pablo Domrose

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Hace unos días, mi hijo cumplió un año. Fue un primer año emocionante, como cualquier padre y cualquier madre saben por experiencia propia, y mi esposa dijo que nuestro hijo merecía una buena fiesta porque, además, en su familia, según una tradición japonesa, los cumpleaños de 1 siempre han sido algo especial.

Cinco meses atrás ella me pidió que empezáramos a armar una larga lista de invitados y luego de unas cuantas semanas su madre empezó a cocinar pastelitos y a guardarlos en el freezer. Y entonces llegó marzo, y llegó el coronavirus. Para hacerla corta: el cumpleaños fue en Zoom. ¿Invitados? Apenas los abuelos, emocionados, y un par de amigos nuestros cortando el aburrimiento de su encierro.

Nosotros no fuimos los únicos que en estas semanas celebramos un cumpleaños en Zoom, la app de videollamadas que se convirtió en la gran novedad de la cuarentena.

Una nena participó del cumpleaños remoto de una amiga del jardín, y luego pidió que le compartan la torta con Rocklets que veía en su pantalla (“¡Que nos la mande en un tupper!”, le dijo a Mariana Comolli, su madre). Eduardo Magiarotti festejó sus 41 con su familia repartida entre Buenos Aires, Bruselas y Nueva York (“No fue mi mejor cumpleaños, pero tampoco el peor”). Juan A. García Morillo participó de una fiesta sorpresa para su prima (“Con casi 20 familiares en pantalla, que simultáneamente le cantamos el feliz cumpleaños”). Lucía Fernández Núñez se lo festejó a su pequeño hijo (“¡Hay torta casera incluida!”). Y Edgardo Rolla fue parte del de su hija Florencia y luego del propio (“Qué buena que es la tecnología: maravilla de la creatividad humana”).

Todos lo hicieron en Zoom.

[Muchos de los testimonios que recopilé en estas notas surgieron en mis redes sociales.]

Hasta que la crisis del coronavirus estalló, Zoom era una app más de videoencuentros. Había sido creada en 2011 por Eric Yuan, un ingeniero chino de 49 años que, en su adolescencia, solía viajar diez horas en tren para ver a su novia y fantaseaba con “un dispositivo del futuro en el que pudiera hacer clic en un botón para verla y hablar con ella”. Así, Zoom competía con WhatsApp, Facebook Messenger, Houseparty, Skype, Google Hangouts y FaceTime. Su ventaja era que funcionaba mejor que las otras para los grupos de varias personas; incluso de cientos de personas. Pero no demasiadas personas conocían la app.

Eric Yuan, el creador de Zoom. Imagen: https://twitter.com/ericsyuan

Luego, con las medidas de aislamiento alrededor del mundo por la pandemia, Zoom emergió por sobre sus competidoras, se convirtió en la app más descargada en dispositivos móviles después de TikTok (según la consultora Sensor Tower), consiguió 81.900 empresas clientes (con más de 10 empleados), un 61% más que en el mismo trimestre del año pasado, y el 26 de marzo pasado alcanzó un valor de 35 mil millones de dólares en Wall Street, casi el doble de su valuación de hace un año, cuando debutó en la bolsa (y más que la suma de las cinco primeras aerolíneas de Estados Unidos).

Eric Yuan ocupa ahora el puesto número 192 en la lista de Bloomberg de las 500 personas más ricas del mundo. Antes de 2020 ni siquiera estaba en esa lista. Con la pandemia, Zoom es el único beneficiado.

Un meme: "Veamos quién está realmente detrás del COVID-19".

La cuestión es si Zoom –que no revela ningún número de usuarios, suscripciones o número total de clientes– estaba lista para tal incremento.

“Zoom está haciendo todo lo posible para proporcionar recursos y apoyo a quienes navegan en el brote de coronavirus”, me escribe por mail un vocero de la compañía, Farshad Hashmatulla, desde San José, California. “Seguimos confiando en que nuestra arquitectura está construida para manejar estos niveles de actividad. Nuestra plataforma está diseñada desde cero para abordar el aspecto tecnológicamente más difícil: el video. Y nuestra arquitectura en la nube le da a nuestra plataforma confiabilidad, calidad y escalabilidad”.

Las apps de videoconferencia más populares: Zoom es la primera. Imagen: https://twitter.com/ericsyuan/

Además de cumpleaños, en tiempos de encierro la app se volvió muy requerida para la educación a distancia y para el trabajo remoto. El lunes pasado, Summa, una organización latinoamericana de innovación educativa, reunió en una videollamada de más de una hora y media a 1.000 personas. Y la Universidad Austral se volcó a la app siguiendo el ejemplo de la Universidad de Illinois (que la utilizaba hacía tiempo) y confiando en el buen posicionamiento de Zoom en el Cuadrante Mágico de Gartner (un informe de mercado).

“La experiencia fue buenísima”, me dice Matías Cortiñas, director del área de Innovación Educativa de la Universidad Austral, “en usabilidad, en estabilidad y rapidez de conexión: para conectarte a una clase es muy intuitiva”. Los profesores de Austral realizaron cursos autogestionados en el uso de Zoom y aprendieron a usar herramientas digitales guiados por el equipo de Cortiñas, con más de 20 webinars a través de Zoom. 

Todas las mañanas, nosotros, en RED/ACCIÓN, tenemos nuestra reunión en Zoom (y, de hecho, la idea de esta nota surgió allí). Miranos:

Nuestra reunión del 18 de marzo.

También Boris Johnson, el primer ministro británico, hace sus reuniones de gabinete en Zoom:

Johnson fue criticado por generar riesgos de seguridad al publicar esa foto porque se ve el ID de la reunión. Es que Zoom también tiene un lado oscuro: parece ser fácil de hackear y tener pocos protocolos de privacidad.

SpaceX, una compañía que trabaja en viajes al espacio, prohibió a sus empleados usar Zoom por este asunto, y el lunes pasado, la Fiscal General de Nueva York envió una intimación a la app preguntando acerca de sus medidas de seguridad.

“Zoom toma muy en serio la privacidad, seguridad y confianza de sus usuarios”, dijo un portavoz de la compañía a la BBC. “Durante la pandemia, estamos trabajando las 24 horas para garantizar que los hospitales, universidades, escuelas y otras empresas de todo el mundo puedan mantenerse conectados y operativos. Apreciamos la participación de la Fiscal General de Nueva York en estos temas y estamos felices de proporcionar la información solicitada”.

Todo lo que cabe en Zoom

Pero Zoom va mucho más allá del trabajo y de las clases universitarias, y no todo el mundo se preocupa por su (in)seguridad: la app se ha convertido en el magma digital por el que fluye hoy la vida cotidiana.

Hay fiestas. “Tengo un grupo de amigos mochileros que unas tres veces por semana se reúnen por Zoom de noche”, me cuenta Margarita Palacios Mejía. “Yo me despierto al día siguiente y veo los videos de ellos cantando reggaetón”.

Hay clases de tango. Margarita Palacios Mejía ayudó a su madre, de 65 años, a instalar Zoom en su notebook porque su teléfono es un iPhone 3 sin memoria. Lo hizo desde su casa. “Mi mamá estaba fascinada porque podía ver mi depto; me hizo bien pasar tiempo de calidad con ella”, me dice. “Fue a la clase con una escoba porque no tiene pareja, y practica con el palo. Igual se arregló y se puso bonita”.

Una clase de tango. Imagen: Margarita Palacios Mejía.

Hay clases de yoga. Aunque la pantalla interrumpe el cuadro general y los cuerpos se ven cortados, fragmentados. Pero algo queda. “Incluso con Zoom, parte del gesto de mis alumnos estirando la mano desde la coronilla se ve”, me dice la instructora Lorena Tcach Lufrano. “O la mano, o el momento en que se endereza la columna, o el acomodamiento de isquiones, o una boca en sonrisa. El fragmento deja entrever el todo”.

Hay encuentros de budismo. “Al principio pensábamos que sería difícil en Zoom”, me cuenta Carolina Selicki Acevedo. Su casa fue sede virtual del encuentro del sábado pasado. “Poder vernos los rostros, escucharnos, aunque a veces se corte el audio, y mantener el espacio para la reflexión y el apoyo mutuo es importantísimo. Damos lugar a cerrar nuestro daimoku, la oración, entre todos y luego compartimos algún estudio”.

Hay terapia en grupo… pero no siempre funciona bien. “Es imposible reponer la concentración, la disposición emocional y la conexión del encuentro presencial”, me dice Eugenia, que se distrae porque siempre hay algo que se ve mal, chiquito o torcido. Y porque, por más que se encierre en la habitación, su marido y sus hijos están merodeando por la casa. “La verdad es que me resulta sumamente incómodo aislarme al punto de generar una intimidad como para compartir cosas en voz alta”.

Y hay clases de danza contemporánea. “Fue realmente emocionante experimentar lo que siempre sentí: bailar es unir fronteras”, me cuenta Carmina Balaguer Montón, que está en Barcelona pero tomó la clase con su profesora de Buenos Aires. “Muchas veces soñé en llevarme a casa estas clases y hoy fue posible”.

Una clase de danza contemporánea. Foto: Carmina Balaguer Montón.

La vida continúa. Aunque estemos aislados y el virus esté colonizando el planeta a una velocidad extraordinaria. Ahora nos vemos en videollamada: nuestra bendición y nuestra maldición al mismo tiempo.

El desafío a futuro

Un rabino ofició la semana pasada en Zoom una ceremonia de recordación de un fallecido. Había 100 personas conectadas. Quizás más. “Uno empieza a comprender que hay otras formas de conectarnos, más allá de la dimensión física”, dice Alejandro Avruj, de la Comunidad Amijai.

La pregunta es si Zoom, y todo lo que trajo, permanecerá aquí más allá de la pandemia, cuando el virus ya haya sido derrotado. En pocos días, Amijai dio un formato digital a sus 30 cursos, entre los que hay estudio de Biblia, conversación en ídish y gimnasia. Y ahora acude más gente que antes. “Yo creo que hay cosas que llegaron para quedarse”, dice el rabino Avruj. “Pero vamos a tener que aprender a encontrar el punto medio. Se va a empezar a habilitar la transmisión online en muchas ceremonias, creo, pero el contacto humano no se suplanta”.

Eric Yuan, el creador de Zoom, piensa distinto. Miraba los campos de arroz durante diez horas por la ventanilla del tren cuando a los 18 años viajaba para estar junto a su novia. Ahora apuesta a la distancia: está entusiasmado con la posibilidad de que cada vez más personas hagan trabajo remoto.

“Los millennials crecieron dándose cuenta de que pueden hacer el trabajo sin ir a la oficina”, dijo en una entrevista con el diario inglés The Telegraph. “Denles diez años y se convertirán en líderes. Tarde o temprano, todo esto será normal porque el mundo ya no nos pertenece a nosotros, sino a los más jóvenes. El coronavirus es sólo un catalizador”.


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