El desafío de construir ciudades inclusivas para combatir la pobreza

En Argentina los pobres viven en ciudades. Es ahí donde predomina la informalidad, la exclusión social y donde se manifiesta de la manera más cruel la desigualdad. Ahora, con el país nuevamente en crisis, el dilema ya no es cómo reducir la pobreza, sino cómo evitar que haya más pobres.

Por Iván Weissman

3 de septiembre de 2018

Villa31urbanizacion

Por enésima vez en los últimos 50 años la Argentina enfrenta una crisis económica. Y cómo en todas las crisis, los que quedan más expuestos son los pobres. Este fin de semana, Agustín Salvia, director de Investigación del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA), sostuvo: “hasta hace poco discutíamos sobre cómo reducir la pobreza. Hoy sobre cómo evitar que haya más pobres”.

Muchas veces, explicó Salvia, lo urgente supera lo importante y la coyuntura nos impide ver lo estructural. En ese sentido, Salvia estima que para octubre el nivel de pobreza volverá a estar en 30%, cifra similar a la que heredó el Gobierno de Mauricio Macri en 2016.

En Argentina, el 93% de la población vive en ciudades y es ahí donde está la mayoría de los pobres. La cifra viene de la Secretaría de Infraestructura Urbana del Ministerio del Interior. Y es en las ciudades donde predomina la informalidad, la exclusión social y donde se manifiesta de la manera más cruel la desigualdad.

Mariana Barrera, directora de Desarrollo Sostenible del ministerio, lo pone en números: “En Argentina hay 6300 áreas precarias, muy fragmentadas, de las cuales alrededor del 80% está en 5 ciudades”. En esas áreas viven cerca de 3,6 millones de familias que no tienen agua, el 45% carece de cloacas y en su gran mayoría no tienen acceso a viviendas de calidad.

También revela que ahí la tasa de homicidio es 6 veces mayor al promedio nacional y la esperanza de vida es 10 años menor al resto de la Argentina. “No es lo mismo nacer en un área de riesgo urbano que en una rural. En muchos sentidos, las condiciones en un contexto urbano son mucho más precarias”, dice Barrera, que la semana pasada participó en la Conferencia Internacional de la Asociación sobre Desarrollo Humano y Capacidades (HDCA), que fue organizada por la UCA, en colaboración con Flacso.

En la Villa 31, de Buenos Aires, viven cerca de 40.000 personas. Ahí el 76% de las personas no completó la educación secundaria, el 74% no tiene cobertura médica y el 64% obtiene ingresos informales.

Lo que revela la funcionaria y las cifras oficiales son consistentes con el tema que dominó la agenda del encuentro de la UCA, en el que participaron más de 400 expertos de alrededor del mundo: para combatir la pobreza hay que atacarla en el contexto urbano y es clave construir ciudades inclusivas.

Pero hacer obras no basta para integrar barrios marginales. “Hay que definir qué significa ser pobre y qué pobreza queremos erradicar”, dice Barrera. “Es un desafío garantizar la permanencia de las mejoras que hacemos y las infraestructura que construímos”.

Un ejemplo es el tema de la violencia. Para los que viven en villas o favelas, el impacto de una mejora en infraestructura se ve opacado si viven en un clima de inseguridad. Varios de los participantes dicen que hay que implementar políticas transversales que vayan más allá de la infraestructura, especialmente para los nuevos desarrollos urbanos.

Diego Fernández, secretario de Integración Social y Urbana del Gobierno de la Ciudad dice que uno de los desafíos es ganar la confianza de la comunidad. “La integración debe producirse en ambos lados de la ciudad. No es que tenemos que arreglar un solo lado. Esto lleva mucho tiempo, pero hemos dado pasos que nos muestran que estamos en una dirección promisoria”.

Carole Megevand, experta del Banco Mundial que participó en la conferencia de Buenos Aires de la semana pasada, dijo que “el principal desafío es lograr que los asentamientos informales no sean islas y que la integración no sea solo espacial, sino también social y económica”.

El ejemplo de La Palito

Una de las historia de éxito de integración en Argentina es La Palito (ahora también conocida como Barrio Almafuerte). Es una historia que Lucía Wei He contó hace un mes en RED/ACCIÓN: en las últimas dos décadas, gracias al trabajo de los vecinos, logró convertirse en un modelo de integración socio-urbana que superó los intereses políticos. Tiene 10.000 habitantes y es uno de los barrios populares más grandes de La Matanza, en el conurbano bonaerense.

En esos 20 años las construcciones de barro y chapa fueron reemplazadas por más de 1.300 casas coloridas y de ladrillo. Casi todo el barrio tiene calles asfaltadas y veredas. Debajo del asfalto se construyeron redes cloacales y de agua potable; y por encima, tendido eléctrico seguro que llega a todo el barrio.

El éxito del proceso confirmó que para atacar el problema es necesario un enfoque multidimensional y no quedarse con las obras. La iniciativa para hacer los cambios nació de los vecinos, pero el barrio también creó instituciones que permitieran la integración y para eso tuvo la colaboración del Estado. Hoy cuenta con dos jardines de infantes, una escuela primaria y secundaria, una orquesta para niños, y un centro de formación profesional donde se ofrecen cursos de soldadura, carpintería, y panadería, entre otros.

Enfocar el debate a nivel ciudad en vez de a nivel nacional, puede hacer milagros, dice Avner De-Shalit, un experto de Israel que dio una de las presentaciones más anticipadas acerca del papel que las ciudades pueden jugar en superar la pobreza y en la inclusión de los inmigrantes. “El 95% de los migrantes van a las ciudades. El sentido de lugar es importante para la identidad, tanto para los migrantes como para quienes migraron”, explica y destaca que en su gran mayoría los inmigrantes son pobres.

El desafío de medir los diferentes tipos de pobreza

Uno de los expositores destacados del encuentro de la UCA fue Santiago Levy, politólogo y economista del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Levy dijo que hay consenso sobre que el PBI no mide el bienestar de una población y que el Estado tienen que tener un rol clave en asegurarse que los más pobres tengan acceso a una educación de calidad, comida, salud y agua. Y también proveer un seguro para que tengan una vejez digna. Esos son todos desafíos en los que las ciudades tienen que jugar un rol clave, ya que ahí es donde reina la informalidad, pero también donde es más factible intervenir y medir la dimensión del problema.

Ravi Kanbur, académico de la universidad de Cornell, en Estados Unidos, y ex alto funcionario del Banco Mundial, dice que es muy importante saber medir lo que queremos combatir. Barrera, la funcionaria del Ministerio del Interior, dice que ese es uno de los problemas en Argentina. Los datos son limitados. Algunos son del censo del 2010.

Salvia dice que no hay consenso acerca de qué dimensiones incluir y qué estadísticas están faltando. Es que ya sea en el censo o en la encuesta de la UCA, es clave entender que la pobreza no es sólo un problema económico y desde ahí poder definir qué es ser pobre en una sociedad como la Argentina.

Foto: Eitan Abramovich - AFP

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