La historia de mis padres
(y la de otros inmigrantes chinos en la Argentina)

Por Lucía Wei He
28 de junio de 2018

Preguntamos a qué comunidades de inmigrantes en Argentina les gustaría conocer y entre las propuestas, estaba la comunidad China. Aquí el primero de una serie de artículos que iremos publicando.

Un diccionario Chino-Español, pesado y de tapa gris, era una de las pocas pertenencias que traía consigo Luo cuando llegó a Mar del Plata en 1989. Venía desde Pekín con su hijo de tres años a reencontrarse con Hong, su marido, quién había llegado a la Argentina dos años antes. Ninguno sabía una palabra de español, y el diccionario era su llave de entrada a la nueva vida que les esperaba.

Hong y Luo se habían conocido jugando ping pong en 1984. Él tenía 28 años y ella 26. Trabajaban en el mismo edificio en el centro de Pekín, pero habían crecido en lugares muy diferentes. Él era de Dalian, una ciudad portuaria al norte del país, donde sus padres eran pescadores. Y ella de Wuhan, una ciudad industrial en el centro de China, donde sus padres eran profesores universitarios. A pesar de las diferencias, su conexión fue inmediata.

“Fuimos con una amiga al área de descanso del edificio y jugamos un partido de dobles con dos amigos de ella. Uno era Hong”, recuerda Luo. “Desde ahí pasó todo muy rápido. A los meses nos casamos en una ceremonia civil y al año tuvimos a nuestro primer hijo, Mu”.

En 1987, en el marco de una naciente política para expandir la presencia económica de China en otras partes del mundo, la empresa estatal de comercio para la que trabajaba Hong le ofreció a la pareja la oportunidad de irse a Mar del Plata, Argentina, para expandir las operaciones de la empresa ahí.

“No sabíamos nada de Argentina. Sólo habíamos escuchado que era un país lindo”, cuenta Luo. “Pero aceptamos la oferta de inmediato. En esos entonces, debido a la situación política y económica del país, si te daban la oportunidad de irte, te ibas, no importaba a dónde”.

Los jóvenes Luo y Hong en Pekín en 1985.
Los jóvenes Luo y Hong en Pekín en 1985.

Luo y Hong aprendieron español por su cuenta, recurriendo al diccionario, buscando cada palabra que escuchaban y que necesitaban usar.

“A veces, para practicar, iba al kiosko de la esquina y le hablaba a la señora que atendía: ¿Cómo estás? ¡Qué lindo día!”, cuenta Luo.

En los años y décadas que siguieron, Hong y Luo vivieron numerosos aprendizajes y desafíos, desde aprender a tomar mate o hacer asado, hasta fundar su propia empresa y verla crecer.

También vieron cumplido un sueño que en China no hubiese sido posible debido a la estricta política de hijo único implementada en 1979 por el gobierno chino. En 1992, en el Hospital Comunidad de Mar del Plata, le dieron la bienvenida a la hermana de Mu, yo. Restringidos por el Registro Civil, que sólo permitía poner primeros nombres incluidos en un listado oficial, me dieron un nombre híbrido que representaría mi vida entre dos culturas opuestas, pero de alguna manera complementarias: Lucía Wei He.

La familia He en Mar del Plata: Mu, Hong, Luo y Lucía, la única nacida en Argentina.

Mis padres son algunos de los cientos de miles de ciudadanos chinos que emigraron a la Argentina en las últimas décadas. Según el último Censo Nacional del 2010, en el país hay más de 120.000 inmigrantes nacidos en la República Popular de China y Taiwán. Pero desde la embajada de la República Popular China en Buenos Aires se estima que la colectividad llega a estar cerca de los 200.000.

La pareja recién llegada al país.

A pesar de haber registros de inmigrantes chinos en el país desde los comienzos del siglo XX, el primer flujo importante ocurrió en la década del 80, cuando un gran número de inmigrantes de Taiwán vinieron al país.

“La particularidad de este grupo de migrantes es que emigró toda la familia y en su mayoría trajeron un capital propio que les permitió desarrollarse casi inmediatamente en la actividad comercial”, escribe el historiador Sergio Wischñevsky en Dang Dai, una revista de intercambio cultural entre Argentina y China.

La segunda oleada, y la más prominente, se produjo entre 1990 y 1999, cuando hubo un flujo importante de inmigrantes de Fujian, una provincia al sur de China. Gustavo Girado, director de posgrado sobre Estudios en China Contemporánea en la Universidad Nacional de Lanús, estima que el 83% de la colectividad China actual en la Argentina proviene de esta provincia.

“Fujian es una de las provincias más internacionalizadas de China, por estar en frente de Taiwan y tener uno de los puertos más antiguos del país. Fue la primer provincia en tener contacto con Latinoamérica por su comercio costero”, explica Girado. “La inmigración fue bastante parecida a la europea en el siglo XIX. Vinieron algunas personas con capital como punta de lanza, y una vez que se instalaron y vieron que habían oportunidades laborales, se empezó a correr la voz”.

Aunque mis padres no fueron parte de las dos principales olas migratorias de China hacia Argentina, lo que hizo que se quedaran en Mar del Plata por casi tres décadas, y hasta hayan decidido cambiar su ciudadanía china por la argentina, es lo mismo que trajo a muchos de los otros miles inmigrantes chinos al país.

“La calidad de vida en Argentina era una de las más altas en toda Latinoamérica. Es obvio que si tenés un poco de capital, venís a un lugar donde vas a poder desarrollar un negocio y crecer económicamente. Además, el sistema educativo gratis y de alto nivel también sigue siendo un fuerte atractivo”, dice Girado.

Girado además enfatiza que muchos inmigrantes chinos decidieron venir al país en la década de los 90 por beneficios diplomáticos.

“En la década del 90, muchos inmigrantes chinos usaban Argentina como un puente para luego llegar a Estados Unidos, ya que no se precisaba visa para ir a Estados Unidos con un pasaporte argentino”.

"Cuando escuchamos que la capital de Argentina se llamaba Buenos Aires nos ilusionamos. Un lugar con ese nombre no podía depararnos sino cosas buenas"

- Hong -

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Luego de haber trabajado por dos años para la empresa estatal china en Mar del Plata, Hong y Luo decidieron empezar su propio emprendimiento. Aprovechando sus estudios y experiencia profesional en comercio internacional, abrieron una exportadora de pescados. A través de los años, lo que empezó como un negocio familiar en una pequeña casa alquilada se convirtió en una empresa con dos plantas procesadoras y cientos de empleados.

Luo y Lucía en un asado de la empresa.

Una vez por semana hacían un asado en la fábrica. Iban fileteros, administradores, operarios, todos los que trabajaban en la empresa. Mientras ellos acompañaban la carne con vino o gaseosas, mi madre lo hacía con agua caliente. No a pocos les llamaba la atención, como también les llama la atención hoy a mis compañeros de trabajo, cada vez que me sirvo un vaso de agua tibia.

Con el paso de los años estos contrastes entre la cultura argentina y china pasaron de ser extrañezas a formar parte de esta nueva cultura compartida y de respeto mutuo. (Nadie logró entender, sin embargo, que cada vez que mi madre quería comer un yogur lo pusiera a calentar siempre un rato arriba de una estufa).

Y a pesar de haber logrado integrarse a la comunidad de Mar del Plata, siempre que se encontraban con desconocidos les hacían la misma pregunta: ¿De qué trabajan?¿Tienen un supermercado o un restaurante?

Según la Cámara de Supermercados y Asociaciones Chinas (CASRECH), casi el 75% de los inmigrantes chinos en el país se dedica o está vinculado al tema gastronómico o supermercadista. Algunas estimaciones indican que en el país hay más de 11.000 supermercados chinos, y que en la ciudad de Buenos Aires en promedio hay uno cada cuatro cuadras.

Las razones por las cuales una gran mayoría de la comunidad está asociada con el negocio de los supermercados son diversas. El conocimiento comercial con el que ya venían muchos inmigrantes, especialmente de Fujian, y la posibilidad de manejar un negocio sin necesidad de dominar completamente el idioma son algunas de estas razones, según Miguel Ángel Calvete, ex secretario general de CASRECH.

“Los supermercadistas comenzaron a agruparse en distintas cámaras en base a su ciudad de origen, y eventualmente eso se transformó en una federación. Eso les daba un poder de compra y negociación mucho más grande, y los ayudó a insertarse en el mundo comercial argentino”, explica Calvete.

Pero esta inserción y crecimiento comercial también trajo aspectos negativos.

“Una minoría muy pequeña de los inmigrantes que vinieron se aprovecharon del trabajo de sus conciudadanos. Formaron grupos de 6 o 7 personas que extorsionaba a los supermercadistas, les cobraba determinada “protección” para regular las aperturas de los supermercados”, cuenta Calvete. “Por suerte la mayoría de esos grupos hoy ya no están más. Pero lograron estigmatizar a la comunidad y obviamente atemorizar a mucha gente. Se dice que todos los chinos son mafiosos, que venden todo robado, que apagan las heladeras a la noche, que no pagan los impuestos, etc. Son absolutamente todas mentiras”.

El primer viaje a las Cataratas del Iguazú.

De a poco en el país está surgiendo una segunda generación de inmigrantes chinos, los que como yo crecieron en Argentina pero nunca se sintieron ni completamente argentinos ni completamente chinos; que se criaron comiendo arroz con palitos y empanadas con la mano, hablando español en la escuela y chino en casa. Es una generación que busca, de a poco, ir rompiendo los prejuicios que se han construido alrededor de la comunidad china en los últimos años.

“Hay estereotipos muy arraigados en la sociedad. Uno ve dos chinos que escupen en la calle, y ya son todos los que lo hacen. La generalización lleva a que se refuercen los preconceptos”, dice Carlos Lin, un locutor y conductor de televisión.

Lin llegó desde Taiwán con su familia en 1982. Con lo poco que tenían, sus padres montaron una pequeña casa de bijouterie, y eventualmente compraron un supermercado que tuvieron por casi 20 años.

“Fue en este supermercado donde forjé mi instinto de comunicador, y conocí lo que significaba ser puente entre chinos y argentinos”, cuenta Lin.

Su pasión por comunicar llevó a Lin a estudiar comunicación social y locución. Ahora, a sus 38 años, conduce “Milenarios”, un programa televisado por América 24 que cubre temas de interés cultural chino, como turismo, cultura, economía y negocios.

“Los que podemos contar la realidad de nuestra comunidad, los que tenemos la herramienta del idioma para romper los estereotipos, somos nosotros, la segunda generación”, dice Lin. “Somos profesionales, médicos, abogados, dentistas, intermediarios comerciales, periodistas, diplomáticos. Somos pocos, pero nos tenemos que unir para informar a la gente. No solo por el bien de la sociedad argentina en la que vivimos, sino también para nuestra propia comunidad”.

Hong y Luo en su primer departamento de Mar del Plata.
Hong y Luo en su primer departamento de Mar del Plata.

En algún lugar de un departamento frente a la playa de Mar del Plata hay un diccionario Chino-Español, pesado y de tapa gris. Sus hojas desteñidas, algunas sueltas, delatan el paso de los años. Por tres décadas, fue consultado por una pareja china que vino a la Argentina sin saber ni una sola palabra de español. Y también, en ese mismo departamento, consultado por dos niños, ni argentinos ni chinos, que encontraban en él las palabras del país en el que no les tocó crecer.