Cómo es el protocolo médico para "estar cerca" de los pacientes con COVID-19 y evitar el aislamiento absoluto | RED/ACCIÓN

Cómo es el protocolo médico para "estar cerca" de los pacientes con COVID-19 y evitar el aislamiento absoluto

Cuando una persona es internada, no sale de su habitación hasta el día del alta, entre 14 y 21 días después. Y salvo para hacer el chequeo diario o situaciones especiales, los médicos y enfermeros no entran al cuarto. A través de la experiencia del Hospital Piñero, te contamos cómo el personal médico se las ingenia para acompañar a los pacientes.

Un mate cocido en lugar del té, que no le gusta. Una pregunta, del otro lado de la puerta, para saber si lo llamó su hijo. Un libro sobre la cama. Cualquier gesto, por pequeño que sea, hace la diferencia en los días de internación que pasan las personas con COVID-19.

Alejandra tiene 33 años y después de 14 días de internación en el Hospital Piñero, del barrio porteño de Flores, cuenta: “Cuando entré eran las 11.30 del 27 de abril. Me hicieron el hisopado y una placa porque me dolía mucho la espalda. Me llevaron a la habitación a las 18.20 porque la placa mostraba que tenía neumonía. Recién el 28 llegó el resultado positivo. Me sentía impotente, sola, angustiada. Como podía contagiar, casi nadie abría la puerta del lugar donde estaba salvo para lo indispensable”.

Desde que a un paciente le confirman que tiene COVID-19, sus familiares ya no pueden visitarlo y se activa un protocolo que, si no fuera por la dedicación del personal del hospital, el aislamiento sería absoluto.

Por ejemplo, cada vez que un médico o enfermero visita a un paciente o se le hace un hisopado deben vestirse siguiendo este orden: se ponen las botas descartables; se lavan las manos; se ponen guantes y luego la bata ajustada por detrás; se colocan el barbijo N°95 y después el barbijo quirúrgico; siguen con la cofia y la máscara que cubre toda la cara, para finalmente ponerse un segundo par de guantes. Y recién entonces, están listos para ver al paciente.

Para entrar a una habitación, se golpea la puerta y se le pide al paciente que se coloque el barbijo, mire de costado por si llega a toser y se mueva lentamente.

Situaciones como estas, atravesadas por el miedo, la angustia, la impotencia, el cuidado y el agradecimiento, son las que se viven todos los días en el hospital.

En el medio, el gran desafío para médicos y enfermeros es cómo hacer menos fría la atención de los pacientes, cómo acortar esa distancia inevitable que deben mantener para no contagiarse.

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Acompañar a la distancia

La sala de COVID-19 del Piñero tiene un plantel de 16 enfermeros y enfermeras que se reparten para cubrir todos los turnos a los largo de la semana. Gladys Zeniquel es la jefa de ese equipo, tiene 58 años y hace 15 que trabaja allí.

Gladys Zeniquel con parte del equipo de protección personal / Foto: Gentileza Galdys Zeniquel

“Mi mayor temor es a que uno del equipo se contagie. Si eso pasa nos contagiamos todos. Y pensar lo que eso puede significar para el hospital es angustiante”, explica Gladys.

De todos modos, “cuando ingresan los pacientes con la incertidumbre de no saber el resultado de su hisopado, los enfermeros tratamos de transmitirles confianza, decirles que pronto se van a poder ir y volver con sus familias”, cuenta Gladys.

Porque una vez que el paciente ingresa a la habitación y es diagnosticado con COVID-19, a menos que tengan que hacerle algún estudio que requiere traslado, no sale de la habitación hasta que le den el alta, entre 14 y 21 días después.

Claro que en muchos hospitales, y en una situación normal, muchos de los elementos que necesita una persona internada (agua embotellada, papel higiénico, toallitas femeninas, etcétera) los lleva la familia. Pero cuando esta no puede ingresar “el acceso a esos productos se dificulta y si no tenés a quién pedirle te quedás sin nada”, subraya Alejandra.

A eso hay que sumarle, que a los médicos y enfermeros, los pacientes no les ven siquiera la cara, y todo lo que tocan debe ser descartado. “Las comidas vienen en bandejas individuales y descartables, embolsadas”, explica Gladys.

Enfermeros sirviendo la comida / Foto: Gentileza Gladys Zeniquel

Además, las habitaciones del hospital no tienen televisión, wifi, calefacción ni aire acondicionado. En ese contexto, cualquier detalle que ponga de manifiesto una mirada atenta y humana hacia el paciente vale muchísimo.

Consciente de eso, Gladys cuenta: “Cuando llega el desayuno, tratamos de servirlo calentito. O lo calentamos si llega frío. Y si nos dicen que tienen hambre le damos un pancito de más, o si no les gusta el mate cocido le hacemos te”. Y agrega: “Hace unas semanas, el doctor Juan Cruz trajo libros desde su casa para repartirles y que puedan leer”.

Una comunidad que envía libros

Juan Cruz Diez Beltrán es médico y trabaja en el Piñero. “Suelo hacer esas cosas, llevar libros o poner a mi vieja a tejer gorros de lana para los pacientes que los necesitan”, cuenta.

“Me parece bueno que haya una continuidad entre la comunidad y el hospital. Y más en esta situación. Que el enfermo sepa que afuera piensan en su bienestar, lo cuidan, lo apoyan, lo esperan. Y que la comunidad sepa que no sólo puede quedarse en su casa, también puede ayudar a mejorar la estadía de las personas enfermas durante la internación”.

Para lograrlo, el médico avisó a los vecinos del edificio en el que vive que iba a juntar libros para los pacientes del hospital. Puso una caja afuera de su puerta y en pocos días se llenó.

Libros a disposición de los pacientes. Una vez que una persona lo lee, el texto se descarta por medidas de seguridad. / Foto: Gentileza Juan Cruz Diez Beltran

La atención de los pacientes con COVID-19 es bastante particular, cuenta Juan Cruz, porque “los ves poco y los tocás menos. Cada vez que entro a la habitación hay muchas barreras entre ellos y yo: máscaras, barbijos, guantes. Me mantengo a dos metros de distancia con mis manos en posición quieta, tomadas por delante, moviéndome en cámara lenta para no generar corriente de aire. Hablamos lo mínimo indispensable”.

Para contrarrestar tanta distancia, Juan Cruz aprovecha los pocos minutos que los ve para preguntarles sobre su familia o sus afectos, pero desde afuera de la habitación generar un contacto con ellos: si tienen internado un primo, están esperando el resultado del hisopado de una hermana o el llamado de un hijo.

Entonces, Juan Cruz vuelve en cualquier momento y les pregunta si tienen noticias de su primo, su hermana o sabe de su hijo. “Los animo a que llamen y pregunten, les digo que paso más tarde para que me cuenten, que quiero saber. También celebro con ellos si el resultado dio negativo, por ejemplo”, detalla el médico.

“Trato de ponerle onda por ellos y por mí. Yo también necesito ese mínimo contacto con los pacientes, me hacen la jornada más llevadera. Porque estar siempre en guardia, siguiendo detallados protocolos, agota”, dice Juan Cruz.

Desde la mirada del paciente, estos detalles son recordados. “No es que te traten mal, pero todo es muy frío. Casi nadie te pregunta cómo estás y los que lo hacen te cambian el día. No le deseo a nadie estar ahí sin celular, perdés la noción del tiempo”, cuenta Alejandra.

Juan Cruz recuerda la tensión de su primer día en la sala de pacientes con COVID-19, a mediados de marzo, cuando el resultado de un hisopado tardaba cinco días en conocerse (hoy demanda unas pocas horas).

“Esa mañana, a la tensión que ya implicaba mi trabajo ahí, se sumó un paciente joven, que gritaba y golpeaba la puerta de su habitación diciendo que lo teníamos secuestrado, que quería salir. Hasta que en un momento me enojé y terminé gritándole que en vez de despotricar debía agradecer la salud pública que tenía en su país, que lo estábamos cuidando a él y a su familia”, recuerda Juan Cruz.

El paciente, que solía pasar horas leyendo, se calmó. Poco después llegaron los resultados que le dieron negativo y se fue a su casa. Pero dos horas después regresó para dejarle una nota al médico al que le había gritado.

Lo que Juan Cruz no sabía era que lo que el paciente estaba leyendo era La peste, de Albert Camus. Y en la nota que le hizo llegar le agradece “a los funcionarios del hospital” con la transcripción de uno de los últimos párrafos de la novela:

“(...) el doctor Rieux decidió redactar la narración que aquí termina, por no ser de los que se callan, para testimoniar en favor de los apestados, para dejar por lo menos un recuerdo de la injusticia y de la violencia que les había sido hecha y para decir simplemente algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio”.

Nota que el paciente le dejó al doctor Juan Cruz Diez Beltrán / Foto: Gentileza Juan Cruz Diez Beltrán

Entre el miedo y el agotamiento

“La primera vez que entré a la sala estaba cagado en las patas”, reconoce Luis Monteverde, médico clínico, con décadas de trabajo dentro del hospital. En realidad, todo el mundo tiene miedo, aclara: los médicos, los enfermeros, los camilleros, el personal de limpieza, los pacientes y sus familias.

Luis Monteverde antes de cambiarse, en el hospital. / Foto: Gentileza Luis Monteverde

Luis tiene 59 años y factores de riesgo por edad, pero no quiere dejar de atender: “Me gusta estar en la trinchera y hoy la trinchera está acá. Este es mi lugar”.

“Si bien con el paso de los días te acostumbrás y el miedo afloja, es muy importante hacer todo a conciencia. Pero ese estar en guardia permanente te quema la cabeza”, sostiene.

“El paciente casi siempre quiere hablar cuando uno entra a la habitación, tiene miedo, pregunta si se va a morir. Uno trata de calmarlo, contenerlo. Pero también uno quiere irse porque no se quiere contagiar. Como máximo se está 15 minutos en la habitación. Y siempre hay una persona afuera, por si necesitamos algo”, cuenta Luis.

La empatía que el equipo de salud del hospital logra con muchos pacientes se refleja en los aplausos con los que hace unos días despidieron a Irma, de 69 años, que logró recuperarse de COVID-19:

La psiquiatra Daniela De Gregorio, que forma parte del equipo de psicólogos y psiquiatras de interconsultas del Piñero, cuenta que “a los médicos a veces se los ve desbordados, preocupados por cumplir con el protocolo, por si se enferman, si contagian a sus familias”. Y acota: “Se los ve al borde de padecer Síndrome de Burnout, que lo que provoca es disminución en las habilidades, insomnio, pérdida de apetito, miedo a la muerte, imágenes de la práctica que vuelven a sus cabezas”. 

El equipo hoy atiende a pacientes (a veces de manera presencial y otras telefónica), familiares, enfermeros y médicos. “Los pacientes suelen tener tanto miedo que entran en pánico, tienen síntomas de ansiedad y recalculan todo el tiempo con quiénes estuvieron y a quiénes pudieron contagiar”, explica Daniela.

“Lo más duro eran las noches, cuando mis hijos me llamaban llorando, diciendo que me extrañaban. Y lo que más me animaba era escuchar la voz del médico que iba preguntando puerta por puerta cómo estaba el hijo de uno, la hermana del otro, si necesitábamos algo”, cierra Alejandra.


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