Villas y asentamientos: cómo ayudan al progreso de sus barrios los jóvenes que logran ser profesionales | RED/ACCIÓN

Villas y asentamientos: cómo ayudan al progreso de sus barrios los jóvenes que logran ser profesionales

En los barrios más pobres, sólo 4 de cada 10 jóvenes terminan a tiempo la secundaria. Y muy pocos son los que tienen la oportunidad de convertirse en universitarios. Adán, Idalina y Emilia lo consiguieron y ahora se convirtieron en protagonistas del desarrollo de La Cava, la villa 21-24 y la villa 31.

Intervención: Pablo Domrose

— ¿A vos te paró la policía alguna vez? Para nosotros es algo normal. Mi récord es cinco veces en un día. Me revisan la mochila y encuentran libros. Me preguntan: “¿Qué hacen estos libros acá?” Y siempre les digo que yo estudio.

El profe que busca mostrar las oportunidades que ofrece el deporte

A Adán Miranda le queda un final para terminar el profesorado de Educación Física. Tiene 24 años y vive en el barrio La Cava, en Beccar, partido de San Isidro. Siempre le gustó el deporte. Era su forma de descarga. Hizo fútbol, hockey, artes marciales, natación y yoga. “Elegí esa carrera porque tengo la rodilla operada desde los 14 años por una lesión. Desde ese momento supe que no podía jugar al fútbol profesionalmente”, cuenta Miranda.

Desde los 15 años, Adán se involucró en Unión y Amistad San Isidro, una organización del barrio. Al principio, fue voluntario de la profesora de hockey y hace un tiempo lo contrataron como profe. También, trabaja en el colegio secundario Piaget de San Isidro y en un polideportivo en San Fernando. 

Según el Relevamiento Nacional de Barrios Populares, en La Cava viven 3015 familias. Sus habitantes tienen una conexión irregular a la red pública de electricidad y desagüe sólo a pozo. El año pasado, el Organismo Provincial de Integración Social y Urbana (OPISU) lo incluyó dentro de su plan de urbanizaciones de asentamientos y en una primera etapa se propuso trabajar con 2500 hogares.

Adán Miranda liderando un grupo de UASI.

“Cuando terminé el colegio estaba entre la carrera de Administración de empresas y el profesorado de Educación Física. Hice las dos al mismo tiempo por un mes y medio. Dejé Administración porque me costó el modelo de la Universidad de Buenos Aires, donde no conocés a nadie y son 100 personas en un aula. Yo venía de un colegio público, donde conocía a todo el mundo porque hice el jardín, la primaria y el secundario. El profesorado está en Vicente López e hice toda la carrera con las mismas personas”, cuenta Miranda. Cuando termine el profesorado, quiere empezar la licenciatura en Educación.

En los sectores más pobres de la sociedad, solo el 37,5 % de los jóvenes termina la secundaria en tiempo y forma. Egresar de la escuela media ya es un mérito en sí mismo, ya que el sistema educativo está dejando a muchos estudiantes en el camino. Además, en la Argentina el 42% de la población de entre 16 y 24 años presenta problemas de inserción socio-laboral

Y según un informe de la Universidad Pedagógica Nacional, en la franja que va de los 18 a los 24 años, cae significativamente la tasa de acceso escolar para todos los estratos sociales, pero también se profundiza la diferenciación entre ellos. Mientras que el porcentaje de asistencia de los jóvenes es de 71% en el estrato más alto, en el estrato vulnerable la asistencia cae al 48% y no llega a alcanzar el 30% en el estrato crítico.

Toda la vida, Adán se encontró con prejuicios en los distintos ámbitos por los que pasó. Dice: “Cuando me dicen villero, no me quedo callado. No me importa mucho lo que digan, pero cuando te lo dicen todo el tiempo ya cansa”.

Adán vive con su sobrino y su cuñada. Tiene cuatro hermanos más grandes, pero él es el único que siguió estudiando después del secundario. Su mamá, que es psicóloga social y trabaja cuidando chicos, y su papá, que es chófer de combis, siempre lo motivaron para que estudie. “Mi viejo me incentiva de la manera más cruda. Me dice que él se levanta todos los días a las 4 de la mañana y vuelve a las 10 de la noche para traer plata a la casa y que por eso yo tengo que dedicarme a estudiar. Mi sobrino también me motiva. Yo soy su profe de hockey y de fútbol. Viene siempre a las colonias conmigo”, cuenta.

En este momento Adán no piensa mudarse a otro barrio. Su deseo es contribuir con lo que aprendió para mejorarlo. Explica: “Acá nos conocemos todos. Tenemos mucha solidaridad con el vecino. No me acostumbraría a no estar con todo el ruido que hay acá. Tengo todo lo que necesito: con mi trabajo, me alcanza para llegar a fin de mes y darme gustos. Con el deporte busco mostrar otra realidad a los pibes y trato de que no se acostumbren a ciertas cosas que no se tienen que acostumbrar. Hay que mostrar que hay cosas que no son normales”.

La intención de Adán para el verano es trabajar un turno en el polideportivo y luego llevar adelante una colonia en el barrio. “A los pibes en el barrio no les sacás la pelota. Te pueden hacer media hora otra cosa, pero después quieren jugar a la pelota. Con los adolescentes siento más responsabilidad que con los más chicos. No quiero que se manden macanas”, cuenta.

Una periodista que enseña a que el propio barrio cuente su historia

Al igual que Adán, Emilia Rojas, una joven de 22 años que vive en la villa 31, estudió una carrera que le brinda herramientas para generar oportunidades en su barrio. En 2016, empezó a estudiar periodismo en ETER y a fin de 2018 ya tenía su título. Hoy trabaja en Mundo Villa, un medio de comunicación que difunde la realidad de las villas latinoamericanas. Es parte del equipo que hace producción audiovisual y brinda talleres para jóvenes del barrio.

Además, en marzo de este año, empezó a trabajar como docente en el Centro de Formación Profesional (CFP) N°38, que está ubicado en la zona de viviendas nuevas, en el sector Cristo Obrero de la villa 31. El centro se especializa en oficios con orientación audiovisual, electricidad y fibra óptica. Emilia considera que formarse siempre está bueno, por eso está estudiando inglés y el año que viene quiere inscribirse en la carrera de Ciencia Política.

Al terminar el secundario, Emilia pensó en ser abogada, también trabajadora social, pero finalmente se decidió por el periodismo. Participó de los talleres de Mundo Villa y ahí se dio cuenta de lo importante que era contar lo que uno vive en el barrio. “Elegí esta carrera porque me gusta salir a la calle y entender a la gente. Me acuerdo de ver que ciertos periodistas entraban al barrio con un chaleco antibalas para hacer todo un show y nosotros caminamos por las calles con una cámara o un grabador, charlando con los vecinos, que son nuestras fuentes. En el barrio te encontrás con muchas historias lindas. En un principio, quería estudiar en la Universidad de Buenos Aires, pero charlando con los profes de Mundo Villa, ellos me recomendaron empezar en un terciario”, relata.

Emilia Rojas es periodista y trabaja en Mundo Villa.

La villa 31 está en Retiro y es uno de los principales asentamientos informales de la Ciudad de Buenos Aires. Ahí viven más de 40.000 personas. Si bien está ubicado en una zona central en la ciudad, históricamente tuvo condiciones deficientes de hábitat, infraestructura y acceso a servicios básicos, como agua potable, cloacas y red de gas y energía eléctrica.

Para Rojas, en contextos de carencias o de vulnerabilidad siempre es un privilegio seguir estudiando. “Esto de no poder ser parte formalmente del sistema hace que muchos pibes queden en el camino. Si tus papás se quedaron sin trabajo y tenés que salir a generar ingresos o tenés que cuidar a tus hermanitos se hace más difícil seguir estudiando. También está el tema de los embarazos adolescentes o el consumo. Estar contenido por tu familia y que tus padres te den la posibilidad de que no tengas que trabajar es muy importante. La deserción escolar en las villas es realmente alta”, reflexiona.

Ella vive con sus padres y su hermano de 14 años. Tanto su mamá como su papá no pudieron terminar el secundario porque tuvieron que migrar desde Paraguay. El papá de Emilia es joyero, oficio que aprendió en Paraguay, y su mamá es ama de casa. “Allá tenemos mucha familia y cada tanto la vamos a visitar. Mis papás tienen el proyecto de volverse definitivamente. Si ellos se van, yo me quedaría acá. Estoy cómoda en mi casa. Si bien es cierto que muchas veces uno se pelea con el barrio por las cosas que pasan, después te amigás porque te das cuenta todo lo que aprendiste gracias al barrio. Uno se aferra al barrio. Esos vínculos son fuertes”, reflexiona Emilia.

Todos los sábados, Rojas da talleres de periodismo en la Villa 31 a jóvenes de 16 y 17 años. “Es un desafío y una responsabilidad muy grande para mí porque me toca estar del otro lado. Lo que más me gratifica es que los chicos están entusiasmados. Dos chicas quieren dedicarse a eso y me veo reflejada”, expresa.

Emilia y Dalma, una de sus compañeras en Mundo Villa, fueron las primeras contratadas del barrio para dar clases de producción audiovisual en el CFP N°38, institución que depende del Gobierno de la Ciudad. Rojas cuenta: “Estamos muy contentas. Siempre a los vecinos del barrio nos contratan para hacer tareas de seguridad o para el sector de limpieza. Que nos hayan contratado para otro rol es muy importante para nosotras y para el barrio también porque se van abriendo puertas para otros chicos que también están terminando sus estudios”.

En más de una ocasión, Rojas participó de reuniones en la Secretaría de Hábitat e Inclusión de la Ciudad, organismo que se encarga de la urbanización del barrio. “Nadie puede decir que no se hizo nada en el barrio. Caminar por una calle donde antes había barro y ahora está asfaltado ya es algo bueno. Que estén llegando los servicios, también. Se fueron cambiando las fachadas de las casas y se tiene en cuenta la seguridad de los vecinos. Lo que faltó es el contacto con el barrio. Fallaron con la comunicación. Eso les jugó en contra. Los vecinos no estaban informados del todo de lo que se estaba haciendo en el proceso de urbanización. Se jugó con la incertidumbre. Por ejemplo, los vecinos que iban a ser relocalizados no sabían si les iban a dar un certificado de vivienda o un título de propiedad. Eso generó un estado de alerta”, explica la joven.

Una futura abogada preocupada por los derechos de las y los niños

En mayo de este año, Idalina Bareiro Arce, de 27 años, se mudó con su marido a un departamento que le entregaron para pagar en crédito, a través del Instituto de la Vivienda de la Ciudad. Está ubicado en Barracas, muy cerca de la Villa 21-24, donde vivió desde los 15 años, cuando su familia migró desde Paraguay.

La villa 21-24, que se ubica entre los barrios de Barracas y Nueva Pompeya, es la más grande de la Ciudad de Buenos Aires, y allí viven más de 50.000 personas. Idalina y su marido se mudaron en el marco del proceso de relocalización de las familias que viven en la vera del Riachuelo. Este proceso lo lleva adelante la Unidad de Proyectos Especiales Cuenca Matanza Riachuelo, que depende del Instituto de Vivienda de la Ciudad. De acuerdo al censo 2011, la cantidad de familias que vivían en el Camino de Sirga de la villa 21-24 era de 1334. Posteriormente, se llevó a cabo una actualización de los datos durante el 2018 y el 2019, que arrojó un total de 1422 familias viviendo a la vera del Riachuelo. Hasta el momento se mudaron 499 familias a los siguientes conjuntos habitacionales: Barrio Mugica; Ribera Iguazú, ex Mundo Grúa; Valparaíso y Osvaldo Cruz.

A Bareiro Arce le faltan siete materias para terminar la carrera de Abogacía en la Universidad Católica Argentina (UCA), donde le dieron una beca para realizar sus estudios. El programa al que accedió se llama UNIR. La iniciativa acompaña el proceso de inserción y desenvolvimiento universitario hasta la finalización de los estudios del alumno que forma parte del programa. El estudiante becado recibe un seguimiento por parte de un tutor en lo académico y en las necesidades generales de orientación que pudiera necesitar tanto a nivel individual como en el ofrecimiento de cursos espaciales diseñados para UNIR.

Idalina conoció la posibilidad de aplicar a la beca porque asistía regularmente a la Fundación Uniendo Caminos, una organización de la sociedad civil surgida hace más de diez años que se dedica a la educación como herramienta de inclusión social. Allí la ayudaban con la tarea y a preparar las materias que le costaban en la secundaria.

“Un día se acercaron voluntarios de la UCA a la fundación y a partir de ahí me puse en contacto con la universidad. Les conté que quería estudiar, pero no sabía si iba a poder porque tenía que trabajar. Ellos me hablaron de la beca y decidí aplicar. Me costó un montón el primer año de la carrera, pero desde la universidad me acompañaron mucho en el proceso”, cuenta la joven. Actualmente, también, trabaja en la UCA como asistente administrativa del área de investigación en la Facultad de Psicología.

Una situación familiar fue lo que la motivó a elegir la carrera de Abogacía. Cuando ella tenía 17 años, su padre sufrió un accidente laboral. En la empresa donde trabajaba le hicieron firmar una documentación que decía que había cobrado algo que nunca recibió. “Nadie de la familia supo entender ese papel y no teníamos plata para pagar a un abogado. En ese momento pensé en dedicarme al derecho laboral. Hoy me inclinó más por defender los derechos de niños y adolescentes. Lo que me despertó interés por la abogacía fue el hecho de querer ayudar al sector vulnerable”, cuenta Idalina.

Durante toda la carrera, su marido y su familia fueron pilares muy importantes. Ella dice: “En momentos de crisis, cuando ya no quería saber más nada, de alguna manera mi pareja, mis hermanos y mis padres no me permitieron bajar los brazos. Tengo siete hermanos: una estudia en un terciario, otro empezó en la UCA hace poco y los demás están terminando el secundario. Mis papás siempre nos hablan del estudio. Nos transmiten que no importan las condiciones en que vas a la escuela, lo importante es terminarla”. El papá de Idalina es albañil y su mama es empleada doméstica y tiene un local de ropa.

Idalina va constantemente a la villa 21-24 a hacer actividades, visitar familiares y hacer las compras porque muchas cosas son más baratas. También sigue en contacto con la Fundación Uniendo Caminos y siempre que puede participa. Cuenta: “Todos los domingos paso a buscar a los chicos del barrio por las casas para llevarlos a la iglesia, donde se hacen distintas actividades. Los padres me los entregan, los llevó, me quedó con ellos y después los devuelvo a las casas cuando termina la actividad”.

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