La risa caníbal, comentado por Miriam Molero | RED/ACCIÓN

La risa caníbal, comentado por Miriam Molero

Un especialista invitado comenta un libro de no ficción y elige los seis párrafos de ese libro que más le hayan llamado la atención.

La risa caníbal
Andrés Barba 
Alpha decay  

Uno (mi comentario)

En nueve ensayos breves Andrés Barba hace un recorrido histórico y temático acerca de la risa: sus resortes de producción, sus efectos deseados e indeseables, sus conos de sombra, sus zonas de exclusión. La risa aparece necesariamente como un campo de batalla religioso, un arma discursiva política e ideológica y, más sutilmente como adormecimiento ante el peligro: ¿es aconsejable reírse del poder aunque el poder esté en manos de alguien tan hilarante como Bush hijo? Dice Andrés Barba: "Bush hizo de sí mismo una pantalla que escapaba por completo a la interpretación, poniéndose un paso más allá, inalcanzable a la lógica, gracias a la palmaria y espectacular exhibición frontal de su estupidez. Uno podía reírse de él, pero no triunfar sobre él. Sobre el idiota no era posible triunfar porque al fin y al cabo el idiota vivía solo en su cumbre". La risa pues, a pesar de la buena prensa que tiene, puede ser una trampa, una maniobra de distracción, un enemigo.

Dos (la selección)

Tanto el escándalo del puritano como la petición de perdón estrictamente pragmática del bromista han generado una performance que cada vez nos resulta más familiar y menos creíble. Hemos creado -o lo que es lo mismo: hemos permitido que se creara- una estrategia estéril en la que hemos quedado atrapados en gestos. ¿Éramos, cuando reíamos, de verdad tan insensibles, homófobos, sexistas, racistas? Tal vez sí, tal vez no tanto. ¿Hasta qué punto nos delataba entonces nuestra risa o nos delata hoy nuestro miedo a reír? ¿Somos verdaderamente mejores ahora que tememos reír, hemos ganado algo, hemos crecido como sociedad democrática y como individuos al alistarnos colectivamente a la policía del buen gusto, del sentido común, del decoro?

Tres

Al igual que Diógenes, el punk cuestiona el mundo desde la agresividad sarcástica hacia los símbolos más ominosos del pasado reciente. Sid Vicious, vocalista y bajo de los Sex Pistols, y también una de las figuras más emblemáticas del punk británico, sale a escena con una camiseta con una esvástica nazi en un gesto que no significa reivindicación nacionalsocialista alguna sino sencilla provocación como pantalla. Al igual que Diógenes mostró su propia mierda en el ágora y las estudiantes de Adorno se enfrentaron con sus pechos desnudos al lenguaje idealista del filósofo, Sid Vicious utiliza la esvástica nazi como superconcentración de su agresividad frente al establishment, sabiendo que en el fondo está completamente descontextualizada de su idea real (igual que los pechos de las estudiantes estaban descontextualizados de su condición erótica y orgánica). El punk se divierte ante la idea de que todo el mundo se tome en serio su humorada cínica, pero sabe que jamás podría subsistir en una realidad en la que no existiera ese interlocutor ultramontano del que tanto y tan violentamente se burla.

Cuatro

Reich, el filólogo judío Víctor Klemperer (que durante un tiempo pudo beneficiarse de ciertas ventajas por su condición de intelectual y su matrimonio con una mujer aria) comenta del perverso efecto que durante los primeros años del nacionalsocialismo comenzaron a tener las ofensivas caricaturas de los judíos en la prensa alemana. “Comenzamos a parecernos a ellos, solo por el deseo que ellos sienten de que nos parezcamos” (el énfasis es mío). Klemperer da en la diana de lo que es, precisamente, el efecto rebote más inquietante de la caricatura: la tiranía del que espera.

Cinco

La opinión pública norteamericana bautizó con el nombre de “bushismos” todas aquellas declaraciones en las que se mezclaban lo desconcertante, lo insensible, lo ilógico y lo literal con lo directamente disléxico. Bush era cómico como lo eran personajes que habitaban en el mundo mágico de Alicia en el país de las maravillas, allí donde la niña Alicia hablaba con el lenguaje de lo convencional y del sobreentendido, los personajes maravillosos hablaban con a irracionalidad de lo literal. Y es que no hay nada más hilarante que la tautología.

Seis

Siglos más tarde es el humanismo del Renacimiento el que apunta un nuevo cambio de perspectiva de la risa religiosa: la risa se traslada del cuerpo al cerebro, la carcajada es paulatinamente menos abierta y “estomacal” y cada vez más acerada y “mental”. La razón parece triunfar sobre los sentimientos y lo físico. Ya no resulta tan necesario un atropello palpable del recinto sagrado para poner de manifiesto la animadversión o la disidencia, el chiste sobre el dios no trata de degradar al dios o a la posibilidad de la creencia tanto como de “denigrar” al creyente. El pensamiento crítico del racionalismo desde finales del siglo XVII y comienzos del XVIII hasta el siglo XX previo a las guerras mundiales pone a la orden del día la “separación de poderes” del pensamiento que ya instauró Luciano de Samósata: quien ríe de lo religioso lo hace en un club privado.

Siete

Una de las convenciones más repetidas entre los estudiosos del humor y de las representaciones del sexo es la de que el humor está destinado a reforzar las convenciones sexuales de la comunidad mediante la defenestración de las costumbres menos convenientes. Se trata en realidad de una variante casi literal de una de las teorías acerca de la risa más generalizada desde la tratadística del Renacimiento: la teoría punitiva.


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