“Vivimos un período de cyber pesimismo, y todos coincidimos en que se debe hacer algo”

El historiador inglés Timothy Garton Ash visitó nuestro país por primera vez. Analizó con entusiasmo la realidad Argentina y arrojó diagnósticos inquietantes sobre el estado del mundo: "Estamos siendo testigos de una contrarrevolución. La libertad de expresión está siendo atacada en todos lados", dice. 

Por Chani Guyot

8 de octubre de 2018

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En tres días conversó con diputados, economistas, funcionarios del gobierno, miembros del Consejo Argentino de Relaciones Internacionales, alumnos de la Universidad Di Tella, del Instituto del Servicio Exterior de la Nación y se entrevistó con el presidente Mauricio Macri. Invitado por el Programa Argentina 2030, dirigido por Iván Petrella, el historiador y analista inglés Timothy Garton Ash confiesa sentirse gratamente sorprendido por la Argentina. Es profesor de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford, habitual columnista de los principales medios del mundo, autor de más de diez libros, y un férreo defensor de la libertad de expresión.

–Esta es su primera visita a nuestro país y en los últimos días ha asistido a varias reuniones y ha hablado con gente del Gobierno y con participantes del T20. ¿Cuáles son sus primeras primeras impresiones sobre la Argentina?
–Mi primera gran impresión es que me parece estar en mi propia Europa. Y no sólo por las calles sino también por la gente y las conversaciones. Muy estilo Roma, Madrid, sólo que más europeo, más católico y con menos inmigración extranjera desde el mundo musulmán. Una impresión agradable, por cierto. En segundo lugar, este país es un ejemplo único del paso por el populismo y los intentos por dejarlo atrás. Así que es un caso muy interesante en el siguiente sentido ¿qué podemos aprender de un país que está saliendo del populismo? En tercer lugar, siempre pensé que Latinoamérica debería mirar a Occidente, pero hoy China es una fuerza tan grande que escucho a gente en el Gobierno que dice “ya no podemos darnos el lujo de poner toda nuestra atención en la canasta de Occidente, también debemos mirar al Este”.

–¿Y eso qué significa?
–En términos de valores significa que uno tiene una historia menos poderosa que contar sobre la Argentina. Me encantaría contar la historia de cómo los valores de Europa Oriental y Occidente están siendo amenazados en los Estados Unidos, en Gran Bretaña, en Europa, pero defendidos en América Latina. Que es, de hecho, lo que el gobierno de Macri está tratando de hacer según mi parecer. Pero veo que hay resistencia para lograrlo.

–Sin embargo la crisis financiera de los últimos meses erosiona esa narrativa.
–Absolutamente. Claro, y de forma masiva.  

–¿Así se interpreta desde Europa?
–Es lo que ve el mundo. Una de los motivos de la crisis financiera de 2008 fue creer que la economía es una ciencia como la física. Y que los mercados son racionales y eficientes. No lo son. Los mercados son totalmente emocionales, como el fútbol o la ópera. Así que la actual reacción del mercado hacia la Argentina tiene mucho que ver con la vieja historia de este país en torno a defaults masivos, contextos impredecibles, inestabilidad y populismo. Y esto, realmente, afecta a la narrativa.

–Sin embargo a diez años de la última gran crisis financiera internacional, ¿cree que las instituciones globales de hoy están mejor preparadas para evitar una nueva crisis?
–Creo que no hemos aprendido ni cambiado lo suficiente. En un sentido, estamos mejor preparados porque se hicieron muchas cosas para asegurar que los bancos cuenten con más exigencias y controles. Por otro lado, en 2008 fuimos salvados porque hubo una respuesta keynesiana masiva y la Reserva Federal y el Banco Central Europeo después, dijeron que iban a hacer todo lo que fuera necesario. Además, por más crítico que soy respecto del populismo, hay muchos populismos que son legítimos. Gente que votó por Trump, o el Brexit, o Le Pen, se explica porque nosotros los contribuyentes les pagamos a los bancos y ellos todavía reciben bonificaciones multimillonarias. Eso es cierto.

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–Una parte de las promesas incumplidas de nuestras democracias liberales.
–Este es el gran tema. Si me remonto por un momento a 1999 y a las nacientes democracias de Europa Oriental, ellas tenían esa increíble y simple historia que contar: “¡queremos ser un país normal!”. Y todos lo entendían. Muy, pero muy simple. Hoy el modelo global está en crisis, y Trump o el Brexit son un síntoma. Así que lo que tenemos que hacer es reinventar nuestros modelos. Ahora bien, ¿cuál fue la última vez que hicimos esto? En 1945. ¿Cómo lo hicimos? Nos llevó diez años aprender las lecciones de la Gran Depresión de los años 30. Primero fue John Maynard Keynes que nos dio su Teoría General. Luego inventamos un nuevo modelo democrático, que fue fantásticamente exitoso, pero hoy muestra signos de agotamiento.Tenemos que volver a hacer algo parecido otra vez, y el problema es que lleva tiempo.

–Mencionó al Brexit: ¿nos estamos encaminando el año próximo a la concresión final del Brexit? ¿O todavía puede pasar algo en ese proceso?
–En los próximos seis meses voy a trabajar mucho con mis amigos en Gran Bretaña para lograr que haya un segundo referendo que revierta el Brexit. Lo cual es una posibilidad. Hubo una cumbre de la UE, que fue una enorme y humillante bofetada en la cara. Así que en los próximos seis meses, hasta el 29 de marzo, fecha en la que tenemos que irnos, vamos a estar muy activos.

–Pero, más allá de las instituciones y los políticos, es la gente común la que ha votado. ¿Por qué cree que el resultado podría cambiar?
–Ya cambió. Es lo que marcan las encuestas de opinión. En primer lugar, la gente está recibiendo el mensaje de que el Brexit no significa ventajas políticas y económicas automáticas. En segundo lugar, algo por cierto muy sombrío, uno de nuestros grandes aliados es la demografía: los votantes jóvenes están a favor de permanecer en Europa, y desde la votación del Brexit algo más de 1,7 millones de votantes han muerto, y hay alrededor de 1,2 millones nuevos.

–Sorprendente. Hace dos años publicó un extenso libro sobre la libertad de expresión en el mundo. Desde entonces, ¿cree que la situación mejoró o empeoró?
–En todos lados, sin excepción, la situación empeoró. La libertad de expresión está siendo atacada en todos lados. Estamos siendo testigos de una contrarrevolución. Ya sea Xi JinPing en China, o Vladimir Putin en Rusia, o Erdogan en Turquía, Viktor Orban en Hungría, o Donald Trump en EE.UU. Hay una contrarrevolución que hace retroceder muchos derechos, entre ellos el de la libertad de expresión.

–Y a las habituales amenazas del autoritarismo, esa libertad enfrenta hoy nuevos desafíos, por ejemplo el modo en que las grandes plataformas tecnológicas modelan la conversación social.
–Absolutamente. En este sentido, lo que hace Facebook es mucho más importante que lo que hace Francia. Porque las decisiones de Facebook sobre lo que la gente puede hacer o decir, ver o no ver en su plataforma afecta a 2000 millones de personas. Y esas decisiones no son transparentes ni apelables. Los algoritmos están teniendo consecuencias realmente negativas e inesperadas. Todas las investigaciones muestran que las noticias falsas y la desinformación tienen más alcance que la información precisa. ¿Por qué? Porque las noticias falsas son sexies y por ende, la gente hace click en ellas. Usted  sabe que los diarios deben hacer un importante ejercicio de equilibrio entre atender al bien común de servir a la sociedad con información y al mismo tiempo tener alcance para hacer dinero. Y la pregunta es ¿pueden hacer un buen equilibrio entre ambas cosas?

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–Sin embargo, a raíz de cierta presión de parte de algunos gobiernos las plataformas están reconociendo la gravedad del problema. Tengo entendido que usted estuvo involucrado en algunas conversaciones al respecto.
–Exacto. Muy involucrado. De hecho, estuve hace un par de días en Silicon Valley en donde participé de debates profundos con equipos de Facebook. Que es una super potencia privada. Y es como lidiar con un gobierno: usted sabe muy bien que en Washington nunca hay una sola opinión. Entonces hay gente en Facebook que realmente quiere abordar las consecuencias políticas, y gente que sólo se fija en el dinero. Así que es complejo. Le voy a dar un ejemplo. Lo que realmente necesitan hacer es tener más seres humanos altamente calificados que revisen el contenido. En países como Myanmar, Filipinas o Sri Lanka, el contenido que pasó por Facebook fue directamente responsable de asesinatos, violencia, violaciones y otras cosas terribles. ¿Por qué? Porque no hubo gente que viera a tiempo lo peligroso que un comentario podía ser. La inteligencia artificial y los algoritmos son más eficientes en identificar un pezón que en identificar al lenguaje del odio. Supongamos entonces que Facebook necesita unas 20.000 personas para revisar contenido. Esa es una enorme inversión, inclusive para Facebook. ¿Sabe por qué las acciones de Facebook sufrieron hace poco una fuerte caída?

–No.
–Fue después de que Mark Zuckerberg habló con inversores y su principal funcionario financiero dijera que el margen de ganancias de la empresa se reduciría, entre otras cosas, porque tienen que contratar revisores de contenidos. Existe una tensión entre lo que deberían hacer por el bien de la democracia y la libertad de expresión, y su margen de ganancias.

–Después de defender la libertad de expresión durante tantos años ¿cómo considera la idea de que un poder privado deba administrar contenidos?
–A ver. Todos vivimos un primer tipo de excitación en el que Internet era visto como algo que iba a liberar a todos… Ahora vivimos un período de cyber pesimismo, y todos coincidimos en que se debe hacer algo. Los políticos escuchan “se debe hacer algo” y entonces piensan en aprobar una ley. Alemania ya la tiene, Francia está avanzando, pero a mí todo esto me parece un precedente muy peligroso. Es peligroso para la democracia que los gobiernos se metan en el negocio de regular el discurso político, decidiendo qué es cierto y qué no, qué se puede decir y qué no. Y los autoritarismos aman esto.

–¿Entonces?
–Personalmente pienso que hay que buscar un camino que obligue a las plataformas a comportarse de una forma más responsable. Tal como los periodistas aprendieron a hacerlo a través de la historia. En el siglo XVIII y principios del XIX había periodistas con prácticas terribles, pero con el tiempo ustedes aprendieron a ser actores más responsables. Además hay que promover una mayor competencia, porque las plataformas actúan de manera monopólica. En parte se deben al famoso efecto de las redes, que les provee un enorme crecimiento natural. Lo que no es natural es que Facebook, además sea dueña de Instagram y de WhatsApp. Pero Europa se está moviendo en la dirección correcta, con leyes antimonopólicas. De modo que la clave es obligar a las plataformas a la autorregulación responsable.

–¿Contamos con las instituciones globales que puedan gestionar esta discusión?
–Por supuesto que no. Algunos países como China y Rusia reclaman y promueven la “soberanía informativa”, un discurso muy atractivo para un buen número de países con pasado de dominación colonial. Pero es un discurso que amenaza el poder liberador de internet, que permite que una persona en Rusia pueda emitir su opinión para que sea leída en la Argentina, y esa es una libertad que no deberíamos descuidar.

–Respecto a esta relación entre las plataformas y la libertad de expresión ¿es usted optimista o pesimista respecto al futuro próximo?
–Yo creo que la contrarrevolución global antiliberal tiene mucha fuerza. Venimos de la mayor revolución liberal de la historia, de modo que no debería sorprendernos esta contrarrevolución… Así que en general soy pesimista. En cuanto a la cuestión específica de las plataformas, si la gente correcta dentro de Facebook y Google gana la pulseada, creo que encontraremos la forma de cuidar la libertad de expresión y contener las consecuencias negativas de sus excesos.

–Una última pregunta. En sus 40 años como historiador y escritor usted ha conocido decenas de políticos ¿quién es el líder que más le impresionó?
–Conocí una buena cantidad... Lo primero que debo decir es que la mayoría de los líderes políticos son en persona mucho menos interesantes que en televisión. Hay un famoso diálogo entre Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway en el que Fitzgerald le dice a Hemingway “ellos no son como nosotros” y Hemingway le responde “sí, ellos tienen más dinero”.

–Es decir...
–Que la mayoría de los líderes son como nosotros, pero tienen más poder. Aunque es cierto que conocí algunos excepcionales. Juan Pablo II, a quien tuve el privilegio de entrevistar en polaco, me resultó tremendamente impresionante. Debo decir que Helmut Kohl, el canciller alemán, generalmente subestimado, también fue un líder excepcional. Pero por cierto el que más me impresionó fue Vaclav Havel, el ex presidente checoslovaco. Lo más impactante es que él integraba dos virtudes muy grandes, la tolerancia y el coraje. En mi experiencia, esas dos cualidades rara vez se dan juntas. Conozco gente muy valiente pero poco tolerante. Y gente muy tolerante que no es muy corajuda. Vaclav Havel, además de todo su encanto, su humor, su trabajo como escritor, combinó un enorme coraje y una gran tolerancia.

Fotografías por Juan Casas

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