Mi abuelo murió de COVID-19, no era inmortal | RED/ACCIÓN

Mi abuelo era como Highlander, pero no inmortal

Cabeza dura, impulsivo, incondicional. “Yo tengo un GPS para evitar el virus”, me decía. Pero tuvo un ACV y en la clínica se contagió de COVID-19. “Se está luchando todo”, le dijo el médico a mi mamá. Peleó 40 días. La última vez que me dejaron verlo fue tan generoso que me regaló una sonrisa.

Ilustración: Pablo Domrose

—Le dio positivo.

Un llamado. Tres palabras. Y ya no escuchás nada más.           

          ***

—Mañana está la obra Los vecinos de arriba en la computadora. ¿Querés venir a verla?

Una y mil veces le explicamos a mi abuelo que hay un virus dando vueltas, que no se puede salir y que se tiene que quedar en casa. Ese Viernes Santo me dijo por teléfono que como yo soy periodista tenía que sacar el permiso y pasar a merendar a su casa de Villa Crespo, como habría hecho en un contexto normal. Nada lo convencía.

“Yo tengo un GPS para evitar el virus”, decía.

Para todos en la familia él es el abuelo Grillo. Cabeza dura, impulsivo, pero sobre todo incondicional.

La obra de teatro que me comentaba por teléfono no pudo verla. Esa semana se había caído un par de veces y el sábado se cayó otra vez. La ambulancia lo vino a buscar y lo llevó al hospital. Lo diagnosticaron con un ACV y le dijeron que se tenía que quedar ahí, en terapia intensiva. 

Dejarlo internado en plena pandemia ya daba vértigo, pero llevarlo a la casa ya no era opción. Después de algunos estudios, los médicos determinaron que había que operarlo, había que drenar dos hematomas que se le habían formado en la cabeza, que le estaban impidiendo mover su pierna y brazo izquierdo.

Gregorio "Grillo" Beniaminovich, con sus 84 años, ya convivía con un marcapaso desde hace años. De chica me llamaba la atención la pelotita que le sobresalía en el pecho por ese reloj. Teníamos miedo de que su corazón no tolerara una operación tan invasiva.

Durante los 40 días que estuvo internado, fui cinco veces al sanatorio, pero solo dos lo pude ver. 

La primera vez que intenté verlo fue antes de la operación. El martes 14 de abril, me tomé un taxi en la esquina de casa, esa vez sin barbijo porque todavía no se lo consideraba como un imprescindible para salir a la calle. Las visitas en terapia intensiva son de una hora, una vez al día y puede entrar un solo familiar. A mi abuelo se lo podía ver de 13 a 14.

En la puerta de la clinica me encontré con mi mamá y como ese día iban a dar detalles de la operación pedimos permiso para que una lo vea y la otra hable con el médico. Imposible. Solo una persona puede entrar. Yo me quedé afuera. Me apoyé en el capó de un auto, y me di cuenta de que no era la única que había improvisado una sala de espera en plena calle. Varias personas daban vueltas por la cuadra esperando novedades de sus familiares.

A la hora, puntual, salió mi mamá y me dijo: “¿Vamos a tomar algo?”. La terapia intensiva la había abrumado tanto, que por un momento se olvidó que no había a dónde ir. Caminamos una vuelta manzana, nos saludamos con el codo y cada una volvió a su casa.

Al día siguiente, después del mediodía manejé hasta la clínica. Hace más de 25 días que no manejaba. Cinco años atrás, en ese mismo auto practicaba con Grillo lo que había aprendido en las clases de manejo. Probábamos cómo estacionar, la marcha atrás y me ayudaba a perderle miedo al tráfico. También me había acompañado a la calle Warnes a cambiar uno de los espejos laterales, después de haberlo volado contra un contenedor de basura.

Llegué a la clínica, esta vez sí con barbijo, me registré en la entrada y subí al piso 3. En el ascensor me puse una máscara para crear una barrera más. Para no llevar ni traer el virus. En la clínica nunca me tomaron la fiebre ni me preguntaron por síntomas. Antes de entrar a la sala de terapia intensiva, me volví a poner alcohol en gel. Enseguida lo vi ahí, en la tercera cama. Al instante me reconoció y dijo: “Flor, qué lindo verte”. Me preguntó por mi abuela, mi mamá, mis tíos, primos y su bisnieto, que por la pandemia no llegó a conocer.

“Todos están abajo”, le dije. En terapia intensiva, al menos de a ratos, para él, la pandemia no existe y el tiempo se diluye. La conversación se entremezclaba con los bips que hacen las máquinas y el murmullo de los enfermeros.

—¿Susana tiene una máscara así?

Lo preguntó cuando se dio cuenta de que se me empezaba a empañar la máscara que llevaba puesta para protegernos. Susana es mi abuela y su compañera por más de sesenta años. En marzo, justo antes de que se decretara el aislamiento social obligatorio, nos habíamos reunido a celebrar su aniversario.

Susana Gourinsky y Gregorio "Grillo" Beniaminovich en su aniversario de 62 años de casados (14 de marzo 2020)

Llegó el almuerzo. Una tortilla de papa con puré de calabaza. Lo ayudé a comer, pero al tercer bocado, me dijo que no quería más, que estaba muy seco. 

Pasó el coordinador de terapia intensiva y se detuvo para darme el parte: “Está estable, de a ratos se pierde, se opera el viernes”. Eso fue todo y siguió con la persona que visitaba al paciente de al lado.

Al cumplirse la hora de la visita, una de las enfermeras me dijo que me tenía que retirar. “Te quiero mucho”, le dije a mi abuelo y él me regaló una sonrisa. 

***

Pasó la operación. Siguieron algunos días mejores y otros peores. Apareció la fiebre. Primero se contagió neumonía y después meningitis. 

El sábado 25 de abril fui al hospital por tercera vez. Lo vi más animado que cómo me habían contado que lo habían visto el día anterior. Cuando vi la cicatriz en la cabeza, se me aflojaron las piernas. Él intentó sonreirme y me acarició el pelo. “Cuando me vaya a casa vamos a escribir juntos todo esto. Te tengo que contar un montón de cosas”, me dijo. 

Su esperanza me alivió. 

Me tuve que sacar la máscara porque el calor de terapia intensiva era agobiante. Me dejé el barbijo. En la panza, le vi un sarpullido rosáceo, y cuando pasó el médico le pregunté de qué se trataba. “Puede ser por los antibióticos. Está estable. Hoy, sin fiebre. Posiblemente mañana lo pasamos a piso”, dijo.

Mi abuelo me agarró la mano y comenzamos a conversar. Le conté que el día anterior estuve amasando jalá (un pan trenzado que se come en Shabat y en las festividades judías). El marido de la paciente de al lado, otra distinta a la de la visita anterior, me escuchó y nos empezó a hablar en hebreo. Ni mi abuelo ni yo entendíamos del todo lo que decía, pero nos distrajo por un momento.

Grillo le deseó paz al hombre y enseguida le empezó a hablar de Greta Thunberg, la activista adolescente que seguro había visto en las noticias. Así se pasó la hora y la enfermera me pidió que me retirara.

Grillo y Florencia Tuchin (mayo 2018)

*** 

Lunes 27 de abril. Las visitas cambiaron de horario. Ahora eran de 18 a 19. El domingo lo pasaron transitoriamente de cuidados intensivos a unidad coronaria porque todavía no había una habitación disponible en piso. Esa tarde volví al hospital y en la puerta me encontré con mi tío, no nos saludamos, pero nos tiramos alcohol en aerosol antes de tocar la puerta de entrada del sanatorio. 

La persona que registra las visitas nos dijo que nadie podía pasar, que el médico nos iba a llamar para darnos el parte y que las visitas a terapia intensiva quedaban suspendidas. No nos dieron las razones. Al minuto llamó el médico al celular de mi tío. Como le dijimos que todavía estábamos en la entrada del sanatorio, nos dijo que lo esperáramos que iba a bajar.

El médico nos confesó que tuvieron que cancelar las visitas en terapia porque detectaron un caso con COVID-19 y que por protocolo tenían que hisopar a todos los pacientes. Nos dijo que los partes los íbamos a recibir por teléfono y que los resultados iban a estar en dos días. Solo nos quedaba esperar que el resultado fuera negativo. Le pedimos al médico que le avisara a Grillo que fuimos a verlo y que le explicara por qué no podíamos entrar.

El miércoles a la noche llamaron del sanatorio y nos dijeron lo que no queríamos escuchar: el test le dio positivo. Mi abuelo con COVID-19. 84 años, marcapaso, ACV, neumonía, meningitis, y ahora con COVID-19. 

En ese momento, me olvidé de todo lo que había leído y escrito durante más de un mes. Volví a leer los síntomas, los riesgos, el proceso de la enfermedad. “¿Cómo se contagió? ¿Cuándo lo voy a poder ver? ¿Tendré yo también el virus? ¿Mi mamá y mi tío tendrán el virus? ¿Habré contagiado a mi novio?”

Llame al 107 para avisar que estuve en contacto estrecho con mi abuelo, que ahora tenía COVID-19. “¿Me tengo que testear?”, pregunté. La mujer que estaba del otro lado del teléfono me dijo que llamara a mi prepaga, que ellos me iban a dar las indicaciones. Busqué la credencial de OSDE y marqué el número de teléfono. Repetí otra vez lo mismo. Y me dijeron que no me iban a testear, que tenía que llamar de nuevo si tenía fiebre y que los siguientes 14 días, mi pareja y yo nos teníamos que quedar aislados en casa para evitar contagios en caso de ser asintomáticos.

La única certeza que tenía en ese momento era que por lo menos por 14 días no iba a poder ver a mi abuelo. Y esos mismos 14 días tenía que esperar en casa los síntomas. Ni bien me despertaba y antes de dormir me tomaba la fiebre, buscaba el frasco de café y metía la nariz para ver si sentía el olor, por las dudas también me tiraba perfume.

Otra rutina de esos días era mandar un mensaje a mi mamá y a mi tío para ver si ellos tenían síntomas. Angustia y ansiedad fue lo que más sentí en esos días. Siete días después de ver a mi abuelo, el sábado 2 de mayo, directamente no pude dormir. Me faltaba el aire y me quemaba la garganta. Ya conocía esa sensación de falta de aire y sabía que no tenía que ver con un problema respiratorio. Lo único que calmaba la ansiedad en esos días era mirar Friends y un juego en el celu de crucigramas.

***

Durante los primeros partes telefónicos nos decían que mi abuelo estaba estable, no tenía fiebre y el foco en el pulmón era pequeño. No necesitaba respirador. El 6 de mayo lo pasaron de terapia intensiva a una habitación aislada para pacientes con COVID-19. 

A partir de ese momento empezamos a perder la noción de cómo estaba. Dejaron de llamarnos todos los días, espaciaron los partes y no conocíamos a los médicos que lo atendían. Tampoco sabíamos dónde estaba esa habitación ni cómo era. No podíamos llevarle un celular y desconocíamos si estaba en condiciones de hablar. Esos días fueron de incertidumbre total. Amigos, familiares, compañeros de trabajo preguntaban cómo estaba y la respuesta, una y otra vez, era “estable”. 

Mi abuela nos llamaba por teléfono a todos para que le dijéramos el parte para ver si le ocultábamos información y para ver si coincidía lo que le decíamos.

¿Sabrá que no podemos entrar? ¿Preguntará por qué no estamos yendo? ¿Tendrá conciencia de la pandemia? ¿Estará sufriendo? 

Por más que uno sabe que no se puede entrar a verlo, que la situación excede a lo que uno desea, la sensación de que lo abandonás, de que no estás haciendo todo lo posible para ayudarlo, en algún momento te invade. Quedarse de brazos cruzados se vuelve insoportable. 

Grillo con sus hijos y nietos en el día del padre (junio 2019)

El domingo 10 de mayo, Grillo volvió a terapia intensiva. Ya llevaba un mes de internación. Su riñón comenzó a fallar y tuvieron que empezar a hacerle diálisis. Ese día llamaron y también comentaron que se estaba barajando la posibilidad de intubarlo. Para eso se necesitaba el consentimiento de la familia. Se decidió hacer todo lo que estuviera al alcance para que mejore.

Ante la angustia e incertidumbre familiar, el lunes, un médico hizo una excepción y le dijo a mi mamá que por única vez podía ir a a ver a mi abuelo a través de un vidrio. Como a media cuadra de distancia. La fui a buscar y en menos de quince minutos ya estábamos en la puerta del sanatorio. Ella subió al tercer piso y yo me quedé en el auto. Ahí estacionada me sentí al menos un poco más cerca de él y volví a pensar en positivo. 

A los 15 minutos, mi mamá volvió al auto. Antes de subir, la rocié en alcohol y me contó que lo vio a través del vidrio, pero él a ella no la vio. El médico le dijo: “Tu papá es Highlander. Se está luchando todo y no vamos a dar el brazo a torcer”.

En esos días grabamos audios y los mandamos por WhastApp a un celular del sanatorio. “Los audios son para el paciente Beniaminovich”, escribimos en el mensaje. Tilde azul en los audios, pero nunca nos contestaron. Queríamos que él nos escuchara la voz, nos sintiera un poco más cerca. No sabemos si los escuchó. 

Después de los partes, también pedimos hacer una videollamada, pero tampoco nos dieron esa posibilidad. Contenernos entre nosotros por teléfono era lo único que nos quedaba entre parte y parte.

El COVID-19 me sacó la posibilidad de escribir esta nota con mi abuelo, me privó de las últimas charlas y abrazos, no me dejó despedirlo como se merecía. Pero mi abuelo, con 84 años, un marcapaso, neumonía y meningitis le dio batalla al virus durante más de 20 días y me dejó el mensaje de que siempre se lucha hasta el final. Así que con orgullo puedo decir que tuve un super abuelo. 

Él era como Highlander.


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