Trinche, comentado por Diego Igal | RED/ACCIÓN

Trinche, comentado por Diego Igal

Trinche
Alejandro Caravario
Planeta

Uno (mi comentario)

Alejandro Piqui Caravario (1963) es uno de los históricos del seleccionado de periodistas deportivos que trascendió el comentario sobre lo que hacían 22 tipos atrás de una pelota. De Deportes de Clarín, saltó a la Segunda Sección (germen de lo que es hoy Zona) y en el segundo año del diario Olé pasó a dirigir Mística. En esta revista -que venía con el matutino deportivo cada sábado y duró 186 ediciones- se publicaban crónicas, investigaciones y fotografías con un estilo reposado y profundo, más propio del caño y la gambeta que de la verticalidad y rigidez de la pirámide invertida. En Mística se escribía de deporte y también de política o negocios. Allí y en Olé también supieron demostrar habilidad el poeta Fabián Casas o los colegas Mariano Hamilton y Julio Boccalatte y no es casual que los cuatro se hayan vinculado después a la escritura y edición de libros de ficción, no ficción y hasta de dramaturgia.

En Trinche, Caravario hace dupla con Tomás Felipe Carlovich (1946), un mediocampista rosarino al que referentes del fútbol colocan en el mismo podio que Lionel Messi o Diego Maradona, pero con una carrera en clubes como Central Córdoba o Independiente Rivadavia, donde entre 1969 y 1985 descolló en destreza y también en inconductas no aptas en el profesionalismo.
Lo de dupla no es una analogía sino que así figuran en el copyright y, además, la trama se hilvana con paredes que tira el trazo fino de Piqui y la memoria desvencijada del personaje en cuestión, completada con algunos datos duros y el relato oral de compañeros, contemporáneos, hinchas y una troupe de fanáticos que lo idolatran hasta elevar muchas de las anécdotas en mitología.
El mismo Caravario se ocupa de aclarar que el libro no es una biografía de las convencionales o lineal sino una búsqueda por desentrañar un mito o enigma, enfocada en el "origen, las razones, los hitos y la expansión incesante de una narración" sobre este futbolista.
La factura denota cierta tensión entre Caravario que quiere bucear detrás de la leyenda pero se choca con el desinterés del personaje y la inexistencia de pruebas documentales. También es palpable la dificultad obvia del periodista por ficcionar casilleros vacios porque está ante un personaje de músculos y huesos que aun en aspectos reales puede resultar inverosímil.

Dos (la selección)

Nunca se acostumbró a ser una celebridad. Ni siquiera una de pago chico. Su parquedad, su apego al barrio y a los amigos de siempre le impiden hacer la vida social que se espera de las glorias deportivas. Prefiere las juntadas en la vereda de su casa con la barra que se consolidó allá lejos y hace tiempo en Central Córdoba a los homenajes y entrevistas. Y toma como gajes del oficio -una amable condena- la proliferación de versiones acerca de su vida, ante las cuales se comporta como un espectador. Un espectador divertido. "Un día subo a un taxi y, cuando le indico al conductor la cancha de Central Córdoba, me mira por el espejito y me pregunta. '¿Lo conoce al Trinche Carlovich? Es amigo mío'. Cuando me bajo le digo: 'Si lo ve, mándele saludos'".

Tres

Entre los papeles y grabaciones, encuentro esta perla: "No hablo de mí porque no sé". Hay más:
- Tomás, ¿nunca soñás con tus jugadas o tus goles?
- No porque no me acuerdo.

Cuatro

A la par de interpretaciones personalísimas, el derrotero del Trinche ha deparado un surtido de clásicos. Es decir, cuentos que todos conocen -como esas canciones que tienen tanta demanda en los fogones-, pero que sufren, de acuerdo con el narrador eventual, ligeras variantes, por ejemplo, de locación. Hay uno que podría titulares "El día en que el Trinche se olvidó los documentos" y que se sitúa alternativamente en la cancha de Atlanta, de Talleres de Remedios de Escalada, de los Andes y así. Carlovich, por supuesto, no recuerda dónde fue, pero confirma que el hecho ocurrió.

Cinco

Jugar con Carlovich era "como jugar con doce", repiten los que compartieron camiseta con él. Por lo tanto, aceptaban las prerrogativas que el Trinche imponía por fuera del contrato. Por ejemplo, no se entrenaba. O lo hacía a su manera. Mientras lo demás corrían, el jugaba su partido a solas. Y cuando se armaba el picado de práctica, solía frenar de golpe el ritmo del juego con una broma de equilibrista: se paraba sobre la pelota, colocaba la mano a modo de visera con la solemnidad del que atisba la llegada del malón desde el mangrullo y anunciaba: "ahí vienen los contrarios" o "me está molestando el sol".

Seis

El escritor Martín Kohan, futbolero y seguidor del Ascenso (Dos veces junio, Ciencias morales y mucho más), asocia la trayectoria deportiva del Trinche con el destino argentino. Historia viva, nada de mito. Escribe vía correo electrónico: "Un poco vago, bastante irresponsable, el Trinche Carlovich no alcanzó a trascender en los niveles que su descomunal talento le aseguraba. Tenía todo para brillar en Boca o en River, era imposible que no llegara a la Selección Nacional. Y sin embargo, nada de eso ocurrió. Jugó más que nada en el Ascenso, mezclando genio y desgano, brillantez y media máquina".

Siete

La trayectoria del gran Tomás Felipe está llena de hiatos. Períodos en blanco entre un club y otro. Momentos a veces prolongados en los que nuestro héroe meditaba sobre si le convenía o no -le convenía a su personalidad, quiero decir- seguir con el oficio formal de jugador y se la pasaba en su casa, volvía al picado barrial o simplemente desaparecía.

Diego Igal es periodista, investigador, escritor-editor y docente.


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