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Un Estado innovador que toma riesgos es clave para enfrentar los desafíos globales

Su rol no es sólo redistribuir la riqueza existente o resolver cuestiones referidas a la provisión de bienes públicos. También implica participar en la creación de valor de mercado. Un sector público activo es indispensable para solucionar los problemas de equidad, salud y el calentamiento global.

Por Mariana Mazzucato

22 de junio de 2018

Los debates económicos suelen presentarse como un conflicto sin término medio entre conservadores que piden achicar el Estado y progresistas que defienden aumentar el gasto público. Pero esta simplificación pasa por alto el modo en que diferentes actores cooperan para crear los mercados. Como escribió el historiador de la economía Karl Polanyi en su obra clásica La gran transformación, los mismos mercados son producto de la intervención estatal: son creados a la fuerza.

Y sin embargo, mientras muchos en el sector privado se consideran creadores de riqueza y creadores de valor, los funcionarios públicos se convencieron de que su papel económico es más pasivo. Hoy para muchos gobiernos, el Estado es, en el mejor de los casos, un reparador de mercados; y esta idea de componer y reparar se trasladó a otras expresiones básicamente pasivas, por ejemplo que el papel del Estado es el de “habilitar” o “facilitar” la acción de los creadores de valor y las empresas.

El debate Estado vs Mercado es una falacia

Una de las razones es que la teoría económica ortodoxa sostiene básicamente que el Estado sólo debe intervenir cuando hay una falla clara del mercado. Según esta visión, la función del Estado es nivelar el campo de juego; financiar bienes públicos como la infraestructura y la defensa; y crear mecanismos para mitigar externalidades negativas como la contaminación. Y luego hacerse a un lado, para que los verdaderos creadores de riqueza produzcan realmente valor. Tal vez más tarde el Estado pueda reaparecer para redistribuir por medio de los impuestos ese valor creado por las empresas.

Y cuando los estados se exceden de este mandato, se los acusa de distorsionar el mercado. La aparición de la nueva teoría de la administración pública en los años ochenta llevó a los funcionarios públicos a creer que deben ocupar el menor espacio posible, porque son fáciles de secuestrar o corromper. Y esto llevó a que le tengan más miedo a las fallas del Estado que a las del mercado.

Este modo de pensar llevó a los gobiernos a adoptar algunas tácticas de administración del sector privado, pero también debilitó la confianza en las instituciones públicas y la capacidad de los gobiernos para enfrentar los desafíos modernos.

No siempre fue así. En las décadas inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial, los gobiernos asumían riesgos y alentaban la innovación; y se enorgullecían por ello. Muchos organismos públicos estaban bien financiados y atraían a los mejores talentos. En Estados Unidos, por ejemplo, de la colaboración entre la NASA y DARPA (Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados de Defensa) surgió Internet. Y en el Reino Unido, un proyecto de inclusión digital de la BBC ayudó a impulsar la innovación en procesadores de computadora.

El rol de un Estado moderno

Pero hoy muchas instituciones con una misión están debilitadas, y a los políticos les resulta más fácil pedir recortes y subcontrataciones que aumentar presupuestos y defender la asunción de riesgos por el sector público.

Es una visión estrecha. Un Estado moderno no es sólo redistribuir la riqueza existente o resolver cuestiones referidas a la provisión de bienes públicos. También implica participar en la creación de valor. Cuando actores del sector público impulsados por una misión colaboran para resolver problemas, participan en la creación de nuevos mercados que inciden en la tasa de crecimiento y en su dirección.

Además, comprender la creación conjunta de valor nos lleva a cuestionar el uso que se hace del término “valor” en áreas como la gobernanza corporativa. Se nos ha vendido la noción de “valor” para los accionistas, que da por sentado que sólo los inversores corren grandes riesgos. Y en la industria farmacéutica, se usa como excusa para la fijación de precio y así cobrar precios más altos que el mercado pueda absorber, sin tener en cuenta el papel de la inversión pública en la creación de ese valor; por ejemplo, los más de 30 000 millones de dólares que invierten los Institutos Nacionales de Salud de los Estados Unidos cada año.

Sólo cuando comprendamos que los mercados son resultado de inversiones y actividades de diferentes actores podremos superar el dogma y empezar a hacernos preguntas más detalladas, interesantes y dinámicas, por ejemplo, ¿qué formas de organización pública serán más capaces de experimentar y explorar en áreas relevantes para los grandes desafíos globales en materia de atención de la salud y energía sostenible?. Como sostuvo en 1926 John Maynard Keynes, el crecimiento económico sostenido demanda planificación estatal a largo plazo. Pero se nos plantea la cuestión de cómo hacerlo en formas innovadoras, creativas y dinámicas, y así definir juntos las oportunidades del futuro. Y eso implica que los políticos tienen que empezar a pensar en grande otra vez.

Mariana Mazzucato, profesora de Economía de la Innovación y el Valor Público y directora del Instituto para la Innovación y la Finalidad Pública en el University College de Londres, es autora de The Value of Everything: Making and Taking in the Global Economy [El valor de todo: crear y tomar en la economía global].

Copyright: Project Syndicate, 2018.


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