Humoristas gráficas, historietistas, ilustradoras: la revolución feminista también es de tinta y papel | RED/ACCIÓN

Humoristas gráficas, historietistas, ilustradoras: la revolución feminista también es de tinta y papel

Cami-Camila, Ofelia y La Cope son algunos de los personajes gráficos hechos por mujeres que, desde el humor y la vida cotidiana, generan identificación, interpelan y visibilizan luchas y conquistas de género. Cómo nacieron, de qué hablan y quiénes son sus creadoras.

Ilustraciones: gentileza de Camila, Julieta Arroquy y las redes de La Cope | Intervención: Pablo Domrose

“Me acuerdo de intentar imaginarme: ¿cuántas son 100 personas? Hay 100 dedos que pusieron like en una página que creé yo, desde mi computadora, con las mismas cosas que le escribía a mis amigas o en mis cuadernos, o en mi cabeza. Me parecía todo increíble”, dice Camila, creadora del personaje Cami-Camila sobre el nacimiento de su fanpage en enero de 2015. 

El pseudónimo que daría nombre a su personaje nació con su primera cuenta de Facebook, a sus 17 años, porque no quería poner su apellido para “no dar tantos datos de su vida en las redes”, recuerda y se ríe. Ahora tiene más de un millón de seguidores en esta plataforma y otros cientos de miles en Instagram, donde semana a semana publica las historietas de Cami-Camila, una chica que vive, piensa y reflexiona, con humor, sobre todo tipo de situaciones que viven las personas entre los veinti y los treinti. Y que, claramente, tiene mucho de su vida. 

De chica quería ser escritora de cuentos infantiles. La vocación fue mutando, las palabras se amontonaron dentro de globos, se unieron a personajes de tinta con la potencia de la mirada crítica (y autocrítica), de la denuncia, del comentario sagaz, del sarcasmo. 

Sus historietas están atravesadas por una clara mirada de género. Si bien dice que no fue su objetivo desde el comienzo, las situaciones que vive Cami-Camila están empapadas de todo lo que la historietista vive. Y la ola feminista que comenzó a crecer en los últimos años impactó en ambas. 

“Para mí fue un click total: de pronto encontrarme con historietas y textos viejos que escribí y decir ¿qué dije?, ¿cómo podía pensar eso? La deconstrucción de todas las personas que escribimos se nota mucho, por suerte. Mi cabeza dio un giro impresionante, sin dudas me queda mucho por deconstruir todavía, pero me di cuenta de la necesidad y la importancia de la búsqueda de un humor más constructivo, que empodere, que nos potencie a las mujeres, que nos una, y si antes hablaba de autoestima y de la importancia de ayudarnos entre nosotras en algunas viñetas, ahora más todavía”.  

Camila asegura que el humor gráfico también es un canal para visibilizar las conquistas feministas de los últimos tiempos: “La cercanía con el lector, sumado a la inmediatez de las redes lo vuelve una herramienta buenísima para mostrar el laburo y para reflexionar sobre eso”. Además, en su caso, como en el de otras tantas cuentas en las que la mayoría de las lectoras son mujeres, “los mismos posteos se convierten en un espacio y un lugar de debates constantes que son súperenriquecedores”. 

Si hace algunos años Maitena, referente ineludible y pionera en Argentina del humor gráfico femenino, se llevaba toda la atención de las lectoras, hoy este género creció y se diversificó de la mano de las redes, las plataformas virtuales y “la revolución de las hijas”. 

“Creo que perdimos un poco la formalidad que tenían todas las historietas. Eso tiene que ver cien por ciento con el medio en el que se pautan y se leen. Hoy en día, al publicar en las redes y no depender de un diario o una revista en el que un editor diga ‘esto sí, esto no’, hay mucha libertad de contenido. No me imagino en otro momento mandarte una puteada o escribir algún argentinismo o alguna frase que se esté usando, hay ciertas cuestiones más informales que las redes nos permiten, con las que a mí me gusta jugar mucho. Además, sin dudas, hubo un salto radical con el auge del feminismo en Argentina que cambió por siempre la manera de pensarnos a nosotras mismas y de repensar el humor”, dice Camila. 

Ella integra una nueva generación de mujeres dibujantes e historietistas. “Y cada vez somos más”, asegura. “Y nos juntamos, y hacemos ferias, y algunas hasta unen fuerzas para ciertos proyectos. Nos estamos conectando un montón en estos últimos años; lo que se está dando es increíble, sororidad ilustradora con todas las letras”. 

Si hablamos de historietistas y humoristas gráficas que encrespan la ola verde desde el lápiz y el papel, el personaje de rulos y mirada aguda que nació a imagen y semejanza de su creadora, Lía Copello, también está arriba de la lista. Con cientos de miles de seguidores en las redes, La Cope cosecha cantidades de corazones —y sus correspondietes haters— cada vez que tiene algo para decir.  

Como Camila, Lía Copello trabajaba en publicidad y se aburrió de la publicidad. Como Camila, hizo varios talleres literarios y su pasión estaba en las letras. Como Camila, dibujar empezó siendo un hobby. En distintas entrevistas aseguró que lo hacía mal, por eso fabricó “un dibujo simple” que pudiera hacer a diario.

La Cope vio la luz en las redes en el 2014. Y comenzó a crecer. Lo que empezó siendo una manera de exorcizar el tedio de la rutina, una broma que compartía con amigos y amigas, adquirió dimensiones, para ella, inesperadas al interpelar y lograr la identificación de cientos de miles de lectoras. 

Este personaje también se nutre de las vivencias de su creadora, y lo que le pasa, su modo de hablar y su contenido, fueron mutando en estos cinco años de la mano de los cambios sociales y culturales. En sus comienzos, las historietas hablaban de situaciones cotidianas en las relaciones de pareja, de experiencias laborales, charlas con amigas. Ahora también, pero de otra manera. La Cope fue adquiriendo su propia identidad y la irrupción del Ni Una Menos, el auge de los movimientos feministas, el lenguaje inclusivo, la exigencia del aborto legal, seguro y gratuito y los cambios que impulsan las nuevas generaciones la tomaron por completo: hoy es una referente por la llegada y los debates que desata desde las viñetas.

“Agitadora cultural”, se define en su sitio web. Una que “con el paso de su carrera fue migrando a una línea más comprometida”. Hoy Copello da talleres de ilustración feminista, participa de Wachas Radio, un programa que tiene junto a sus amigas, publicó su primera novela gráfica, Víboras. Mutando nuestra piel —a la que define como el diario de una deconstrucción que “con humor y data invita a tener una mirada nueva sobre lo que siempre te pareció natural”—, y forma parte de Línea Peluda, un colectivo de ilustradoras feministas que ella impulsó —creó un chat con otras 15 dibujantes que se convirtió en un grupo de más de 500 que tiene sus propias redes y miles de seguidores— que luchan por el aborto legal. 

La masturbación femenina, la menstruación, el mansplaining, el amor propio y la sororidad, atraviesan todo lo que la historietista encara. El objetivo: cargar las tintas para aplastar tabúes, desarmar mitos, aniquilar estereotipos todavía vigentes. Deconstruir para reconstruir con libertad e igualdad. 

Otra pionera en el humor gráfico de género, que aunque no comparte generación con Camila y Copello tiene con ellas otros muchos puntos en común —su pasión estaba puesta en la escritura, empezó a dibujar a los 31 años tras una ruptura amorosa para canalizar la tristeza de un corazón roto y otros vacíos existenciales y después se dio cuenta que sin querer estaba haciendo humor gráfico, creó un personaje que se convirtió en su alter ego y empezó a crecer— es Julieta Arroquy.

En 2007 Julieta empezó a dibujar objetos que veía en su casa (“como un mate, dos tacitas de café, un cenicero con puchos”) y comenzó a escribir leyendas a esos dibujos; su primer libro, Oh no! Me enamoré (2010), compilaba parte de ese trabajo. Otros los enviaba a la revista OHLALÁ, de la cual era humorista, aunque le “rebotaban la mayoría de los dibujos porque no tenían nada que ver con sus contenidos”, recuerda. Desde ese momento, “cuando todavía no existía mucho el feminismo en la Argentina, en el sentido que las que pertenecían al movimiento todavía estaban muy invisibilizadas y para las que no pertenecían parecía que ‘feminismo’ era mala palabra”, Arroquy ya venía haciendo algunas tiras y trabajos sobre cuestiones de género. Después, en 2011, creó a Ofelia: una mujer con cuerpo de niña que hablaría asidua y abiertamente sobre la desigualdad, la violencia machista, el aborto.

“En ese primer libro había algunas denuncias que tenían que ver más con el lugar que ocupamos las mujeres y la mirada de los hombres, pero comunicaba a través de objetos. Con Ofelia pude ponerle voz a una persona”, explica.

La primera vez que su personaje habló de la explotación sexual de mujeres fue en 2012, después de que la entrevistara una chica que era prima de María Cash. “Ella me llevó a Marita Verón, a Florencia Pennacchi y a un montón de otras chicas que habían desaparecido”, dice. Antes de eso también había hecho algunas tiras sobre violencia de género para la revista mexicana Mujeres. Recuerda una en particular compuesta por dos cuadros, uno con una mujer en ropa interior y la leyenda “Victoria's Secret”; el otro con una mujer con un brazo partido, un ojo morado y la leyenda “Martha’s Secret”. “Porque hasta ese momento la idea de denunciar al hombre no estaba vigente, pasó tiempo hasta que las mujeres empezamos a hablar”. 

Arroquy también considera al movimiento Ni Una Menos como un punto de inflexión, un despertar de demasiadas cosas que generó “un aluvión de mujeres que empezaron a dibujar; muchas más mujeres denunciando, hablando de feminismo y empezando a replantearse los estereotipos, valores y mandatos impuestos como la maternidad”.

Como Camila, la creadora de Ofelia asegura que las redes sociales permitieron “mostrar el trabajo y lo que uno estaba haciendo tal vez en silencio”, y que eso se difunda. Y concuerda en que la formalidad, que quizás antes requería el género, se extinguió: “La idea de ser un eximio dibujante de academia, de trazos perfectos, no es tan importante a la hora de comunicar como sí lo es el guion, el mensaje es mucho más importante que el dibujo en sí”. 

Su personaje Ofelia —que nació espontáneamente cuando firmaba ejemplares de Oh no! Me enamoré con dedicatorias dibujadas en la Feria del Libro 2011— vive en las redes sociales, donde tiene miles de seguidores; protagonizó cuatro libros; se publicó en el extinto diario Libre, de Perfil; en México; Centroamérica; Italia; España y Portugal. Habló sin parar durante casi una década. Cuestionó el mandato de la maternidad, denunció la violencia de género. Y aunque ahora no se aparece tan asiduamente porque su creadora tiene otros proyectos, como la ilustración de tapas y notas del suplemento feminista Las 12 de Página 12, Ofelia se pronunció a favor de la legalización del aborto, preguntó dónde estaba Santiago Maldonado.  

Arroquy está segura: el humor gráfico, las tiras, “todo sirve para visibilizar las luchas de género, mientras no estés ofendiendo o perjudicando a alguien. Ahora hay mucha producción de todo tipo, musical, audiovisual, artística, que tiene que ver con visibilizar un montón de cuestiones y a un montón de mujeres que estuvieron invisibilizadas mucho tiempo: cuántas mujeres estaban abortando clandestinamente, cuántas eran violadas, maltratadas por sus maridos. Todos nos estábamos haciendo los boludos un poco con eso. Y el humor nos permite digerir un montón de verdades. Permite mostrar, concientizar. Reírnos de nosotras mismas, de muchas cosas de las que todavía tenemos que hacer autocrítica”.

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