Sesiones virtuales: los terapeutas entran a nuestras casas (y nosotros espiamos la de ellos) | RED/ACCIÓN

Sesiones virtuales: los terapeutas entran a nuestras casas (y nosotros espiamos la de ellos)

La cuarentena se extiende y muchos de los que habían pensado en una pausa en su terapia, ya la retomaron. Algunos buscan intimidad en el balcón o adentro de un auto. Lectores de RED/ACCIÓN cuentan sus historias de diván remoto.

Ilustración: Pablo Domrose

Este contenido contó con participación de lectores de RED/ACCIÓN

“Hola Flor, ¿Estás?”. Ese mensaje me llega todos los miércoles a las 18, puntual, desde el 18 de marzo. Cierro las pestañas de los mails, WhatsApp Web y todas las aplicaciones que me puedan distraer. Pongo Skype en modo de pantalla completa y mi computadora se transforma en mi espacio de terapia. Como siempre, al principio de la sesión, mi psicóloga, ahora desde su casa, me pide los datos de la obra social y después comenzamos a conversar.

Esta semana, hablamos en nuestras redes sociales y en la newsletter con la que nos comunicamos con nuestros miembros sobre las sensaciones que nos provoca cambiar la metodología de la terapia y llevarla al plano virtual.

Y en ese tránsito parece no haber consenso: a algunos les gusta más, a otros menos y otros directamente decidieron no atravesar la experiencia de hablar con su terapeuta a través de la cámara del celular o la computadora.

Algunas personas coinciden en que sienten que pueden avanzar mejor con la terapia virtual y otros no encuentran un espacio privado en sus casas. La mayoría de los lectores dicen que antes de empezar la sesión le avisa a las personas con las que convive: no quieren ser interrumpidos.

Las aplicaciones preferidas para la sesión son las videollamadas de WhatsApp y Skype. Cuando la conexión falla, se va a la conversación telefónica. Hay quienes prefieren hacer la sesión en la habitación, otros en la terraza o en el balcón. Y hay quienes se van al auto.

Los viernes son los días que Lorena Arcuri, una lectora de RED/ACCION de 44 años, tiene terapia. El primer día de la cuarentena y ante la incertidumbre, canceló su sesión. “Suspender un par de sesiones no me incomodaba. Los primeros días fueron de pura expectativa, me preguntaba cómo íbamos a llevar la convivencia durante el encierro en el departamento. Después empezamos a sentir el encierro y me di cuenta de que necesitaba mi terapia. Se me hizo larga la espera hasta el viernes siguiente”, cuenta Lorena, que vive con su pareja y su hijo de 19 años.

Los tres hacen terapia por videollamada. “El primero que la tuvo fue mi hijo. Ahí puede chequear que no se escuchaba nada cuando uno se encierra en la habitación. Y me quedé tranquila para mi sesión. Tenemos respeto a la necesidad de privacidad de cada uno. Cuando uno está con el terapeuta, los otros ponemos música o la tele”, dice Lorena.

La primera sesión de Lorena fue el segundo viernes de cuarentena. A las 17, se contactó con su terapeuta por videollamada de WhatsApp desde su habitación. “Mi psicóloga me anticipó que al principio podía resultar raro, pero cuando se entra en la charla todo fluye. Fue tal cual: me pareció raro cuando nos saludamos, pero pude hablar de mis sensaciones en relación a la cuarentena y de los altibajos con el correr de los días", relata la lectora, que es profesora de plástica. Le contó que los primeros días soñaba mucho y cosas ligadas a miedos que le provoca la pandemia, como que su hijo se enferme.

Pero su vínculo con la terapia no se consolidó así. Lorena se dio cuenta de que el auto era un espacio todavía mejor que su habitación: “Al principio me daba miedo ir. Sentía que iba al auto de contrabando, que estaba haciendo algo mal. Después, me relajé”.

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Dos semanas antes de la cuarentena retomé terapia, tratamiento que había suspendido hacía seis meses. Creo que no podría sobrellevar esta experiencia de “estar en casa” de la misma forma si no tuviera la contención de mi psicóloga. Más allá de que el aislamiento trae nuevos temas para trabajar en la sesión, muchas veces también lo uso de excusa para evitar hablar de otras cosas. La vida en la cuarentena sigue: el contexto me llevó a una convivencia, mi abuelo está internado hace dos semanas y entregué la última investigación de una carrera que me llevó alrededor de 10 años. Todo esto necesitaba hablarlo.

Para Federico Ferreyra Cáceres, un lector de RED/ACCION de 28 años, las sesiones virtuales son mejores que las presenciales. Dice: “Me siento mucho más cómodo hablando por videollamada. Al principio pensaba que no me iba a gustar la terapia virtual, pero lo cierto es que este mes pude avanzar un montón con temas más íntimos. Además, me resulta comodísimo pagar al terapueta a través de la transferencia bancaria. Antes de la cuarentena, tenía que pagar en efectivo y a veces llegaba tarde por hacer la fila en un cajero”.

Federico vive solo en un monoambiente y para la sesión de terapia elige sentarse en el suelo junto a una ventana y apoya la espalda en el colchón de la cama. El coronavirus no monopolizó sus sesiones. “Al principio, planteaba que estaba sufriendo de insomnio y que me interesó mucho la contemplación del silencio. Después pude seguir con temas ajenos al virus”, comenta.

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Desde la primera sesión, elegí tener la terapia en una habitación donde tengo un escritorio. La primera vez, tuve la sensación de que se escuchaba todo lo que decía y por eso no podía hablar con soltura. Desde la segunda sesión, le pedí a mi novio que se ponga auriculares y juegue a la Play durante los 45 minutos de la sesión. Los lunes, cuando él tiene su espacio terapéutico, yo hago lo mismo. Me incómoda de por sí ya escuchar el murmullo de su terapia.

Judith Sánchez, lectora de RED/ACCION de 27 años, también le pide a su compañero que mire una serie o juegue a la Play. “Le pido que se ponga auriculares así puedo hablar con mayor tranquilidad”, dice.

Judith cuenta que su psicóloga es grande y le costó manejarse con la consulta virtual. Tuvieron que probar distintas plataformas. Dice: “Cuando me planteó la modalidad, me pareció un poco gracioso y un poco incómodo. Con el paso de la semanas me di cuenta de que necesitaba el espacio”.

La joven, que trabaja en el sector de turismo y estudia la licenciatura de comunicación audiovisual, extraña el contacto con su terapeuta. Dice que es difícil hablar con una persona que de repente se queda tildada porque se cortó Internet. “También me parece raro ver la intimidad del terapeuta. Uno en general no sabe casi nada de la vida del psicólogo. Vi que tenía un cuadro que me llamó la atención”.

La directora del departamento de asistencia de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires, Ana Plumari, señala que la modalidad virtual es una forma diferente de realizar la terapia, pero que permite continuar el vínculo y el tratamiento: “Se sigue generando un punto de encuentro, que es eficaz”. De todas formas, Plumari confirma que no todos los pacientes lo aceptan: “Algunos sienten que no tienen un espacio para encerrarse”.

Plumari cuenta que la duración de la sesión es igual que en el consultorio. Recomienda que la consulta se realice en un lugar tranquilo y que se disponga de una pantalla para que el paciente y el terapeuta se puedan ver. “Lo que vimos fue que al principio muy pocos pacientes aceptaban porque pensaban que el aislamiento social iba a ser por dos semanas. Como la cuarentena se fue extendiendo, muchos decidieron retomar la sesión por este medio”, agrega.

En este sentido, Jorge Garaventa, psicólogo y miembro de la Junta Ejecutiva de la Federación de Psicólogos de la República Argentina (FEPRA), dice: “Con el alargamiento de la cuarentena la demanda subió de manera sostenida. La resistencia ha provenido más de las obras sociales y empresas de medicina que de los pacientes”.

Garaventa sugiere que es probable que luego del coronavirus la modalidad se quede, pero como una práctica minoritaria. “El tiempo nos mostrará los resultados, pero podemos afirmar que es una práctica necesaria, en algunas patologías y ciertas situaciones que imposibiliten el traslado al consultorio”, concluye.

Mensajes que nos llegaron por Instagram para contar la experiencia de la terapia virtual

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Alguna vez, durante la sesión, me distraje observando el entorno de mi psicóloga, ese ángulo que deja espiar la cámara de su computadora. Miraba su estante con libros e intentaba descifrar de qué eran. Al principio, me costaba mucho hablar y ver mis gestos en la pantalla. Pero, lo más difícil de la terapia virtual, sin duda, es quedarte congelado en el medio de una idea por las fallas en la conexión. Más de una vez, me pasó que perdí el hilo de lo que estábamos hablando.

Ofelia Maiztegui, miembro de RED/ACCION de 47 años, tiene terapia cada quince días. Una sesión fue por videollamada de WhatsApp y la otra por celular porque se cortaba todo el tiempo Internet. Ella vive en una casa con sus dos hijos de 15 y 19 años.

Cuando tiene la conversación con el terapeuta, va a su habitación en el piso de arriba y los adolescentes se quedan abajo. Para sentirse mas tranquila, Ofelia prende una radio para que su voz no sea el único sonido. “Tengo la sensación de que preferiría que la sesión fuera más breve. Me cansó de tener el teléfono en la mano, me empieza a incomodar. No es lo mismo, pero igual lo recomiendo como posibilidad”, dice.

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Una de las cosas que más extraño de ir al consultorio de mi psicóloga es la caminata de Corrientes a Santa Fe. Si bien podía tomarme la línea H para combinar con la D, esas cuadras me las tomaba para pensar, para prolongar la reflexión y tener un ritual propio.

A Maira Lucia Haunau, una lectora de RED/ACCION de 20 años, le gusta mucho más la sesión presencial. “Yo vivo en Burzaco y mi terapia la tenía en Lomas de Zamora. Tenía la rutina de levantarme temprano, leer en el viaje y tener un espacio para mí. No extraño solo la sesión, sino toda la mañana”, relata.

En la primera sesión, durante la cuarentena, Haunau planteó que su sobreexigencia sobre la productividad le pegó fuerte. También conversó sobre cómo mantener los vínculos. Mientras habla, la joven acaricia a su gata. “Me distrae un poco mi habitación. También, me llamó la atención un potus de la psicóloga”, agrega.

Maira vive con sus padres y su hermana. La charla con la terapeuta la tiene en su habitación: “La metodología me hace sentir que la psicóloga está lejos. Se me complica llorar frente a una pantalla”.

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