Siete días en Venezuela: crónica urgente de un pueblo herido de incertidumbre | RED/ACCIÓN

Siete días en Venezuela: crónica urgente de un pueblo herido de incertidumbre

Intervención: Pablo Domrose

(Desde San Antonio de Táchira, Venezuela).- Llevo poco más de una semana en este país intentando comprender su crisis, hablando con personas de a pie –chavistas y antichavistas–, haciendo esas largas filas que terminan en la puerta de un supermercado o en la de una farmacia, y conviviendo con los que aún no se han marchado. Quiero entender a este país. Pero, por ahora, mi intento se traduce en un absoluto fracaso. Porque la palabra que mejor describe lo que aquí se vive es “incertidumbre”.

El último tuit de Juan Guaidó marca la temperatura de los venezolanos: “Anuncio al país: este #23F nos movilizaremos a todos los cuarteles de Venezuela a exigir el ingreso de la ayuda humanitaria”. Por su lado, Nicolás Maduro se mantiene firme en que no entrará nada. El senador estadounidense Marco Rubio ya anunció que la ayuda “entra o entra”. Y acá en San Antonio de Táchira, una ciudad situada en la frontera con Colombia, con un pequeño centro colonial y cientos de mototaxis, a la que ya todos llaman “el frente de batalla”, la cosa está caliente.

Es que ésta ciudad será el escenario en donde sucederá gran parte de la acción del 23 de febrero. “Señores de la #FANB [Fuerzas Armadas Nacionales Bolivarianas], tienen 3 días para acatar a la orden del Presidente (E) y ponerse del lado de la constitución. Esta ayuda es para salvar vidas”, completó Guaidó, que agregó esa “E” de “encargado” en su tuit. Y entonces, ¿qué está pasando en Venezuela?

Nadie lo sabe con certeza. Mucho menos, qué pasará. No es sólo una cuestión de geopolítica: lo que ocurre aquí es diferente a todo.

Aterricé poco más de una semana atrás en Caracas. “Hace años, este aeropuerto era como el de Panamá, pana”, me dijo el hombre que viajaba a mi lado en el avión, un tipo alto, de anteojos y tiempos lentos, con un inquietante parecido al escritor Sergio Ramírez. Ahora, en cambio, es un aeropuerto desolado: en la pista hay tan solo tres aviones, dos de ellos de aerolíneas venezolanas.

El Aeropuerto de Caracas a la hora de llegada con tan sólo tres aviones en la pista.

Todos coinciden en que puede ser definitivo lo que ocurra en los próximos días aquí, en San Antonio de Táchira, la última ciudad venezolana antes de Cúcuta, la primera ciudad colombiana. Táchira es la ciudad fronteriza por donde pasa la mayor cantidad de gente.

Primero, los viajeros habituales: gente que cruza a comprar lo que no consigue en Venezuela -harina para hacer pan, por ejemplo-, o personas que van a visitar a un pariente, o a hacer algún trámite comercial. Segundo: las que ya no vuelven. Es que desde 2014 a esta parte llegan millones de venezolanos que dejan su patria atravesando el puente Simón Bolívar. (Hace décadas fue al revés, cuando Venezuela recibió a millones de colombianos).

Aquí mismo sucederá lo que todo el mundo está esperando ver: la entrada de la ya famosa “ayuda humanitaria”. La pregunta es si Maduro la dejará pasar o si se pondrá firme en que nadie entrará a su país sin su permiso. Si éste fuera el caso, probablemente dirá que los materiales son contrabando y opondrá resistencia.

Hace pocos días, entrevisté en Caracas a un chavista muy amable que al verme por primera vez, en la plaza de Altamira, me dió un abrazo fuerte, como si me conociera, y al instante se puso a mirar para los costados con cierto desdén. Tiene 68 años, se llama Rafael y es comunista desde su adolescencia. Después de saludarme, con los movimientos neuróticos de los personajes de Woody Allen, me dijo que esa era zona de la oposición. En su Whatsapp, este hombre tiene un grupo muy activo con el nombre “Ponte duro Maduro”.  

Parece anecdótico, pero resume el deseo de los chavistas que apoyan al gobierno: quieren que no dé el brazo a torcer y que impida que los Estados Unidos y los demás países entren a Venezuela. Para ellos, la guerra es una posibilidad. Se llaman, los más intransigentes, “rodilla en tierra”, porque están listos para la batalla, en posición de tiro.

Rafael es uno de los famosos “rodilla en tierra”, como se llama a los chavistas más firmes. Es miembro del partido comunista desde su adolescencia.

Cuando uno camina por Caracas siente que es una ciudad de la Unión Soviética metida en Latinoamérica: edificios enormes y grises que muestran un esplendor que ya pasó, calles anchas llenas de baches o interrumpidas por cascotes o gomas de tractor, poca contaminación, poco olor, algo de basura, no tanta.

Y barrios populares: casas apiñadas una arriba de la otra con ladrillo a la vista, calles apenas asfaltadas, poca infraestructura… Eso que en Argentina llamamos villas y en Brasil favelas: acá se les dice “barrios”. Toda la ciudad está poblada por ellos, a cada zona pudiente le corresponde uno. Así fue creciendo la capital que soñó Chávez: con los pobres viviendo al lado de los ricos.

Antes de separarme de Rafael le pedí si podía sacarle una foto. Me dijo que sí y posó. Le pregunté si no convenía hacerla en un lugar cerrado, por seguridad. Todo el mundo, incluso por las redes sociales, me había recomendado -advertido, ¡exigido!- que nunca sacara el celular en la calle. “Sácalo sin problemas”, me dijo Rafael. Confié, después de todo está preparado para lo que sea.

La sensación de aprisionamiento en la que viven muchos caraqueños (y en la que me sugirieron vivir) es agotadora. Si uno mira los índices delictivos o habla con la gente, uno nunca querría sacar el celular en la calle. A la noche, la vida cae. Dependiendo del barrio es distinto lo que se ve. Algunos están completamente desolados y a oscuras. Nadie respeta los semáforos -y nadie espera que alguien los respete, ni siquiera de día-. En algunas zonas se ven más autos, pero poca gente de a pie.

El clima de la ciudad, incluso en invierno, es perfecto: brisa constante, humedad nula… Pero el clima social es de encierro. La primera vez que me crucé a una brigada de las FAES (Fuerzas de Acciones Especiales) yo iba en un taxi. Ellos, en una camioneta con caja: ocho tipos parados con máscaras que les cubren el rostro.

Otros personas con las que hablé piensan que Maduro dejará entrar la ayuda, y algunos vaticinan que el 23 de febrero puede ser el día de su caída. Hace pocos días conocí a un guarimbero muy amable en Caracas, me dijo que ya alertaron a la gente del Libro Guinness de récords mundiales para que estén en la ciudad ese día porque –si sucede la caída– “será la borrachera más grande la historia de la humanidad”.

¿Qué es un guarimbero? Un opositor al gobierno que participa de las guarimbas, piquetes en los que se cortan calles y se enfrenta a la Guardia Nacional o las fuerzas de seguridad que lleguen a la zona. Reynaldo, el que charló conmigo,  tiene 55 años y es alto, usa barba candado y su voz es tabacosa, difícil de escuchar. Vive en La Urbina, un barrio de clase media cerca del Petare, que es la villa más grande de Caracas.

Me invitó a comer a su casa y preparó pabellón, un plato tradicional con arroz, carne mechada, porotos negros, banana frita y huevo. Nos acompañaban su novia, Saramar, y su hija, Maty. Su hijo mayor está en la Argentina desde 2017: se fue luego de ser víctima de un secuestro express. Su mujer, la madre de sus hijos, fue asesinada en 2014, en la entrada al condominio en el que todavía viven y donde comemos pabellón mientras él fantasea con la caída de Maduro.

Para darse una idea del nivel de tensión que reina en la frontera (y tal vez de paranoia), periodistas locales reportan que en este momento además de la Guardia Nacional, la Policía y las FAES, en esta zona en la que me encuentro se supone que se apostan las siguientes organizaciones paramilitares:

  1. Ejército de Liberación Nacional (ELN) (organización paramilitar)
  2. Águilas Negras (banda criminal)
  3. Rastrojos (organización narcoparamilitar y banda criminal)
  4. Autodefensas Gaitanistas de Colombia (organización paramilitar)
  5. Ejército Popular del Pueblo (organización paramilitar)
  6. Ejército Bolivariano de Liberación (mutación de la guerrilla venezolana)
  7. Urabeños (banda criminal)
  8. Bota de Caucho (banda criminal)
  9. Clan del Golfo (banda criminal)
  10. Ejército Popular de Liberación (organización paramilitar)
  11. Ejército Paramilitar Nortesantandereano (organización paramilitar)
  12. Organización Paramilitar Fronteriza (organización paramilitar)
  13. Frente Bolivariano de Liberación (organización paramilitar venezolana)
  14. Colectivos de Seguridad Fronteriza (disidentes de las FARC)
  15. Colectivos del Pueblo (disidentes de las FARC)
  16. Botas Negras (banda criminal)

Además de la entrada (o no) de la ayuda humanitaria, el conflicto en ésta zona ha abierto otro frente. Mañana, en la ciudad colombiana de Cúcuta se realizará un Live Aid por la paz de Venezuela y en repudio del gobierno de Maduro. Cúcuta queda a pocos minutos del puente de Tienditas, uno de los puntos por donde entrará (o entraría) la ayuda.

Hace unas semanas ese puente –luego de que se anunciara lo de la ayuda– estuvo cortado por unos camiones atravesados. El recital será un día antes del Día D. Participarán Peter Gabriel, Alejandro Sanz, Ricardo Montaner, Diego Torres, el Puma Rodríguez, Juanes y muchos otros. Hasta ahí, las cosas claras.

Pero los artistas pro-Maduro tomaron nota y organizaron otro concierto en repudio de la “invasión yanqui”. Se realizará de este lado de la frontera, aquí en San Antonio de Táchira, a menos de 5 kilómetros de Cúcuta. ¿Quiénes estarán? Diego Armando Maradona. (Y, por supuesto, artistas venezolanos).

La oposición especula con que no irá nadie, aunque en los medios locales aquí anuncian que el gobierno entregará miles de cajas Clap, esas con alimentos subvencionados por el Estado.

Alix me recibió en su casa de Caracas. Nunca me dejó salir del departamento sin que comiera al menos una arepa antes. Aquí, posa con una caja Clap.

¿Qué ayuda humanitaria se espera? Alimentos, medicinas, camiones cisterna con agua y provisiones de todo tipo. ¿Por qué se necesita? Porque la crisis económica y social que envuelve al país hace muy difícil conseguir todo eso. Según Maduro, esta crisis se debe al bloqueo de más de 30.000 millones de dólares que pertenecen al gobierno de Venezuela, y que le tienen retenidos a partir de las sanciones que inició Obama en el 2014. Según la oposición: porque la corrupción y las ansias de poder conducen las acciones de Maduro, que sólo piensa en mantener a la población controlada.

La realidad es que la crisis en Venezuela es brutal. Muy brutal.

Hace pocos días entrevisté en Caracas a una mujer muy amable, que me dijo que en Venezuela sobran los caballeros pero faltan las sillas. La referencia, en un país que no está todavía demasiado preocupado por la agenda de género, es que los hombres cederían el asiento si hubiera un asiento que ceder. En otras palabras, pinta el desabastecimiento que se vive en todo el país. En los supermercados hay algunos productos y en las farmacias hay algunos medicamentos (no todos: insulina, por ejemplo, es muy difícil de conseguir), pero lo que se consigue cuesta demasiado.

Aquí llega la enumeración de la crisis que vi con mis propios ojos:

  • Un salario mínimo de 6 dólares.
  • Una infraestructura abandonada: calles y avenidas sin luces porque los foquitos son robados, y los pocos que quedan aparecen prendidos de día y apagados de noche.
  • Una hiperinflación violenta: el 15 de febrero fui a un supermercado y una leche costaba 4.000 bolívares soberanos (1,33 dólares); cuatro días después, esa misma leche en el mismo lugar costaba 5.600 bolívares soberanos (1,86 dólares). Es decir: un 40% más en cuatro días.
  • Una clase media hundida: en el departamento de una familia de clase media en el que me hospedé no había agua más que dos horas por día. Pero Alix me cuidó como una madre, nunca me dejó salir sin antes darme una arepa, y la única vez que volví tarde sin avisar tenía el susto más grande del mundo.
La leche en un supermercado privado de Caracas (también los hay del Estado). En solo cuatro días aumentó el 40%.

Hace pocos días entrevisté a una psicóloga ex chavista muy amable, también en Caracas. Cobra la consulta privada 9.000 bolívares (3 dólares). Dice que no puede vivir de un solo trabajo, aunque es de clase media. Me contó que con el gobierno de Chávez compró su primera casa en una Misión Vivienda (aún la está pagando, con una cuota de menos de 100 pesos argentinos por mes), pero que una de sus vecinas habló en contra de Maduro y unos días después llegaron las FAES para desalojarla.

La psicóloga no sabe quién delató a su vecina. No fue un desalojo por la vía legal; simplemente sucedió. Pero sabe que si ella se expresara en contra, como hizo su vecina, también podría sucederle. Desde entonces, le cuesta defender a un gobierno que, dice, votó convencida.

Una Misión Vivienda es un edificio de departamentos que el Estado construyó y dio a quienes no tenían casa o vivían en barrios populares. Se construyeron cerca de tres millones de viviendas en aproximadamente seis años. Un número prodigioso y una misión titánica: en tres millones de viviendas entran, mínimo, 6 millones de personas (el 20% de la población de Venezuela). La psicóloga me dice con dolor que está decepcionada.

A su lado, un “rodilla en tierra” la escuchó en silencio. Le pregunté qué opinaba. Me dijo que la crisis era terrible y que votó a Maduro con algo parecido al asco (en realidad, hizo un gesto fácilmente interpretable como asco), pero que el desastre de la administración no quita que el proyecto es “defender al país de la conquista del imperialismo yanqui”, y que va a resistir para que su sueño socialista siga avanzando. Después citó a Bolívar.

Siete días en Venezuela: es difícil eludir la incertidumbre en la que su gente está inmersa. Pero siete días también alcanzan para conocer a un pueblo de gente que sin saber quién soy me invitó a su casa, o que me manda mensajes todos los días preguntándome si estoy bien, o que me ayuda con lo que sea que necesite (tengo, por ejemplo, la tarjeta de crédito de un anónimo, que me la dio por si me pasara algo). Gente muy amable, siempre. Dicen que en las crisis se ve quién es quién, y yo sigo conociendo a este pueblo que, en su peor hora, alcanza momentos de un esplendor que destella por las grietas del desabastecimiento.

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