¿Por qué nos debería importar la filosofía?

Ya se enseña en algunos jardines y escuelas primarias. En tiempos de Merlí, la serie suceso de Netflix, nos preguntamos para qué sirve la filosofía. Para distinguir lo falso de lo real, ser verdaderamente libres o darle sentido a la existencia son algunas de las razones que ensayan los cuatro filósofos con los que hablamos en esta nota.

Por Joaquín Sánchez Mariño

9 de julio de 2018

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Se dice que la filosofía se puso de moda. Que crecieron los inscriptos a la carrera y que hay una nueva vocación entre los jóvenes por problematizar. Se dice que en un mundo de inmediatez, la gente busca de pronto volcarse hacia la demora.

Ahora, según la información brindada por la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, el crecimiento al menos hasta el 2017 no fue tal. En el 2014 ingresaron 341 personas a la carrera de Filosofía. En el 2015, 311. En el 2016, 295. Y en el 2017, 293. Este año, con posibles ingresantes en mitad de año, todavía no está cerrado el número, pero no varía demasiado de esos valores.

Además, hubo 302 ingresantes al CBC de la carrera de Filosofía (contra 488 de Letras o 1242 de Ciencias de la Comunicación, por ejemplo). Hipólito Giménez Blanco es uno de esos estudiantes. Este año vendió su empresa y se inscribió en el CBC de Filosofía para empezar la carrera. “Trabajo en tecnología. En mi mundo, todo lo que hay que saber perece en pocos meses porque cambian las plataformas de manera continua. Ante esa frustración, la filosofía te da una salida: la consciencia de que uno mismo puede construir el conocimiento. Y la sensación, además, de estar en contacto con algo más trascendental”, dice.

En nuestro país, la filosofía siempre tuvo sus espacios bajo estructuras no formales. Durante muchos años el gurú fue Alejandro Dolina con su filosofía de entre bares, preguntándose los grandes enigmas de la humanidad como si fuera una cosa pedestre. ¿Es más importante el amor o la amistad? ¿Qué es, a fin de cuentas, la mentira? Llenaba auditorios (aún lo hace), y cientos de jóvenes iban en la trasnoche a escucharlo filosofar frente a un micrófono.

Hoy pareciera ser Darío Sztajnszrajber con su filosofía aplicada a las multitudes el líder del pensamiento abstracto nacional. Más académico que Dolina pero harto más amistoso que José Pablo Feinman, su programa Mentira la Verdad puso en el centro de la escena la filosofía con nombre propio. Lo mismo que con las matemáticas logró Adrián Paenza. Los dos, de algún modo, amplificados por el canal Encuentro, por el interés del Estado en popularizar estos temas.

Y después está, por supuesto, el nuevo renegado hit de la civilización: Merlí. El profesor catalán causa sensación con sus tres temporadas en Netflix. Dicen que fue él quien verdaderamente volvió a poner de moda la filosofía. Y claro, ahora todos quieren ser como Merlí.

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Obviamente está el valor innegable de poner la disciplina en boca de todos, lograr por ejemplo que cientos de personas vayan una vez por año a La Noche de la Filosofía. La gran cita del pensamiento se da en la Ciudad de Buenos Aires y este año acaba de suceder hace una semana en el Centro Cultural Kirchner (CCK). Allí se reunieron miles de personas con decenas de filósofos que dieron charlas. Es ahí, como Flautistas de Hamelin, que nuestra marcha hacia el abismo del pensamiento encuentra norte. (Sí, al final del pensamiento hay un abismo, vayan enterándose).

Pero más allá de eso, la verdadera pregunta que podríamos hacernos es otra: ¿por qué nos pone tan contentos que la filosofía esté de moda? ¿Con qué nos ilusiona? O más allá incluso, dicho en términos españoles para estar a tono con la serie: ¿de qué coños sirve la filosofía?

Una transformación impalpable

Gustavo Santiago es profesor de Filosofía en el CBC (Ciclo Básico Común de la Universidad de Buenos Aires), y es capacitador en el área de Pensar con los chicos de Escuela de Maestros (un programa del Ministerio de Educación de la Ciudad de Buenos Aires que capacita a los docentes), donde enseña a maestros y chicos el valor de la filosofía. Durante un año o dos, según la escuela, se da en cursos de primaria. También en algunos jardines de infantes la materia Filosofía es asunto de los niños. En ambos niveles no se ven contenidos teóricos sino que trabajan para desarrollar el pensamiento propio.

“Cuando los chicos se ponen a pensar qué quieren escuchar los docentes reproducen contenidos vacíos. Contra eso peleamos, para que piensen por sí mismos. Y veo que produce un efecto en el grado. Me da la impresión de que a partir de tener filosofía son más críticos pero también escuchan más, y eso hace que sea una crítica inteligente, no caprichosa”, explica.

En el Centro Cultural de la Ciencia, uno de los talleres del grupo El Pensadero.
En el Centro Cultural de la Ciencia, uno de los talleres del grupo El Pensadero.

Más allá de sus muchos libros publicados y de su larga trayectoria como filósofo, su vida cambió radicalmente con la llegada de Merlí. Sucede, claro, por un motivo particular: físicamente hablando, es extraordinariamente parecido. Además, no usa teléfono celular, no da respuestas complacientes, y tiene como profesión hacer pensar a las personas.

“Yo no reniego de Merlí, de hecho me subí al fenómeno. Pero si alguien va a la facultad de filosofía por eso se va a romper la cabeza. Es una carrera estructurada desde el estudio y no desde el pensamiento. Yo la hice hace 20 años y sigue siendo igual”, sostiene Santiago.

¿Qué diferencia hay entre explicarle filosofía a un niño y a un adulto?
Lo lindo de las clases con los chicos es que recuperás la posibilidad de filosofar. Porque se preocupan en serio por las cosas. No hacen planteos hipotéticos como los filósofos profesionales, realmente les preocupa saber, por ejemplo, por qué a veces el tiempo dura más y a veces dura menos.

¿Sirve de algo la filosofía?
A mi la utilidad no me interesa, entonces no sé si sirve o no. Tomás Abraham (n. de R: Filósofo y escritor argentino) alguna vez dijo en una clase del CBC que la filosofía no es sirvienta, en el sentido de ser esclava de o servidora de. Algo así como que si la filosofía sirve para algo, deja de servir. Lo que me interesa a mí es: ¿qué cosas la filosofía me hizo ver distinto? Eso es interesante, te dediques a lo que te dediques. Ahora bien, la transformación que genera la filosofía es impalpable. Querer venderlo de otro modo me parece que es puro marketing.

Efecto Matrix: filosofía para saber dónde está lo real

Lo primero que dice Esteban Ierardo cuando llega al bar es algo referido al fútbol. Está perdiendo Brasil con Bélgica y le llama la atención. Filósofo y escritor, es autor de varios libros tanto de ficción como de filosofía (el último: Sociedad Pantalla, Black Mirror y la tecnodependencia), llega y se pone a hablar del mundial y de Mauro Zárate (que le dio la espalda a Vélez para llegar a Boca).

No es una charla menor. O al menos, no es una charla que nos pase desapercibida a ninguno de los dos.

En un momento se nos acerca el mozo y nos dice que se llama Matías y que está a nuestro servicio para lo que necesitemos. Su modo de decirlo es todo menos natural, no por eso tosco o molesto, pero hay algo inquietante en su manera de ponerse a servicio. Apenas se va, Esteban sonríe y me dice: ¿Qué acaba de suceder? ¿Qué viste?

No le respondo, para que siga su razonamiento. Y lo hace: “hay toda una estructura de preparación en la eficacia para la atención, que no tiene nada que ver con lo humano. ¿No?”. Nos reímos, apenas.

Lo que acaba de hacer es acaso traducir algo que vimos los dos pero yo no supe nombrar. Lo dirá después él: el filósofo se ocupa de ver qué hay de verdadero y qué de falso en las cosas con las que convivimos. En el gesto de Matías, por caso.

El filósofo Esteban Ierardo en una de sus charlas.
El filósofo Esteban Ierardo en una de sus charlas.

“A la filosofía la veo como una forma de construcción de la realidad cotidiana en la cual uno acepta participar de los juegos de la tribu pero sin nunca renunciar al derecho de detectar lo que son formas de falsificación y pérdida de lo real, y por tanto de engaño y manipulación”, dice después Ierardo, teorizando.

Y entonces volvemos al mundial y al precio de echar a Sampaoli. ¿Hay alguna manera de enfrentar filosóficamente estas problemáticas en apariencia banales que nos toman la vida?, le pregunto.

En su último libro, Ierardo analiza la realidad a partir de los capítulos de la serie Black Mirror.

“Yo creo que una actitud filosófica frente a esto es recordar dónde está lo real. Le damos una importancia desmedida a lo que se juega en un juego, justamente. Es decir, hacemos de un deporte una suerte de drama vinculado con el destino nacional. Y de pronto el sentido de nuestra vida colectiva como argentinos pende de un partido de fútbol. Eso es una construcción imaginaria que está fuera de la realidad, porque lo real es que es solo un juego”.

Pero un drama inventado que repercute de manera real, ¿es algo inventado finalmente?
Podemos pensar que hacer del fútbol un drama es un relato, una ficción. Y lo podés relacionar con la dinámica de la historia, que se construye a partir de creer en ficciones. A partir de esas ficciones se construyen efectos reales. Por ejemplo, la gente que creía en el dios cristiano iba a las cruzadas y mataba y moría en la vida real para ser fieles a algo que tal vez era una ficción. Eso que se inventa, que surge de la imaginación, cuando se lo vive como si fuera real efectivamente construye realidad.

Lo real, en ese caso, como consecuencia de nuestra manera de percibirlo.
Claro. Es una paradoja: la realidad se construye de la imaginación, y se hace real por el hecho de vivirla como tal. Mucha gente vive al fútbol como un drama y se angustia en la vida real.

La pasión es imaginaria, pero el dolor es real.
Exacto. Lo mismo con la filosofía: las teorías filosóficas son invenciones, como lo son pintar un cuadro o escribir un poema. Los que son platónicos por ejemplo creerán realmente que existe un mundo de las ideas, y que el amor real es el amor platónico… Entonces volvemos a lo mismo: siempre hay un plano ficcional.

Si la filosofía nos ayuda a identificar qué es real y qué no, ¿se puede pensar en ella como una manera de demorar lo más posible la pérdida de la libertad?
Por lo menos demorar la pérdida de la conciencia total de la pérdida de libertad. Decir que puede demorar la pérdida de la libertad como proceso fáctico y objetivo es demasiado pretencioso, pero sí se puede evitar que se extinga totalmente la conciencia lúcida y crítica de la pérdida de esa libertad.

Una duda a medida de cada quien

Florencia Sichel en su charla en La Noche de la Filosofía, en el CCK.
Florencia Sichel en su charla en La Noche de la Filosofía, en el CCK.

“Yo creo que la filosofía hace la vida más emocionante. No solo de manera positiva, también te da más angustia. Ser consciente de que te morís o de que no existe el amor romántico…  es emancipador y angustiante a la vez”. Ahora habla Florencia Sichel. Con solo 28 años, es profesora de filosofía en todos los niveles (primario, secundario y universitario), forma parte junto a Gustavo Santiago del programa Escuela de Maestros, y es Co-Coordinadora del grupo El Pensadero.

Además, claro, es filósofa. Como tal, se ofrece a la charla como si nos esperara algo emocionante por descubrir. Mientras hablamos, carga un iphone a su lado. La pregunta que inaugura la conversación es la que atraviesa esta nota: ¿sirve de algo la filosofía?

“La respuestas más amarillista es que no sirve para nada. El filósofo no construye puentes, no le aporta nada a la sociedad en términos de utilidad. Sin embargo, si nos corremos un poco de este mundo capitalista y utilitario, para mí sí es útil”, dice Sichel. “Creo que para que pasen cosas productivas o extraordinarias en la vida de uno, tiene que haber reflexión filosófica sobre la vida de uno. Aunque bueno… eso es ponerse un poco utilitarista después de todo”.

¿Cuál es la diferencia entre pensar las cosas filosóficamente, y pensarlas neuróticamente?
Hay un poema de Bertolt Brecht muy claro al respecto, Loa a la duda se llama. Dice que la duda por dudar no sirve. Tiene que ser una duda que te lleve a algún lado, no a la inacción. Brecht en ese poema dice algo así como que al oprimido le conviene tener una duda que le permita liberarse de su opresor, y al opresor una que le permita despertarse de su condición aristócrata. Es una duda a medida de quién la tenga.

El Mindfulness, tan de moda, propone meditar, ir hacia el silencio, dejar los pensamientos. La filosofía en cambio propone lo contrario, profundizar el pensamiento. Las dos se ofrecen como una salida a un mundo banal. ¿Cómo se distingue lo que es darse rosca de lo que es reflexionar?
No sé si siempre es fácil de hacer esa distinción. Hablas de la ansiedad. Está muy presente, en los chicos sobre todo, esta idea de la urgencia por resolver las cosas. Para mi lo que hay que saber, y si lo sabés baja la ansiedad, es que las cosas no importa tanto que se resuelvan. La filosofía no busca solucionar problemas, y volvemos al principio: por eso no sirve para nada. Pero correrse de la lógica capitalista también es correrse de la temporalidad en la que uno vive. Si vos pensás que en veinte minutos vas a resolver el problema de la muerte mejor no filosofes.

Un app para filosofar diez minutos por día no la ves posible…
A mí me haría ruido. Es como la frase de Instagram: está divina, pero eso no es filosofar. Si realmente querés problematizar algo es al pedo que te apures tanto. ¿Para qué querés saber con urgencia cómo funciona el tiempo?

Cómo estar en el mundo sin ser del mundo

“Dice el escritor estadounidense Henry David Thoreau: 'me fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente. Enfrentar solo los hechos esenciales de la vida… No fuera que cuando estuviera por morir descubriera que no había vivido'. Es la misma frase que en la película La sociedad de los poetas muertos Robin Williams le recita a los jóvenes cuando se juntan a leer y pensar. Y es la impronta principal que marca al protagonista del filme Into the wild para hacer su viaje”.

El que habla, como si estuviera en una más de sus clases, es José María Aguerre. Profesor de Filosofía desde los 22 años, hoy tiene 51 años y tuvo, entre clases, conferencias y charlas, cerca de 30 mil alumnos. Está respondiendo a la pregunta de si la vida es igual con filosofía o sin ella.

Aguerre en una de sus clases en el colegio secundario Santo Tomás de Aquino. Les muestra un video clip a los chicos y les propone debatir sobre lo que vieron.
Aguerre en una de sus clases en el colegio secundario Santo Tomás de Aquino. Les muestra un video clip a los chicos y les propone debatir sobre lo que vieron.

Sigue: “Thoreau, influido por ese silencio de los bosques, sale del mundo, se enfrenta a la vida, y salen esas reflexiones maravillosas que escribe en su Tratado de desobediencia civil.  Ahí plantea el derecho que tenemos a revelarnos contra las leyes injustas. Y propone un camino original para la época, año 1852: la no violencia y la evasión fiscal. Él dice que no va a pagar impuestos para sostener leyes injustas. Se refería a dos leyes: un impuesto que se estaba cobrando para hacer un ejército para invadir México, y la esclavitud (todavía faltaban años para la guerra de secesión). Lo metieron preso por eso, aunque un solo día. La cosa es que ese tratado al principio no influye demasiado. Años después sin embargo un joven estudiante de derecho en Sudáfrica lo lee y dice: lo voy a aplicar en mi país. Y lo hace. Ese joven era Mahatma Ghandi, y lo aplica en la India. Más adelante lo lee otro joven en Estados Unidos y decide aplicarlo también en su país. Ese joven se llamó Martin Luther King. Hoy Thoreau es reconocido como un prócer por la influencia en sus discípulos.

Yo di una charlita sobre él que se llamó Vivir a filosofía o el riesgo de partir sin haber vivido. Entonces digo, volviendo a esto de si es distinta la vida con o sin la filosofía en ella: una filosofía abstracta y alejada de la realidad y de la vida no es filosofía. Pero una vida sin sentido, sin reflexión, sin preocuparse por lo esencial tampoco es vida. La filosofía nos enseña cómo estar en el mundo sin ser del mundo. Sin que sea una evasión ni una justificación permanente del estatus quo. Nos ayuda, en última instancia, a ser libres verdaderamente”.

José María Aguerre después de dar una de sus clases. Para él, la filosofía nos ayuda a encontrar la felicidad.
José María Aguerre después de dar una de sus clases. Para él, la filosofía nos ayuda a encontrar la felicidad.

Para muchos de los adolescentes que pasan por las clases de Aguerre, estas son reveladoras. Lo mismo sucede en la UCA, donde da la materia de Filosofía. En sus palabras, intenta despertarlos. “Tengo alumnos que después de la materia me han dicho: ´muchas gracias profesor, dejo la universidad´. Y se han ido. Y está muy bien, porque significa que se han hecho preguntas”, cuenta.

“Lo que trato de hacerles ver es que en un mundo de manipulación, en un mundo de lo políticamente correcto y de pensamiento único, donde no podés disentir demasiado porque quedás fuera del sistema, es fundamental recuperar el filosofar como capacidad de pensar por uno mismo, capacidad de búsqueda, y también capacidad de encuentro. Encuentro de la verdad y encuentro con el otro. Y encuentro, también, de aquello por lo que estamos acá: la felicidad”, dice.

¿Es preferible una filosofía comprometida aunque inaccesible o una más bien superficial pero apta para todo público?
Una filosofía que se cierra sobre sí misma no tiene sentido. Como tampoco lo tiene una filosofía que se vende al sistema. Una filosofía que con la apariencia de encarnarse en las problemáticas cotidianas le dice al mundo lo que quiere oír. Es una filosofía que se vuelve comercial. Yo siempre le sintetizo a los chicos que el filósofo es alguien que si todos corren para un lado no tiene que correr para el otro necesariamente, pero antes de ir con todos debe pararse y ver qué hay del lado al que no va nadie. Mirar lo que hay detrás. Y después, a lo mejor, caminar a contracorriente. No para escaparse, sino para tratar de vencer un sistema que nos está agobiando. No es un camino fácil: Martin Luther King terminó muerto, Mahatma Ghandi también, Sócrates terminó tomando cicuta… Es un camino muchas veces solitario, pero vale la pena porque es verdadero.

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