María Luján Rey: “Tenemos que entender que Cromañón, Once, y el Ara San Juan nos pasó a todos”

La madre de Lucas Menghini Rey (fallecido de la Tragedia de Once) habla sobre el abandono que las víctimas sufren por parte del Estado y de la sociedad, cuenta cómo eludió el deseo de venganza, y el modo en que el budismo la ayudó a atravesar el dolor.

por Chani Guyot

24 de abril de 2018

Foto: Rodrigo Mendoza

En los últimos seis años María Luján Rey aprendió, entre otras cosas, derecho penal, a consensuar reclamos colectivos, y a trabajar por el derecho de las víctimas. Aprendió del dolor de perder a su hijo, Lucas Menghini Rey, que el 22 de febrero de 2012 se convirtió en una de las 51 víctimas de la Tragedia de Once. Su cuerpo apareció tres días después, tras el desesperado reclamo de María Luján y Paolo Menghini, padre de Lucas. En esta entrevista cuenta su recorrido al frente del reclamo de justicia, la mochila que la sociedad deposita en los familiares de las víctimas, y su esfuerzo por que su nieta Paz pueda crecer entendiendo que la vida es maravillosa.

¿Cómo era tu vida antes del 22 de febrero de 2012?
Como la de una persona cualquiera, con los problemas de cualquiera. Era profesora de geografía y laburaba haciendo artesanías con las que recorría las ferias de Plaza Francia, o la Feria Artesanal de Morón.

La vida de una persona común...
Totalmente. Limpiar la casa, hacer la comida de los chicos, ver cómo pagar las cuentas… Siempre me gustó estar muy informada, así que parte de la rutina era ver las noticias o leer los diarios.

Es decir que estabas atenta a lo que pasaba a tu alrededor.
Sí, siempre me gustó estar atenta a todo y siempre me consideré una persona con cierto compromiso. Si había una inundación se me ocurría juntar cosas y darle una mano a alguien. Pero eso fue hasta la tragedia. Después, tuve que interpelarme, mirarme y hacer una gran autocrítica: entender que me faltaba más compromiso.

Desde el día de la tragedia te pusiste al frente del reclamo de los familiares de las víctimas. ¿Fue una decisión consciente, o algo natural, como continuidad de aquel compromiso?
Se fue dando... En el momento de la tragedia para mí era una cuestión personal. Me estaba pasando a mí, y no podía dimensionar que había otros a los que les estaba pasando lo mismo. Aun cuando nos cruzábamos en los hospitales o en la morgue. Yo estaba en la morgue haciendo una cola impresionante para el reconocimiento: estaba pidiendo que me ayudaran a buscar a Lucas y eso era lo único que me importaba. Cuando finalmente nos encontramos con el resto de los familiares y empezamos a transitar este camino, como en cualquier grupo, van surgiendo personas que empiezan a ocupar determinados roles. Y nos tocó un poco a Paolo y un poco a mí ser las caras visibles del reclamo de justicia. Con el tiempo empecé a sentir que tenía un compromiso mayor.

¿En qué sentido?
Este enero, por ejemplo, un taxi atropella acá en la Capital a una jovencita, Leonela Noble. Me entero de que su mamá estaba viajando desde el interior, y sentí la necesidad de ir y darle un abrazo. Yo pensaba: “no la conozco, y sé que no puedo hacer nada, no tengo ninguna solución”, pero pensé en lo bien que me hizo a mí cada abrazo que me dieron. Esa contención que implica sentir la empatía, ponerse en el lugar del otro.

Un despertar de conciencia...
Exacto. Me acuerdo que muchos familiares se enojaban cuando estábamos en Once y la gente se bajaba del tren y pasaba como si nada. Te decían “No, pero yo no viajé en ese tren”. Y vos pensabas: “¿Qué importa? Te salvaste de casualidad. Podría haber sido tu tren”.

Muchas víctimas y familiares experimentaron cierto abandono de parte de la sociedad y del Estado.
Es así. Me enoja, no lo comparto y lucho para que esto cambie, para generar conciencia. Generalmente al ciudadano común al que no le pasó nada le cuesta…

¿La empatía?
Siente como una pena, pero nos pasa a todos. Vos lo mirás en la tele y decís “¡Uy pobre gente, mirá lo que le pasó!”. Pero después con todos los despelotes que tenés en tu casa, decís: “Cambiá de canal, poné otra cosa porque ya no quiero ver el dolor del otro”... Además, tenemos naturalizado que la víctima en cierto lugar es responsable de lo que le pasó. Te robaron el auto y la pregunta es “¿a qué hora lo sacaste?”. Perdón, ¿cuál era la hora para que no me lo puedan robar? Violan a una piba y están pensando en si la pollera era larga o era corta. Bueno, Lucas por donde viajaba, los pasajeros del primer vagón porque viajaban en el primer vagón...

Suena un poco cruel, ¿no?
Pero es lo que pasa y hay que hacerse cargo: lo primero que nos sale es ver qué hizo la víctima, dónde estaba, quién era, cómo era y después vemos la responsabilidad de los otros. Está naturalizado y creo que eso nos impide tener empatía. Además tenemos un Estado que te abandona. Te abandonó antes de que te convirtieras en víctima muchísimas veces, y te abandona después. Para eso sí hemos luchado y hemos dado un gran paso.

Con la Ley de Derechos y Garantías de las Personas Víctimas de un Delito.
Sí, hoy las víctimas tienen una ley que les provee un abogado, por ejemplo. El sistema judicial penal estaba pensado para el delincuente: necesita médico, tiene médico; necesita abogado, tiene abogado. La víctima no tiene médico, no tiene abogado, no tiene nada. Creo que no hay que quitarle un solo derecho al victimario, pero sí hay que ponernos en pie de igualdad.

A esa ley le queda el largo camino de la implementación.
Falta mucho, porque logramos una ley que solo es para delitos federales, y los delitos federales no son la mayoría de los delitos. Falta para los delitos ordinarios que son los que hoy se cobran la vida de cientos de personas.

Siempre hablás en plural, e intuyo que este ha sido un camino en el necesitaste escuchar, aliarte y construir con otros.
Sí, claro. Ser parte del grupo de la Tragedia de Once me ha dado cierto entrenamiento en la generación de consensos. Yo a veces lo hablo con mis amigos, con Matías Bagnato o con Carolina Píparo, por ejemplo, y tenemos muchas cosas en común. Cosas que tienen que ver con la lucha, con el dolor, con el sufrimiento que hemos vivido. Tenemos un objetivo en común, tenemos un dolor en común, hemos marcado un camino y hemos entendido que para transitar este camino y llegar a este objetivo, tenemos que trascender nuestras diferencias.

En los últimos meses diste un paso hacia un ámbito más político. ¿Cómo fue esa decisión, y cuáles son tus expectativas?
Cuando me recibí de profesora me ponía contenta ir a dar clase, y sentía que ese era mi lugar en el mundo, el lugar desde donde aportar mi granito de arena para la construcción de un mundo mejor. Después sentí que todo lo que aprendí a base de sufrimiento, de esfuerzo y de voluntad me llevaba a otro lugar, que tenía que hacer otras cosas. Desde ahí es que empiezo con este compromiso y junto a otros, empezamos a pelear por esta Ley de Víctimas para que otros tengan lo que nosotros no tuvimos. Después de haber participado de las comisiones de debate en el Congreso y de la experiencia de vivir los procesos judiciales, me di cuenta de que la política es una herramienta para estas transformaciones. Yo nunca voy a dejar de ser la mamá que buscó a su hijo durante tres días después de una tragedia tremenda.

Imagino que cada uno procesa el dolor como puede. En tu caso, ¿cómo eludiste la tentación del odio o de la venganza?
Es verdad que desde el dolor a uno le nace la ira y la bronca. Sobre todo cuando estos dolores son provocados por una injusticia tan grande y cuando se podría haber evitado. Pero yo tuve otra reacción, y creo que tiene que ver con mi mirada sobre la vida y con cuidarme a mí misma. Es parte de mi fe. Yo creo que si le deseo el mal a alguien, ese alguien por ahí ni se entera, pero sé que eso me hiere a mí. Nunca sentí odio, y lo comprobé cuando en el juicio tuve a Ricardo Jaime adelante mío, y la verdad es que no sentí nada. Yo no quiero que sufra, no quiero que le pase lo que me pasó a mí. Yo quiero que estén presos porque es lo que corresponde, porque cometieron un delito, porque mataron a mi hijo, porque generaron muchísimo sufrimiento.

Intuyo que no siempre es fácil.
No. No es fácil porque tenés una sociedad que te pone una mochila y te dice: “Seguí, eh. ¡No vayas a bajar los brazos!”... ¿Y si me canso? ¿Y si yo bajo los brazos y vas vos a pelear un rato, que estás tan cómodo y no enterraste a tu pibe? A veces la sociedad hace más pesada la mochila: que somos el reservorio moral, que somos la esperanza... “¡Necesitamos diputados como ustedes!”, pero cuando vos decís que querés ser diputado, te salen a matar. “Ahí está, ya está lo que querías, estás buscando un carguito”. Todo el tiempo es así. A mí haber enterrado un hijo en la Tragedia de Once, haber peleado o haber decidido dar una lucha en la justicia, no me invalida para tener mi postura ideológica, mis gustos musicales ni mi fe religiosa. Y yo no tengo que darle explicaciones a nadie sobre eso.

Mencionaste la fe. ¿Fue una fe previa a la tragedia?
Yo nací en un hogar católico, me bautizaron, tomé la comunión, la confirmación y me casé por iglesia, todo como corresponde. Ocho años antes de que sucediera la tragedia conocí el budismo. El budismo laico de Nichiren Daishonin, que es un monje japonés. Empecé a practicarlo y me fui dando cuenta, en cuestiones cotidianas, de que me servía. Cuando sucedió la tragedia entendí que me había preparado durante esos ocho años para atravesar ese momento. Siento que esa fe tan profunda fue lo que me permitió vivirlo de la manera en la que lo viví. Creo que una fe profunda ayuda, una fe que te permite atravesar el dolor, poder transformarlo, seguir queriendo la vida y seguir celebrándola.

Esa fue tu experiencia.
Esa fue la mía. El budismo te insta a no preguntarte el por qué, sino el para qué. Y yo me preguntaba todo el tiempo para qué me pasa esto. El budismo me sirvió para entender que hoy en líneas generales me dicen víctima, pero yo sé que yo no soy una víctima. La víctima fue Lucas y el budismo me sirvió para esto también.

De algún modo tu recorrido de estos años es tu respuesta a ese para qué.
Sí, igual sigo siempre buscando el para qué. La elección que hemos hecho de este camino, que fue el más difícil, el más doloroso, creo que tiene muchos para qué y cada vez me voy dando cuenta de más. Yo entiendo que hay cuestiones que nos van a trascender, que yo no voy a estar pero que va a haber una Ley de Víctimas completa, que espero algún día se mejore. Pero también sé que mucho del para qué tiene que ver con mi hija y con mi nieta. Yo siento que tengo la obligación de dejarles a ellas un lugar mejor que el que hoy tenemos. También es una obligación para con Lucas. Creo que de una o de otra manera, su muerte, la forma en que murió y todo lo que lo rodeó tiene que ver con esto.

“Cromañón fueron ciento noventa y cuatro pibes, el país se hizo más chiquito. Tuvo la desgracia encima de ser un 30 de diciembre, entonces cada 30 de diciembre nos duele, pero estamos con el vitel tone. Tenemos que entender que Cromañón, Once, el Ara San Juan nos pasó a todos”.

Antes de la tragedia eras una persona común. ¿Qué necesita el familiar de una víctima de otras personas comunes?
Lo primero es una mirada más desde la empatía, una mirada con menos juicios de valor. Acá todos opinan si lloramos mucho, si lloramos poco. La empatía de saber que hoy le toca a uno, pero mañana te puede tocar a vos. También es cierto que hay mucha gente que acompaña. Cromañón fueron ciento noventa y cuatro pibes, el país se hizo más chiquito. Tuvo la desgracia encima de ser un 30 de diciembre, entonces cada 30 de diciembre nos duele, pero estamos con el vitel tone. Tenemos que entender que Cromañón, Once, el Ara San Juan nos pasó a todos. Yo sé que es un esfuerzo, yo sé que la gente no tiene ganas muchas veces, pero es bueno que sepan que a los familiares de víctimas también nos pasan las mismas cosas que les pasan a ellos. No es que porque enterré a mi hijo no me pasa nada. Yo hoy tengo que laburar, tengo que pagar las cuentas, a mí también la plata no me alcanza. Yo espero que el compromiso crezca, ese es mi sueño. Que cuando ocurran estos hechos, el ciudadano común venga y le diga al familiar: “Vos quedate en tu casa, que el que sale a pedir justicia soy yo”. Ahí vamos a ser una sociedad solidaria y comprometida.

¿Cómo está Paz, tu nieta, la hija de Lucas?
Enorme, hermosa, ya tiene diez años y es para nosotros una fuente de energía. Cada vez tiene más preguntas, pero siempre se le fue con la verdad, así que sabe absolutamente todo. Es un sol, por eso para mí es muy importante que Paz pueda crecer entendiendo que la vida es maravillosa, y que a pesar de que no tiene a su papá físicamente presente, de alguna manera él está. Que no sea una piba resentida, ni ande enojada con la vida porque le arrebataron a su papá siendo ella tan chiquita. En eso va todo mi esfuerzo, y el de toda la familia.

Fotografía: Rodrigo Mendoza

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