Todo lo que no sabía sobre estar embarazada y terminó en una lista con 100 preguntas para mi obstetra | RED/ACCIÓN

Todo lo que no sabía sobre estar embarazada y terminó en una lista con 100 preguntas para mi obstetra

Dudas, miedos, inquietudes. Qué es lo que creemos que sabemos cuando decidimos buscar un hijo o hija por primera vez y qué es lo que en realidad sabemos. Esto es lo que aprendí en 5 meses de gestación.

Ilustración: Pablo Domrose

“Cerramos los ojos, respiramos hondo y dejamos que Prana, energía vital y cósmica, entre y nutra cada célula de nuestro cuerpo y del de nuestro bebé” —indica la profesora de yoga para embarazadas para dar inicio a la relajación guiada al final de la clase. 

Cierro los ojos, intento conectar con sus palabras y dejarme llevar. Nada. Los abro. Miro a mi alrededor. Todas mis compañeras parecen sumirse, de a poco, en una suerte de burbuja mental que las eleva y aleja de este plano de la realidad. Lo intento de nuevo. Es inútil.

“Qué ¿occidental?, ¿terrenal?, ¿escéptica? me volví con los años”. Es el único pensamiento que puedo conjurar. A los 18, a los 20, a los 25 incluso, las energías, las vibras positivas y la astrología eran cosas en las que me gustaba indagar al menos un poco. A los 30, mi relación con estas cuestiones se limitó a que mi amiga Lau me pase las predicciones de Ludovica para mi signo del zodíaco chino cuando se compra el libro, cada enero. 

Tengo 32 años y un embarazo de 20 semanas, es decir, casi 5 meses. Cuando supe que esperaba un hijo quise volver a buscar este vínculo espiritual algo perdido para relacionarme de otra forma conmigo misma y con mi bebé. Me cuesta, después de una rutina en la que trabajo de cerca con la realidad y los problemas concretos de las personas dejar de pensar en lo tangible y “elevar mi espíritu”, “dejar que Prana me nutra”. Aunque creo que con las semanas voy ajustando la señal para mejorar la conexión. 

Y ahora, en los momentos de relax, al final de cada clase, logro de a poco imaginarme a mi hijo, su llegada, y dejarme llevar, aunque enseguida, en ese intento de quedar en blanco, mi mente sufre un ataque feroz de ítems de mi lista de “Cosas por hacer antes de que nazca Dante” que aparecen como flechas desesperadas del ejército de Jon Snow hacia los Caminantes blancos. Como los mil libros sobre maternidad y crianza que se siguen acumulando sobre mi mesa de luz de una pila que ya parece el Everest y no sé cuándo voy a leer; preparar su cuarto; comprar las 180 mil cosas “indispensables” para los primeros días de vida; aprender algo sobre lactancia, algo sobre porteo (cómo cargarlo de manera ergonómica), algo sobre algo. Y así al infinito. 

Y el relax se complica. 

Como mujer y periodista abocada a cuestiones de género pensé que sabía algo del proceso en el que tu cuerpo deja de pertenecerte por completo para transformarse en cocina-nido- tupper-casa rodante-contenedor de un nuevo ser humano. Pensé que sabía algo de la capacidad de crear, de dar vida. La única certeza que encontré cuando con mi pareja decidimos comenzar a buscar un embarazo es, al mejor estilo socrático, que no sabía prácticamente nada.

¿Todavía alguien duda de la falta que nos hace a grandes, adolescentes, chicos y chicas la educación sexual? Conocer nuestros cuerpos, qué factores tienen que darse para poder concebir y qué es lo que pasa una vez que sucede, cómo transcurre la gestación, cuáles son los cambios, los diferentes procesos internos. Cuestiones que conforman un universo años luz más amplio que el acto físico de procrear. Hasta este momento podía comprender La Crítica de la razón pura de Kant, pero no tenía ni la menor idea de qué sucede en el cuerpo después de que un óvulo es fecundado.

Si bien por dedicarme a temas de género venía haciendo notas, leyendo e investigando sobre parto respetado, las leyes que existen, cuándo se cumplen y cuándo no, violencia obstétrica, y eso me facilitó las primeras decisiones cuando el test dio positivo (saber a quién llamar, elegir obstetra a conciencia según el tipo de parto que deseo y mi línea de pensamiento, qué libros comprar), había cosas mucho más básicas que desconocía. Como por ejemplo que no es tan fácil como pensamos embarazarnos.

Ya cerca de los 30, cuando algunas de mis amigas empezaban a aventurarse en la búsqueda de los primeros hijos aparecía, categórico e incendiario como un rayo, eso “de lo que no me pienso preocupar hasta que decida empezar a buscar”: ¿Y si no quedo?, ¿y si no puedo? 

Esta última pregunta persiste como un fantasma implacable y, presiento, continuará acechando en cada una de las etapas que siguen: ¿Y si no puedo parir?, ¿y si no puedo dar la teta?, ¿y si no puedo ser la madre que mi hijo necesita? Y una aún más oscura y temida que ninguna madre devota confesaría jamás y de seguro escucharía —leería— con gesto de espanto y cara de juicio final (pero que debe ser común a la mayoría): ¿Y si no puedo con esto de la maternidad?, ¿si resulta que no me gusta?, ¿si no es para mí? 

Cómo saberlo. No es algo como un hobby que se pueda probar y dejar. Es para siempre. Con todo lo determinante de la frase. Pero elijo creer que sí porque el deseo existe. Porque nadie me lo está imponiendo. Porque es, afortunadamente, mi decisión. 

Cuando efectivamente empezamos a buscar entendí tres cosas: que no es tan sencillo quedar embarazada; que Hollywood y la industria cinematográfica nos mintió y nos miente descaradamente; y que tenía que aceptar lo que también marcará lo que sigue (y es lo más difícil del mundo para mí): ya no tengo el control sobre absolutamente nada. Por mucho que lo desee y que mi personalidad estructurada planifique, nada corre por mi cuenta ni según mi voluntad. El universo —ven, ahí sale algo de mis antiguas creencias supraterrenales— el azar o quién sabe qué, decide. 

Las mujeres somos fértiles solo 5 días al mes. Y no es ley que aunque tengas relaciones esos días el óvulo sea fecundado. Más bien es, aunque no comulgue con este tipo de términos, una especie de milagro. Hay que reconocerlo: si lo desnaturalizamos un segundo, tener la posibilidad de crear a un ser humano, que te crezca una persona adentro, es digno de una novela de Ray Bradbury.

La suerte nos hizo un guiño, los planetas se alinearon: al tercer mes de intentarlo el test casero me decía que me iba a convertir en madre. Los primeros dos intentos fallidos los viví como una tragedia griega. Es difícil explicar la angustia del deseo no concretado. Una angustia profunda, pesada y persistente. Un nudo pétreo que presiona en medio del pecho. Un duelo por algo que en realidad nunca tuviste. No parece tener sentido. Pero duele lo mismo —y si esto me sucedió con dos intentos no imagino lo que será para quienes llevan años buscando—. Hay cosas que no son racionales. Solo animalidad. Solo instinto. 

Por fortuna, tengo una gran red de contención. Mis amigas que ya habían sido madres o estaban por serlo en esos meses, y también habían pasado por eso recientemente, fueron —siguen siendo— mi mejor sostén. Las consejeras más sabias, comprensivas y sinceras. Y las que más se emocionaron cuando finalmente el test dijo que sí.

¡Estoy embarazada! ¿Y ahora qué hago? 

Lo primero fue pedir turno con mi ginecóloga quien me sugirió que buscara lo antes posible un o una obstetra. Le pregunté si conocía profesionales que hicieran partos respetados. Ella, que participa activamente en la lucha por la aprobación de la Ley por la Interrupción Legal del Embarazo (ILE), que expuso en el debate en el Congreso, que es feminista, me respondió que “el sistema de salud es complicado”. Me sugirió un par que creía “no tendrían problema” de respetar lo que yo deseaba. Para mí no era suficiente. Quería un o una obstetra que realmente entendiera la importancia de ese momento, de parir respetando mis elecciones. Había hecho notas sobre el tema, había conocido experiencias de violencia obstétrica, de abandono de madres al momento del parto, de cesáreas innecesarias, de intervenciones porque sí. Porque es más rápido, porque necesitan las salas, porque los médicos se tienen o se quieren ir. 

Entonces le escribí a una doula que había entrevistado y ella me recomendó a quien ahora es mi obstetra, una médica amorosa que intenta que las embarazadas que atiende traigan a sus hijos al mundo de la manera más natural y menos intervenida posible, siempre y cuando no corra riesgos ni la vida de la madre ni la del bebé. 

La Volátil. Mamma mía! de Agustina Guerrero

Apenas comencé a leer libros sobre parto y maternidad y mi cerebro comenzó a tratar de absorber la mayor cantidad de información posible empecé a llenarme de preguntas y mi mundo se pobló de nuevas palabras que antes no existían en mi registro semántico: neocórtex, episiotomía, oxitocina, prolactina. Términos que acababan conformando una lista de cientos de preguntas que anotaba —y sigo haciendo— en una aplicación de notas a la que soy adicta y uso compulsivamente en mi teléfono.

¿Recomendás que guardemos las células madres? ¿Dejás que el cordón umbilical deje de latir antes de cortarlo? ¿En qué casos hacés episiotomía (el corte que se les realiza a las mujeres en el periné casi de rutina con el argumento de que evita desgarros al momento de la expulsión del bebé, aunque está comprobado que no es así y debe intentar evitarse)?

¿Cuál es la mejor posición para parir? ¿Podré elegir la que desee? ¿Voy a poder moverme libremente durante el trabajo de parto? ¿Podré elegir qué personas quiero que me acompañen? ¿Voy a poder poner música, tener luces bajas, recrear una situación íntima sin que entre y salga personal médico todo el tiempo? ¿Me van a respetar la hora sagrada (los primeros momentos de vida extrauterina del bebé en los que necesita el contacto piel a piel con la mamá para sentirse protegido, facilitar el comienzo de la lactancia, el vínculo que se establecerá entre ellos y muchos otros beneficios)? 

Y más: ¿Cuándo es necesaria la oxitocina sintética (una droga que intenta imitar la oxitocina natural, que es la hormona que se libera para comenzar el trabajo de parto, y se utiliza para inducir el parto, acelerar la dilatación, y genera contracciones más frecuentes, intensas y dolorosas)? ¿Cómo es el alumbramiento de la placenta? ¿Cuándo debería tomar un curso sobre lactancia? ¿Puede acompañarme una doula en mi trabajo de parto? ¿Se puede lavar la ropa del bebé en lavarropas con jabón neutro o tengo que lavarla a mano? ¿Tengo que buscar pediatra desde ahora o eso se hace más adelante? 

Con una avalancha de dudas como estas llego cada mes a la consulta con la obstetra, y ella, pacientemente, responde una a una. Como se dedica a hacer partos respetados —lamentablemente son la minoría los obstetras que practican el parto respetando lo que indica la Ley 25.929 de Parto humanizado— en general salgo tranquila y satisfecha de los encuentros. Pero a veces y a algunas de mis inquietudes, responde que hay cosas que dependen de la institución médica en la que finalmente decidamos parir, y muchas de ellas aún no contemplan que la mujer debe ser protagonista de su propio parto y muchas veces tampoco acatan lo que establece la ley ni las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS) al respecto. 

Cuando todavía me quedan dudas, o me surgen nuevas y me faltan semanas para la nueva consulta con la obstetra, recurro a mi amiga Helen, que es médica, que está a punto de convertirse en pediatra, que es docente, que fue mamá hace 4 meses y que es la mejor. Ella, con todo su amor y su pasión por lo que hace me explica cada cosa que le pregunto. Incluso me hizo un dibujito cuando yo quería entender mejor cuál era la función de la placenta y dónde estaba ubicada dentro del útero.

La maternidad será deseada o no será

—Estar embarazada es el mejor estado del mundo. Es para lo que fue hecha la mujer —me dijo otra de mis amigas con la que compartimos dudas, inquietudes y también compartimos un ratito el estar embarazadas a la vez, porque hace un mes nació su primogénito. Ella, que se está especializando en alimentación ayurvédica, hizo constelaciones familiares y está involucrada con lo supraterrenal, es claramente, mucho más espiritual que yo.

Yo no creo que la mujer haya sido hecha para ser madre, aunque biológicamente tenga esa posibilidad. Y creo que el embarazo puede ser el mejor estado del mundo siempre y cuando sea deseado. 

Estoy enormemente feliz con mi panza saliente y redonda, me gusta que se note, que las personas me sonrían en la calle o que en los negocios me hagan comentarios lindos. Hay días en que siento como si el embarazo me envolviera en una especie de cápsula de cristal que me protege contra todo, una pieza digna de admiración pero a la vez muy frágil, que hay que tratar con delicadeza. Son esos días cuando parece que todo el mundo se bañó de un barniz de amabilidad y simpatía, que la vida sonríe y me siento flotar. Pero están los otros. Los días en lo que la revolución hormonal hace que no me tolere ni a mi misma; en los que con 45 grados de sensación térmica no encuentro absolutamente nada que ponerme para estar fresca porque la ropa no entra y me descompongo en cada medio de transporte. Días en los que no tolero el comentario de la señora de la parada de bondi que quizás en un día mejor me caía simpático o no me importaba: “¡¿5 meses recién?! ¡¿Y cuántos son?! ¡¿Segura que es uno solo?! ¡¿Y cuánto engordaste?!”. Señora, con todo respeto, a usted qué carajo le importa.

Estar embarazada es también que cualquier persona desconocida se adjudique el derecho de hablarte, darte un consejo que no pediste o hacerte un comentario sobre la panza que pediste menos. Aunque me hace muy feliz estar esperando mi primer hijo y llevo un embarazo sano y hermoso, me queda muy claro que si no es una decisión propia, debe ser una experiencia muy difícil. La maternidad debe ser deseada o no ser.

Ahora, mientras doblo las primeras remeras diminutas que le regalaron a Dante y pienso que en 20 semanas más por ese cuello como para muñeco voy a tener que pasar una cabeza real, unos bracitos reales, me pregunto si sabré cómo vestirlo, si sabré comprender su llanto, sus demandas, si podré responder a todo lo que necesite de la manera menos torpe posible, y me vuelvo a llenar de dudas. 

Cuando pensaba en esta nota y en lo que sigue, la maternidad, se me vino a la cabeza un capítulo de una vieja serie estadounidense de fines de los 80 que repitieron hasta el hartazgo en los 90: Alf, el extraterrestre del planeta Melmac que por un accidente en su nave espacial iba a parar a la casa de los Tanner, una familia que lo adoptaba. En un episodio que por algún motivo no borré de mi memoria, Willy, el padre de la familia, sacaba una lista de deseos pendientes entre los que estaba saltar en paracaídas, algo que anhelaba mucho pero no se animaba a concretar. Tenía terror. La trama es predecible: con la persuasión de Alf finalmente cumple su vieja meta. Advertí que visualicé aquel recuerdo porque no dejo de pensar que convertirme en madre se parece un poco a eso: dar un gran salto, muy deseado pero a la vez temido, al vacío. No sé qué me espera abajo. Lo que sé es que cuento con una gran red de contención.

***

Estas son algunas de mis preguntas como futura madre. ¿Cuáles son las de los futuros padres? Queremos conocer sus dudas y miedos. Contanos haciendo click acá.

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