No quiero hablar ni que me hablen de coronavirus (al menos por un rato o todo lo que pueda) | RED/ACCIÓN

No quiero hablar ni que me hablen de coronavirus (al menos por un rato o todo lo que pueda)

Varios lectores de RED/ACCIÓN contaron que están cansados de que la pandemia se adueñe de todas las charlas y de la agenda de los medios. Más que evitar hablar de COVID-19, lo importante para nuestra salud mental es moderar el cuánto y el cómo, dicen psiquiatras y expertos en coaching.

Ilustración: Pablo Domrose

Este contenido contó con participación de miembros y lectores de RED/ACCIÓN

Hace algunos días almorzaba en grupo, en uno de los reencuentros poscuarentena permitidos en parte del país. “Bueno, hablemos de algo que no sea el coronavirus”, dijo alguien. Pero el desafío duró poco: minutos después ya volvíamos al número de contagios, la cuarentena, los negocios cerrados o a alguna de las formas en las que el COVID-19 cambió nuestra vida.

“Está tan en agenda que cuando te saludás con alguien, en vez de preguntarte ¿cómo estás?, te dicen: Esto no termina más”, retrata entre risas Martín, uno de los lectores y miembros de la comunidad de RED/ACCIÓN que admiten que el tema los satura o los tiene “hartos”.

Medios que marcan agenda

Cuando preguntamos a los seguidores de RED/ACCIÓN si estaban cansados de hablar solo de coronavirus, muchos dirigieron la conversación a los medios de comunicación. Y reflejaron, además de cansancio, desconfianza sobre estos.

Martín: “A los pocos días de la cuarentena dije: ‘Basta de noticias’. Me generaban agotamiento mental”.

Natacha: “Siento que informan siempre lo mismo”.

Marcelo: “Decidí tiempo atrás, y lo reforcé ahora, no ver noticieros. Para informarme leo el boletín oficial o sigo perfiles de redes sociales de profesionales de la ciencia”.

Christopher: “Los medios buscan más el sensacionalismo que dar información clara y concisa. Necesito informarme, pero busco dosis bajas, y de buenas fuentes”.

Jonatan: “Siento que los medios generan más miedo e incertidumbre”.

“Las personas están invadidas constantemente por un tema único y eso genera una expectativa subjetiva de completud: como es el único tema que hay, parece que es lo único que existe”, señala Ricardo Corral, psiquiatra y presidente de la Asociación Argentina de Psiquiatras

Cuando lo escucho recuerdo la teoría de la Agenda Setting, de 1972, que parece no perder vigencia: esta teoría dice que la agenda de los medios, los temas de los que deciden hablar, influye directamente en los temas de los que habla la sociedad.

En este contexto en el cual la agenda de los medios rara vez escapa al coronavirus, explica Corral, “la reacción de la gente es muy personal: los más sensibles se desconectan de los medios como una medida de autoprotección, otros buscan más información, pero luego se saturan, otros llegan a la negación. Tiene que ver con lo que se llama ‘sesgos cognitivos’, que hacen que unos vean las cosas de forma más positiva y otros más negativa”.

Martín, por ejemplo, intenta encontrar “noticias que dan esperanza, como las de personas que se recuperan”.

Pero más allá del matiz personal, la extensión de la cuarentena lleva a muchos a buscar alternativas, en los consumos y en las conversaciones.

“Busco otros temas, escucho música o veo contenidos de YouTube para desconectar un poco, me parece importante hacerlo por salud mental”, dice Liliana. 

Una cuenta de Instagram de profesionales de la salud mental explica que “la pandemia puede infectar nuestras palabras, emociones y pensamientos impidiendo el diálogo y el encuentro con los otros”:

Muchos se refugian en hobbies (algunos nuevos), música o lecturas de ficción. Jerónimo lo cuenta así:

¿Cómo hablar de otra cosa?

“Siento que estamos atrapados en una burbuja de la que no podemos salir y hablar de la pandemia me hace sentir mal, así que evito el tema”, dice Jonatan.

Pero, ¿puede evitarse un tema que afecta todas las áreas de nuestra vida? La clave, más que evitarlo, es dosificarlo.

“Tampoco es bueno alejarse de la realidad a extremos como quienes dicen que no existe el COVID-19. Lo sano es buscar el equilibrio: ser responsables al cuidarse, pero entendiendo que hay más en la vida que el coronavirus”, afirma Corral, quien aconseja “ocuparse de intereses personales y rodearse de personas que los comparten”. Y agrega: “Con la familia, es bueno buscar en forma activa temas que nos unan y nos ayuden a no estar tan absortos en el problema”.

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Hace poco, Jerónimo estaba en una videollamada con amigos. Los abuelos de uno de ellos estaban internados por COVID-19. Jerónimo dijo: “Seguro ya estás cansado del tema, contanos cómo están ellos y después hablemos de otra cosa”. Según Jerónimo, fue una forma de no hacerse los tontos sobre algo evidente, pero evitar la saturación. Y dice que con sus amigos buscan hablar de otros temas algo más superficiales, como el fútbol.

“Podemos ponernos de acuerdo en sobre qué vamos a conversar y cuánto tiempo. Podemos decir: ‘Vamos a hablar 5 o 10 minutos del coronavirus, después se habla de otra cosa”, aconseja en esa línea Federico Venencia, Máster Coach Internacional y director de la Escuela New Coaching.

Venencia invita a preguntarnos para qué vamos a hablar de ciertos temas y tener claro a qué apuntamos en una conversación. “Por ejemplo, podemos querer informarnos, compartir, divertirnos, etcétera.”. 

Pero no solo importa controlar cuánto hablamos del coronavirus, sino también cómo. A veces, estas charlas se llenan de tristeza, pesimismo o discusiones sobre la cuarentena.

“Apelar al humor siempre salva. Cuando las charlas empiezan a ponerse densas o picantes, alguno tira un chiste o un meme y descomprime. Es como una señal para volver a ponernos en eje”, destaca Daniela. Y Corral confirma este principio de la conducta humana: “Los chistes sirven para aliviar la angustia”.

Hay más intentos de lectores para cambiar de tema o encararlo de otra forma.

Martín busca “temas más esperanzadores” y aborda la pandemia con optimismo: “A mi vieja le digo que todo va a tener un final feliz o diferente a lo que la gente mala onda trata de imponer”.

Marcelo admite: “Es inevitable conversar un momento sobre el tema, pero me parece importante hacer ver al otro que le siguen pasando cosas en su vida: preguntarle cómo se siente, por sus actividades cotidianas, su familia”.

Antonella, de 16 años, cuenta: “Con mis amigos es más fácil evitar el tema, pero con los adultos casi siempre se habla de coronavirus”.

Para Irene es importante hablar del tema, pero, cuando se satura, pide cambiarlo. Jonatan propone “evitarlo de entrada” con quienes tiene confianza. “Muchos lo agradecen. Es una oportunidad de descubrir temas poco comunes o recordar los momentos buenos que tuvimos juntos”, dice.

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También incide la naturaleza de la charla: si es en persona y en un grupo reducido, o si nos referimos a grupos de WhatsApp o videollamadas por Zoom (situaciones que ponen a prueba muchas amistades).

“En los grupos se mandan cosas de fuentes no confiables o se arman charlas que no conducen a nada, como de teorías conspirativas. Y esto contamina”, cuenta Paula, para quien “las charlas de a dos son más fáciles, porque hay una conversación más íntima”.

“Capaz lo más sano ahora que estamos todos sensibles y hastiados es evitar esos debates por WhatsApp”, suma Jerónimo.

Otros aprovechan una ventaja de la dinámica de los chats grupales: simplemente ignoran ciertos comentarios y sacan otros temas.

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Para algunos, la amenaza latente de que el número de contagios se dispare aumenta la preocupación y dificulta moderar el tema.

Irene, en cambio, parece haberlo naturalizado: “Me acostumbré al tema de la amenaza permanente y lo metí en la cotidianidad”.

Martín apela a una frase de su terapeuta: “No obsesionarse con lo que no se tiene”. “Muchos de los que hablan del coronavirus no conocen a nadie que lo padezca”, explica. 

Desde su mirada de coach, Venencia recomienda “cambiar la interpretación del tema” y enfocarse en aspectos positivos de la situación. “Hay cosas que no puedo cambiar, pero tengo que pensar en qué puedo hacer y sacar de bueno con lo que pasa. Por ejemplo, ahora podría ser enfocarse en que la cuarentena me permitió aprender cosas que no sabía sobre tecnología”.

Pero hay una complicación más para evitar al coronavirus en nuestras charlas: la situación del otro.

“Soy lo más empática posible. Si veo que no puedo cambiar el tema, pongo una distancia prudencial y listo”, cuenta Liliana. 

“Esta situación potenció la precariedad de muchos. Con ellos nunca busco cambiar de tema: trato de estar ahí si necesitan hablarlo”, admite Irene.

Como ella, Jonatan entiende que, a veces, la empatía es la que marca la agenda de temas: “Cuando hablás con gente que la está pasando mal, por lo económico o desde lo psicológico, es más difícil evadir el tema. Uno tiene que prestarle el oído para que se pueda desahogar”.

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