La solidaridad en pandemia de las trabajadoras socio comunitarias | RED/ACCIÓN

Las trabajadoras que son esenciales en la pandemia pero que aún no tienen el reconocimiento que merecen

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En Argentina, a raíz de la situación sanitaria y la crisis alimentaria, las trabajadoras socio comunitarias representan un 32% de los trabajadores inscriptos de la economía popular. Ellas realizan en su mayor parte tareas en los comedores y merenderos comunitarios, preparando comida, limpiando, cargando y descargando mercadería, distribuyendo viandas. A veces, hasta poniendo dinero de su bolsillo o realizando tareas no remuneradas. En esta nota, cuatro de ellas cuentan su experiencia.

Las trabajadoras que son esenciales en la pandemia pero que aún no tienen el reconocimiento que merecen

Intervención: Centa.

En un barrio popular de Posadas, Lucia Ferreyra se hace cargo de la alimentación de 200 niños y niñas todos los días; en Rosario, tres veces por semana, Paola Ruiz entrega 190 platos de comida, que retiran de su casa; en Villa Arguello, Berisso, María Luz Lizana cocina para preparar 400 viandas; y en Tigre, Nancy Robles brinda la merienda a 70 chicos y chicas. Las cuatro mujeres son trabajadoras socio comunitarias. Ellas abren las puertas de sus casas, ofrecen contención a sus comunidades, ponen dinero de sus bolsillos cuando faltan las donaciones y muchas veces realizan trabajo no remunerado. La pandemia tornó a estas trabajadoras en esenciales, ya que ellas fueron quienes dieron respuesta a la crisis alimentaria que se generó en sus comunidades.

“La cantidad de personas que recibe algún tipo de asistencia alimentaria aumentó de manera significativa y, por ese motivo, los comedores populares y merenderos se multiplicaron en toda la región. Detrás de los comedores, miles (en su mayoría) de mujeres cocinan, limpian, gestionan y cuidan. Muchas de ellas ya lo hacían antes; muchas se sumaron ahora compatibilizando esta labor con sus tareas cotidianas y sus trabajos. Además de sostener los comedores, las trabajadoras socio comunitarias atienden muchas otras demandas que se han disparado con el confinamiento. Aun con inversión estatal, sin este intenso y comprometido trabajo de cercanía los impactos de la emergencia sociosanitaria hubiesen sido muchísimo más graves: los índices de desnutrición se hubiesen disparado, el rezago escolar sería mayor, al igual que las situaciones de violencia de género, los embarazos no planificados y la mortalidad materno infantil”, señala Pablo López, experto en desarrollo urbano del Banco de Desarrollo de América Latina (CAF).

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Hace 14 años, Lucia Ferreyra vive en el barrio Manantiales, ubicado en Posadas, Misiones. Pero hace unos seis, la mujer de 35 años empezó a organizarse con otros vecinos para dar respuesta a las necesidades del barrio. Desde entonces, su casa funcionó como comedor y merendero, pero con la pandemia tuvieron que cambiar la modalidad para alimentar a las familias. Hoy se preparan viandas, que los vecinos retiran y cada uno come en sus casas.

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“Todos los días, seis vecinas se acercan a trabajar conmigo en el comedor. Dos vienen para la merienda y cuatro para el almuerzo”, cuenta la referente barrial. Ella vive con su marido y sus nueve hijos. Y agrega: “Mi marido me ayuda a buscar la mercadería que nos donan y a comprar los insumos que faltan”. Además, en el barrio se armó una huerta, que los provee de algunas verduras para las viandas.

La rutina de Ferreyra comienza a las siete de la mañana. Lo primero que hace es organizar el menú. A lo largo de la mañana, mientras cocina, va recibiendo las bandejas para rellenar. A las 11.30 la comida suele estar lista. La gente llega y retira su vianda. Luego, Ferreyra y sus compañeras limpian y empiezan a armar las jarras para la merienda.

Además de brindar alimentos, Ferreyra y un grupo de vecinas, se encargan de ayudar a los adultos mayores del barrio, conseguir medicamentos y acompañar en casos de violencia de género. Desde que comenzó la pandemia, cuando un vecino se contagia COVID-19, ellas se encargan de dejarle la vianda en el portón de la casa para que no le falte nada y no tenga que salir.

Lucia Ferreyra es trabajadora sociocomunitaria en el barrio Manantiales

“Cuando empezamos con este trabajo comunitario, no teníamos ayuda de nadie. Pedíamos donaciones por todos lados”, señala Ferreyra, que hace un tiempo forma parte de Potenciar Trabajo, un programa estatal que está pensado para reconocer a los trabajadores de la economía popular. Uno de los rubros que abarca es el de tareas de cuidado y servicios socio comunitarios. Los titulares cobran la mitad del salario mínimo. Potenciar Trabajo permite contribuir al mejoramiento de la empleabilidad y la generación de nuevas propuestas productivas a través de la terminalidad educativa, la formación profesional y la certificación de competencias.

Al 28 de diciembre de 2020, 1.749.632 personas se inscribieron en el Registro Nacional de Trabajadores y Trabajadoras de la Economía Popular (ReNaTEP), de los cuales más de la mitad fueron mujeres (57%). La rama de "Servicios Socio Comunitarios" es la que mayor cantidad de inscriptos registra con el 32%. En este subgrupo, se destacan por sobre otras actividades los y las trabajadoras de los comedores y merenderos comunitarios (61%).

“Se han dado pasos importantes para revertir la falta de reconocimiento a estas trabajadoras. Un primer ejemplo es el de la ordenanza de una municipalidad de la provincia de Buenos Aires (La Matanza) que declaró la esencialidad de los trabajadores de los comedores populares. Otro es la Ley Ramona (nombrada así en honor a una referente barrial fallecida de COVID-19 meses atrás), que, cuando se promueva, otorgará un bono mensual a los aproximadamente 50.000 trabajadores socio comunitarios del país”, dice López.

El referente de CAF advierte que las realidades que ellas enfrentan todos los días son muy duras y sus capacidades de respuesta muy limitadas materialmente, lo que pone en riesgo su salud mental. “Además del reconocimiento y la protección de derechos, es imprescindible que cuenten con herramientas para la intervención más allá de las generadas en el marco de sus propias experiencias. Como se trata de una población muy diversa, sus niveles y campos de formación son muy heterogéneos, por lo que la capacitación y transferencia de habilidades es clave”, expresa.

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Las ollas populares, claves para sostener a los barrios

Paola Ruiz vive en el barrio popular Cañaveral, en Rosario, Santa Fe. La trabajadora socio comunitaria de 37 años señala que las necesidades que hay entre sus vecinos son muy grandes. Allí viven unas 400 familias. Para dar una respuesta a la crisis alimentaria, de la mano de TECHO, Ruiz armó una olla popular. Al igual que Ferreyra, Ruiz abrió las puertas de su casa para poder cocinar para el barrio. Tres veces por semana (lunes, miércoles y viernes) prepara la cena y dos veces (martes y jueves) se encarga de la leche para la merienda.

“Con la pandemia muchos vecinos se quedaron sin trabajo. No podían salir a cirujear y crecieron las necesidades. Yo vendía pan en la calle y también se me cortó”, cuenta Ruiz, que llegó al barrio hace cuatro años y allí vive con su marido y dos hijos, de 12 y 8 años.

Paola Ruiz prepara el almuerzo junto a su hija

Algunas vecinas la ayudan a preparar la comida, pero Ruiz asegura que lo más difícil es limpiar todo. “Estoy medio sola en ese momento”, comenta. Para llegar a tiempo con la cena para unas 60 familias, Ruiz comienza a trabajar a las 15 y suele terminar a las 21. “Cuando los chicos pasan a tomar la leche, se quedan un rato y hasta me dicen seño”, cuenta. Para la cena, los adultos llevan tuppers para comerla en su casa.

Frente a las crisis, queda al descubierto quiénes son las personas que ponen el cuerpo para afrontar estos embates. De acuerdo con el estudio “Efectos de la pandemia COVID-19 en los barrios populares”, del Centro de Investigación Social de TECHO Argentina, los vecinos y vecinas destacan los distintos procesos de organización comunitaria como un factor fundamental para hacer frente al COVID-19.  Las actividades realizadas fueron de diversa índole, pero cabe destacar que, en 136 de los 161 barrios, la comunidad se organizó para poner en marcha ollas populares.

María Luz Lizana es referente del comedor Puro Corazón, ubicado en Villa Arguello, Berisso. Allí está cocinando lunes, jueves y sábados para unas 150 familias. El espacio funciona hace cuatro años y cumple una importante función de contención vecinal.

En 2013, cuando La Plata sufrió la inundación, en la que 89 personas murieron y 350.000 se vieron damnificadas, los vecinos de Villa Arguello comenzaron a organizarse y empezaron a hacer ollas comunes. Al tiempo, nació el comedor Puro Corazón.

María Luz Lizana es referente del comedor Puro Corazón, ubicado en Villa Arguello, Berisso

Lizana presta su casa para hacer la comida. “Cocinar para tanta gente es muy difícil. La municipalidad nos alcanza algunos productos secos. También TECHO nos trae donaciones y el Movimiento de Unidad Popular acerca algunos alimentos. Todo eso es de gran ayuda para nosotros. Además, como vecinos damos todo lo que podemos. Armamos una cuota vecinal para los que pueden aportar algo”, dice Lizana. El trabajo que ella realiza es voluntario. “No me paga nadie”, expresa.

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Milca Sosa es integrante de la secretaría de mujeres y diversidad de la Unión de Trabajadores de la Economía Popular (UTEP). Ella dice: “Las mujeres no solo se organizan en torno al cuidado de sus familias, sino también de sus comunidades. Muchas veces son trabajos no remunerados. Reconocerlas como trabajadoras socio comunitarias habla de reconocer su trabajo en relación al cuidado”. En relación a las formas de organizarse Sosa agrega: “En definitiva, las ollas populares son centrales, ya que simbolizan la resistencia, pero al mismo tiempo es una resolución concreta para un montón de familias que comen ahí”.

Nancy Robles tiene 48 años y es referente comunitaria en Bancalari, Tigre, provincia de Buenos Aires. Ella trabaja en el comedor y merendero del barrio. “La demanda que tuvimos en 2020 fue muy grande. Con la pandemia nos desbordamos. Antes nos veíamos tan chiquitas, creíamos que solo dábamos la copa de leche y nada más. Y en ese momento nos dimos cuenta de que nuestro rol iba más allá del alimento en sí. Teníamos mucha responsabilidad”, dice Robles.

El merendero Rayito de Luz en Bancalari, Tigre

El merendero Rayito de Luz empezó en el living de Robles. Allí, un grupo de vecinas ponía tres mesas largas para que los chicos pudieran tener algo rico para la merienda. Con el tiempo, la copa de leche se mudó a un centro comunitario. “Cuando los niños van al comedor encuentran contención. Hablan con las compañeras, a las que siempre llaman seño”, cuenta Robles.

La trabajadora socio comunitaria señala que hay días que no les alcanzan los insumos para llenar tantos tuppers: “Pusimos de nuestros bolsillos para ayudar a los vecinos. Las compañeras nos arremangamos y hacemos un montón con lo poco que tenemos”.

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