Santos y eruditos, comentado por Miriam Molero | RED/ACCIÓN

Santos y eruditos, comentado por Miriam Molero

Santos y Eruditos
Terry Eagleton
El cuenco de plata

Uno (la selección)

Lo primero que debe serle advertido al lector de "Siete párrafos" que busca aquí recomendaciones de libros de no ficción es que "Santos y eruditos" es una novela contante y sonante. Es una obra de ficción basada en hechos y personajes reales, sí, pero ficción al fin. Tampoco puede decirse que el libro sea de interés para el público en general aunque pueda llegar a ser un divertimento para los iniciados en filosofía, en semiología, en historia de la independencia irlandesa. ¿Qué decirles a quienes conocen al dedillo el pensamiento de Wittgenstein, el movimiento lingüístico ruso, la historia política irlandesa del siglo XX? Absolutamente nada.

En cambio, para quienes quieran adentrarse en "Santos y eruditos" sin mayores herramientas teóricas, al menos dos recomendaciones:

-Ver la película "Wittgenstein", de Derek Jarman, de la que el mismo Eagleaton es co-guionista.

-Ver el documental "1916, la rebelión irlandesa", de Ruan Magan y Pat Collins, con narración de Liam Neeson. Es un film estrenado en 2016, justamente en el centenario del Alzamiento de Pascua, cuando James Connolly, el sindicalista líder del Ejército Ciudadano Irlandés, en sociedad con la Hermandad Republicana Irlandesa, tomó los principales edificios de la ciudad de Dublin para proclamar la República de Irlanda.

-Leer "Ulises", de James Joyce, para entender qué hace un tan señor Bloom entre Wittgenstein y Connolly.

"Santos y eruditos" no es un libro para principiantes; definitivamente no. Tampoco es no ficción.

Dos (la selección)

Tarde en la noche de la no-ejecución de James Connolly, Bertrand Russell bebía clarete en sus habitaciones de Trinity College en Cambridge, cuando escuchó golpes imperiosos en la puerta cerrada que daba al pasillo. Russell contempló su copa con una mezcla de pena e irritación: en parte porque no se interrumpe a un hombre que está disfrutando de un vino añejo, en parte porque probablemente sabía quién era. Malhumorado, entreabrió apenas unos milímetros la puerta de roble macizo y vio a un hombrecito enjuto con el cuello de la camisa abierto y unos pantalones grises holgados llenos de remiendos mirándolo con expresión de furia.

Tres

Los esfuerzos de Bajtín por encontrar el proletariado llegaron abruptamente a su fin durante un mitin educativo del movimiento, oportunamente consagrado al tópico de la guerra mundial imperialista en ciernes. Para su sorpresa, le habían asignado una importancia menos al tema en la lista de prioridades políticas del partido. La obsesión con la inminente masacre militar fue la bancarrota de una pequeña burguesía históricamente obsoleta: una pandilla de intelectuales liberales y pacifistas religiosos que veían la historia desde una perspectiva moral antes que de clase.

Cuatro

“Usted cuenta un cuento nefasto”, dijo Wittgenstein, “pero nos deja impotentes. ¿Cómo hará esta revolución suya para levantar a los muertos?”

“Es imposible levantar a los muertos. Solo podemos darles otro significado con nuestras acciones en el presente. Es una especie de redención.”

“Eso es una idiotez”, proclamó Wittgenstein con firmeza. “Quiero decir que no es algo que se pueda decidir, como el color del empapelado.”

“Personalmente”, dijo Bajtín, “no me importa qué significado tengo, siempre y cuando no esté muerto.”

Cinco

Agachado frente a la ventana, Molloy fumaba un cigarrillo tras otro; aparentemente todavía esperaba que llegaran los refuerzos. Bajtín tenía la impresión de que la entrada de Connolly a un espacio vacío donde no florecía nada, excepto la repetición, había congelado el tiempo. Eran como personajes de teatro en un escenario desnudo, a la espera de una revolución que nunca llegaría. La extraordinaria frescura de Wittgenstein no dejaba de maravillarlo, como más de una vez le había sucedido en Cambridge. Su capacidad de vigilancia era inagotable; su presencia insistente, una vibración aguda en el aire. Oscuros manchones de sudor festoneaban los sobacos de la camisa de Bajtín y el olor acre del tabaco de Molloy pesaba en el aire. Encorvado en el sofá, Connolly parecía un embrollo de harapos abandonados coronados por la exagerada palidez de un payaso y movía constantemente el pie en busca de alivio. Sólo Wittgenstein permanecía erguido como un loro de colores brillantes en su percha, la elegante cabeza ladeada inquisitivamente en dirección a Connolly.

Seis

“Salga de ahí”, gritó con aspereza.

Nada se movió. Molloy tragó con dificultad y se preguntó si debía dispararle al tacho. Podría ser un gato. Entonces una mano aferró el borde del tacho desde adentro, gorda y con un anillo de oro que refulgía bajo la débil luz de la luna. Unos segundos después asomó una cara sobre la mano: piel olivácea, ojos grandes, mofletes carnosos, vagamente foránea.

“Buenas noches”, balbuceó el intruso con bravura. Después, viendo el revólver de Molloy, lanzó un gemido de sorpresa.

“Salga de ahí”, gruñó con disgusto Molloy.

Conteniendo el aliento para encoger su voluminoso vientre, Leopold Bloom emergió obediente del tacho de basura.

Siete

Otra foto que me gusta es una en la que estamos en la cocina, los dos en piyama, de noche. No recuerdo esa cocina, pero era pequeña y cálida. Él está arrodillado en el piso y yo aparezco de pie al lado suyo, a su misma altura. Sonríe y me señala la cámara. Yo sonrío. Es una foto alegre y simple, y evoca una época de despreocupada cotidianeidad que mi memoria fue borrando.


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