El guardavidas que rescata a quienes arriesgan su vida para cruzar el Mediterráneo en botes y gomones | RED/ACCIÓN

El guardavidas que rescata a quienes arriesgan su vida para cruzar el Mediterráneo en botes y gomones

Hace cuatro años el español Oscar Camps recorre las rutas marítimas que unen África con Europa. Junto a un puñado de voluntarios y con dos barcos donados, su misión es proteger la vida de los migrantes que escapan del hambre o la violencia. La red que creó ya lleva realizadas 70 misiones y salvadas 60 mil vidas.

Foto: gentileza Open Arms

Cuando tenía 23 años, a fines de los 80, Oscar Camps, oriundo de Badalona, una pequeña ciudad española situada a 10 kilómetros de Barcelona en la costa del Mediterráneo, y de Llefià, un barrio obrero y humilde, fue, como tantas veces, a buscar a su novia —que se convertiría en su primera mujer—, a su casa en Les Corts, una zona residencial y elegante de Barcelona, llena de jardines, parques y plazas. Hogar de la clase media acomodada de la ciudad. 

Aunque iba seguido casi ninguna persona del vecindario le hablaba. La excepción era uno de los porteros de la finca donde vivía su pareja, que era más simpático y cordial que los demás. Ese hombre, del que Camps no sabía el nombre, lo saludaba y le daba conversación cada vez que llegaba. Pero esa vez, no fue como tantas otras. 

Al llegar al edificio, Camps se encontró a ese portero en el suelo, regurgitando y emitiendo sonidos extraños, cavernosos. Estaba sufriendo un infarto. Él no sabía cómo socorrerlo, no sabía hacer primeros auxilios y se vio invadido por el terror. Sin dudarlo tocó todos los porteros de la extensa torre rogando por un médico. Pero nadie respondió. Su auto estaba estacionado en doble fila. Cargó al hombre, lo metió adentro y sacando un pañuelo por la ventana y tocando la bocina avanzó a toda velocidad hasta el hospital más cercano. Estaba  a 4 minutos de distancia. Cuando llegó, el portero estaba muerto. 

—¿Qué me has traído? ¡Me has traído un cadáver! —me dijo el médico.
—No, estaba vivo, hacía ruidos.
—¿No le hiciste las maniobras de reanimación?
— No.
—Si se las hubieses hecho, posiblemente lo hubiéramos salvado.
—¿Dónde las aprendo?
—En la Cruz Roja dan cursillos. 

—Me quedó la espina clavada de no haber podido ayudar a ese pobre hombre. La pasé fatal. Y dije: esto no me va a volver a pasar nunca más.  

Foto: gentileza Open Arms.

***

Oscar Camps tiene 55 años. Es morocho, de barba entrecana, ojos verdes agrisados, la piel curtida por los días en altamar y un cerrado acento español. El escenario —algo inverosímil— de nuestra conversación es el ostentoso bar del Hotel Faena, donde lo alojaron. Vino a Buenos Aires como invitado para dar una conferencia.

Ahora, la media mañana del jueves 21 de noviembre, desde un sofá de terciopelo color vino tinto, entre madera lustrosa, luces tenues y exquisitos detalles llenos de pretensión, coordina desde su teléfono, a miles de kilómetros de distancia, una misión que Open Arms, la ONG que fundó para proteger la vida de las personas que intentan llegar a Europa por mar, está desarrollando en el medio del Mediterráneo. Comenzó a dirigirla anoche porque el rescate se realizó a las 3 de la madrugada. 

El cierre de fronteras y la reducción de opciones regulares para migrar a Europa en los últimos años provocó que se generaran otras rutas, más largas y peligrosas, y que se consolidaran mafias en esas rutas. Cientos de miles de personas que huyen de conflictos bélicos, de la violencia, el hambre y la discriminación caen en sus redes con promesas de un traslado seguro e inmediatamente se convierten en víctimas de abusos de todo tipo.

Por lo general les piden grandes sumas de dinero, les quitan su documentos, los golpean o torturan si no pagan. Les prometen viajes cómodos en condiciones que no existen. Cuando llegan a las embarcaciones descubren que son gomones precarios o pequeñas barcas de madera donde meten dos o tres veces la capacidad de personas que resisten. Suben entre 150 y 700 migrantes, con combustible que solo alcanza para unos 20 kilómetros, para un recorrido que dura entre uno y dos días. 

El viaje usual empieza en la costa libia. Allí los refugiados, que vienen principalmente de países africanos como Marruecos, Argelia, Egipto, Senegal, Eritrea, Nigeria, Ghana y Libia —aunque también los hay de países de Asia que viajan durante meses de forma clandestina hasta llegar a las embarcaciones que los pondrán en el mar—, comienzan un periplo de alrededor de 500 kilómetros hasta alguna de las costas europeas, una distancia que, según Camps, ninguna de las embarcaciones en las que navegan está apta para recorrer, por lo que el número de muertes es cada vez mayor. “Una vez en aguas internacionales la suerte es su única opción”. 

Una de cada 18 personas muere ahogada. Cerca de 35 mil personas han muerto en el Mediterráneo, “el corredor migratorio más mortífero del mundo”, desde 1993. Por eso Open Arms. 

Por eso ahora, los dos barcos que tiene la organización (ambos donados por filántropos millonarios) navegan “a 100 millas de ninguna parte”. El que Camps conduce a la distancia tiene 73 personas a bordo; entre ellas siete argentinos, incluido el capitán —cuenta, acariciando el chauvinismo criollo. 

Por eso ahora, mientras mastica caramelos de mentol, tipea directivas que atraviesan el océano desde su teléfono. De fondo suena música de jazz.

***

A sus veintipocos, después de no poder salvarle la vida al único portero que le hablaba en Les Corts, fue a la Cruz Roja a hacer el curso de primeros auxilios, tal como le había indicado aquel médico. Después se convirtió en emprendedor. Puso una empresa de alquiler de autos en Barcelona, se casó con su novia, prosperó. Hasta que se divorció. Y en su vida se abrió un agujero negro por el que tiró todo: pareja, casa, negocio. Se mudó a una pensión, empezó de cero.

Y volvió a la Cruz Roja. Lo emplearon para que consiguiera donativos a cambio del 30% de lo que recaudara. “En dos meses —se jacta— era el que más plata ganaba de toda la organización”. Le ofrecieron un contrato y comenzó a buscar capacitarse como guardavidas para poder estar en el mar, algo de lo que disfrutaba desde niño, cuando su abuelo lo llevaba todos los días a la playa.

Al ver que el único curso disponible era pobre en contenidos y auspiciaba la negligencia (en solo 40 horas de capacitación te convertías en guardavidas), decidió dedicarse a profesionalizar el oficio en España. 

—En el 92, cuando fueron los Juegos Olímpicos, Barcelona se despertó con 5 kilómetros de playas artificiales y sin guardavidas. Entonces moría la gente. Empecé a trabajar en eso: traje a una persona de Los Ángeles que vino con los apuntes en inglés y con la boya naranja a explicarnos cómo había que hacerlo todo. Comenzamos a escribir el libro de la formación y a dar un curso de 400 horas. Hasta que vi que la Cruz Roja solo quería voluntarios. Pensé: “No puedo dirigir la playa con voluntarios porque puede venir cualquiera y no le puedo decir: ‘Tu no vayas’”. Cuando tienes dos niños muertos en una temporada y ves que es incompetencia del que está sentado en la silla, yo no me responsabilizo. Entonces me fui por mi cuenta. 

En las puertas del nuevo milenio Camps fundó Pro-activa Servicios Acuáticos, una compañía de guardavidas que brinda seguridad en diferentes playas españolas y también ofrece otro tipo de prestaciones como reparar puertos y actividades subacuáticas. La empresa tiene hoy más de 500 socorristas.   

—En 2015, al ver lo que sucedía en Grecia, que la gente moría en las playas y no había guardavidas, decidimos ir. Con mis ahorros y un compañero de la compañía nos desplazamos a la Isla de Lesbos a ver si podíamos echar una mano. Primero nos ofrecimos formalmente, como compañía, al gobierno español, al gobierno griego y a la Unión Europea, hicimos escritos para ir de forma completamente altruista a proteger la vida de esas personas pero nadie nos respondió, nadie se lo tomó en serio. Así que con una mochila, un uniforme, unas aletas y un neopreno, nos plantamos en Lesbos. 

El mismo día de su llegada, nadando tramos de 200 metros, rescataron alrededor de 60 personas de un gomón que se hundía.

Hasta el 2017 no tuvieron barco, “así que fue todo con buena voluntad”, recuerda. Hacían lo que estaba a su alcance. Lo que les daba el cuerpo. Ninguna organización se había acercado a Lesbos. Solo había voluntarios, como ellos, que habían ido con mucha iniciativa pero sin experiencia en el mar. 

—Nos convertimos en una pieza fundamental en Lesbos en ese período, donde entraron por allí casi 200 mil personas, y murieron muchísimos. 

Ahí mismo debieron darle un marco legal a lo que estaban haciendo porque al comienzo eran dos socorristas pero dada la cantidad de personas que llegaban, llamaron a cuatro compañeros más para que viajaran a asistirlos. Si no se constituían como ONG —les habían advertido— podían echarlos del país ya que no tenían ningún seguro ni nada que los respaldara. En ese mismo momento, desde Lesbos, Camps llamó al abogado de Pro-activa que se descargó los reglamentos y estatutos por internet, completaron los formularios que debían rellenar y así, al teléfono, a la distancia, al igual que ahora coordina un rescate de personas del mar desde un hotel lujoso, creó Open Arms.  

—Nunca hubo la intención de montar nada —asegura Camps—, simplemente fue una respuesta nacional y popular, ciudadana, de un grupo de guardavidas que se negaban a ver cómo la gente moría y a quedarse en el primer mundo buscando niños perdidos, defendiendo picadas de meduzas en playas donde no se ahoga prácticamente nadie, estando preparados para rescatar en condiciones severas. Así hemos llevado a cabo, ininterrumpidamente, 70 misiones de 15 días. Nunca pensamos en que íbamos a acabar cuatro años más tarde con dos barcos en el Mediterráneo y 60 mil vidas salvadas.

***

Además de no dar abasto para salvar a las miles de personas que mueren al intentar cruzar el Mediterráneo, de la escasez de recursos, de lo problemas de convivencia que se dan dentro del barco entre quienes sí pueden ser rescatados del agua por los días de hacinamiento e incertidumbre, Open Arms está en la mira de varios funcionarios europeos, principalmente italianos y españoles, que se niegan a recibir a los migrantes que ellos salvan.      

Camps sostiene que la presión migratoria en Europa, Estados Unidos, América o el mundo entre Sur-Norte, es la misma desde 1960: “El porcentaje de la población que migra, respecto a la población mundial, desde el periodo posterior a la segunda guerra mundial hasta la actualidad, siempre es un 3.4%. Eso te lo puedo decir así o te puedo decir que en 1960 había 96 millones de migrantes y en 2018 hay 250 millones y se ha triplicado. Pues no es verdad, lo que se ha triplicado es la población mundial. Pero el uso de la información ahora es muy tendencioso. Muchos medios de comunicación generan un discurso que es muy aceptado socialmente y dice que el tema migratorio es un gran problema, pero en realidad es una cortina de humo que tapa problemas mucho más serios como la salud pública, la educación, la pérdida de las pensiones [jubilaciones]”. 

Asegura que no existe ninguna crisis migratoria. Que lo que hay es una crisis de valores generada por “partidos de corte extremista”. Que esta, es la tercera guerra mundial, que no es contra países sino contra nosotros mismos, contra los pobres, contra los derechos humanos. 

—Y no podemos protestar porque si salimos a la calle se va a utilizar toda la violencia posible. Estamos viendo lo que ocurre en sudamérica; cómo Trump agita a pequeños países como Honduras o El Salvador porque necesita esa imagen de la caravana yendo a Estados Unidos para justificar su no política económica, su no política social y su muro. En Europa están entrando centenares de miles de personas en situación irregular. Suelen ser musulmanes y mayoritariamente negros. Resulta que son los únicos ilegales en aguas internacionales. El resto del mundo navega siendo completamente legal. Eso condiciona cuando lees un artículo que dice: “Hemos rescatado no sé cuántos inmigrantes ilegales”. ¿Perdón? ¡Eran náufragos! El derecho dice que las vidas en peligro no se discriminan. Da igual que sean turistas, practicantes de deportes náuticos, pescadores o militares. En cuanto los depositemos en tierra serán personas en una situación administrativa irregular ¡pero no ilegales! 

Open Arms fue denunciado innumerables veces en Europa. Fueron investigados por el fiscal antimafia italiano, el gobierno español los bloqueó durante meses con recursos administrativos porque no tenían motivos jurídicos. Ninguna denuncia —dice Camps sin reparar en la metáfora— “ha llegado a buen puerto”. Por el contrario: la organización ganó todos los casos y derribó decretos millonarios. “Open Arms es el único barco del mundo que ha estado bloqueado en 5 países de la Unión Europea. Es un barco que no transporta nada, solo trae voluntarios y médicos, y es el más temido del Mediterráneo. Se están introduciendo armas en Libia, en el mismo lugar donde rescatamos personas, en el mismo mar, pero solo se habla de nuestro barco. Es curioso”.

Open Arms no depende de la Unión Europea, ni del Gobierno español o del de Catalunya. No son financiados por ellos. Reciben donaciones de personas particulares y "de las administraciones más pequeñas, más populares". Su objetivo es "tejer una red de ciudades humanistas en las que el principio rector sea defender los derechos humanos básicos. Que son los derechos de todos”. 

Foto: Santi Palacios. Gentileza Open Arms.

***

Hasta cuándo. 

Se pregunta Camps mientras vuelve a revisar su teléfono. Esta vez le escribe a su “futura exmujer”. Sus días, que transcurre más en mar que en tierra, de un país a otro y de misión en misión, erosionaron su relación. 

—He arruinado mi vida, mi familia. Lo he arruinado todo. Pero no puedo dejarlo. Si has decidido emprender esta causa tienes que llevarla hasta el final. 

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