Sola nunca: la lucha para que la mujer sorda que sufre violencia de género pueda denunciarla | RED/ACCIÓN

Sola nunca: la lucha para que la mujer sorda que sufre violencia de género pueda denunciarla

Aisladas por barreras que les pone un mundo armado por y para oyente, ahora existe un programa que las acompaña para que puedan acceder a la Justicia. Les enseñan desde lo que emerge como básico: reconocer la violencia.

Foto: Sordas sin violencia

En un salón ubicado en un segundo piso luminoso, un grupo de mujeres se acomoda sobre unos sillones. Sus hijos juegan a unos pocos metros y, vistas de lejos, parece que ellas dibujan figuras con las manos. Pero no es así, porque aunque están en silencio, conversan: son sordas y charlan en lengua de señas. Es un sábado de principios de otoño y están ahí para compartir sus experiencias en el marco del programa de asistencia Sordas Sin Violencia, que desde 2015 acompaña a mujeres con discapacidad auditiva que son víctimas de violencia de género.

Aisladas por las barreras que les pone un mundo armado por y para oyentes, hasta hace muy poco, estas mujeres -algunas muy jóvenes, otras más grandes- ni siquiera tenían palabras en su lengua para contar lo que les pasaba: las señas para referirse a conceptos como “violencia de género” o “ni una menos” son muy nuevas y todavía no están extendidas entre toda la comunidad sorda.

El origen de esta experiencia puede rastrearse a una noche de 2007 en la que la psicóloga Ester Mancera estaba trabajando en un refugio porteño para mujeres en riesgo de vida, cuando llegó una mujer sorda. Una cuadrilla del Gobierno de la Ciudad la había encontrado en estado de shock y llevado hasta ahí. La mujer no estaba oralizada (no leía labios ni podía articular palabras en español, algo que sí hacen algunas personas sordas) y apenas sabía algunas señas, pero Mancera no podía interpretarlas.

Con más de 30 años trabajando con personas vulnerables, militando en organizaciones sociales y especializada en violencia de género, esa noche, cuando entendió que no había manera de comunicarse entre ellas, Mancera se sintió impotente: nunca había pensado en una situación así. Fue un momento de revelación. “Ahí tomé conciencia”, dice ahora, doce años después, “de que había todo un colectivo de mujeres al que yo nunca había registrado”. Sordas Sin Violencia nace de ese instante de comprensión.

A lo largo de su vida, las mujeres sordas se enfrentan a varias violencias, no sólo de género. Tienen dificultades para acceder a la justicia, para comunicarse con el pediatra de sus hijos, para tener una consulta médica en la que el médico las trate como adultas. Una mujer sorda que sufre violencia de género es dos veces vulnerable: a la violencia que encuentra en su relación o en su casa, se suma la de no poder comunicarse y la impotencia de vivir en un lugar donde casi nadie te entiende.

Esa fue otra de las cosas que Mancera aprendió en estos años: que para las personas sordas el acceso a la información está violentado. Las campañas de sensibilización están dirigidas a personas que escuchan o que leen (no todas las personas sordas están alfabetizadas en español) y tampoco pueden acceder a la mayoría de los servicios de emergencia, ni a los espacios de contención: una sorda no puede llamar al 911 o al 144 ni acercarse a una comisaría de la mujer o a una Oficina de Violencia Doméstica porque allí casi no hay intérpretes de lengua de señas. “Imaginate”, dice, “que estás en un país extraño y te pasa algo y nadie habla tu idioma y no hay embajada; es desesperante”.

Identidad y cultura sorda

Hasta los 20 años, Mariana Reuter fue una mujer que no conoció a ninguna otra persona que fuera sorda, como ella. Creció en una familia de oyentes y tuvo una educación “oralizada”: sin acceso a la lengua de señas, aprendió a leer los labios y a hablar y leer en español. Su historia no es rara: la mayoría de los chicos y chicas sordos crecen en familias de oyentes, pero conocer la lengua de señas despertó algo en ella. “Ahí empecé la construcción de mi identidad como persona sorda”, cuenta. Hasta ese momento siempre había vivido sintiéndose en falta, rodeada de oyentes que querían que fuera como ellos.

Son casi las 12 del mediodía y mientras conversamos, golpean la puerta varias veces: las mujeres sordas que en un rato participarán del grupo de apoyo siguen llegando.

Reuter, consultora psicológica y mediadora sorda en el programa, tiene puesta una remera negra con la seña de la palabra “amor” estampada en un violeta brillante. A su lado está Mancera y en frente, Mariana Ortiz, parte del equipo de intérpretes, que traduce al español oral lo que ella cuenta con señas.

“Nuestra vida como mujeres sordas es muy cerrada”, sigue Reuter y, por un segundo, su mirada se escapa de esta charla y se va hacia los sillones, donde las mujeres conversan casi sin ruidos. “La violencia está naturalizada porque en la policía no hay intérpretes, tu familia no te da bolilla porque sos sorda y además no entendés la escritura. Todo eso lo naturalizamos y a veces si estamos en pareja no nos damos cuenta si estamos en una situación de violencia”.

Que las mujeres sordas tengan herramientas para reconocer cuándo están en una relación violenta es el primer paso para que puedan salir. Para darles esas herramientas, ellas organizan talleres y charlas. Reuter lo define como una “trabajo de hormiga” y explica que muchas veces es difícil que perciban otras violencias además de la física, que se ve en los moretones. “La violencia verbal, la económica, la psicológica no la perciben porque no la pueden ver”, dice. En todo este camino de concientización, la creación de nuevas señas para nombrar estas violencias es un proceso fundamental. No alcanza con que las mujeres sordas se den cuenta de que están en una situación violenta, también tienen que tener palabras para pensarlo y contarlo.

Casi siempre, las mujeres sordas se contactan con ellas por el chat de Facebook, por WhatsApp o por videollamada. La idea es que en ese primer contacto siempre se encuentren con Reuter o con otra de las mujeres sordas que forman parte del programa, para que sepan enseguida que del otro lado hay alguien que las entiende. Si la mujer quiere, organizan un encuentro en el que también participan una intérprete de lengua de señas con formación en género, una psicóloga oyente y una mediadora sorda, y la invitan a sumarse a los grupos.

Hace unos meses, en un juzgado de Morón, Reuter tuvo que interrumpir una entrevista psicológica en la que intervenía como mediadora sorda. No era la primera vez que le pasaba: muchas veces ella o sus compañeras les piden a los abogados que vayan más despacio o a los psicólogos que sean más claros. La mediadora sorda complementa el trabajo de la intérprete y es la que garantiza que la mujer sorda comprenda todo lo que está pasando y que se respeten sus tiempos.

Ese día, la mujer, llamémosla Paula, había empezado a contar lo que sentía y la psicóloga le preguntaba qué tipo de amenazas recibía de su ex pareja. La intérprete traducía pero, viendo su cara, Reuter se daba cuenta de que Paula no entendía. Entonces hizo lo que siempre hace en esos casos, cortó la charla y empezó a actuar: el hombre, el arma, el peligro, para que no hubiera ambigüedades. “Esa es mi función como mediadora sorda”, dice ahora, “explicarle lo mismo que dijo la intérprete pero de manera más... sorda”.

En 2018, Sordas Sin Violencia publicó junto al Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo la Guía de Recomendaciones para el Acceso a la Justicia de Mujeres Sordas Víctimas de Violencia de Género. Fue armado en base a lo que ellas aprendieron, acompañando en estos años a más de 150 mujeres. Aunque quede mucho por avanzar, Mancera nota grandes avances en este tiempo: varios equipos jurídicos, por ejemplo, tomaron conciencia de que la asistencia debe ser distinta -más lenta, más empática y con intérpretes- cuando hay sordas. Eso significó que muchos espacios, como el equipo de patrocinio gratuito especializado en violencia de género del Ministerio Público de la Defensa, hoy esté disponible para Sordas Sin Violencia.

De todas maneras, la instancia legal es muchas veces la última. Incluso, puede no alcanzarse si la mujer prefiere no denunciar. Lo más interesante del trabajo de Mancera, de Reuter y de sus compañeras empieza antes de la entrevista con los abogados, cuando las mujeres sordas conocen sus derechos y acceden, en muchos casos por primera vez, a un montón de información de la que habían estado aisladas. Y en los grupos como el de los sábados, en esos instantes de empatía y conexión, creen ellas, comienza un proceso de empoderamiento. “Ahí”, dice Reuter, y habla por ellas pero también de sí misma, “la mujer sorda se da cuenta de que hay un grupo que le es propio”.

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