Mi papá alemán, comentado por Josefina Licitra | RED/ACCIÓN

Mi papá alemán, comentado por Josefina Licitra

Mi papá alemán
Mónica Muller
Seix Barral

Uno (mi comentario)

En Mi papá alemán, Mónica Muller reconstruye y ordena un pasado familiar que en un principio –como tantas veces pasa- se veía galvanizado por el registro tranquilizador y heroico que los hijos tienen de los padres, y que con el paso del tiempo –y de la escritura- se convirtió en otra cosa. A lo largo del libro, y también de una investigación íntima, honesta y de notable delicadeza literaria, Muller corre el velo enigmático y piadoso que hay sobre lo que ella llama su pasado “biológico”. Y queda frente a un cuadro mucho más completo, incorrecto y perturbador: el de un padre admirado y adorado, que así y todo no pudo zafar de la coordenada histórica y geográfica que impuso su país de origen –y destino-, Alemania.

Dos (la selección)

Acompañaba a mi abuelo a las iglesias y a las casas de personas ricas que lo contrataban para hacer y restaurar molduras, dorados y frescos. A pesar de la larga caminata hasta la estación llevando al valija cargada de materiales pesados, a pesar del viaje ida y vuelta en tren, las madrugadas frías y los mediodías de calor agobiante, las muchas horas de esfuerzo, los silencios ensimismados de su padre, durante esos meses mi papá se sintió agradecido por su buena suerte. Mi abuelo era valorado por la calidad de su oficio y él con apenas quince o dieciséis años era bien recibido en las familias de la alta burguesía porque además de expresarse en un aceptable castellano y tener buenos modales era un chico muy lindo. Lo inolvidable de esas jornadas de trabajo, más que la consideración especial que le manifestaban personas tan respetables, fue la sensación de que finalmente su padre lo aceptaba.

Tres

Mi tía tenía razón. Es verdad que mientras ellas se morían de hambre y mi abuelo peleaba, mi papá comía asados y dormía la siesta panza arriba al sol. En las fotos se lo ve sonriente en la cubierta de un barco, en un muelle o en una isla del Tigre, siempre con traje de baño, con amigos, y en cada foto más buen mozo que en la anterior. Fueron años felices para él. Cerca del final de la guerra se las vio feas porque en la Argentina nadie quería darle trabajo a un alemán pero un buen amigo de él, de familia inglesa, le ofreció una changa para sacarlo del apuro. Lo habían contratado para repintar de blanco la medianera del Hospital Británico como parte de las mejoras planificadas para celebrar el centenario de su fundación. Acordaron compartir el trabajo y los honorarios en mitades iguales. El inglés pintaría durante el día y mi papá durante la noche para que nadie lo viera. Una vez armados los andamios y el balancín le tocó a mi papá dar la primera mano. A las once de la noche, con la brocha más ancha bien cargada de pintura negra, pintó una cruz svástica de cuatro metros de lado. Dice que bajó a la calle para mirarla y le pareció algo impresionante. Enseguida volvió a subir para cubrirla con pintura blanca. Le dio una mano, una segunda, una tercera cada vez más frenéticas, y la svástica negra seguía sobreponiéndose, ominosa sobre la medianera. Cuando amanecía fue evidente que no habría pintura capaz de hacerla desaparecer. Papá lavó las brochas, tapó las latas de pintura, dobló las lonas, dejó todo ordenado y se fue para siempre. Cada vez que le pregunté qué había pasado con su amigo y con las autoridades del hospital me contestó que no tenía la menor idea.

Cuatro

También sobre ese punto disentimos con mi hermano, como en un Rashomon interminable. Él dice que no habían quedado tripulantes del Graf Spee en el continente uruguayo porque todos habían sido trasladados presos a la isla Martín García y que si se trataba de una operación clandestina era más seguro cruzar de noche el Río de la Plata a vela hasta la isla que alcanzar el continente uruguayo navegando a motor por el Delta, sobre todo en esos años en que la Prefectura patrullaba intensamente la zona. También dice con toda seguridad que algunos amigos navegantes de mi papá efectivamente contrabandearon tripulantes del destructor a la Argentina, pero no él. Cuando insisto en que la descripción que me hicieron es muy precisa, la descarta sin agregar nada, con un movimiento de mano como si fuera una pavada. En desventaja y confiando más en su razón que en la mía porque no tengo recuerdos directos y porque nunca fui navegante, relato lo que me contó mi tía materna en presencia de mi mamá: que papá hizo ese viaje más de una vez, solo a la ida y llevando dos o tres marinos a la vuelta enrollados en lonas, que saltaban a tierra argentina de noche para diluirse sin dejar rastros. Recién cuando mi tía me lo contó como un secreto vergonzante porque había sido una aventura ilegal y peligrosa que nadie debía conocer, otra locura de tu padre, reconstruía aquellas extrañas visitas al cementerio alemán que hacíamos con mi papá, yo llevando un ramito de violetas apretado en la mano, aunque él decía que visitar las tumbas era un entretenimiento de viejas. Siempre hacíamos lo mismo: caminábamos rápido y directamente hasta esa parcela de césped conde había cuatro o cinco placas de bronce al pie de una cruz vertical de piedra, él me indicaba que dejara allí mi ramito  nos quedábamos parados un largo rato hasta que decía:

-Eran marineros; no hicieron nada malo. Fueron solo hombres valientes.

Cinco

Todo lo que no fuera un cuidado riguroso de los materiales era un derroche de nuevo rico. Nos enseñaba que una vez que un líquido hierve hay que bajar el fuego al mínimo para que siga hirviendo sin desperdiciar gas. Me acuerdo de su dedo señalando la llama que asomaba por fuera de la base de la olla como energía que se perdía inútilmente. Si uno entendía que también los movimientos debían ser económicos, no era necesario tener una cocina grande para preparar grandes comilonas. Había que preparar, medir y pesar los ingredientes antes de empezar e ir guardando y lavando todo a medida que se utilizaba. El entrenamiento cocinando con un calentador de kerosene en los espacios mínimos de los barcos era fundamental para prender los gestos medidos que caracterizan a los buenos cocineros, sostenía. Me alegra que no llegó a conocer el fenómeno de los chefs de la televisión, que parecen necesitar ambientes amplísimos para desplegar su arte porque le hubiera dado mucho material para rezongar. Para todo tenía una técnica adecuada. Las tostadas se apilan para ponerles manteca sin que se rompan. La ceniza del cigarrillo que cae fuera del cenicero se recoge con el dedo mojado en saliva para levantarla entera. El lustrado de zapatos también tiene su método correcto. Nos obligaba a cepillarlos todas las noches para sacarles el polvo pero el tratamiento con pomada (que él llamaba betún) era obligatorio los domingos. Había que empezar por el talón, aunque fuera tentador empezar por la parte de adelante para que el trabajo luciera; cargar abundante betún en el cepillo para embadurnar el cuero y meterlo en las costuras sin olvidarse de los bordes del taco y las suelas. Recién después se podía pasar con los mismos cuidados a la punta y la capellada. Se dejaban secar un buen rato o mejor toda la noche, y una vez bien lustrados con el cepillo suave había que pegarles una breve escupida antes de darles el rapidísimo cepillado final que debía rozar apenas el cuero. Nunca supe por qué ese tratamiento que llamábamos baba de bávaro los deja como barnizados, pero lo sigo aplicando porque no hay nada que les dé un brillo tan fabuloso.

Seis

La segunda revelación de esa noche fue igualmente trascendente para mí. Seguimos hablando de mi nacimiento y con tono de enorme respeto me dijo que en el Hospital Alemán –por lo menos desde mediados de la década del 30, aclaró- los médicos se comprometían a eliminar al recién nacido si tenía alguna anormalidad congénita visible o un inconveniente durante el parto que comprometiera su salud física o mental para el futuro. Por eso lo había elegido para que naciéramos allí mi hermano y yo.

Siete

No puedo dejar de preguntarme si cuando mis tíos me llevaron por el preciso camino de la Marcha de la Muerte haciendo un trayecto en auto hasta el río Saale y jaraneando después entre los árboles del bosque, conocían el punto exacto en que cayó muerta cada una de esas víctimas y me obligaron a pisar el suelo donde se encontraron los cuerpos. ¿Fue su inconsciente lo que los guió por ese trayecto en versión para turistas o me llevaron a sabiendas para hacerme cómplice de su silencio? Y la insistencia de mi papá en llevarme a pasear por El Infierno ¿se debía sólo a que es un lugar hermoso? ¿O gozaba repitiendo su nombre porque sabía que el verdadero Infierno había existido muy cerca de allí?

Bis

Trato de encontrarle –y no le encuentro- una utilidad o un sentido al trabajo de reconstruir la historia de esas personas que son parte biológica de mí. Ya no habrá más castigo para los victimarios ni reparación para las víctimas. Si alguien me dijera que intento liberarme de la culpa por lo que hicieron mi abuelo y mi tío, por lo que no hizo mi tía, por lo que pensó y dijo mi papá, tendría que admitir que tal vez sea cierto porque vivo bajo esa sombra que acusa. Tuve que escuchar a mi hija de 14 años decirme nazi porque me gusta que los cubiertos estén bien alienados a los costados del plato. Un socio me acusó de ser rígida como un coronel de la SS porque me negué a falsear la contabilidad de nuestra empresa en perjuicio de otra. Uno de mis amigos calificó de jactancia germánica mi reproche por una traición. Y otro me dice en broma que haber tenido dos maridos judíos es la mejor prueba de que soy antisemita.

Josefina Licitra (La Plata, 1975), es periodista y escritora. Publicó los libros Los imprudentes. Historias de la adolescencia gay lésbica en Argentina (Tusquets), Los otros. Una historia del conurbano bonaerense (Debate) y El agua mala. Crónica de Epecuén y las casas hundidas (Aguilar). Sus crónicas figuran en varias antologías del género. Escribe para medios nacionales y extranjeros, entre ellos el New York Times en Español, la revista Piauí(Brasil) y el diario El Mercurio (Chile). Está a cargo de la edición de la revista de narrativa Orsai. En el año 2004 ganó el premio a mejor texto de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, dirigida entonces por Gabriel García Márquez.


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