¿Tecnología de vanguardia o agronegocio? Por qué debiera preocuparnos el trigo transgénico | RED/ACCIÓN

¿Tecnología de vanguardia o agronegocio? Por qué debiera preocuparnos el trigo transgénico

A principios de mes, Argentina se convirtió en el primer país del mundo en aprobar este cultivo. Desde el CONICET, donde fue desarrollado, enfatizan que mejorará la producción por ser resistente a la sequía. Pero al evaluar antecedentes, como el caso de la soja, aparece la amenaza del impacto ambiental, los problemas para la salud y el desplazamiento de poblaciones periurbanas.

Intervención: Pablo Domrose

A comienzos de octubre una noticia despertó todo tipo de reacciones: Argentina es el primer país del mundo en aprobar trigo transgénico. Defensa de la tecnología, preocupación entre productores, posibilidades de comercialización o limitación, críticas al modelo del agronegocio fueron algunas de las respuestas ante el anuncio. 

Por sobre todo, la información reavivó el debate sobre qué modelo de producción alimenticia queremos para el país y para el mundo, y cuál necesitamos para garantizar el cuidado del ambiente, las economías locales y la salud humana. 

Todo transgénico es un organismo genéticamente modificado (OGM), pero no todo OGM es transgénico. Según la Organización Mundial de la Salud, un OGM es un organismo (planta, animal o microorganismo) en el que el material genético (ADN) ha sido alterado de una manera que no ocurre naturalmente por apareamiento y/o recombinación natural. 

El término transgénico aplica a aquellos organismos que fueron modificados genéticamente a través de la introducción de uno o varios genes de otras especies, que no pertecen a su genoma original. Es decir, un OGM es transgénico o no en función de si, a través de la modificación genética, recibió o no ADN de otro organismo. El recientemente anunciado trigo transgénico lo ejemplifica. 

“Aislamos de a uno algunos genes del girasol y los pasamos a una planta experimental que no los tenía. Eso es una transformación genética. Tras los estudios, los pasamos a cultivos de interés agronómico, soja y trigo, para iniciar los ensayos”, explica Raquel Chan, investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y responsable del descubrimiento.

“No considero que sea mala la transgénesis para generar insulina, pero sí aplicada al campo”, opina Soledad Barruti, periodista y escritora especializada en industria alimentaria, y argumenta: “La transgénesis en el campo termina apropiando o aislando de la cultura humana la producción de alimentos para circunscribirla únicamente a las leyes y praxis de las corporaciones”.

¿El problema es la tecnología o la finalidad de su uso? ¿Qué nos dice el pasado de transgénicos en Argentina y en el mundo? ¿Cuáles son sus efectos nocivos? ¿En qué consiste este nuevo anuncio? ¿Cuál es el camino de cambios y soluciones a seguir para alimentar al mundo? Un análisis con distintas voces.  

Un poco de historia y contexto

Las primeras plantas genéticamente modificadas para producción y consumo humano fueron introducidas a mediados de los ´90, conforme recuerda National Geographic. El objetivo según la OMS: “Se han desarrollado para mejorar el rendimiento mediante la introducción de resistencia a enfermedades de las plantas o una mayor tolerancia a herbicidas”.

El primer año de plantación comercial de cultivos modificados genéticamente fue 1996. Desde entonces, 70 países adoptaron este tipo de cultivos (26 plantaron y 44 importaron). En 2018, eran 191,7 millones las hectáreas con cultivos biotecnológicos, distribuidas en los 26 países señalados; lo que evidencia un incremento de 1,9 millones de hectáreas respecto del récord de 2017. Los principales cultivos: soja (50%), maíz y algodón.

Las cifras se desprenden del último reporte Estatus Global de Cultivos Modificados Genéticamente de 2018 del Servicio Internacional de Adquisición de Aplicaciones Agrobiotecnológicas (ISAAA, por sus siglas en inglés). Los cinco países con la mayor superficie de cultivos modificados genéticamente ocuparon en conjunto el 91% del área mundial de este tipo. Argentina es el tercer país con mayor superficie.

El desarrollo de cultivos genéticamente modificados vino acompañado en paralelo (por causa o efecto) de productos químicos agrícolas a los cuales esos cultivos sean tolerantes: los agroquímicos o, para los más críticos, agrotóxicos.

“El auge de la utilización de agroquímicos en nuestro país comenzó en 1996, durante la segunda presidencia de Carlos Menem, cuando se autorizó la soja transgénica de Monsanto resistente al glifosato. Desde esa fecha hasta la actualidad se aprobaron en la Argentina más de sesenta eventos transgénicos (soja, maíz, papa, algodón, cártamo y alfalfa). Las empresas beneficiadas son Syngenta, Bayer, Monsanto, Bioceres/Indear, Dow Agroscience, Tecnoplant, Pioneer y Nidera, entre otras”, relatan el abogado ambientalista Enrique Viale y la filósofa e investigadora Maristella Svampa en su más reciente libro, El colapso ecológico ya llegó

¿Si es Monsanto, es bueno?

Fue en el verano de 1996 que, en tiempo récord, se autorizó la producción y comercialización de la soja transgénica en Argentina, con uso de glifosato. El principal representante político detrás de la medida fue el entonces secretario de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación, Felipe Solá, hoy a cargo de la Cancillería, desde donde se promueve un acuerdo con China para aumentar la producción local de carne porcina y exportarla al país asiático.

El glifosato es un herbicida de amplio espectro desarrollado para eliminar hierbas y arbustos. Es el principal activo del herbicida Roundup, comercializado por la empresa multinacional estadounidense Monsanto, que patentó la soja transgénica resistente a glifosato, es decir, que permite la aplicación del herbicida sin afectar al cultivo. 

En 2010 el investigador argentino Andrés Carrasco publicó una investigación en la revista Chemical Research in Toxicology que evidenciaba que concentraciones ínfimas de glifosato eran capaces de producir efectos negativos en la morfología del embrión en anfibios. Lo que despertó la preocupación acerca de los casos de malformaciones en humanos observados en poblaciones expuestas al químico en zonas agrícolas.  

En 2018, el jurado del Tribunal Superior de San Francisco, Estados Unidos declaró culpable a Monsanto en una demanda presentada por Dewayne Johnson, un jardinero de escuelas que aplicaba Roundup y Ranger Pro y contrajo cáncer terminal. El jurado accedió a documentos internos de la empresa que demostraban que Monsanto sabía que el glifosato podría causar cáncer.

Carrasco fue investigado, recibió amenazas y presiones, y fue víctima de campañas de desprestigio. Ya en 2008 la periodista francesa Marie-Monique Robin había expuesto, a través del documental El Mundo según Monsanto, la historia de la empresa y su forma de operar para comercializar sus productos.

En su última visita a la Argentina (2016) y en vísperas de la compra de Monsanto en manos de la farmacéutica alemana Bayer (la del popular eslogan Si es Bayer, es bueno), aseguró: “Vamos a tener una multinacional como Monsanto que contamina el ambiente con el glifosato, que es el producto más tóxico de la historia industrial, en verdad un veneno tremendo; y una empresa como Bayer que va a poder vender los medicamentos para curar a la gente contaminada y envenenada por los productos de Monsanto”.

Hoy el glifosato, comercializado por distintos fabricantes, es el herbicida más utilizado alrededor del mundo. En la Unión Europea su uso está autorizado como sustancia activa en productos fitosanitarios hasta el 15 de diciembre de 2022. Ese uso debe pasar una evaluación de seguridad y autorización nacional. Siguiendo los pasos de Austria, Alemania ya anunció que prohibirá su uso desde fines de 2023. El interrogante comercial que esto despierta es: ¿pondrán  estos países  trabas a las importaciones de alimentos con este herbicida producidos en otros territorios o seguirán fomentando su demanda extranjera para alimentar a sus propios animales?

En la lupa

La investigadora Raquel Chan considera que las críticas que hoy recibe el trigo transgénico que desarrolló, por parte de los distintos grupos ambientalistas en contra de los OGM, responden a que el OGM por excelencia es la soja resistente al glifosato. 

Con ella coincide el ingeniero agrónomo a cargo del Programa Nacional de Biotecnología del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) Sergio Feingold: “El problema en Argentina es que se asocia la tecnología per sé con el desarrollo de soja resistente al glifosato, que tuvo sus beneficios económicos, pero también contraindicaciones y derivaciones [por ejemplo, malezas resistentes y conflicto social en zonas periurbanas]. La transgénesis va más allá de eso. No hay alimento en el mundo que haya sido más estudiado que los transgénicos".

Para la periodista Soledad Barruti la cuestión va más allá de un OGM e incluye todo el modelo agroindustrial que se consolidó en las últimas décadas: “Estamos hablando de grandes cultivos intensivos que van creando en el ambiente una intoxicación constante y de una expansión de monocultivos que hace que la producción sea agresiva con lo que hay alrededor. Entonces es muy fácilmente destructora de la naturaleza circundante”. 

Un estudio publicado en 2016 en Science Direct recopila el conocimiento científico sobre los beneficios y posibles problemas de los alimentos modificados genéticamente. Sobre estos últimos enumera: tres principales potenciales riesgos para la salud humana (toxicidad, alergias y peligros genéticos); resistencia de los insectos y malas hierbas a las presiones provocadas por el ser humano en sus hábitats desarrollando formas de anular el diseño de cultivos transgénicos; interrupción de la red alimentaria al aumentar el número de plagas menores mientras se busca reducir una plaga principal; resistencia a los antibióticos.

El impacto no sólo es en el ambiente y la salud, sino también en las pequeñas economías agrícolas. “Se pasó de agricultura a agronegocio, dejando a las corporaciones como primer protagonista de la producción alimentaria. Según este modelo hegemónico, los pequeños productores tienen dos caminos: mudarse a las periferias urbanas y dedicarse a otros empleos, o ponerse como empleados de estos campos por muy poca plata”, explica Barruti.

Tras recorrer el país para investigar cómo nos alimentamos los argentinos y compartirlo en el libro Malcomidos (de 2013), la periodista considera que el hallazgo más importante lo vienen haciendo los pueblos con su salud, que expresan lo que la ciencia que trabaja para estas corporaciones niega. Y reivindica a quienes han construido ciencia desde los pueblos mostrando los daños de los productos químicos en la salud. 

La filósofa y escritora india Vandana Shiva se ha enfrentado desde hace más de 30 años a las grandes corporaciones para defender la propiedad responsable de las semillas y evitar la pérdida de biodiversidad de las semillas. En su última visita a la Argentina explicó: “Hace 30 años comencé a defender las semillas diciendo que no tenían que ser genéticamente modificadas en pos de cuidar de ellas. Hoy, ya tenemos granjeros que cuidan responsablemente de sus propias semillas, granjeros que practican la agricultura ecológica. Los estudios hoy nos demuestran que cuando uno promueve la biodiversidad en vez del monocultivo, la ecología en vez de los químicos, los alimentos se vuelven nutritivos. La ingeniería genética no es la solución, los químicos no son la solución”. 

HB4: el trigo transgénico aprobado en Argentina

Lo anunciado hace semanas sobre el trigo transgénico fue una decisión política de un proyecto que se viene desarrollando hace tiempo y es una aprobación condicional que espera la aceptación de Brasil para comercializarse. Así lo detalla Chan, la investigadora del CONICET responsable del desarrollo de esta tecnología.

¿De qué se trata? “Nos preguntábamos por qué algunas especies vegetales toleran mejor la falta de agua que otras especies. Tomamos una especie muy adaptable como el girasol y aislamos de a uno algunos genes”, explica. Y aclara: “Una planta tiene entre 25.000 y 50.000 genes. A través de ingeniería genética, eligieron un gen y lo pasaron a una planta experimental que no lo tiene. Esa planta toleraba mucho mejor el déficit hídrico que la planta que no había recibido el gen.

“Nos dimos cuenta de que esto podía servir como una tecnología: podíamos generar plantas más tolerantes al estrés hídrico”, reconoce Chan. En un convenio entre CONICET y la empresa de biotecnología Bioceres, el siguiente paso fue transformar plantas de interés agronómico (soja y trigo) con el gen y hacer 37 ensayos a campo correspondientes. “Demostramos que hay mucha ventaja cuando realmente hay mucho estrés hídrico combinado con calor y con condiciones de suelo determinadas”, cuenta. 

La soja transgénica con este gen tiene una aprobación pendiente de China. El trigo espera por Brasil, principal país importador de trigo de Argentina.

La cosecha de trigo en general durante 2018/19 en Argentina alcanzó un récord productivo de 19 millones de toneladas, un 7% por encima del ciclo anterior, según datos de la Bolsa de Cereales de Buenos Aires. La sequía que atraviesan algunas provincias ya evidencia una afectación en los números de este año: se estima que la producción será de 16,8 millones de toneladas.

Las críticas al trigo transgénico no tardaron en llegar, incluso desde territorio brasileño. La Asociación Brasileña de las Industrias de Galletas, las Pastas Alimenticias y los Panes y Tortas Industrializadas (Abimapi) y la Asociación Brasileña de la Industria del Trigo (Abitrigo) expresaron su rechazo. Una de sus preocupaciones: que los consumidores rechacen productos elaborados con cultivos transgénicos que, en ese país, deben tener el rótulo correspondiente.

En Argentina, la Unión de Trabajadores de la Tierra (UTT) expresó su repudio a la aprobación de un nuevo trigo transgénico. La organización, que reúne a familias campesinas y productoras de alimentos agroecológicos de 15 provincias, presentó, por tercera vez, el proyecto de ley de Acceso a la Tierra para impulsar un desarrollo rural ambiental, social y económicamente sustentable.

Más de 500 científicos y científicas presentaron una carta abierta al gobierno pidiendo que “dé marcha atrás con esta medida, de corte unilateral que sólo puede explicarse por el avance de intereses corporativos por sobre el interés común, la salud pública, la defensa de la vida y de la casa común”.

Chan reconoce ambas críticas: de quienes tienen temores comerciales y de quienes están en contra de los OGM. “Entiendo que si este trigo se vendiera, hay otro trigo que no se va a vender”, explica. Y agrega: “En el caso de este trigo, tiene resistencia al herbicida glufosinato, que tiene el mismo nivel de toxicidad que el glifosato, que no es muy alto. El balance siempre está en cómo se usan las cosas. La realidad es que hoy los herbicidas se están usando. Hasta ahora no se conoce algo mejor que los químicos”.

A Barruti no sólo le preocupa el herbicida mencionado, sino también la estacionalidad: “Hasta ahora Argentina viene trabajando cultivos que se intoxican y se fumigan en primavera y verano y, en algunos casos para cuestiones específicas, en invierno. Pero con el trigo se va a completar ese ciclo y va a hacer que el campo tenga fumigaciones todo el año. Lo que ya vemos en el campo que es horrorífico se va a exactamente duplicar”. 

Agroecología | Foto Gentileza: UTT

¿Cómo alimentar al mundo?

“La población mundial está creciendo y crece mucho más rápido que la producción de alimentos. La producción de los cuatro cultivos más importantes del mundo —trigo, maíz, arroz y soja— va a una pendiente mucho más baja que el crecimiento de la población mundial. Vamos a tener un problema en alimentos y energía en pocos años”, describe Chan.

“Es mentira que porque somos más personas, necesitamos más agronegocio. El agronegocio crea hambre, pobreza, marginalidad, violencia e insalubridad para todos. La única forma es revertir esta ecuación y promover agroecología. En todos los países donde se prueba, funciona, en todos los lugares donde se garantice el acceso a la tierra, a los sistemas de comercialización, el acceso a la vivienda digna de los trabajadores, funciona”, reflexiona Barruti. 

Para Feingold, del INTA, “la transgénesis y la biotecnología van de la mano con la agroecología hacia el modelo sin agroquímicos”. El tiempo dirá.

¿Hay coincidencia entonces en que el futuro tiene que ser con menos químicos? La investigadora Chan reconoce que es necesario mejorar las prácticas y distancias de aplicación de herbicidas, usar la cantidad necesaria y buscar alternativas al uso de químicos. “El productor no va a producir sin herbicidas, a menos que se le dé una herramienta diferente o que se legisle de otra forma”.

A esos dos caminos antes mencionados para los pequeños productores ante el modelo hegemónico, Barruti agrega un tercero: “Un sistema productivo independiente, autónomo, empoderante, que crea alimentos sanos para todos. No es el campo cuando se habla de campo todavía en Argentina. Es el campo de la resistencia”.

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