Tristes, con angustia y sin ganas: cómo la cuarentena golpea la salud mental de las y los adolescentes | RED/ACCIÓN

Tristes, con angustia y sin ganas: cómo la cuarentena golpea la salud mental de las y los adolescentes

Según una encuesta de UNICEF en Argentina, el 36% tiene sentimientos negativos en relación al confinamiento y un 63% cree que pueden contagiarse o que puede hacerlo alguien de su familia. Consultados por RED/ACCIÓN, cuentan que las estrategias que encontraron para sentirse mejor fueron salir a caminar o correr, hacer videollamadas con amigos, poner música, juntarse con alguien en una plaza o hacer terapia.

Ilustración: Pablo Domrose

Este contenido contó con participación de miembros co-responsables y lectores de RED/ACCIÓN

“No doy más”; “siento que este año está perdido”; “me siento sin ánimos”. Esas son las palabras de muchos adolescentes argentinos a los que el confinamiento les genera angustia, tristeza o desgano. Según una encuesta realizada por UNICEF, el 36% de las y los adolescentes presenta algún sentimiento negativo: se siente asustado/a (24,7%), angustiado/a (26,8%) o deprimido/a (11,2%).

Según UNICEF, en tiempos de crisis económica, humanitaria o social, los niños, niñas y adolescentes tienen menos espacios para expresar su voz y defender sus derechos. Escuchar y tomar en cuenta sus opiniones sobre lo que les afecta es su derecho y una condición indispensable para analizar su situación. Desde RED/ACCION, preguntamos a adolescentes y jóvenes, cómo se sienten con el aislamiento, qué les genera ese sentimiento y qué hacen para pasarla mejor en este contexto.

Desde enero, Victoria no ve a sus padres, que viven en La Pampa, y desde marzo, no se junta con sus amigos. “Eso me angustia muchísimo”, expresa la joven de 20 años. Su estrategia para descargar sus emociones es elegir una película triste que la ayude a llorar.

Ella vino a Capital Federal para estudiar Comunicación y ahora está en plena etapa de parciales. Este año se anotó para cursar seis materias. Vivía sola, pero por la cuarentena está conviviendo con su novio. Solo ve a sus amigos por videollamada. Su abuela vive en el departamento de al lado y ella la visita todos los días. Hace un mes, murió su abuelo, y a la angustia por la cuarentena se sumó la tristeza por el duelo.

“Lo que más me angustia es la incertidumbre de no saber cuándo se termina esto, no ver a mis papas, y tener que limpiar todo cuando salgo a comprar por miedo a contagiar a mi abuela”, dice Victoria.

El 63% de los adolescentes encuestados por UNICEF manifestó creer que ellos o alguien de su familia puede contagiarse. Y en ese sentido, Victoria comenta que lo que más extraña es poder abrazar a las personas sin miedo a contraer el virus.

Fuente: Unicef.

También Emilia, que tiene 22 años, nos compartió cómo se siente. Dice que está desmotivada, con ganas de hacer nada y angustiada. “Para sentirme mejor me propuse hacer cosas a corto plazo, pequeños objetivos distintos para cada día. Hablo de eso con mis amigas”, contó a través del cuestionario que se presentó en la home de RED/ACCION.

Por otro lado, Juan cuenta que cumplió con la cuarentena hasta el día 120 y después dice que se le hizo imposible seguir. “Mi humor no era el mismo, no quería convivir más con mis familiares. Desde aquel día, me encuentro con gente, pero tomando todos los recaudos sanitarios posibles. Esto ya me afectaba mentalmente. Claramente, estos meses de encierro dejarán una secuela importante”, analiza.

La importancia de los amigos

Estar lejos de los amigos es uno de los factores que más afecta a jóvenes y adolescentes. También los afecta no salir, no ir a la escuela o universidad, estar encerrados, estar lejos de familiares, no poder estar al aire libre o realizar actividades que antes sí hacían (como deportes, actividades culturales, militancia, talleres, etc.), postergar proyectos, entre otras.

Fuente: Unicef.

Según Teresa Torralva, presidenta de la Fundación INECO, los adolescentes necesitan a sus pares y separarse de sus padres. Ella señala que la tecnología es una gran herramienta para vincularse socialmente, pero no es suficiente. “Necesitan relaciones más profundas y cara a cara”, explica.

En este sentido, la psicoanalista Gisela Untoiglich considera que, dado el contexto actual, los adolescentes perdieron a muchas de sus referencias y su sostén grupal. “Los cambios en esta etapa impactan un montón. Los que entraron en 2020 al secundario o a la universidad no llegaron a acomodarse. Los que están terminando quinto año, no llegan a concretar los proyectos que soñaron para el fin de curso”, comenta Untoiglich.

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Martina tiene 17 años, vive en Quilmes y está cursando el último año de secundaria. Su estado de ánimo lo define con altibajos constantes. Ella vive con su mamá y la pareja. Al principio de la cuarentena no veía a su papá y cuando pudo visitarlo se sintió más aliviada. “Cambiar de casa me ayudó bastante. Me turnaba, una semana con cada uno”, señala. Después de un mes, empezó a ver al novio, que vive a pocas cuadras. “Eso también me ayudó. Fue importante poder estar con alguien de mi edad. Soy hija única y estaba todo el tiempo con adultos. También, con la cuarentena decidí retomar terapia”, comenta.

En junio, Martina se enteró de que se había contagiado de coronavirus. Si bien lo pasó sin complicaciones, estar encerrada en su habitación le devolvió la angustia.

Una vez que le dieron el alta, para ella fue importante salir a caminar. Y ahí enseguida llegaron las vacaciones de invierno. “Pensé que esas tres semanas se me iban a hacer eternas. Las clases me cortan el día, veo a mis compañeros por la compu, charlo de cosas que van más allá del coronavirus”, dice Martina.

Las mejores estrategias que nos comentaron los jóvenes y adolescentes que encontraron para sentirse mejor en estos meses fueron: salir a caminar o correr, hacer videollamadas con amigos, poner música, juntarse con alguien en una plaza, hacer manualidades o pintar, hacer terapia, entre otras.

Fernando Zingman es médico pediatra y de adolescentes, y responsable de Salud de UNICEF Argentina. Él observa que con la pandemia la humanidad cambió de golpe la estructura de cómo se sociabiliza, cómo alguien se mueve en el espacio público y cómo se conforman las identidades. “La adolescencia es uno de esos momentos donde la personalidad se ajusta con el intercambio social, y es cuando se produce muchas veces el proceso de salida del núcleo familiar. Todo esto se ve interrumpido. Es probable que lo que estamos viviendo nos deje una marca, una cicatriz, y un gran aprendizaje”, opina.

Esto, explica Zingman, genera un problema: hoy ya es frecuente ver a grupos de chicos en las plazas, quienes muchas veces están muy juntos, sin barbijos y compartiendo bebidas. Por ello, el referente de UNICEF destaca: “Mientras no esté la vacuna, es importante reconocer que estamos en una nueva normalidad, donde no hay que compartir mate ni bebidas y hay que mantener la distancia social adecuada”.

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Por su parte, Torralva, de INECO, cree que el confinamiento alargado nos ha llevado a un punto límite de resiliencia. “La gran mayoría de la población adolescente podrá capitalizar esto y volverá a sus niveles emocionales normales. Lo que hay que ir pensando es cómo hacer para dar respuesta a esos jóvenes que están más en riesgo de mantener los síntomas, una vez liberada la cuarentena. A ese grupo hay que prestarle atención”, reflexiona la referente de INECO.

Sostén profesional y familiar

Hace varios años Lucía, que tiene 21 y vive en Paraná, fue diagnosticada con trastorno de ansiedad generalizada; y ella comenta que la cuarentena la hizo retroceder en su tratamiento. Hablar con su psicólogo la ayuda mucho y trata de seguir su consejo de no presionarse tanto.

“No se habla de la salud mental en cuarentena. Se dejó de lado. Es importante que se empiece a visibilizar y se hagan cosas al respecto”, enfatiza la joven.

Al igual que el 50% de los encuestados por UNICEF, Lucía habla de su angustia con su mamá. Es importante que los padres generen un espacio para hablar de esto y puedan identificar cuánto impacta el contexto en sus hijos.

“No poder cursar en la facultad me desmotiva. No puedo hacer las actividades prácticas ni ver a mis amigas. El no saber cuándo voy a poder volver a hacer muchas cosas que me gustan me angustia. No puedo planificar, no puedo organizarme y empiezo a sentir que pierde sentido lo que hago”, comenta Lucía.

Cuando ella siente que pierde el control de algo, cuenta que se agita, le falta el aire y le duele la cabeza. En esos momentos, trata de seguir mecanismos de respiración que le enseñaron en terapia, toca la guitarra y trata de distenderse.

El mayor alivio para Lucía sería ir a la ciudad de Santa Fe (del otro lado del río Paraná), donde estudia, y poder ver a sus amigas. “No podemos cruzar el túnel subfluvial sin pagar un hisopado”, dice.

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