Yo me acuso: hombres que confiesan prácticas abusivas o machistas | RED/ACCIÓN

Yo me acuso: hombres que confiesan prácticas abusivas o machistas

¿Es suficiente el arrepentimiento? ¿Estamos cambiando verdaderamente o haciendo lo que nos conviene? ¿Cuán posible es convivir, a pesar de la culpa, con los fantasmas de lo que fuimos? ¿Lo que recordamos con vergüenza es realmente lo que fuimos o sigue siendo lo que somos?

Ilustración: Pablo Domrose

Advertencia: esta nota describe escenas de contenido sexual explícito.

Una actriz que denuncia a un actor. Una modelo que se anima a contar en televisión un abuso que sufrió cuando era niña y del que no saben ni los padres. Un senador provincial que es denunciado por abuso sexual y dice que fue criado en una cultura que admitía esas prácticas. Una periodista reconocida que tiene miedo a dar el nombre de un alto funcionario argentino que la acosó en un camarín. El hijo de un folclorista popular que es acusado de abuso. Una mega estrella del fútbol que es denunciado por violación. Una denuncia tras otra, y peor: un abuso tras otro.

Mientras, la reacción: un grupo de chat de hombres que tocan el tema por primera vez con una seriedad inusitada. Memes machistas que reproducen la situación. Hombres que se ríen de esos memes. Y de pronto, hombres que dicen “esto no es gracioso”. Y otro que se siente atacado por haberse reído. Un grupo de amigos que, asustados de que les caiga un escrache, se acuerdan (¿con culpa? ¿con arrepentimiento?) de la vez en que corrieron desnudos a mujeres por la calle. Un chico que se plantea si no habrá violado a su novia las veces en que ella no quería tener sexo y él insistió hasta que cediera. Un chico que confiesa haberle tocado la cola a una mujer sin su permiso y “sin saber” que eso era una forma de abuso, sin darse cuenta, como si un abuso se cometiera en la conciencia, no en el acto. 

Está sucediendo ya hace tiempo en los chats de WhatsApp de la Argentina, propiciado en gran parte por la denuncia pública que realizó Thelma Fardin el 11 de diciembre del 2018. Ese día, acompañada por el colectivo Actrices Argentinas, acusó al actor Juan Darthés de haberla violado cuando tenía 16 años durante una gira del programa juvenil Patito Feo, en Nicaragua. De pronto, un galán de telenovela quedaba al desnudo. Había sobrevivido ya a la denuncia pública por acoso que le hizo la actriz Calu Rivero, pero esto fue demasiado. 

No es el único que cayó: con él, pareciera que comenzó a derrumbarse todo un sistema. Como un reguero de pólvora, estalló hacia dentro de la sociedad una bomba de conciencia. Entonces, lo ya dicho de los chats de hombres. Una conmoción general. Gente -hombres y mujeres- preguntándose cómo pudieron haber vivido así tanto tiempo, apañando abusos. Cometiéndolos.

"Esa mancha evidenciaba mi abuso"

“Hace 8 o 9 años yo cursaba el último año de la facultad. Tenía una compañera que era más grande, tendría 27. Nos mirábamos mucho en clase. Entonces un día la invité a estudiar a mi casa un sábado a la noche. En su momento yo pensé: ‘esta chica es más grande que yo, si viene a mi casa es porque va a pasar algo, la voy a poner…’. Es decir, estaba seguro de que íbamos a tener sexo”, cuenta Federico, porteño de 31 años, en ese entonces estudiante de Economía y hoy economista.

“Después de estudiar un rato la invité a ver una película a la habitación. Miramos un rato y entonces intenté besarla. Ella no quiso pero insistí un poquito y nos dimos unos besos malos, desganados, pero yo ya estaba muy embalado y le dije: dale, vamos... Yo quería tener sexo. Y me enojé cuando no quiso que pasara a mayores. Me acuerdo que pensé que ella estaba en falta. ‘Viene hasta mi casa y no quiere coger; es una histérica’… Y entonces le agarré la mano e intenté ponérsela en mi entrepierna, pero tampoco quería, me la sacaba. Intenté tocarla yo, pero no me dejó. Nos dimos unos besos más a desgano. Yo estaba tan excitado que por la fricción acabé en el pantalón. Me acuerdo porque me daba una vergüenza terrible y de algún modo la eché. Cuando la acompañé a su auto yo hacía todo lo posible por esconder la mancha del pantalón. Me parecía indigno, no sabía por qué. Hoy sí lo sé. Esa mancha de algún modo estaba evidenciando mi abuso”.

Algo de eso hay en casi todas nuestras cabezas hoy: una mancha. ¿Qué honestidad habita en el hombre que cambia? ¿Cuán mejor es alguien que puede convivir, a fuerza de arrepentimiento, con los fantasmas de su pasado? Para Pedro Vega, también porteño, la monstruosidad por la que se lo acusa a Darthés y la suya no son tan ajenas. En un ejercicio de mea culpa, el 15 de diciembre del 2018 escribió un texto en su Facebook que rápidamente se viralizó.

Dice: “Porque en mi escuela primaria tocaba la cola de mis compañeras como si fuera un juego; porque en la secundaria abría la puerta para espiar y molestar a otros amigos cuando tenían relaciones sexuales con pibas, y creía que era gracioso. (...) Porque tuve actitudes violentas estando alcoholizado y no fui capaz de dejar de emborracharme”.

El posteo -al que tituló “SOY UN ABUSADOR”- tuvo casi mil likes, fue compartido 778 veces y recibió 260 comentarios, muchos de ellos admirados, muchos de ellos indignados. Cuando salió la publicidad de Gillette sobre los hombres (“Esto es lo mejor que pueden ser los hombres”, se llamó), hubo igual división de aguas. Algunos dicen: al poner el problema en el patriarcado los hombres se están desligando de su responsabilidad, como podría ser el caso del senador Jorge Romero que, tras la denuncia por acoso, escribió: "Tuve prácticas machistas que parecían naturales". Y se justificó definiéndose como "un varón criado en una sociedad patriarcal".

Otros sostienen que si la única reivindicación posible es a través del feminismo el movimiento se parece finalmente a la religión, porque solo a través de la Iglesia hay salvación. Y después, además, hay un segundo problema: ¿debe ser algo para festejar un texto como el de Vega, en el que un hombre confiesa haber sido desagradable? Es sin dudas valiente y el propio riesgo lo vuelve un gesto honesto, ¿pero corresponde antes la condena a lo hecho o el festejo a lo reflexionado? Dar la cara es, en todo caso, estar dispuesto a recibir el golpe. Pero el problema no termina ahí sino que se multiplica de charla en charla. ¿Qué valor tiene esta nota por ejemplo? ¿Qué debí decir a cada una de las personas que me contó lo que hizo? Me pregunto si las sociedades cambian a fuerza de confesiones o de ocultamientos. O más difícil aún: ¿lo hacen a fuerza de culpa, de vergüenza o de arrepentimiento? ¿Alcanza con el arrepentimiento para cambiar primero al individuo y después a la sociedad? 

"Solo de algo que pasó podemos arrepentirnos, mientras que culpables somos de algo que no hicimos"

Luciano Lutereau, psicoanalista y autor de varios libros sobre el tema (Edipo y violencia -Letras del Sur, 2017- y Matar al Macho -Letras del Sur, 2019-), reflexiona ante la consulta de RED/ACCIÓN. “Desde el punto de vista del psicoanálisis es importante distinguir entre culpa y arrepentimiento. Solo de algo que pasó podemos arrepentirnos, mientras que culpables somos de algo que no hicimos, de un deseo que quedó no realizado, pero mucho más eficaz porque aún permanece. La misoginia tiene que ver más con la culpa que con el arrepentimiento, por eso los varones de hoy muchas veces piden perdón por cosas que jamás hicieron (por ejemplo, una violación) o bien se justifican de manera sospechosa: ¿por qué atacar al feminismo -y decir que no todos los varones son machirulos- si no hiciste nada? Porque sentirse objetado y responder de manera perseguida es índice de que si no todos los varones violaron, la fantasía de violación es constitutiva de la misoginia masculina”, dice.

Creer que el tema ya está resuelto sería el mayor de los errores. Lutereau advierte que en la práctica del psicoanálisis lo que se encuentra no es necesariamente remordimiento: “En los tratamientos de muchos varones lo que empieza a ponerse de manifiesto no es tanto que a ellos les molesten sus micromachismos hacia las mujeres sino más bien que empiezan a revisar la incomodidad que generan ciertos patrones de masculinidad asociados a la demostración de potencia”, explica.

Entonces, ¿hay un cambio real? Como tantas otras veces, el futuro se dirime en la realidad de los sentimientos. Luciana Peker, periodista y referente feminista (autora de Putita Golosa -Galerna- y La revolución de las hijas -Planeta-), dice: “Creo en la reversión cuando las situaciones no son graves. Que no sean graves significa que, tal como define el Proyecto Barcelona (un proyecto de trabajo con varones violentos), sean situaciones que más allá de que tengan sentencia judicial o no, no podrían tener una sentencia mayor a dos años. Y creo en la reversión si es que hay voluntad de cambio real. Cuando no es careta, cuando no es mentiroso, y cuando lo que se hace no son máscaras para generar impunidad. Creo que el feminismo de la transformación habla de cambio, pero que eso no sea utilizado para subir la crueldad de los varones, que es lo que en muchos casos está pasando. Quienes tendemos puentes lo hacemos para varones que quieran cambiar en serio y quieran revertir las conductas de machismo, de violencia, de abuso o de aprovechamiento”.

La periodista, vale aclarar, no leyó ni escuchó ninguna de las historias que aquí se cuentan. Su opinión no está relacionada estrictamente a estos relatos sino tan solo al tema de discusión que le planteé.

"No sé por qué hice eso, pero tenía una violencia adentro que me empujó"

Otro de los varones que contó su experiencia fue Lucas. Un día, hace tres años, salió con sus amigos y se emborrachó. Estaba en la calle con ellos cuando vio pasar a una chica. De golpe, se le dió por bajarse el pantalón y quedar desnudo frente a ella, que no lo miró, siguió caminando a paso rápido y pudo escapar. “No sé por qué hice eso. Tenía una violencia adentro que me empujó, no lo sé. No la quería molestar, pero tampoco me importó nada”, recuerda. 

“Una de las situaciones que más vergüenza me da pasó después de eso”, dice. Habla de vergüenza pero no de abuso. Lo considera un mal chiste, una falta de ética, pero no un delito. Al menos no se expresa en esos términos. Dice: “Estaba en un bar tomando algo y me acerqué a la barra. Había una chica muy linda y agarré el trago y moví el codo para intentar rozarle la teta. Fue más una cosa adolescente, de calentón, no sé, aunque ya no era adolescente. Pero ella se dio cuenta y me dijo que era un pajero desagradable… Me dio tanta vergüenza. Sentí una sensación como cuando estás masturbándote y alguien entra de golpe y te ve”.

¿Era así? ¿Estábamos todos masturbándonos en público? A principio de este año los pasajeros de un colectivo en Neuquén bajaron a los golpes a un hombre que se estaba tocando. No llegaron a lincharlo pero casi. Y pienso, ¿no era ese tipo nuestra sociedad viajando en bondi? ¿No estábamos, aunque fuera metafóricamente, con esa impudicia por delante? Si estamos apaleando lo que fuimos, más nos vale crezca amor de lo que somos. 

¿Pero es acaso lo que fuimos o es todavía lo que somos? Difícil saber en qué tiempo verbal escribir esta nota cuando los testimonios son todos tan recientes. Felipe por ejemplo tiene 33 años y trabaja en una pyme de indumentaria. También es argentino, de Buenos Aires. Habla bajito y mira a los costados. Conversamos en un bar de Palermo y se siente incómodo. Pero habla. “Eran las cinco de la mañana. Después de ir a bailar le escribí un mensaje a una chica para que viniera a casa. Aceptó. Ya nos habíamos visto algunas veces y habíamos tenido sexo. Pero esa noche cuando llegó me dijo que solo quería dormir. Intenté hacerle unos mimos, persuadirla un poco, pero se mantuvo en su posición. Me enojé y le dije: ‘a esta casa a las cinco de la mañana se viene a coger’. No quería. Nos acostamos y seguí intentando, hasta que llegó el punto en que cedió, pero no fue por ganas sino por mi insistencia y hasta por mi presión física. Después seguimos viéndonos, y durante mucho tiempo eso me hizo pensar que no había hecho nada malo. Ella no se enojó de hecho. Y recién ahora me di cuenta de que había estado mal. Obvio que me arrepiento, pero si te dijera que me da vergüenza estaría desentendiéndome de la situación. Yo en ese momento pensaba así, me tengo que hacer cargo. Eso quiero decir: yo pensaba así, y como yo, miles. Hoy no. Hoy jamás actuaría de esa forma”.

"Desde el principio había sido clara y yo la estaba acosando"

David Santa Cruz también da su testimonio. Es mexicano y trabaja de periodista. Es el único que acepta dar su nombre y apellido para esta nota. De hecho, lo pide: “Creo que hace falta que empecemos a hablar de hombre a hombre y de hombres a mujeres, y que ese hombre tenga un rostro, una voz, y que diga: oye, yo estoy tratando de hacer un cambio y estaría bueno que los demás también lo hicieran”, explica. 

“En cuanto empiezas a ser empático te das cuenta de que hay agresiones constantes. Si estás en el parque vas a ver a uno que le está clavando la mirada en el escote a una mujer, uno que cuando se da vuelta le mira el culo, que cuando gira la pierna mira intentando ver algo más que los muslos. Y cuando te das cuenta de que esas agresiones están ahí, la cosa cambia”, dice. Es imposible no asentir cuando enumera. Todo hombre, y yo me acuso en esta línea, sabe de lo que habla. Mirar es, pareciera, un derecho adquirido que depara no sé qué placer. 

La gran duda entonces es dónde nos paramos, cómo corregimos, qué decimos cuando la culpa se nos mezcla con la esperanza de ser mejores. Hemos visto hombres impostar su feminismo. Hemos visto hombres reafirmar su machismo. Hemos visto el desconcierto pero no encontramos un director de orquesta. ¿Y entonces? Tal vez alcance con dar la voz al hombre nuevo en lugar de escuchar siempre al hombre fuerte.

Cuenta David: “Hace un año, platicando con una amiga, le hice un reclamo porque consideraba que en algún momento ella me había dado alas, que había pretendido tener una relación conmigo. Ella a mí me gustaba mucho, y yo insistí bastante. En alguna borrachera nos besamos y me dijo, mira, de aquí no va a pasar. Y claro, yo me encendí todavía más. Creí que después de ese besuqueo podíamos pasar a algo más. Esto es algo que pasó hace ocho años y lo revisamos recién hace meses. Y me dijo: ‘No, yo nunca te demostré interés’. Y le dije: ‘Pero cuando me invitaste a salir aquella vez’. ‘No, pero era como amigos…’. Y se nos ocurrió revisar las conversaciones de ese entonces. Y fuimos al inicio de nuestra amistad y vi que todo el tiempo le hacía insinuaciones, no vulgares, pero diciéndole que me gustaba. Y ella que no, que muchas gracias pero no estoy interesada en ti. Y si lo revisamos fue porque hace unos meses yo estaba reclamando que me haya roto el corazón, cuando ella desde el principio había sido clara y yo la estaba acosando. Y cuando le pregunté por qué aguantó me dijo con toda naturalidad: ‘Porque casi todos los hombres son así’”. 

Hay una sola manera de terminar esta nota y es con esta pregunta: ¿casi todos los hombres somos así? Mandanos tu respuesta y ayudanos a continuar esta nota, a propiciar este cambio.

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