Por qué quiero volver a leer los clásicos y ahora es el momento | RED/ACCIÓN

Por qué quiero volver a leer los clásicos y ahora es el momento

En medio de la pandemia es el tiempo ideal para esas lecturas y si no nos proponemos volver los clásicos, se va a pasar la cuarentena y olvidate, ahí sí, como dice el cuervo: Nevermore!

¡Hola! Siempre que hablamos de clásicos estamos hablamos de volver. O al deseo de leer un libro siempre postergado, o a releer un libro que nos voló la cabeza. La cuarentena y la tarea de los chicos: nunca tuvimos mejores excusas para leerlos.

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Imagen: Wikipedia

Madres putativas. Además de madre de cuatro, la vida me fue acercando sobrinos e hijos e hijas postizos. ¿Por qué? Ni idea pero como me encanta tampoco me interesa averiguarlo. Para mí es una fiesta, incluso cuando se trata de acompañarlos con esas tareas que con mis hijos podían ser más tortuosas. Se disfruta más sin la presión de cargar con el rol de la ley. El cargo de madre putativa, por supuesto, viene con la obligación de ayudarlos con lo que me pidan. En épocas de pandemia: tareas y comidas preferidas. Llevo gastado una fortuna en tuppers, en fin.

  • Camilo, mi hijo postizo favorito por afano, tiene diez años, pero nuestra conversación es fluida. Robert PG, Arrested Developmen, Asterix, Tintín, el diario de Greg hasta que llegamos a la lista de lecturas que le preparó su colegio, repleta de clásicos fabulosos (¡yupi!). De un segundo al otro, junté dos placeres: acompañarlo en sus deberes y volver a las lecturas de clásicos.

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Forever young. Se sabe, a los clásicos los leemos en la juventud. Cuando empezamos a conocer el mundo, al mismo tiempo empezamos a conocer los mundos que trae la literatura. Y si volvemos de adultos a esos libros, es porque una parte nuestra quiere volver a recuperar esa sensación.

Ser los que fuimos cuando los leímos por primera vez y sumar dos goces: leer con la capacidad de la experiencia, más sensibles a los mil niveles de un libro, y leer sintiéndonos de vuelta con diez años, abajo de las mantas, en medio de la madrugada, con una linterna y el libro. Yo, la literatura y la noche. Ojo, también con vértigo. ¿Y si no me gusta como me gustó? ¿Y si mancho ese recuerdo hermoso? Qué parecida al enamoramiento es la magia de la lectura, eh.

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Imagen: Pinterest

Nevermore! En Por qué leer los clásicos, un ensayo muy bonito, Italo Calvino nos dice, en su búsqueda por encontrar la definición de un clásico, que toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento. Que está en la definición de clásico el que nunca termine de decir lo que tiene que decir. Suscribo: aunque lo hayamos leído mil veces, a un clásico siempre se lo está leyendo por primera vez. Pero se sabe que hay un problema eterno con la lectura de los clásicos: el tiempo. Siempre que hablamos de esos libros surge ese problema. El coro llora: “¡No tengo tiempo!”.

Pero ahora, en medio de la pandemia, ¿no es el momento ideal para esas lecturas? Mi impresión es que si no nos proponemos volver los clásicos en este momento, se va a pasar la cuarentena y olvidate, ahí sí, como dice el cuervo: Nevermore! Si no agarraste alguno de los siete tomos de En busca del tiempo perdido, lo siento, pero ese tiempo está perdido para siempre. Si no leíste la Montaña mágica, a esa montaña no vas a subir nunca más. Y si no cazaste la ballena, lo más probable es que ese cetáceo blanco siga su rumbo oceánico.

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Una cita. “Se llama clásicos a los libros que constituyen una riqueza para quien los ha leído y amado, pero que constituyen una riqueza no menor para quien se reserva la suerte de leerlos por primera vez en las mejores condiciones para saborearlos”, dice Calvino. Lindo, ¿no? Es casi una advertencia: ahora es el momento.

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Jorge Luis Borges y María Kodama en Japón. Una foto del libro "Atlas", de Kodama.

Borges canonizante. En su artículo “Sobre los clásicos”, Borges escribió: “Clásico es aquel libro que una nación o un grupo de naciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término”. Habla del I Ching, del Fausto, de la obra de Rabelais, del Libro de Job, de la Divina Comedia, de Macbeth.

  • “La gloria de un poeta depende, en suma, de la excitación o de la apatía de las generaciones de hombres anónimos que la ponen a aprueba, en la soledad de sus bibliotecas […] Clásico no es un libro (lo repito) que necesariamente posee tales o cuales méritos; es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad”.

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Niño lector. Camilo, como les contaba, me pasa sus lecturas pendientes. Me copa cómo les enseñan: un picoteo de todo. Siembran a ver qué prende o qué queda latente para florecer un día de repente. Algo de Calderón de la Barca (no pude conmigo misma y le hice memorizar el final de La vida es sueño porque sirve para siempre y aplica en todas), Lorca (¡santo cielo, releé a Lorca porque es magistral! Y si podés ver a Camila Sosa Villada recitándolo alguna vez, no te la pierdas), Vargas Llosa (La ciudad y los perros), Silvina Ocampo, Roald Dhal y María Elena Walsh.

¡Divina selección! ¿O no? Me embalo y pienso: ¿La Odisea será mucho para Camilo? ¿Se copará? Y me pregunto: ¿vos cómo armarías tu lista? ¿Me contás?  ¡Vale usar a los hijos de excusa!

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Tres preguntas a Camila Sosa Villada [por Javier Sinay]. Con Las malas (Tusquets), una historia sobre un grupo de chicas trans escrita con una pluma luminosa y a la vez cruda, se convirtió en la revelación literaria del momento. Además, canta y actúa. Por qué para ella ser travesti y ser escritora es lo mismo.

  • En Las malas decís: “Mi primer acto de travestismo fue empezar a escribir”. ¿Cómo fue eso?
    Porque escribía en primera persona en femenino. Ya me escribía sabiendo quién era. Y luego está que es imposible precisar este sentimiento: para mí ser travesti y ser escritora es lo mismo. Sucedieron ambas cosas al mismo tiempo. Escribo desde que aprendí a escribir; es decir, que la travesti que se gestó en mí se gestó en el cuerpo de una escritora. Es bien bonito, ¿no? Podría extenderlo todavía más y decir, también ser travesti y ser actriz es lo mismo. ¿Qué travesti no interpreta papeles para sobrevivir? Y digo más: ¿qué travesti no canta? Entonces para mí es lo mismo. Puesto que pienso que todo es el cuerpo.
  • ¿Cuál es la oportunidad de la literatura trans? O sea, ¿qué le puede dar la literatur trans al mundo, que nadie o nada más podría dárselo?
    La oportuncrisis de Homero. La oportunidad no es para lo que escriben las travestis. La oportunidad es para ustedes. La oportunidad es para la literatura. Es exactamente al revés la pregunta: qué resulta de leer textos como Vienen por mí, de Claudia Rodríguez: "Me aferro a hombres que nunca se imaginaron la existencia de una travesti como yo". Qué sucede cuando aparecen escritos que se corren del saber legítimo de la literatura. Una especie de rotura en la tranquilidad que dan las reglas de la buena escritura, con sus comas bien puestas, su semántica y su sintáctica, la morfología de la escritura y todo eso que me parece bárbaro y que está muy bien, pero que justamente está bien romper espontáneamente como lo hacemos las travas que escribimos. Por lo pronto, ustedes tienen la oportunidad de leer algo inesperado, sobre mundos inesperados y conocimientos que nunca se imaginaron. Aprovechen.
  • ¿Qué fue lo mejor que leíste últimamente?
    La habitación sin barrer, de Sharon Olds... sus poemas a la madre: “Era una niña, llegó sin haber lastimado a nadie./  Se había formado en la oscuridad, dentro de su madre, en/ el líquido que su madre no había tocado nunca/ y con el que su madre poco tenía que ver. Se formó en la palidez,/ la forma de lo que serían sus pechos”.

Espero que te haya gustado el envío de hoy. Yo me retiro a seguir buscando libros. ¿Dudas? ¿Sugerencias? ¿Lecturas? Escribinos, a mí o a Javier Sinay, a [email protected]

Va un fuerte abrazo,
Flor

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Sobre libros y escritores. Todos los martes, por Flor Ure.

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