Lemebel Oral, comentado por Fernando García | RED/ACCIÓN

Lemebel Oral, comentado por Fernando García

Un especialista invitado comenta un libro de no ficción y elige los seis párrafos de ese libro que más le hayan llamado la atención.

Lemebel Oral
Pedro Lemebel
Mansalva

Uno (mi comentario)

Cuarenta conversaciones recogidas por el periodista y poeta Gonzalo León dan cuenta del pensamiento de Pedro Lemebel entre 1994 y 2014. Están aquí el performer y el cronista, el militante homosexual y el militante de izquierda: la voz de una de las voces más singulares y agudas de la transición chilena y de la narrativa latinoamericana de la bisagra entre los siglos XX y XXI. Desde la posición underground y urticante de Las Yeguas del Apocalipsis a su incómoda instalación en el sistema literario de su país, hay en Lemebel Oral un manual de belleza, felicidad e intransingencia a pesar de todo (y de todos).  

Dos (la selección)

“En Chile no hubo razzia contra los homosexuales, como las habido en México, en Brasil (…) Es que la mayoría de los homosexuales es de derecha: hay una fantasía homosexual por las botas, por lo militar, como está planteado en La caída de los dioses, de Visconti, o en El beso de la mujer araña. ¿Te acuerdas que al homosexual de la película le fascinan los nazis? Aquí, durante la dictadura, todas las locas se sintieron Sissí Emperatriz escoltada por la soldadesca. En ese sentido yo creo que Las Yeguas son el único gesto cultural homosexual que enlaza los dos temas: cuando trabajamos el problema de los desaparecidos, hacemos esa cruza: nosotros, desaparecidos legalmente por homosexuales, y los desaparecidos también legalmente por lo político”.

Tres

“Cuando te imputan lo marginal es una forma de anularte. Te dicen “tu eres marginal”, te quedas en el margen y desde allí hablas. Yo prefiero intentar otras estrategias, otros cruces de fronteras, sin que se sepa cómo tu entras ni cómo tu sales: moverse en los bordes. Ahora que mis pobres hilachas de letras han tenido alguna difusión, tanto aquí como afuera, hay una especie de sorpresa: ¿Cómo es que este marica Lemebel está instalado? Entonces, he tenido que enfrentar eso constantemente, como si fuera una rareza que a mí me premiaran, como si yo no me lo mereciera, o no hubiese escrito nunca algo que mereciera ser nombrado. Veo la extrañeza de mucha gente, y en esa extrañeza yo también me doy cuenta del prejuicio. Es como cuando te dicen ‘el Pedro es homosexual, pero escribe bien también’. Es como anular una parte”.

Cuatro

“La transición a la democracia dejó la televisión intacta, con su misma cara fascista. El mismo animador que animaba los cumpleaños de Pinochet siguió animando la cueca concertacionista. Siguieron los mismos programas de humor que eran proclives a la dictadura, sin tomar en cuenta el poder de los medios de comunicación. Entonces, es muy lógico que en estos momentos estemos a punto de tener un gobierno de derecha. Las mismas caras que comulgaron con el régimen de Pinochet siguieron vigentes, aplaudidas y avaladas por la democracia. Hay una memoria que lo tiene registrado pero que lo encubre con cierta amnesia carnavalesca que se produjo con el cambio de sistema, que hizo que todo eso pasara a un segundo plano. Aquí no hubo un Nunca Más ni un Nüremberg, aquí todos se hicieron los lesos, los que no veían ni escuchaban. Chile es eso. La televisión se quedó ahí bombardeando contra la democracia. Ahora tenemos los costos de haber dejado la TV chilena intacta. La democracia le ha pedido permiso a la TV, ha velado por sus mismos tabúes. Todavía hay un desconocimiento del proyecto cultural de la Unidad Popular, en la televisión el nombre Salvador Allende está vedado”.

Cinco

“Yo no soy del tiempo de los boleros, soy de la época de los Rolling Stones y de los Beatles. Sin embargo, la cultura de los boleros me llega por herencia materna, como la del tango por mi abuela. Cuando la gente me dice: ‘Yo no soy de esa época’, da lo mismo creo yo, uno tiene cultura musiquera  y el bolero en su momento representó el manifiesto amoroso de la intimidad, era una carta de amor, susurrada al oído y por voces de cantantes varones muy aflautadas, amaneradas, casi amariconadas, como la de Lucho Gatica, que es casi asmática. Acá lo acusaron de homosexual por cantar así, porque ese era el tiempo del tango, y para cantarlo había que tener otro registro, muy varonil. Por eso la entrada del bolero me parece interesante, porque introduce otra sensibilidad en la canción latinoamericana popular, más femenina. Sus letras son declaraciones amorosas derrotadas, sufrientes, no por ello decadentes o bajoneantes”.

Seis

“A pesar de los momentos duros que vive la Argentina, no se compara con la mueca hipócrita y liviana que le puso el neoliberalismo milico a mi pobre Chilito. Esta democracia negociada dejó un tufo a impunidad que no se soporta. El gobierno de Lagos ha sustituido las ilusiones sociales por la continuas explicaciones que le pasa dando a la derecha. A pesar de todo el descontento, la vorágine social y cultural de la Argentina es una pulsión movilizadora que habla de un país empobrecido, caótico, pero vivo, y sobre todo con las víctimas del genocidio milico relativamente dignificadas; y eso que acá en Chile se oculta bajo la alfombra importada, me parece un gesto ético y social con la memoria. En Chile no existe una gran película de la dictadura como La historia oficial; ni siquiera se ha dado en televisión Missing, de Costa-Gavras. Todo lo que se ha hecho es ficcional, como si la cruda verdad de los hechos tuviera que colorearse para combinar mejor con el ánimo light de estos tiempos”.(2002)   

Siete

“En la Comisión de Derechos Humanos bailamos una cueca chilena, como la que bailaban las mujeres solas, cuyas parejas habían desaparecido. Hicimos ese baile descalzos sobre un mapa de América Latina lleno de vidrios. Con un micrófono pegado en el pecho, escuchábamos el latido de nuestro corazón que nos marcaba el ritmo, pero afuera se escuchaba sólo la quebradura de los vidrios. Ese trabajo sí me gustó, porque fue tenso. Zapatéabamos con fuerza y no nos cortábamos. Nos criticaron porque supuestamente teníamos que reinvindicar la homosexualidad y los desaparecidos no tenían nada que ver con nosotros. Pero pensábamos que la condición homosexual se reinvindicaría en algún momento, mientras que entonces lo más importante y doloroso eran las víctimas de violaciones a los derechos humanos, y nosotros poníamos el corazón donde nos dolía. Eran actos con una carga simbólica mucho más fuerte que el travesti y la pluma. Los homosexuales también estábamos ausentes de la vida pública, recluídos en la peluquería”.


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