Tipos de alucinaciones, un tema tabú | RED/ACCIÓN

Alucinaciones: una experiencia que vivimos entre el tabú, la vergüenza y el estigma, pero que es tan humana como los sueños

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Aunque se las asocian con trastornos mentales, se estima que 3 de cada 10 personas sanas tendrán alguna alucinación a lo largo de la vida. En algunos casos, el estrés es el detonante. Y pueden ocurrir en plena noche, pero luego de despertar. A partir de un relato en primera persona y de otras experiencias, esta nota explora cómo es ver, escuchar y sentir aquello que solo está en nuestro cerebro.

Alucinaciones: una experiencia que vivimos entre el tabú, la vergüenza y el estigma, pero que es tan humana como los sueños

Ilustración: Julieta de la Cal.

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Necesitaré de la primera persona del singular, del yo, para contar esta historia: una noche, cuando tenía 15 años, estrenando habitación propia en un nuevo departamento, me desperté en algún momento de la madrugada para encontrarme con el techo plagado de formas como gusanos gigantes, que se movían unos sobre otros, en una danza que tenía más de macabra que de onírica.

Recuerdo el pánico, el manotear la tecla del velador, la luz cancelando la visión, la pregunta de qué era eso que me había pasado. 

Esa noche, muy sola y muy asustada, inauguré la etapa de alucinaciones nocturnas de mi vida, que continúa hasta el día de hoy. Esto que me sucede lo saben, hasta este artículo, muy pocas personas. Porque de todos los tabúes con los que convivo, temas de los que una no puede hablar o que los otros no quieren escuchar, como la discapacidad y el cáncer, el de las alucinaciones es mi tabú más extraño. Es lo que no conté a nadie durante muchos años, ni a mis padres, porque hacerlo equivalía a aceptar una realidad sospechada de locura. Y yo sabía (creía) que no estaba loca. También sabía, sin ninguna duda, que por las noches veía cosas que no estaban ahí.

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En sus Principios de psicología de 1890, William James define las alucinaciones de esta manera: "Una alucinación es una forma de consciencia estrictamente sensitiva, tan buena y cierta como si fuera un objeto real que tuviéramos adelante. Solo que el objeto no está ahí, eso es todo".

Fui una niña con una apasionante vida nocturna. Hablaba estando dormida y, durante años, me dediqué al sonambulismo con enorme talento. A veces me dormía en mi cama y me despertaba en cualquier otro lugar de la casa (incluso en casas ajenas, cuando me quedaba a dormir en lo de una amiga), acostada o parada, sin que nadie supiera cómo había llegado allí. Y una vez, justo antes de un cambio de colegio, me vestí, me puse el guardapolvo y llegué hasta a abrir la puerta del departamento. Mis padres, por suerte, todavía no dormían y me regresaron a la seguridad de la cama. 

Las historias de mis paseos nocturnos son parte del folklore familiar, y nunca me dieron más problemas que cierta vergüenza cuando despertaba en situaciones absurdas.

El sonambulismo es un tipo de parasomnia, alteraciones del sueño generalmente benignas, como lo son también los terrores nocturnos y el despertar confusional. Según la página web del espacio de salud Cinfa: "El sonambulismo suele tener lugar durante el primer tercio de la noche, coincidiendo con el episodio más largo de la fase del sueño no REM (por rapid eye movements), en la hora o dos horas posteriores tras habernos quedado dormidos. Según la National Sleep Foundation [de Estados Unidos], entre el 1% y el 15% de la población sufre sonambulismo, y resulta muy frecuente en los niños, ya que la prevalencia desde los 4 a los 8 años suele ser del 10% al 20%, (...) en la adolescencia tiende a remitir, de manera que pocas personas continúan siendo sonámbulas cuando llegan a adultos".

Puedo confirmar esa información: dejé de ser sonámbula cuando crecí. 

Pero entonces comenzaron las alucinaciones.

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Voy a contar el final de la historia: no tengo ningún trastorno neurológico ni psiquiátrico que justifique las alucinaciones. Solo están ahí.

Luego de una batería de estudios, la médica neuróloga que me atendió en una oportunidad me dijo: tu cerebro nunca se apaga. 

Es eso. Cuando abro los ojos entre sueños y algo de la consciencia se activa y veo sombras, mi mente busca una interpretación, entender esa combinación de luz y oscuridad y asociarla a alguna imagen del archivo mental: un hombre parado en el marco de la puerta, formas que se mueven como se movían los gusanos de mi adolescencia, figuras a las que no puedo ponerles nombre. 

A Joanna Jiménez Pavón, médica psiquiatra con una maestría en Ciencias Médicas de la Universidad Nacional Autónoma de México, le pregunto cómo explicar al lector que se pueden tener alucinaciones y que todo en la cabeza funcione correctamente. 

Ella responde: "Con información clara y precisa. Las alucinaciones son experiencias originadas en nuestro cerebro similares a las que tendríamos percibiendo con nuestros cinco sentidos, pero que ocurren en ausencia de un estímulo real. Son tan comunes que se estima que 3 de cada 10 personas sanas tendrán alguna alucinación a lo largo de la vida".

"No las controlamos a voluntad y se sienten totalmente como si fueran percepciones reales", continúa Pavón. "Pueden ser auditivas, táctiles, visuales, olfativas o incluso gustativas. Las alucinaciones  son un fenómeno originado en el cerebro que suele presentarse de manera común en personas sanas alguna vez en la vida, sobre todo cuando nuestro cerebro está creciendo en la niñez y adolescencia, también suelen pasarnos cuando estamos desvelados, cansados, cuando consumimos alguna sustancia que afecta el cerebro como las drogas o cuando estamos sometidos a mucho estrés". 

Yo reconozco el estrés como disparador de mis alucinaciones nocturnas, porque vienen por oleadas, noche tras noche cuando algo en mi vida cotidiana vibra fuera de sintonía. Y luego pueden desaparecer por meses, las noches vuelven a ser una cosa conocida, cómoda, donde nada sale de los placares, nada antropomórfico cuelga del tótem que es la caminadora que usamos como perchero.

Sin embargo, la idea de la locura sigue estando allí, al acecho. La doctora Pavón explica: "Las alucinaciones más popularmente conocidas son las que se pueden observar como un síntoma del funcionamiento cerebral en enfermedades médicas y mentales, como las que podemos sufrir en epilepsia, fiebres altas o enfermedades como la esquizofrenia, trastorno bipolar o incluso en la depresión, donde se acompañan de otros síntomas del funcionamiento cerebral".

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 Se hace difícil hablar de las alucinaciones y no hablar de salud mental. Quizás por eso pocas personas se animan a contar que las han tenido, y la mayoría de quienes lo hacen piden preservar su nombre. 

¿Por qué este tabú? 

"En los países de Latinoamérica", explica la médica psiquiatra, "diría que la principal razón es porque no muchas personas lo reconocen como experiencias sensoriales anómalas, nuestra cultura valida muchas de estas (sobre todo las alucinaciones hipnagógicas e hipnapómpicas) como experiencias místicas o místicoreligiosas ‘normales’ no asociados a la mente y su funcionamiento sino a fenómenos externos sobrenaturales, como fantasmas, apariciones, ángeles, demonios, brujas, dopplengangers, etc. También sucede que contar que tenemos alucinaciones de manera frecuente es una manera fácil de permitir que los demás hagan juicios de valor sobre si tenemos o no un diagnóstico psiquiátrico, que por el estigma se ve como un ´invalidante´ del juicio de una persona. El estigma propio o autoestigma son esas creencias que nosotros mismos tenemos arraigadas sobre el estigma social y por el cual podemos optar por guardar silencio en torno a nuestras experiencias". 

Sandra (sin apellido), una usuaria de Twitter, es de las pocas que cuenta una experiencia: "Una vez, viajando en moto con mi marido, en la ruta, sol pleno, estoy sentada atrás y hacia mi derecha veo un avión tan bajo, pero tan bajo, que veía las ventanillas y algunas siluetas. Pensé que iba a aterrizar cerca, pero luego me di cuenta de que por ahí no había aeropuertos y bajé la vista para mirar la ruta. Cuando la levanté, no había nada, cielo nítido y sin nubes".

En un impresionante libro titulado, sin vueltas, Alucinaciones, el neurólogo Oliver Sacks (1933-2015) le pone nombre a esta última visión. Privación sensorial, le dice, el "cine de los presos", por la situación de oscuridad y soledad que desencadena este tipo de alucinaciones. Pero también, dice Sacks "la monotonía visual puede producir el mismo efecto", y aquí nombra a los marineros que pasan meses viendo un mar en calma, a los viajeros que cruzan desiertos, a los exploradores polares rodeados de un blanco interminable, a los pilotos que vuelan largas horas a gran altitud. Y por qué no, a las acompañantes de motociclistas en rutas grises y sin paisajes.

Yo duermo sin audífono y, por lo tanto, no escucho por las noches. ¿Serán mis alucinaciones, también, producto de la privación sensorial? A oscuras y en silencio, y sola en las tierras de Morfeo, qué otra cosa puede hacer mi cabeza, sino imaginar.  

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Las alucinaciones son tan antiguas como la mente humana, tan antiguas como el miedo. Asustan porque algo "podría" estar funcionando mal en la cabeza para que aparezcan imágenes, sonidos, olores que no podemos controlar, que llegan de manera involuntaria y forman, según Sacks, "una categoría única y especial de la consciencia y la vida mental". 

Ya en el siglo XIX, y con el auge de la neurología, se comenzaron a estudiar las "alucinaciones de los cuerdos". Supongo que soy parte de ese club.

Una persona muy chiquita. Eso fue lo que vio Analí (nombre, sin apellido) durante una internación, recién operada. "En uno de los lados de la cama, donde estaba la columna para sostener sueros, vi cajas apiladas y como una escalerita y ahí estaba parada una persona muy chiquita, como una miniatura, totalmente proporcionada. Tenía un vestido blanco largo y un delantal medio antiguo y me llamaron la atención dos cosas: los brazos muy largos y finitos y la cofia, que era de esas con aleros a los costados y con visera por lo que no le veía la cara. Lo primero que pensé fue que era una monja. Pero me preocupé porque se la pasaba tocando las sondas. Luego vi un mulato de labios muy gruesos, sombrero de carnaval,  muy panzón y con un pantalón multicolor. A la nochecita la miniatura se sentó en una caja, agachó la cabeza, puso los brazos a los costados del cuerpo y se durmió. Nunca le vi la cara. Al ratito me dormí yo. Al día siguiente no había ni señora en miniatura, y me di cuenta de que donde había visto al mulato había un mueble de cajones chiquitos".

Las crisis de la vida son buen campo de cultivo para las alucinaciones. Enfermedades, accidentes, momentos de gran dolor pero también del exceso de alegría. A veces el alcohol o las drogas son la puerta más directa a esta imaginería.

Ulises Matta (seudónimo) comparte una alucinación que reconoce producto de una reunión en la que se combinaron drogas, alcohol y el dolor por la pérdida de una amiga. "En un momento salí a un patiecito donde no había nadie y me senté a mirar a ninguna parte. Y en algún momento vi aparecer un dragón, un pequeño dragón como de caricatura con unas alitas ridículas, flotando frente a mis ojos. El dragoncito ridículo me saludó y me habló: ‘Dice tu amiga que no hagas ninguna bobada’". Y luego de la visita llegó, para Ulises, la sorpresa, la tristeza y el sosiego.

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A lo largo de tantos años he podido estudiarlas, identificar las situaciones en las que aparecen, al punto que al abrir los ojos, algunas noches, ya sé que me encontraré con alguna visión. 

Esto es lo que sé hasta ahora: aparecen cuando ya pasé por sueño profundo (ciclo REM); cuando "veo" eso que no está allí, estoy con los ojos abiertos; puedo moverme, no sufro, como en otro tipo de alucinaciones, de inmovilidad, lo cual me permite llegar rápido a la tecla del velador para arrasar con los fantasmas

Sé también que en el momento de la alucinación creo que todo está iluminado y puedo ver claramente a mi alrededor. Luego, cuando enciendo la luz y vuelvo a apagarla, me doy cuenta de que el cuarto estaba a oscuras, apenas algún destello que se asoma por entre las rendijas de la persiana, o el led de algún aparato que tiñe todo de un tono azul. 

Luego de años de sustos, aprendí a convivir con mis alucinaciones y soy consciente, cuando suceden, de estar viendo algo que es producto de mi mente, que no está allí. A veces, incluso, me quedo observándolas, maravillada, tratando de descubrir formas, colores, dónde comienzan y dónde terminan, cuánto duran. Las alucinaciones son siempre tridimensionales, lejanas, como una película que se proyecta en una esquina del techo, en el placard, en la puerta del cuarto. Apenas un par de veces algo se inclinó sobre mí, esas fueron las malas. 

Mi esposo sabe (y yo se lo recuerdo cada vez), que si deja abierta la puerta del placard durante la noche, cualquier manga o abrigo que asome va a tomar la forma de otra cosa cuando yo esté entre sueños. Y esa broma compartida, cada vez, nos hace reír.

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Existen muchos tipos de alucinaciones, la de la privación sensorial es una. El síndrome de Charles Bonnet es una reacción del cerebro a la pérdida de la visión y estas alucinaciones visuales son comunes en personas ciegas o con daño en la vista. Se puede tener alucinaciones por migrañas, también. Se pueden alucinar olores, voces, música. Y están las alucinaciones hipnagógicas, término acuñado por Alfred Maury en 1848, que aparecen justo antes del sueño.

A propósito, en su libro, Oliver Sacks describe las investigaciones del científico Francis Galton de 1883. Galton, que comenzó estudiando sus propias alucinaciones y luego recopiló experiencias de otras personas, consideraba que aunque pocos podían recordar estas visiones, la mayoría, si no todas, las experimentaban alguna vez en sus vidas. Y que se trataba de un fenómeno normal que precisaba de algunas condiciones especiales: oscuridad, cerrar los ojos, un estado pasivo de la mente y la inminencia del sueño. 

Nabokov tenía alucinaciones hipnagógicas, auditivas, y lo relató en Habla, memoria:

"Siempre he tenido leves alucinaciones (...) Justo antes de quedarme dormido, a menudo tomo consciencia de una especie de conversación unilateral que se está desarrollando en una sección adyacente de mi cerebro, con absoluta independencia del fluir de mis pensamientos".

El propio Sacks, por su parte, comenta una alucinación hipnopómpica que tuvo una noche: 

"Cuando desperté vi mi propia cara, o, mejor dicho, mi cara de cuando tenía cuarenta años, con la barba negra y sonriendo de una manera bastante tímida. La cara estaba a dos palmos, era de tamaño natural, de un color pastel tenue y muy poco saturado, flotando en el aire; parecía mirarme con curiosidad y afecto, y al cabo de unos cinco segundos desapareció".

"Las alucinaciones hipnopómpicas", explica Sacks, "son las que surgen al despertar, se ven con los ojos abiertos, con una intensa iluminación; a menudo se proyectan al espacio externo y parecen totalmente sólidas y reales. A veces divierten o producen placer, pero a menudo causan angustia o incluso terror. (...) Las alucinaciones (al contrario de los sueños) nos sorprenden y suelen recordarse con gran detalle".

La obra de Oliver Sack resultó la mejor compañía y la mejor respuesta a todas las dudas y temores que tuve sobre mis alucinaciones. De cierto modo, ahora me siento una privilegiada: soy capaz de proyectar fuera de mí toda esa imaginación, creatividad, todos los sueños y temores que llevo encima. Lo único que preciso para hacerlo es dormir, desconectarme, y permitir que alguna zona remota de mi cerebro tome el mando. 

Y me pregunto, como se pregunta Sacks, si las alucinaciones no están en el origen de toda nuestra imaginería: desde las hadas y los duendes hasta los demonios y los espíritus; desde las experiencias extracorpóreas hasta las apariciones milagrosas; desde las líneas de Nazca hasta los posibles objetos voladores no identificados. Tal vez todo aquello surgió de la mente humana, de las alucinaciones que los hombres de la antigüedad no podían explicar pero que de algún modo necesitaban poner en palabras. Como dijo Calderón de la Barca: “¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción”. ¿Habrá tenido alucinaciones, don de la Barca?


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