Argentina: las mujeres trans durante la pandemia

La pandemia frenó su economía pero no los derechos de las mujeres trans en Argentina

 Una iniciativa de Dircoms + RED/ACCION

Las medidas de confinamiento dificultaron el acceso a la principal fuente de ingreso de las mujeres trans en América Latina: el trabajo sexual. Para enfrentar la crisis, varios grupos unidos por la lucha de sus derechos impulsaron iniciativas para afrontar el hambre, la falta de vivienda y de acceso a la salud de sus compañeras. En julio de este año se promulgó una ley que tiene por objeto su inclusión laboral y establece que el Estado debe garantizar el 1 % de su planta laboral para las personas trans. Así empiezan a ocupar espacios que históricamente le fueron negados.

La pandemia frenó su economía pero no los derechos de las mujeres trans en Argentina

TRABAJO NUEVO. Viviana González asiste a su primera reunión luego de encontrar un empleo gracias al cupo laboral trans. Fotos: OjoPúblico / Candel Contarino

Detrás del barbijo, Viviana González esconde una gran sonrisa. Finalmente, a sus 51 años, tiene un trabajo formal. Para conseguirlo no solo ha tenido que esperar décadas y aguantar, literal y figurativamente, los golpes de la vida. Viviana ha corrido con la “suerte” de nacer y vivir en Argentina, el único país de la región en el que las personas travestis, transgénero y transexuales están amparadas desde dos frentes: la Ley de Identidad de Género y la Ley del cupo laboral trans. Que hoy ella forme parte del staff del Museo de la Lengua y Literatura de Buenos Aires es tan significativo como que lo haga el mismo año en el que su madre falleció a causa de la COVID-19. La pandemia le quitó lo más amado y le dio lo más ansiado.

El sol brilla al mediodía de este 18 de agosto en Buenos Aires, y bajo ese sol está Viviana, hablando sin parar. Hace unos minutos salió de la primera reunión que tuvo con su nuevo equipo de trabajo y está sentada en el jardín de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Desde el 6 de septiembre es una de las encargadas de la atención al público en el museo que está al lado. En julio pasado se promulgó una ley que tiene por objeto la inclusión laboral y establece que el Estado debe garantizar el 1 % de su planta laboral para las personas trans.

—Le ponen a la trava ahí adelante para que nos vean sí o sí, y yo sé que debo tener mucha paciencia porque puede haber gente que haga comentarios desafortunados, que me quieran insultar. Se van a encontrar conmigo de entrada, espero no caerles mal —dice entre risas. Esa alegría es tan nueva para ella. Es una alegría que desconocía.

Desde marzo hasta julio de 2020, el Gobierno argentino dispuso medidas extremas en el país para enfrentar la pandemia: el aislamiento social, preventivo y obligatorio para toda la población. Medidas como esa continuaron, en menor grado, hasta hace un par de meses. Las personas en situación de pobreza y aquellas que por diversas razones se encuentran en situación de vulnerabilidad, como las personas trans, fueron las más afectadas. La imposibilidad de trabajar en las calles, principalmente como trabajadoras sexuales, dislocó su economía y su vida. 

SE ESTIMA QUE EN ARGENTINA HAY 40 MIL PERSONAS TRANS Y QUE 9 MIL YA TIENEN SU DOCUMENTO NACIONAL DE IDENTIDAD.

El Gobierno impulsó un Ingreso Familiar de Emergencia pensando en quienes trabajan de manera informal. Mientras el ministro de Economía Martín Guzmán decía que “nos estamos asegurando de que toda persona que vive en la Argentina quede protegida en esta situación de crisis económica nacional y global”, la realidad era que pocas mujeres trans podían acceder a él y que, de obtenerlo, era insuficiente para afrontar las circunstancias de quedarse sin ingresos. 

Se estima que en Argentina hay 40 mil personas trans y 9 años después de la sanción de la Ley 26.743 que incluye el derecho al reconocimiento de su identidad de género, calculan que 9 mil personas trans ya tienen su documento nacional de identidad (DNI). Restan muchas. En la pandemia, se las vieron grises. 

Era un contexto hostil. El porcentaje de personas en situación de indigencia, pobreza y al borde de la pobreza, alcanzó a 66,4 % en el segundo trimestre del año pasado, de acuerdo con un informe del Instituto Estadístico de los Trabajadores (IET), mientras que la Encuesta Permanente de Hogares del Instituto Nacional de Estadística y Censo (Indec) dice que la pobreza alcanzó el 42 % para el promedio del segundo semestre de 2020.

—Mis amigas, que son de militar mucho, empezaron a planear ir juntando donaciones para asistir a las compañeras que, como no podemos salir a trabajar,  la están pasando mal —cuenta Michelle. Esta pandemia hizo que ella, una mujer que antes solo se preocupaba por su bienestar, por su trabajo diario y por su dinero, empezara a trabajar para ayudar a otras. Ahora está sentada en un gimnasio que ha servido de depósito estos últimos meses. Cajas y bolsas de mercadería se amontonan para ser entregadas muy pronto.

Las compañeras de las que habla son otras mujeres trans, como ella. Sin posibilidad de trabajar en la calle no tenían dinero para comer, para pagar los hoteles o pensiones, no tenían nada y llamaban pidiendo auxilio. La comunidad trans en Argentina tiene décadas de luchas por lo que, aún aisladas, podían contar las unas con las otras. 

Años de lucha 

En los primeros años de la década de los 90, el movimiento travesti-trans empezaba a figurar en las calles. Viviana rememora esas primeras marchas junto a Lohana Berkins, una de las más conocidas activistas trans de Argentina: “No pedíamos por un documento, pedíamos poder caminar en libertad, sin que nos mataran o nos encerraran”. Luchaban contra las figuras que criminalizaban a las travestis-trans en los Edictos policiales. Bajo la categoría de “escándalo en la vía pública”, distintas fuerzas de seguridad les prohibían estar en las calles. Las golpeaban, apresaban y violaban. Siendo aún menor de edad, Viviana sufrió esa brutalidad y sobrevivió. A otras, las mataron.

AÑOS DE LUCHA. Viviana González participó en manifestaciones por los derechos de las personas trans desde la década de los 90. Fotos: Candel Contarino / Ojo Público

Ella no quería ser puta. A los 8 años Viviana se sinceró con su madre: le dijo que quería vestirse con la ropa de su hermana, que quería tener otro nombre, que no le gustaba tener pito (pene). 

—Intenté cortarlo dos veces. A la segunda mi mamá se alarmó y me dijo que mientras no me lastimara me iba a dejar ser quien yo quería ser —recuerda. 

Además de la escuela asistía a clases de karate en un club, y destacaba. “Les dije que si no me dejaban ser yo, no iría más”. Y a nadie le convenía. Viviana era una ganadora. Aún compitiendo en categorías masculinas, las medallas le llovían, y siguió entrenando. En la escuela la realidad fue distinta. 

—Cuando llegué a inscribirme en el secundario, a los 12 años, le dije a la señora que recibía los documentos que me llamaba Viviana y ella, al verme, preguntó: “¿Pero vos que sos, un nene o una nena?”. Le dije que soy Viviana y allí insistió: “¿Pero ahí debajo de la ropa que tenés, un calzoncillo o una bombacha?”. Me dio mucha vergüenza y no respondí. Se enojó, me miró mal y me dijo: “Te voy a preguntar de otra manera, ¿qué tenés abajo de toda la ropa, un pito o una chucha?”.

Comenzó a prostituirse cuando aún era menor de edad: “Yo creí que era una buena oportunidad de llevar comida a mi casa, que era lo único que podía hacer”. De eso han pasado 40 años. Hoy día sería ilegal hacer lo que le hicieron a Viviana: expulsarla de la escuela y violentarla por estar en las calles. Sin embargo, el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) registró en la Primera encuesta sobre población trans en 2012 que el 83 % de las personas trans y travestis encuestadas habían sido víctimas de graves actos de violencia y discriminación policial. Y así como se sostiene la estigmatización de las fuerzas de seguridad, también se sostiene la social.

Arrastradas a estudiar

Aunque legalmente no pueden negarles el derecho a la educación, las mujeres trans no encuentran en el sistema educativo tradicional un espacio, pues continúa la discriminación por parte del entorno y eso lo hace expulsivo. Una encuesta realizada por la Fundación Huésped señala que 48,8 % de las 452 mujeres trans que participaron mencionaron haber sentido la necesidad de abandonar su educación debido a la estigmatización.

Para enfrentar ese problema estructural, en 2011, se fundó una escuela secundaria pública, popular y gratuita llamada “Mocha Celis”. Empezó como una cooperativa pero a fines de 2014 obtuvo financiamiento gubernamental para salarios y labores administrativas del personal docente. La otra parte se sostiene por los aportes voluntarios. Hoy opera en el barrio porteño de Chacarita y tiene un centenar de cursantes. Michelle y Viviana estudiaron allí. Ambas llegaron, como muchas otras, engañadas, arrastradas. 

—Me trajeron obligada, secuestrada —cuenta Michelle con sorna—. “Una amiga, egresada de acá, me dijo que la acompañara a La Mocha a buscar unos papeles del colegio. Yo le dije que sí, y cuando me di cuenta, me habían envuelto, había dado mi DNI, me habían inscrito y al otro día ya estaba cursando”.

La resistencia que sienten ante la posibilidad de estudiar tiene que ver con que, acostumbradas a la discriminación y el maltrato, arrinconadas por el sistema que les ha ido empujando a los márgenes, viviendo el día a día, entre violencia y malos tratos, poco a poco esa esperanza de salir desaparece. Es difícil verlo, cuando estás inmerso en ese mundo. Por ejemplo, Viviana llegó a La Mocha arrastrada por una persona que le prometió una firma para un subsidio habitacional.

—Yo me ofendí porque le había dicho a la persona que me acompañó que no quería ir a la escuela (...) cuando me pidieron mis datos, yo había pensado dar unos falsos, pero no sé por qué di los reales y me empecé a poner nerviosa, pensaba en no volver —cuenta Viviana.

Luego de darle los documentos el chico la miró, levantó la cabeza, abrió los brazos y le dijo: “Bienvenida a la Mocha Celis, bienvenida a tu secundario, acá vas a empezar la escuela”. Ella se quebró. A sus 45 años, podía volver a estudiar. 

UN ESTUDIO IDENTIFICÓ QUE EL 48,8 % DE LAS MUJERES TRANS ABANDONARON SU EDUCACIÓN POR LA ESTIGMATIZACIÓN.

—En ese momento me sentí como esa criatura de 12 años. Parece ser que esa criatura seguía adentro mío esperando que le dieran la bienvenida, y pensé que si a los 12 años me hubiesen dado esa bienvenida, me hubiese ahorrado años de querer morir, años de violencia, de calabozo, de maltrato y discriminación —dice aguantando el llanto.

Porque así pasa. Desde el momento en el que las echan de casa solo encuentran dos opciones: parar en una esquina para sobrevivir o insistir para lograr estudiar. “Y como necesitas subsistir, la mayoría elige la calle”, dice Michelle.

—Eso te lleva a vivir de otra manera: las enfermedades, el VIH, las drogas, el alcohol, el peligro. Muchas ni siquiera llegan a sobrevivir a todo eso y otras quedaron lamentablemente muy enganchadas y no salen más —cuenta. Ella dice que el hecho de no consumir drogas ni tomar alcohol, le ha permitido ver el panorama más claro y la ha salvado. Pero también entiende que es una excepción.

El informe Situación de los derechos humanos de las travestis y trans en la Argentina, dice que 6 de cada 10 mujeres trans estaban vinculadas al trabajo sexual para el año 2016. Más de la mitad de las mujeres trans encuestadas por la Fundación Huésped han sido diagnosticadas con infecciones de transmisión sexual, siendo las más frecuentes sífilis (27,3 %) y VIH (21,8 %). 

—A mí lo único que me interesaba era verme divina. Me levantaba todos los días a hacer la misma rutina: preparar el maquillaje, la lencería, los tacos, todo lo que iba a usar ese día, y luego otra vez, al día siguiente (...) no me interesaba otra cosa, no tenía la más mínima voluntad de estudiar o evolucionar de otra manera. Ni siquiera estaba en mis planes tener una carrera universitaria, ni menos terminar las materias que me quedaban de la secundaria —cuenta Michelle.

Una vez incorporada en la Mocha dice: “Se me abrió la cabeza. Estudiar me devolvió los proyectos que yo tenía cuando era adolescente”. Mientras, el cuerpo de Viviana le pasaba factura a los 40, cansada de ir en contra. “Me miraba al espejo. Me seguía poniendo tacos altos, minifalda. Me seguía parando en la zona roja y esa era mi vida, felizmente triste y cansada”.

EL 2016 EN ARGENTINA 6 DE CADA 10 MUJERES TRANS ESTABAN VINCULADAS AL TRABAJO SEXUAL.

Un diagnóstico de cáncer, en vez de angustia le causó alivio. Viviana pensó que podría morir sin necesidad de suicidarse. Esa idea ya venía rondando en su cabeza. Y así como en ella, a muchas otras mujeres trans. 29 % de las entrevistadas por Fundación Huesped mencionó haber tenido ideas suicidas y un 32 % dijo haber sobrevivido a algún intento de suicidio a lo largo de sus vidas.

Pero afortunadamente la madre de Viviana la convenció de hacer el tratamiento y lo logró. Pudo hacerlo porque, en Argentina, el sistema de salud público cubre a toda la población. Eso no quita que el personal médico y administrativo de los centros sea siempre respetuoso: más de una vez ella enfrentó violencia en esos recintos. Pero allí también le salvaron la vida. 

Y se tejieron las redes

Desde marzo de 2020 el mismo Hospital Durand donde Viviana se recuperó de cáncer ha atendido a cientos de miles de personas enfermas de la COVID-19. Esa enfermedad, que ha volcado todo y a todos, arrinconó a las mujeres trans, que tienen casi 30 años estrechando lazos, construyendo alianzas y tejiendo redes para exigir sus derechos.

En este contexto difícil, en el que la muerte estaba tan presente, personas como Michelle, respondieron con su solidaridad. Recolectando donaciones y repartiendo alimentos, gestionando ayudas legales para casos de desalojo y de acceso a la salud para quienes lo necesitaran.

—Con mis amigas empezamos asistiendo a 15 chicas y terminamos asistiendo a cien. Después articulamos con La Mocha, que justo estaban iniciando el Teje Solidario y entonces empezamos a trabajar en conjunto. Donde La Mocha no llegaba, llegábamos nosotras y viceversa. Después me llamaron de otra organización política para ver qué podíamos hacer y empezamos a hacer exactamente lo mismo, con otro grupo. Empezaron 10 y ahora son 50 —cuenta.  

El Teje Solidario es una iniciativa de La Mocha que consistió en construir una red de cuidados para personas trans en situación de emergencia. A las 250 personas que se anotaron como voluntarias, se les ponía en contacto con alguna persona que estuviera precisando ayuda por su zona geográfica. De esta forma podían hacer seguimiento a las necesidades que tuviera, en cuanto a alimentos, medicamentos y otras, sin necesidad de romper los protocolos y medidas extendidas. Para agosto de 2020, el programa había alcanzado a 550 personas travestis, trans y no binarias, incluyendo afrodescendientes, personas de comunidades indígenas y migrantes.

 “Con esta red muchas personas que no conocían la situación de pobreza y vulnerabilidad extrema de las personas trans, pudieron conocerla y por eso la red es una oportunidad para generar vínculos efectivos, sociales y una oportunidad para hablar sobre los derechos humanos de los colectivos LGTBIQ+”, dicen en su página web.

Michelle destaca lo importante que ha sido el acompañamiento durante este proceso, porque a veces más que el alimento o la medicina es saber que no estás sola. “Una llamada, un mensaje, preguntarle cómo estás, qué necesitás, a una persona que está encerrada en una habitación así, chiquitita, y que esa persona sepa que tiene alguien afuera que se preocupa por ella, creo que eso nos hacía falta a muchas”, agrega. 

Una luz, al final

En medio de esta emergencia mundial, en plena época de vacunación, mientras se vive una crisis económica e inflacionaria, cuando las prioridades parecían otras, el 24 de junio, el Senado argentino sanciona la Ley de Promoción del Acceso al Empleo Formal para personas travestis, transexuales y transgénero “Diana Sacayán - Lohana Berkins”.

Las décadas de dolor y color guardadas, ese grito de auxilio y de frustración, esa energía que también encontró un espacio en las movilizaciones feministas y se subió a la ola morada y verde; se tradujo, finalmente, en una ley que se espera garantice un trabajo formal a quienes siempre estuvieron en la informalidad, en los márgenes, en la oscuridad.

En el artículo 5 de la ley se aclara que las instituciones estatales deberán tener, por lo menos, el 1 % de su personal compuesto por personas travestis, transexuales y transgénero, “en todas las modalidades de contratación regular vigentes”.

Así es como Viviana, recuperándose del duelo de perder a su madre, recibe la noticia y lo intenta.

—Te pedían un montón de requisitos que las personas como yo que nunca tuvimos un trabajo formal, no sabíamos (...) te pedían hacer una factura y yo en mi puta vida había hecho una factura —dice. 

Logró recopilar la documentación necesaria, con apoyo de docentes de la Mocha y aplicó para puestos que tuvieran que ver con sus intereses: literatura. Además de las artes marciales, a Viviana la mueven las letras y entonces, queda allí, en el Museo de la Lengua y Literatura. Detrás del barbijo, Viviana González esconde una gran sonrisa. Finalmente, a sus 51 años, tiene un trabajo formal, pero no deja de preguntarse: 

“¿Y a dónde se van esos años de calabozo que me comí? ¿Las violaciones? ¿Las cosas que ya no podré ser porque no me da la edad? ¿Qué pasó con todo lo que perdí? Me dieron un documento y pensaron que ya está. Pero no, hay muchas cosas que faltan. Este es un gran paso, sí. Pero hace falta la conciencia de las personas.”

Viviana, en realidad, luego de la vida que le ha tocado vivir vuelve a estar felizmente triste y cansada. 

Este reportaje fue publicado originalmente en Ojo Público y forma parte de “Resistencia trans en pandemia”, una serie periodística coordinada por este medio en América.

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