Recuerdos que mienten un poco, comentado por Fernando García | RED/ACCIÓN

Recuerdos que mienten un poco, comentado por Fernando García

Recuerdos que mienten un poco
Indio Solari en conversaciones con Marcelo Figueras
Sudamericana

Uno (mi comentario)

Solo con los libros que se han escrito sobre la leyenda de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota se podría llenar el estante de una biblioteca: de la ficción al ensayo y la crónica periodística. Sin embargo, hasta ahora, casi veinte años desde la separación del grupo, el Indio Solari no había prestado su voz a ninguno de estos relatos más allá de la cita extraída de alguna de las contadas entrevistas que dio a la prensa gráfica. Este libro extenso es, por fin, su versión de las cosas. De la historia de su familia de origen a la que formó con su pareja y su hijo Bruno, Solari revisa puntillosamente una vida que tiene casi la misma duración que la cultura rock a la que ha contribuido a definir con su lírica y enigmática presencia.

El género elegido aquí es híbrido, unas memorias guíadas por una larguísima conversación con el periodista y escritor Marcelo Figueras sin la forma de una entrevista periodística. Más allá de revelar cuestiones pendientes como la circunstancia de la separación o el origen del nombre, hay en Solari una prosa oral riquísima donde se mezclan la voz del “hombre psicodélico” (así se llama a sí mismo) informada por lecturas y experiencias alternativas y la de una erudición popular adquirida en los pliegues de la peripecia argentina de los últimos cincuenta años.

Dos (la selección)

Frente al correo estaba la plaza principal, que tenía una pérgola donde tocaban distintas bandas: la de la Municipalidad, la de la Marina…Nélida me llevaba y yo me fascinaba con el brillo de los vientos. Los músicos de la Marina usaban polainas y yo las imitaba, subiéndome mis soquetitos blancos. Tendría 3 o 4 años. Volvía a casa flotando en el aire, colocado como si hubiese salido de un recital.

Mis viejos no eran melómanos, pero ponían música clásica en la radio. Todavía tengo la cañita que usaba entonces como batuta. Me la devolvió mi vieja antes de morir. En aquel entonces me ponía encima de un papel de diario que oficiaba de escenario, delante de una radio vieja—esas que parecían catedrales de madera—y “dirigía” desde ahí.

En casa no había muchos  discos. Estaban, sí, esas colecciones típicas de la época, que armaba la revista Selecciones del Reader’s Digest: Música para soñar y reposar. Venían en una caja, las partes más reconocibles de las obras clásicas: Chopin, Wagner.

Tres

Siempre tuve amigos en el cielo y en el infierno. Del cielo me gusta el clima, nomás. Del infierno, la compañía (…) Cuando crecí y me quedé solo empecé a llevar a casa a gente que era medio rara. Ya venían hippies y esa onda, que llamaban la atención. En esa época éramos un puñado. Yo andaba con el pelo largo y con una camisa roja con una especia de diamante pegado. Me ponía unos pantalones anchos azules, con estrellas plateadas acá y unos zapatos de taco alto que se usaban en esa época. Pasaba gente terminal, por mi casa. Era el albergue de los freakies, no solo de cabotaje sino también internacional. Alguna gente se quedaba una temporada. (…) Hubo tres años maravillosos—del 67 al 69—en los que la libertad te brotaba por los ojos. Los jóvenes eran, éramos, los generadores de una revolución por el simple hecho de plantarnos y decir: El mundo que nos dejan no nos gusta. La onda que venía de Inglaterra era más fashion y artificial, porque ahí circulaba heroína en vez de marihuana o ácido lisérgico como en los Estados Unidos (…) En esos años se arma una nueva cultura de izquierda en el mundo, más universalista. Por eso yo tendía a ver las revoluciones latinoamericanas desde un lugar que algunos confundían con cinismo. Pero nosotros ya percibíamos que no se podía tomar la Casa Blanca con Mausers. (…) La militancia orgánica no tenía que ver con mi ideales. Yo no podía pensar como un montonero. Estaba afuera de ese menú. Compartía parte de la mirada, eso de estar en contra de la opresión, de la mita y el yaconazgo tencocráticos (…) Las experiencias en las que me enganché estaban vinculadas con otra mirada del mundo. Yo me vinculé temprano con la política del extásis, que por ese entonces cultivaba muy poca gente, inclusive dentro de los que se disfrazaban de hippies.  

Cuatro

Un día llegan Skay y Poli de Salta, donde administraban un campo de los Beilinson. Me vienen a ver, me dicen que quieren reunir a Los Redondos. Dándole vueltas al asunto, en mi casa de la costa di con un recetario que había editado Royal, la marca de los postres. Ahí inventaban a una cocinera ficticia que era la que te presentaba las recetas, la dibujaron y todo. ¿Y que nombre le habían puesto? Patricia Rey (…) La idea que derivó del nombre fue la de crear un personaje que no fuese ninguno de nosotros. Una suerte de padrino mafioso que se había ganado la reverencia de sus seguidores. Nosotros veníamos a ser apenas sachets vacíos, artistas existenciales por los que pasaba una energía buena cuando estaban en vena. Así lo pintamos a Patricio--un tipo que tenía un piso en la rue de l’Èpée de París y había colgado un Mondrian en el ascensor--…¡tenía toda la guita del mundo! (…) A fin de cuentas, Patricio Rey debería encarnar en cualquiera, como si cayera del cielo. Está hecho de la misma naturaleza de nuestras obsesiones.

Cinco

De pronto me sorprendió que Poli estuviese ahí, dispuesta a hacerse cargo de la parte administrativa y burocrática de la banda, que tanto a Skay como a mí nos excedía. (Cosa de la que me arrepentí con el tiempo) En fin, lo lógico era tener a alguien de confianza que cuidara la taquilla para que Skay y yo nos dedicásemos a la parte creativa. Y entonces se armó este trío que ya se separó del resto. (…) Los Redondos siempre fueron una banda de amigos, donde había tres maníacos que conducían el sulky. (…) El seudónimo de Poli, eso de llamarla “La 9mm”, se lo pusimos entonces. Fue un mote de entrecasa. En el ambiente no estaban acostumbrados a que una mujer fuera a pelear dieros mientras los otros se rascaban el higo, tocando la guitarra. Yo creo que, cuando tenés un grupo ganador, venderte a un manager es una pelotudez. No es que los shows se vendían porque hacíamos una gran difusión, porque no había nadie atrás nuestro promocionando nada: ninguna corporación. La gente nos seguía cada vez más, y entonces no necesitabas otra cosa que el número telefónico de los pubs y decir: Sí, no, esto es tanta guita, las entradas son para nosotros y la cantina es para ustedes (…) El ansia de libertad te lleva a rechazar ofertas muy tentadoras. Yo recuerdo dos momentos así. Una vez cuando yo todavía no tenía casa propia, me ofrecieron dos departamentos en Mar del Plata a cambio de tocar en el marco de una campaña política. Y la otra vez, cuando la banda de separó, un productor me ofreció varios millones de dólares por once shows. Y también dije que no. Antes de descubrirme a mí mismo haciendo algo que me violenta, prefiero volver a fabricar ropa.

Seis

Yo era todo lo contrario a lo que se suponía que estaba de moda. Para empezar cantaba raro, no tenía esa voz prístina propia de las bandas “modernas”. Además era un pelado con barba, que subía al escenario vestido con la misma corbatita que había usado durante su trabajo diurno en el hogar de niños…Lo que me hizo diferente, imagino, era el hecho de que encarnaba casi todo lo que la industria del espectáculo tenía por negativo. Para seguir los tips de la hora estaban todos los demás. Pero a mí me salía otra cosa. Tal vez el éxito se haya debido a eso, nomás: a que la gente percibió que éramos genuinos. (…) El público biempensante de los comienzos se distanció enseguida. Le pareció que, tan pronto nos volvimos populares de verdad, nuestra obra se convirtió en algo menor. Cuando era al revés, objetivamente: fue mucho más importante lo que empezamos a transmitir, y lo que transmito ahora, que las pavadas que cantaba al principio (…) Cuando los boliches se llenaron de gente desangelada, el público cool nos rechazó. Era su forma de decir: Si le gusta a esta gente, no nos puede gustar a nosotros. Somos una elite que disfruta de cosas especiales, se ve que el Indio se vendió, le interesa la multitud para ganar dinero. ¡Como si uno supiese cómo va a reaccionar la gente cuando saca un disco!

Siete

Lo que pasó esa noche me sorprendió. Puede que la embriaguez haya tenido que ver, estábamos medio picoteados…Veníamos hablando de los asuntos pendientes y salió el tema de los videos de Rácing: aquellos que habíamos grabado con tantas cámaras y que algún día, cuando estuviésemos en las condiciones ideales, queríamos editar y posproducir. Yo llevaba años reclamando que se hicieran copias del material, por cuestiones de seguridad (…) Lo único que sé es que seguimos gritando hasta que Skay se fue a la mierda, porque no le gustan las situaciones tensas. No recuerdo si al final dije expresamente. Esto se acabó acá, pero me subí al coche—el chofer me esperaba afuera, se había dormido ya—y volví a casa. (…) Y esa madrugada entendí que no quería saber más nada con ellos. Me llenó de amargura darme cuenta de lo que estaba pasando, de los que seguramente venía pasando desde hacía años: ¡qué ingenuidad la mía! Esa es una de las características de la traición: no sabés cuándo empezó, sólo la ves cuando llega el momento en que explota. (…) ¿Cómo seguís adelante con una relación, una vez que se instaló la desconfianza entre todos? ¿Cómo sabés si la verdad va a volver alguna vez a la boca de un amigo que te traicionó? (…) Cuando yo quemo naves, quemo naves. Y ya no me importa un carajo lo que atesoré hasta ayer, aunque sea mío. Por eso nunca les hice juicio. Si quieren regalar ese material de video, hacerlo público, yo no me voy a oponer. Pero en fin, me hubiera gustado que Los Redondos tuviesen un final más dedicado a la gente. Me quedé con las ganas de un final más elegante.  


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