Objetivos de Año Nuevo: por qué el calendario nos hace ponernos nuevas metas (y cómo lograr cumplirlas de verdad) | RED/ACCIÓN
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Objetivos de Año Nuevo: por qué el calendario nos hace ponernos nuevas metas (y cómo lograr cumplirlas de verdad)

Una experta en organización y gestión del tiempo, un psicólogo y un investigador especialista en neurociencias del lenguaje reflexionan sobre la costumbre de asumir compromisos al comenzar un nuevo ciclo y dan algunas claves para poder llevarlos a cabo. Y lectoras, lectores y miembros co-responsables comparten cuáles son sus objetivos para 2021, luego de un 2020 particular.

Objetivos de Año Nuevo: por qué el calendario nos hace ponernos nuevas metas (y cómo lograr cumplirlas de verdad)

Imagen: Denise Belluzzo.

Este contenido contó con participación de miembros co-responsables y lectores de RED/ACCIÓN

Una vez un amigo me contó que con tal de cumplir el objetivo de hacer ejercicio que se había puesto a principios de año, empezó natación el 31 de diciembre.

Para muchos y muchas es casi automático: termina un año, comienza otro y en el cerebro algo se activa y surge la necesidad de echar una mirada retrospectiva para ver cómo nos fue, según deseos y expectativas, en el año que acaba de pasar; y qué proyectamos para el que está en puerta (y algunos usan hasta el último día del año para cumplir las metas). 

Esta vez el balance se volvió bastante más complejo, ya que si hubo un año en el que costó cumplir cualquier tipo de meta fue 2020. La pandemia y el organismo minúsculo que sacudió a la humanidad nos la puso difícil, pero también hizo que reflexionáramos sobre nuestras vidas, que cambiaran las prioridades, que valoráramos cosas simples y cotidianas. Ante este sacudón feroz que llevó a muchos y muchas a nuevas formas de ver el mundo, preguntamos vía Instagram a nuestra comunidad cuáles son sus objetivos para 2021.

Abrazar amigos y familia, volver a jugar torneos de fútbol, viajar, recibirse, cambiar de trabajo, de estilo de vida, volver a ver afectos que viven en otros países o ciudades, poder pasar más tiempo con los seres queridos, controlar la ansiedad, aceptar, volver a trabajar, son algunas de las respuestas que recibimos.

Más allá de que la lista de deseos para el nuevo año quizás es menos ambiciosa de lo que hubiese sido si el COVID-19 no hubiese puesto patas arriba el que se fue, seguimos renovando y fijando metas. Ahora, ¿por qué es que los cambios de ciclo nos disparan este tipo de pensamientos y comportamientos, y cómo hacer para cumplir los objetivos de manera exitosa y que no queden olvidados con los restos de la cena del 31?  

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Por qué en Año Nuevo

“El ser humano siempre ha dividido el tiempo, lo ha simbolizado a través de cierto tipo de medidas que, en general, están ligadas al movimiento de los planetas y a las estaciones del año. No es que uno nace y tiene en la mente esta idea pero los ciclos se renuevan y el final de año y el comienzo de uno nuevo es, justamente, un momento en donde se supone que uno hace algún tipo de balance, o al menos tiene un momento donde se detienen las cosas y eso da pie a la reflexión”, dice el psicólogo y psicoterapeuta especialista en vínculos, Miguel Espeche

Carolina Valente, editora y experta en herramientas de productividad, gestión del tiempo, y organización personal, creadora de “Organiza y triunfarás”, señala que muchos y muchas nos ponemos objetivos de año nuevo porque “nos gusta plantar nuestras intenciones, nuestros deseos, sentir que somos los dueños de nuestra vida y no que simplemente la vida nos va sucediendo. Y justamente Año Nuevo, que marca un cierre y un nuevo comienzo, suele ser una buena época para hacerlo”. Aunque en términos concretos lo que sucede es que “simplemente cambiamos de día en el calendario, psicológicamente nos da esa sensación de nuevas oportunidades”, agrega. 

El doctor Adolfo García, especialista en neurociencias del lenguaje —codirector del Centro de Neurociencias Cognitivas de la Universidad de San Andrés; Atlantic Fellow del Global Brain Health Institute (Universidad de California, EEUU); Investigador del CONICET; y creador y director de la Maestría en Lenguaje y Cognición en la Universidad Nacional de Cuyo— explica que “desde las ciencias cognitivas y las ciencias del comportamiento, estas resoluciones de año nuevo implican dos cosas fundamentalmente: por un lado la idea de un compromiso y por otro la idea de una limitación temporal”. 

“Un compromiso —sigue— es básicamente un enunciado que especifica acciones a emprender. Pueden ser de carácter público o privado. Es decir, podés comprometerte a algo con vos mismo, y eso queda para tu fuero íntimo, o hacer un compromiso público, decirle a tu pareja, a tu familia o a la nación que, a partir de ahora, tal cosa. ¿Que yo diga que voy a hacer algo puede realmente modificar mi conducta? Hay mucha evidencia que sugiere que sí. Varias investigaciones demostraron que adoptar compromisos explícitos, sobre todo si es por escrito y si son públicos, tiene mayor impacto que otras técnicas motivacionales para generar cambios en los hábitos”. 

Respecto al concepto de delimitación temporal, en este caso la idea de Año Nuevo, el académico coincide con Espeche en cuanto a que esta idea “se refiere a la percepción que tenemos de que hay como parcelas en el tiempo. Aunque el tiempo es continuo nosotros, por convenciones o por fenómenos del mundo natural, los ciclos de día y noche o las estaciones del año, delimitamos parcelas de tiempo que separan el fin y el comienzo de un día, de una semana, de un mes o de un año, y eso tiene un impacto profundo en cómo organizamos nuestros esquemas mentales”.

Sobre esto menciona que hay estudios que “mostraron que, en general, hay más motivación en las personas para emprender cambios de conducta al comienzo de una nueva etapa temporal que en momentos arbitrarios. Por ejemplo: que la propensión de las personas a iniciar la actividad física o comenzar una dieta o mejorar su alimentación era mucho más alta al comienzo de una semana en comparación con días azarosos de la semana; al comienzo del mes, en comparación con semanas o quincenas azarosas de los meses; y, particularmente, al comienzo de un nuevo año. Al punto tal de que esas tasas a veces superaban el 80% de las personas”. 

Cabe aclarar que este dato hace referencia a quienes declararon sus intenciones de realizar esta actividad, lo que no significa que efectivamente lo hayan cumplido. “Hay algo en estas delimitaciones temporales que nos hace más propensos a decir por lo menos que estamos listos para emprender un cambio”, afirma.

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¿Resulta conveniente ponernos objetivos de Año Nuevo?

El psicólogo y la organizadora del tiempo tienen opiniones antagónicas. 

Según Espeche, en la idea de hacer un balance “está infiltrado un concepto casi empresarial en el devenir de una vida”: “El balance tiene un debe y un haber y entra en un circuito en el que se pondera si la cosa fue buena o mala de acuerdo a los objetivos cumplidos, y generalmente se trasladan al año siguiente los no cumplidos. Ese tipo de procedimiento, a mi gusto, genera muchos más perjuicios que beneficios, porque uno siempre está en deuda. La vida es lo que es —nos lo ha demostrado como nunca este 2020—, y las propuestas que nos hacemos acerca de lo que sería mejor para nosotros no siempre se cumplen y no siempre son las mejores”. 

El analista sostiene que “es más saludable agradecer haber podido hacer lo que se hizo, más allá de cualquier lista, que lamentar lo que no se hizo. Agradecer el hecho de contar con salud, con afectos, y no pensar en términos de déficits cuando no accedemos a cumplir los objetivos”. Asegura que fijarse una lista de objetivos es “un espléndido sistema para destruir la autoestima”. 

“Lo mejor, entonces, es no fijarse tantos objetivos si no ver, más bien, cuáles son los deseos que uno tiene, que no es lo mismo, porque los objetivos a veces están impuestos por un deber ser que no condice con nuestra propia naturaleza. El consejo sería no hacer balances, simplemente celebrar la vida y enfatizar más en la esperanza, en tener un nuevo año vivido lo más plenamente posible”, dice.

Valente disiente. En su opinión “sí es importante, sea en Año Nuevo o en cualquier momento, marcarnos objetivos, determinar cuáles van a ser nuestras prioridades del año, cuáles van a ser aquellos temas que queremos resolver o que queremos alcanzar. Esto nos va a ayudar a enfocar nuestro tiempo, nuestra energía, en áreas determinadas. Y para ello tenemos que hacer, por un lado, una reflexión del año que está terminando, en este caso el 2020, que va a ser nuestro punto de partida, desde ahí nos preguntamos: qué quedó inconcluso, qué sí siento que logré, en qué siento que avancé. Todo esto va a ser la base para empezar a proyectar el próximo año”.

Qué podemos hacer para cumplir los objetivos y que no queden en el olvido hasta el próximo año

Valente dice que solo el 8% de las personas logran cumplir efectivamente los objetivos que se pusieron para el año. “Esto es así porque lamentablemente quedan en el papel: agarramos una hoja, anotamos: quiero esto, esto, esto, pero después queda el objetivo suelto y no se cumple. No lo bajamos realmente a un plan de acción. Y acá es donde empieza a entrar todo lo que son las herramientas de planificación, de gestión de proyectos y de organización”. 

Para poder cumplir las metas, asegura, necesitamos organizar todas las actividades de nuestras vidas.

“¿Qué es organizar? Es crear un sistema. Es disponer los elementos de cierta manera en que cumplan una función. Entender cuáles son los que componen nuestro sistema de organización y aprender a armarlo, crearlo, diseñarlo. Porque cada sistema es único. Muchas veces nos venden una receta mágica y la realidad es que primero tenemos que hacer un trabajo de autoconocimiento, entender cuál es nuestro estilo, cuáles son nuestras necesidades, cómo somos, qué es lo que nos motiva, y también nuestras circunstancias, porque cada persona vive en un contexto diferente. A partir de esto vamos a construir nuestro sistema, que va a ser esa base que nos va a permitir alcanzar cualquier meta”.

Algunos consejos prácticos para el momento de definir los objetivos según Valente: 

  • Que sean específicos: por ejemplo, hacer ejercicio es algo muy general. Tenemos que empezar a ser más concretos, decir: “Voy a salir a caminar al menos tres veces a la semana”. Y que también sea medible. Que esté formulado de tal forma que podamos ir cotejando el avance. 
  • Preguntarnos para qué son esos objetivos: muchas veces ponemos objetivos porque pensamos que está bueno, porque alguien nos dijo, o por lo que sea, pero no hay una verdadera motivación o un propósito real nuestro. Eso muchas veces hace que luego el objetivo se caiga porque no lo podemos sostener. 
  • Poner fechas: las cosas que no tienen fechas quedan en el plano de las ideas. Si no tiene fecha nunca va a ser algo relativamente urgente, siempre vamos a pensar “igual hay tiempo para hacer esto”. Cuando decimos eso el tiempo nunca llega porque siempre priorizamos las cosas que sí son urgentes y tienen horarios y que van surgiendo en el día a día. 
  • Empezar de a poco: es muy común que queramos pasar de cero a cien. A veces decimos: “No hice nada este año que termina, entonces el que entra voy a salir a caminar todos los días, una hora y media”. Y al ser un cambio tan brusco es muy difícil que logremos incorporar el hábito y sostenerlo. Para lograr nuestros objetivos tenemos que empezar de a poco, con lo mínimo, e ir aumentando gradualmente.
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Adolfo García también explica diferentes cuestiones sobre el rol del lenguaje que hacen a la concreción de los objetivos y tienen varios puntos en común con los consejos de Valente.

“No cualquier tipo de compromiso tiene la misma chance de ser exitoso —dice el investigador—. Cómo uno verbaliza ese enunciado parece ser un determinante importante de las posibilidades de que eso efectivamente suceda”. 

Él explica cuatro puntos sobre la elaboración de los objetivos que, según diferentes investigaciones, influyen en la posibilidad de  su cumplimiento: 

  • La concretud del lenguaje.
  • La naturaleza social del lenguaje.
  • La diferencia entre afirmar o negar algo.
  • La multimodalidad del lenguaje.

“Sobre el primer punto, hay estudios que han mostrado que las metas que uno se pone en estos compromisos son tanto más efectivas en la medida en que son bien concretas y precisas. Un enunciado formulado con un lenguaje demasiado abstracto y vago, como por ejemplo decir: ‘mi meta para 2021 es mejorar mi salud’, tiene bajísimas chances de inducir cambios efectivos y sostenidos en la conducta. Básicamente porque el nivel semántico, de precisión conceptual, es tan bajo que no tiene punto de anclaje para enraizar ese compromiso”. 

El segundo punto hace referencia a que, pese a que el lenguaje se estudia de manera aislada, “es, entre muchas otras cosas y de modo muy cabal, un sistema social”. Esto significa, dice García, que al lenguaje “lo adquirimos, lo utilizamos, lo moldeamos, en entornos interpersonales, y cómo el lenguaje impacta en nuestro quehacer cotidiano no es disociable de la matriz social en la que se encuentra”.

Por esto, el investigador señala que si se asume un compromiso para uno mismo y luego no se cumple, la única condena que se puede recibir es la propia. En cambio, al hacerlo público, se genera una situación de mayor exposición. “Si asumís un compromiso ante amigos, o tus hijos, la pareja, jefes o colegas y después no lo cumplís, el peso social de esa inconsistencia es mayor. Entonces dar tu palabra en un contexto social adquiere un mayor peso como motor de estos cambios actitudinales”. 

Sobre el tercer punto explica que “tiene que ver con lo que en lingüística se llama polaridad, que es la diferencia entre lo afirmativo y lo negativo. Acá, la cuestión es que son mucho más susceptibles de inducir cambios de conducta los compromisos afirmativos que los negativos”.

Es decir, que es más probable que llevemos a cabo objetivos o metas enunciadas como una afirmación que como una negación. “Decir ‘no voy a llevar más el celular al baño’, eso no es un compromiso óptimo. Es mucho más efectivo decir: ‘A partir de ahora voy a llevarme un libro’. Está estudiado en lingüística cognitiva que hay más posibilidades de que haya cambios positivos de la conducta cuando afirmás aquello que vas a hacer que cuando negás lo que querés dejar de hacer”.  

Y el último punto hace referencia a que “uno no procesa el lenguaje en un vacío contextual, no está escuchando oraciones y palabras, diciéndolas o escribiéndolas fuera de un contexto. El lenguaje, desde que nacemos, está dado en una matriz de información multimodal. Es decir, las palabras están siempre vinculadas con un entorno social que es físico, con un material que es visual, con las cosas que escuchás y con lo que olés”.

García cierra la idea: “Cuando uno toma estos compromisos, una forma de potenciarlos es darles un refuerzo multimodal. Entonces, si querés empezar a salir a correr, va a contribuir a que lo hagas que te pongas refuerzos como dejar las zapatillas a la vista. O una alarma que se dispare a la hora en la que dijiste que ibas a salir. Si te ponés disparadores, las chances de que pongas tu voluntad en movimiento para emprender esta actividad son mayores”.