Diego Igal | RED/ACCIÓN
Sie7e Párrafos | 10 de abril de 2019

Trinche, comentado por Diego Igal

Trinche
Alejandro Caravario
Planeta

Uno (mi comentario)

Alejandro Piqui Caravario (1963) es uno de los históricos del seleccionado de periodistas deportivos que trascendió el comentario sobre lo que hacían 22 tipos atrás de una pelota. De Deportes de Clarín, saltó a la Segunda Sección (germen de lo que es hoy Zona) y en el segundo año del diario Olé pasó a dirigir Mística. En esta revista -que venía con el matutino deportivo cada sábado y duró 186 ediciones- se publicaban crónicas, investigaciones y fotografías con un estilo reposado y profundo, más propio del caño y la gambeta que de la verticalidad y rigidez de la pirámide invertida. En Mística se escribía de deporte y también de política o negocios. Allí y en Olé también supieron demostrar habilidad el poeta Fabián Casas o los colegas Mariano Hamilton y Julio Boccalatte y no es casual que los cuatro se hayan vinculado después a la escritura y edición de libros de ficción, no ficción y hasta de dramaturgia.

En Trinche, Caravario hace dupla con Tomás Felipe Carlovich (1946), un mediocampista rosarino al que referentes del fútbol colocan en el mismo podio que Lionel Messi o Diego Maradona, pero con una carrera en clubes como Central Córdoba o Independiente Rivadavia, donde entre 1969 y 1985 descolló en destreza y también en inconductas no aptas en el profesionalismo.
Lo de dupla no es una analogía sino que así figuran en el copyright y, además, la trama se hilvana con paredes que tira el trazo fino de Piqui y la memoria desvencijada del personaje en cuestión, completada con algunos datos duros y el relato oral de compañeros, contemporáneos, hinchas y una troupe de fanáticos que lo idolatran hasta elevar muchas de las anécdotas en mitología.
El mismo Caravario se ocupa de aclarar que el libro no es una biografía de las convencionales o lineal sino una búsqueda por desentrañar un mito o enigma, enfocada en el “origen, las razones, los hitos y la expansión incesante de una narración” sobre este futbolista.
La factura denota cierta tensión entre Caravario que quiere bucear detrás de la leyenda pero se choca con el desinterés del personaje y la inexistencia de pruebas documentales. También es palpable la dificultad obvia del periodista por ficcionar casilleros vacios porque está ante un personaje de músculos y huesos que aun en aspectos reales puede resultar inverosímil.

Dos (la selección)

Nunca se acostumbró a ser una celebridad. Ni siquiera una de pago chico. Su parquedad, su apego al barrio y a los amigos de siempre le impiden hacer la vida social que se espera de las glorias deportivas. Prefiere las juntadas en la vereda de su casa con la barra que se consolidó allá lejos y hace tiempo en Central Córdoba a los homenajes y entrevistas. Y toma como gajes del oficio -una amable condena- la proliferación de versiones acerca de su vida, ante las cuales se comporta como un espectador. Un espectador divertido. “Un día subo a un taxi y, cuando le indico al conductor la cancha de Central Córdoba, me mira por el espejito y me pregunta. ‘¿Lo conoce al Trinche Carlovich? Es amigo mío’. Cuando me bajo le digo: ‘Si lo ve, mándele saludos'”.

Tres

Entre los papeles y grabaciones, encuentro esta perla: “No hablo de mí porque no sé”. Hay más:
– Tomás, ¿nunca soñás con tus jugadas o tus goles?
– No porque no me acuerdo.

Cuatro

A la par de interpretaciones personalísimas, el derrotero del Trinche ha deparado un surtido de clásicos. Es decir, cuentos que todos conocen -como esas canciones que tienen tanta demanda en los fogones-, pero que sufren, de acuerdo con el narrador eventual, ligeras variantes, por ejemplo, de locación. Hay uno que podría titulares “El día en que el Trinche se olvidó los documentos” y que se sitúa alternativamente en la cancha de Atlanta, de Talleres de Remedios de Escalada, de los Andes y así. Carlovich, por supuesto, no recuerda dónde fue, pero confirma que el hecho ocurrió.

Cinco

Jugar con Carlovich era “como jugar con doce”, repiten los que compartieron camiseta con él. Por lo tanto, aceptaban las prerrogativas que el Trinche imponía por fuera del contrato. Por ejemplo, no se entrenaba. O lo hacía a su manera. Mientras lo demás corrían, el jugaba su partido a solas. Y cuando se armaba el picado de práctica, solía frenar de golpe el ritmo del juego con una broma de equilibrista: se paraba sobre la pelota, colocaba la mano a modo de visera con la solemnidad del que atisba la llegada del malón desde el mangrullo y anunciaba: “ahí vienen los contrarios” o “me está molestando el sol”.

Seis

El escritor Martín Kohan, futbolero y seguidor del Ascenso (Dos veces junio, Ciencias morales y mucho más), asocia la trayectoria deportiva del Trinche con el destino argentino. Historia viva, nada de mito. Escribe vía correo electrónico: “Un poco vago, bastante irresponsable, el Trinche Carlovich no alcanzó a trascender en los niveles que su descomunal talento le aseguraba. Tenía todo para brillar en Boca o en River, era imposible que no llegara a la Selección Nacional. Y sin embargo, nada de eso ocurrió. Jugó más que nada en el Ascenso, mezclando genio y desgano, brillantez y media máquina”.

Siete

La trayectoria del gran Tomás Felipe está llena de hiatos. Períodos en blanco entre un club y otro. Momentos a veces prolongados en los que nuestro héroe meditaba sobre si le convenía o no -le convenía a su personalidad, quiero decir- seguir con el oficio formal de jugador y se la pasaba en su casa, volvía al picado barrial o simplemente desaparecía.

Diego Igal es periodista, investigador, escritor-editor y docente.


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Sie7e Párrafos | 20 de marzo de 2019

La máquina de la corrupción, comentado por Diego Igal

La máquina de la corrupción
Natalia Volosin
Aguilar

Uno (mi comentario)

El anaquel reservado a la temática Corrupción en la gran biblioteca argentina no es todo lo ancho que debiera para erigirse en una tierra del hemisferio sur que cosecha y siembra chanchullos desde la época colonial. Lo publicado hasta hora –de manera más frecuente desde los 90- dio cuenta de (los muchos) ilícitos ya descubiertos y, en menor medida, lo abordó desde la filosofía o el derecho. Muy pocos trabajos buscaron elucubrar y proponer cómo evitar que entre la mano en lata, más que abjurar de los que la metieron.

El trabajo de la joven abogada Natalia Volosin (1981) -cuya génesis fue una tesis doctoral- tiene como primer y gran mérito que acomete el tema desde casi todos los aspectos y antepone el análisis del por qué antes que puntualizar quién/ quienes. Denunciar fue lo que el periodismo y las editoriales vernáculas facturaron en las últimas décadas mientras creían indignar a una audiencia no siempre ávida de conocer lo que por momentos parecen malas novelas/series porque le preocupa más pagar cuentas y parar la olla.
El segundo buen tino del libro de Volosin es que sugiere que es “mejor prevenir que currar” y lista 20 decisiones bien concretas que trascienden los bordes escarpados de la grieta, partidismos y poderes del Estado. Es notable que varias de las recomendaciones sean leyes ya sancionadas que nunca se cumplieron, se implementaron mal o de manera distorsionada.
Lo tercero destacable es que la publicación traza una historia de ilícitos desde el virreinato hasta la época actual y demuestra que lo que se postuló como “la máquina de la corrupción” se perfeccionó y agrandó en los últimos dos siglos.
La autora, sin embargo, no siempre es pareja al pincelar los hechos; habla de expedientes todavía en trámite (con el riesgo de que la resolución desactualice el texto) o que fueron cerrados sin que ella explique o aventure el motivo Eso queda a especulación del lector, aunque no es difícil imaginar si se recuerda que menciona que las investigaciones judiciales demoran promedio 15 años, tardan una década en llegar a juicio y el 2% recibe condena. En algunos casos –en los que no hay sentencia definitiva- da por sentada la responsabilidad de los acusados y hasta llega a calificar de cleptocracia una administración reciente, aunque luego deja caer una presunción.
También puede generar ruido que el tono de la escritura subraye lo escandaloso, adjetive o apele a cierto arrogancia o ironías más efectistas en redes sociales que en un libro, como calificar de afiebrado a un periodista o minimizar el trabajo de otro de gran producción sobre el tema.
Al libro tal vez le falte –o no fue incluido por una decisión del autor o editorial- un abordaje que profundice en la responsabilidad del sector privado en los ilícitos. Y también dimensionar más el interés de la sociedad acerca de la corrupción, que oscila según la realidad económica y el humor social y también en la forma en que se comunican los hechos y efectos de la corrupción que a veces mata en trenes o rutas pero todos los días genera exclusión social.

Dos (la selección)

“La gran corrupción federal se alimenta de los déficits democráticos del país –y viceversa-, lo que afecta por igual al sector público y al privado. En este marco de debilidad estructurales florecen las oportunidades de corrupción y se reducen los incentivos y las capacidades de distintos actores para controlarla”.

Tres

“El sistema penal tiene tantas posibilidades de atacar la máquina de la corrupción argentina como la revolución moralista de (Mariano) Grondona o el nacimiento de la Republiquita de (Elisa) Carrió. Esto es así no solo porque la corrupción es particularmente difícil de probar debido a su naturaleza clandestina, o porque los abogados defensores son expertos en dilatar los procesos o porque algunos jueces y fiscales son corruptos. Todo esto es cierto y, desde ya, contribuye al pesimismo de quienes creen que la situación no tiene arreglo porque las denuncias penales ‘no llegan a nada’”.

Cuatro

“El limitado acceso al mercado, la inestabilidad política, la ausencia de un sistema razonable de frenos y contrapesos, el corporativismo y el autoritarismo deben pensarse como fuentes tanto del desarrollo inverso como de la corrupción. Ello no debería sorprender, pues la literatura especializada indica, en teoría y en aplicaciones práctica al caso argentino, que la corrupción y el desarrollo están íntimamente vinculados”.

Cinco

“Los diez años de gobierno de Menem estuvieron marcados por la extrema concentración del poder que produce el hiperpresidencialismo. Después de 179 años de un arraigado sistema de captura de Estado, solo interrumpido por el interregno cleptocrático de Rosas y los caudillos – y por los fallidos esfuerzos de Alfonsín para restringir el corporativismo-, el nuevo presidente puso la máquina de la corrupción a funcionar en el modo de monopolio bilateral. En esta tipología, los poderosos intereses privados logran resistir algunas demandas de corrupción y todavía ejercer su poder sobre el Estado –como en los sistema de captura-, pero este se organiza especialmente para cobrar sobornos y, como en un monopolio bilateral, el empresario y el político comparten las posibilidades de extraer rentas ilegales, de manera que el tamaño total de la torta y el modo en que se la distribuyen dependen de la fuerza de cada uno”.

Seis

“La Comisión Nacional de Ética Pública creada por ley en 1999 no fue formalmente eliminada, pero sí olvidada por completo. Desde entonces, la política anticorrupción y el control del Poder Ejecutivo pasaron a depender de la OA, un organismo que carece de independencia presupuestaria y administrativa y cuyo titular es designado por decisión exclusiva del presidente con el ministro de Justicia”.

Siete

“Al igual que los caudillos del siglo XIX, los Kirchner acercaron la máquina de la corrupción al tipo cleptocrático, aunque de una manera más sutil. Mucho había cambiado 151 años más tarde, incluyendo la existencia de algunos –débiles- límites constitucionales al poder de turno. La tendencia cleptocrática de los Kirchner fue entonces matizada por algunas limitaciones institucionales. A diferencia de los caudillos, por ejemplo, no fueron dueños directos de las empresas privadas a las que favorecieron desde sus cargos, sino que usaron intermediarios”.

Diego Igal es periodista, investigador, escritor-editor y docente.

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