Yo, un milagro: Ariel Staltari, el actor que le ganó a la leucemia y se pone en la piel de personajes marginales | RED/ACCIÓN

Yo, un milagro: Ariel Staltari, el actor que le ganó a la leucemia y se pone en la piel de personajes marginales

Cree que la enfermedad se la produjo la insatisfacción y que la actuación lo ayudó a curarse. Interpretó a jóvenes pobres, un okupa y un paciente psiquiátrico. Ganó varios Martín Fierro por Okupas y como guionista en Un gallo para Esculapio. “Si el arte no está puesto en función de mejorar una vida, no existe”, dice y acepta la propuesta de responder preguntas que los lectores de RED/ACCIÓN quieran hacerle después de leer esta nota.

Foto: gentileza Ariel Staltari | Intervención: Pablo Domrose

—En febrero del 99 me descubrieron leucemia. Me tenía que hacer quimio todas las semanas. Cuando empecé a salir en tratamiento ambulatorio, en enero del 2000, aprovechaba y me iba a Necochea con un amigo, el negro. Mi familia tiene un local de churros y los veranos hacían temporada ahí. Mi amigo manejaba. Yo iba al lado con el barbijo, todo pelado, inflado de los corticoides. Estábamos toda la semana allá, volvíamos, me hacía la quimio, volvíamos a viajar. Y así. Ida y vuelta. Mate, música, charla, existencialismo. Mirar donde se junta el río con el mar. Ahí me asaltó una idea nueva. Lo miré al negro y le dije: voy a ser actor.

*** 

Aunque apenas pasan las 18.30, la noche fría del 27 de junio ya decantó en Martínez, al norte del Gran Buenos Aires. Pese a la oscuridad todavía delgada, en las pocas cuadras que separan la estación de tren de la Biblioteca Popular Bernardino Rivadavia se puede apreciar el encanto de este barrio pudiente de la provincia: las casas suntuosas, los edificios de frentes amplios y opulentos, las veredas arboladas.

La biblioteca se erige en una esquina. Muestra un mural cándido con árboles, casas y familias de la mano: “Unión vecinal de Martínez” se lee en una esquina, arriba de la pintura. Adentro hay niños haciendo actividades, padres que vienen a buscarlos para llevarlos a casa. Un niño de unos ocho años, enfundado en una campera azul, se acerca a la puerta acompañado por una chica de veintipico —¿una tallerista? ¿una maestra?—. El niño le habla con entusiasmo de cosas tridimensionales, varitas mágicas y dementores (en estos últimos personajes se comprende todo: Harry Potter). 

En esta biblioteca, donde hay propuestas para todas las edades, Ariel Staltari comenzará, en poco más de una hora, su clase de teatro al grupo de los jueves. Hace casi cuatro años y medio a su tarea actoral le agregó la docencia. Empezó “este viaje” junto al actor Marcos Horrisberger, al que ahora se sumó también el actor y director Juan Pablo Kexel. Tienen cinco cursos de 20 personas cada uno, hombres y mujeres mayores de 18 años. Es decir, unos 100 alumnos y alumnas.

El salón donde enseñan es amplio, con un escenario de buen tamaño. El teatro se impregna en la piel desde el umbral: un telón carmesí cubre la madera oscura de la entrada. Lo primero que se ve al atravesarlo es la tarima donde ocurre la magia. Ventanales gruesos, bañados por cortinas de un rojo gastado, recorren la pared más lejana a la puerta. Si fuera de día, la sala desbordaría de luz. Ahora, hay otra: la de la pasión de quien es lo que hace. De quien se sabe existir por lo que hace.

—No sé cuál es mi principio. "El final es en donde partí", dice La Renga, y el principio andá a saber —dice. 

Pero sí sabe.

—Soy de Ciudadela. Nací en el Hospital Posadas, en El Palomar. Mi familia: papá, mamá y dos hermanos, Leandro y Luciano, son todos churreros. Todos entre la harina y el agua. Toda la vida fuimos a hacer temporada a Necochea, éramos los churreros de la costa. Y ellos siguen viviendo de eso. 

Ariel Staltari (45) tiene un pantalón de jogging, tipo babucha, gris; un buzo cangurito gris con detalles verdes; zapatillas deportivas grises. Ojos cansados, profundamente expresivos. 

Cuando habla dice “gracias a Dios”. Y, a veces, en vez de “yo”, se escinde de sí y dice "uno".  Cuando habla, su voz de arena, de sílabas arrastradas, trae las marcas de la noche. Del barrio. Del Oeste. Del rock. 

Estuvo en la piel de Walter, un rolinga paseador de perros que vivía en una casa tomada con otros tres amigos, en Okupas; en la piel de Luis Calda, el mejor amigo de un barrabrava y dealer de un barrio humilde en el que apoyaban a un puntero político en su intento de llegar al poder, en El Puntero; en la piel de Loquillo, hijo e integrante de la banda de Chelo, un gallero y jefe de un grupo de piratas del asfalto del conurbano bonaerense, en Un gallo para Esculapio. Estuvo en la piel de tantos.

Cuando habla, también lo hacen ellos. 

Foto: gentileza Ariel Staltari

*** 

Primero fue el sonido. La música. Primero fue rock and roll.

La banda se llamaba Perros de la noche. Había empezado un día cualquiera, cuando Staltari, con 16 o 17 años, estaba en la casa de un amigo: Ricky. 

—Él estaba tocando la viola y yo mirándolo. De repente me dice: “¿Sabés tocar la bata?”. “No”, le digo, “no sé”. Él tenía una batería ahí tirada, una Rex vieja que no tenía ni pedal de bombo. Y me dice: “¿No te animás a seguirme?”. “Sí”, le dije. Me senté y empezamos a tocar. Duramos más de diez años juntos. 

Fueron los rock star de Ciudadela y alrededores, brillaron en el Oeste y más allá. De la mano de la banda, Staltari conoció el éxito: llenó boliches legendarios, grabó discos. No lo imaginaba: aquello no era ni la antesala de lo que vendría.

—Me sentaba en la batería y me transformaba. Volaba. Ese momento era mágico. Pero sentía que todavía tenía algo más para dar y no sabía bien qué era. Mientras había que trabajar y seguí con el negocio de la familia hasta que generé esta crisis tan profunda que me enfermó.

Staltari está seguro: dice que la leucemia que le descubrieron a los 25 años se la produjo la tristeza, la insatisfacción, el vacío desesperado que provoca saber que querés con pasión animal hacer algo con tu vida y no poder descubrir qué.

No fue hasta ese instante en ese viaje, aún hinchado por los medicamentos y con la muerte en retirada, cuando preciso, arrollador y luminoso como un rayo, lo supo.

—Voy a estudiar con Lito Cruz. Y voy a prosperar —dije—. Me tenía mucha fe. 

Eso hizo. 

—Lo primero que vi al entrar al estudio fueron las luces. Todo en penumbras y el escenario encendido. Y entendí todo. Sentí una conexión tan profunda que dije: es esto. Era acá. 

Foto: gentileza Ariel Staltari

 ***

Staltari no lo olvida: estaba en su casa preparando un asado para sus amigos de teatro. Le había cantado retruco al cáncer. Había descubierto lo que quería hacer con su vida. Estaba estudiando actuación, tenía una nueva vida. Cuando uno de sus compañeros lo llamó por teléfono: “Che, están haciendo un casting, venite al Teatro Palermo. Bruno Stagnaro, el que hizo Pizza, birra, faso; Ideas del Sur, una productora nueva que tiene Tinelli”. Ariel no entendía: “No sé ni quién es Bruno Stagnaro, ni Ideas del Sur, ni la zaraza. Dejame a mí tranquilo en casa que estoy bárbaro”. No necesitaba más, dice. Y sucede que es en esos momentos cuando empiezan a pasar las cosas, dice. 

—El loco me insistió tanto que fui. Fui y quedé. Y ahí arrancó todo. Fue literal: de estar mortadela pasé a ser un protagonista de una serie con la que no se sabía qué carajo iba a pasar. Hoy, casi 20 años después, me doy cuenta de lo que fui testigo: marcó un antes y un después en la manera de hacer ficción. 

Durante el 2001, Okupas ganó tres premios Martín Fierro. 17 años después, convertido en actor consagrado y debutando como autor —de nuevo de la mano de Bruno Stagnaro—,  volvía a superarse: recibió, junto al elenco de Un gallo para Esculapio, el Martín Fierro de oro y otras seis estatuillas.

Era su primera experiencia como escritor.

—Hago un chiste respecto a eso: mi actor codea a mi guionista y le dice: “¡Qué culo que tenés vos! Yo hace 18, 19 años que vengo remándola y vos arrancaste y la pusiste al ángulo!”. Y el otro le dice: “Bueno, quedate tranquilo, a ver si un día por ahí te escribo algo” —dice y ríe.

—Pero el actor arrancó en Okupas, no se puede quejar. 

—Sí, es verdad. Tenés razón. 

Foto: gentileza Ariel Staltari

 *** 

De todos las veces que cambió de piel, de todos los personajes que encarnó, Walter, el rolinga, lo sigue acompañando: “Se siguen haciendo memes con ‘Quién es el más poronga’, ‘Quién es el más deconstruido’, o me ponen el pañuelo verde y yo me muero de risa. Es un personaje que voy a amar toda mi vida porque me dio la oportunidad de entrar a este mundo. Después vinieron muchas criaturas que amé profundamente”.

Entre esas menciona al Japa, de Sol negro, una miniserie que se emitió por América TV a fines de 2003. La trama contaba la historia de un joven que era internado en un neuropsiquiátrico para evadir la cárcel y para despojarlo de su parte de una herencia familiar, y giraba alrededor de su inserción en el hospital. Staltari era Juan Japa, uno de los internos. Se había ganado el sobrenombre por masturbarse de forma compulsiva.

—Me gustó porque fue una composición. Walter estaba más cercano a lo que yo había vivido: era un pibe que venía del ambiente del rock, de barrio, medio bravucón. En cambio para hacer el Japa tuve que ir muchas veces al [Hospital Interdisciplinario Psicoasistencial] Borda, ver a los chicos que estaban ahí, tratar de entender un poco la locura, la línea delgada entre lo que se dice que hay en una persona que está loca y una que está cuerda. O lo cercano que se puede estar de hacer ese click y terminar en un lugar así. 

Para habitar a sus personajes pasó por cárceles, juzgados, hospitales, “conurbano a full”.  

—Meterte en lugares sumamente inhóspitos, conocer gente, sentarte a tomar un mate y que te cuenten historias o detalles de sus vidas y —hace un gesto de escribir con voracidad— a partir de eso empezar a construir un mundo de ficción, es apasionante.

Cree que los personajes marginales tienen éxito y generan empatía porque “el público es fisgón, por naturaleza”. Porque “a quién no le gusta espiar, mientras no te descubran”. Porque la persona que es cercana a ese mundo se siente identificada y la que no, es atraída por la curiosidad que le despierta una realidad que le es ajena. Pero, para que eso pase, para que esa combustión de querer ver más se genere en el espectador, la historia tiene que punzar, entrar y sacudir alguna fibra íntima.

Es honesto: no cree que estas producciones tengan gran impacto social, que los espectadores transformen esa inquietud que les produce una serie en alguna acción concreta. Aunque reconoce que una tira puede encender en alguien lo que para él es vocacional. Sin ir muy lejos, su propia mujer, antes de conocerlo, vio Sol negro y a partir de eso empezó a ir a los hospitales a leerles a las personas internadas.

—Está buenísimo cuando mirás algo y te deja un mensaje. Yo creo que el arte, si no está puesto en función de mejorar una vida, no existe. 

Foto: gentileza Ariel Staltari

 *** 

A las 20, la voz de Charly García empieza a salir de los parlantes y envuelve el salón. Canción para mi muerte, en una versión lenta y suave como una caricia nostálgica de invierno, prepara el clima para la clase. Juan Kexel ya llegó y, poco a poco, empiezan a llegar también sus estudiantes. Hoy serán 13: 7 varones. 6 mujeres.

Este año Staltari está abocado a la docencia y a la escritura. Está trabajando en un nuevo proyecto con quien ya conforma una dupla infalible (Bruno Stagnaro), con quien, puede inferirse, siguen la premisa de que equipo ganador no cambia. De la futura producción no puede contar nada, dice. Pero asegura que es una puesta “interesante, importante”.

Dedicado a estas dos actividades, la abstinencia de las tablas, de las cámaras, lo desespera: “El actor me está matando, me está volviendo loco”. 

—Te puede pasar lo mejor, podés tener todo, pero si no hacés lo que te gusta es como morirte de a poco. Siempre les digo a los alumnos que, por más que tengan otros laburos para parar la olla, se sigan inventando un espacio para ser actores. Que agarren una obra, se junten dos o tres, agarren el bar de un amigo y se coman un viaje de una hora y se lo hagan comer a la gente que los vea, así sean tres borrachos. 

Aunque ya lleva casi cinco años de docencia, ese, para él, es un espacio de retroalimentación: no se siente “reprofesor ni nada por el estilo”, simplemente comparte experiencias.

“Seguro en dos semanas salimos al tren. Para la plaza hace frío”, le dice a sus estudiantes.

Los ensayos de Okupas, antes de empezar a grabar, eran eso: ir a pedir monedas a la calle, colarse en el tren, dormir en una casona vieja con desconocidos.

—Fue una jugada inteligente —dice—. Te vas contagiando de una atmósfera callejera que, de a poco, se va imprimiendo en tu ADN. Después, estés en un escenario, en un estudio o donde sea, eso muerde, genera una huella. A mí me quedó tan grabado que el día que fantaseé por primera vez con dar clases dije: “Voy a hacerlo con los alumnos”. Es un viaje de ida.

Cada año, al inaugurar un curso nuevo, Staltari evoca la primera vez que cruzó la puerta del estudio de Lito Cruz: deja las luces apagadas, pide a los y las estudiantes que se sientan frente al escenario, enciende solo las lamparas que iluminan las tablas. Les habla:

—Les cuento lo que me pasó ese día y les deseo profundamente que les pase lo mismo. Que esa meta, o lo que ellos vienen a buscar acá, la vean dibujada en ese espacio, donde está la luz. Que se proyecten el poder realizarla. Sea vivir de esto o mejorar sus vidas. Porque de verdad creo que el arte, si no está puesto en función de mejorar una vida, no existe. Nada existe si un ser humano no es un poco mejor.

***

Ariel Staltari aceptó la propuesta de RED/ACCIÓN y en los próximos días contestará preguntas que los lectores nos envíen a nuestro mail:

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