Las estructuras elementales de la violencia, comentado por Elsa Drucaroff | RED/ACCIÓN

Las estructuras elementales de la violencia, comentado por Elsa Drucaroff

Las estructuras elementales de la violencia
Rita Segato
Prometeo

Selección y comentario por Elsa Drucaroff, escritora y docente, Doctora en Ciencias Sociales, investiga y enseña en Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires. Publicó novelas, antologías y ensayos sobre literatura argentina contemporánea y teoría crítica.

Uno (mi comentario)

Segato no baja línea ni escribe manifiestos. Piensa. Interroga la cultura que habitamos y saca conclusiones. Utiliza con enorme rigor sus herramientas teóricas: la antropología, el psicoanálisis, el trabajo de campo propio y ajeno, los sofisticados aportes de algunos feminismos, y consigue diagnosticar la enfermedad inherente, constitutiva de esto que yo denomino “modo de producción de personas” falo-logocéntrico y suele nombrarse como Patriarcado: un sistema de organización jerárquico milenario (su origen se pierde en la memoria de la especie, dice Segato) pero históricamente constituido donde, demuestra ella, la violencia de género no es un exceso, una excepción o una patología, sino una condición estructural. (...)

En tanto esta estructura es milenaria pero histórica, podría transformarse, y el libro piensa una y otra vez qué vías de incidencia social y política ayudarían a lograrlo. Esta dimensión histórica se ve afectada sin embargo cuando por momentos Segato concibe de un modo exclusivamente discursivo y excesivamente estructuralista (Lacan mediante) la construcción del sistema de opresión de género. En eso me distancio un poco, no porque lo discursivo no cuente en grado sumo, sino porque como materialista considero que las cosas y los cuerpos ponen límites productivos a la incidencia de los discursos. Pese a ese matiz, los aportes de Las estructuras elementales de la violencia son tan sólidos y brillantes que el libro es imprescindible para pensar la violencia contra las mujeres, desde el micromachismo más rutinario e invisible hasta el femicidio.   

Dos (la selección)

"Tal como se desprende de innumerables relatos de presos condenados por violadores, podríamos decir, para parafrasear aquella expresión clásica sobre el significado de la obra de arte en la modernidad cuando habla del “arte por el arte”, que en la sociedad contemporánea la violación es un fenómeno de “agresión por la agresión”, sin finalidad ulterior en términos pragmátcos. Y aun cuando se disfrace con alguna supuesta finalidad, en última instancia se revela como el surgimiento de una estructura sin  sujeto, una estructura en la cual la posibilidad de consumir el ser del otro a través del usufructo de su cuerpo es la caución o el horizonte que, en definitiva, posibilita todo valor o significación. De improviso, un acto violento sin sentido atraviesa a un sujeto y sale a la superficie de la vida social como revelación de una latencia, una tensión que late en el sustrato de la ordenación jerárquica de la sociedad".

Tres

[Posicionándose respecto de dos posiciones respecto de la violación: ¿es un acto patológico? ¿O, al contrario, es un acto que responde a lo que la sociedad enseña que debe ser un varón?]

A mi entender el discurso de los violadores entrevistados indica una tercera posición, orientada hacia lo que podríamos describir como un “mandato” de violación. Este mandato, planteado por la sociedad, rige en el horizonte mental del hombre sexualmente agresivo por la presencia de interlocutores en las sombras, a los cuales el delincuente dirige su acto y en quienes adquiere su pleno sentido. Y el mandato expresa el precepto social de que ese hombre debe ser capaz de demostrar su virilidad, en cuanto compuesto indiscernible de masculinidad y subjetividad, mediante la exacción de la dádiva de lo femenino. Ante la imposibilidad de obtenerlo por conducto de procedimientos amparados por la ley, aquellas presencias fuerzan al hombre a arrancarla por medios violentos. La entrega de la dádiva de lo femenino es la condición que hace posible el surgimiento de lo masculino y su reconocimiento como sujeto así posicionado. En otras palabras, el sujeto no viola porque tiene poder o para demostrar que lo tiene, sino porque debe obtenerlo.

Cuatro

En ella [se refiere a la interacción de interlocutores a través de escrituras por redes sociales o chats], para comprender el carácter beligerante y la postura omnipotente de los frecuentadores de los chatrooms, independientemente del tema que traten, resalto el hecho de que estos asumen la prescindibilidad del cuerpo material, que pasa a ser sustituido por un cuerpo ideal, virtualmente construido a través de una narrativa (…). Este actuar como si el cuerpo no existiese expulsa la materialidad como el primer límite del que el sujeto tiene noticias, la primera evidencia de la ley. La primera ley y la materialidad se encuentran profundamente vinculadas, pues es en la ausencia de lo que es sentido como un fragmento propio, que se le escinde al infante cuando el cuerpo materno se le aparta, que se introducen el límite y la carencia. Materialidad y experiencia originaria de la falta y de la ley que la impone son un proceso único e indisociable. Por lo tanto, la obliteración de la materialidad del cuerpo en Internet le permite al sujeto hablar como si estuviera entero, simulando, para todos los efectos, su propia completud. Con esto, inevitablemente cae prisionero de su propia fantasía, que lo totaliza. Y con esto, también el otro en la pantalla es percibido como un muñeco, un dummy, a quien se puede seducir, vencer o anular. La pantalla funciona aquí como un espejo donde la alteridad es sólo un espejismo. A partir de la forclusión de la ley del cuerpo como límite, todo índice de alteridad o resistencia del mundo es eliminado, y el otro deja de ser percibido en su radicalidad e irreductibilidad. Nos encontramos en un mundo de gente sola que, ante la menor contrariedad del interlocutor virtual, puede eliminarlo, anularlo, abandonando la escena con un simple clic de mouse.

Cinco

[El antropólogo Maurice Godelier] Relata, entonces, lo que le fue revelado: que en tiempos primordiales un baruya, aprovechándose de la ausencia de las mujeres de su casa comunal, se introduce en ella y, entre la ropa sucia de sangre menstrual, encuentra el precioso instrumento que las mujeres crearon y saben tocar. Huye inmediatamente, robando la flauta que, desde entonces, pasa a ser patrimonio de los hombres.

Godelier no parece reparar en que este episodio central en el gran mito fundacional baruya parafrasea aquel que es, a su vez el motivo central de la narrativa -o mito- lacaniano: que la mujer es el falo mientras que el hombre tiene el falo (Lacan, 1977 b, p. 289). (Por mi parte, confieso que sólo llegué a comprender este hermético motivo en toda su densidad de sentido cuando fui expuesta a la narrativa baruya). En el centro de gravedad de la estructura se encuentra el profundo insight del robo del falo, tanto en una como en la otra mitología. Pero lo que (…) el mito baruya explicita, clarificándonos, es que el poder es siempre, por naturaleza y por la propia ingeniería que lo constituye, una usurpación, un robo de plenitud y autonomía, una expropiación. Sería pertinente entonces cambiar una palabra en el texto lacaniano, y decir que “el hombre usurpa el falo” y no simplemente que lo “tiene”.

Seis

Sin embargo, y es aquí donde vale la pena detenerse, los baruya revelan en su mito, textualizan, lo que la versión lacaniana encubre: la violencia que precede y origina el simbólico y la transgresión masculina (y no femenina, como en el génesis judeo-cristiano) que acaba por dar al mundo su orden patriarcal. No se trata de ser o tener el falo, se trata de no tenerlo y de robarlo: el procedimiento violento y deshonesto que Lacan no revela. Usurpación, violencia fundante, y un masculino que, después de su producción inicial mediante expropiación y expurgo, permanece condenado para siempre a reproducirse sin descanso a expensas y en detrimento del femenino, que fuera antes -en tiempos pre-míticos- dueño de sí. Esta es la célula elemental de la violencia. Se trata de una economía expropiadora única, instituida y en vigencia permanente, narrada en ambos mitos.

Siete

Creo, por lo tanto, necesario separar analíticamente la violencia [de género] moral de la física, pues la más notable de sus características no me parece ser aquella por la que se continúa y amplía en la violencia física, sino justamente la otra, aquella por la que se disemina difusamente e imprime un carácter jerárquico a los menores e imperceptibles gestos de las rutinas domésticas -la mayor parte de las veces lo hace sin necesitar de acciones rudas o agresiones delictivas, y es entonces cuando muestra su mayor eficiencia-. Los aspectos casi legítimos, casi morale y casi legales de la violencia psicológica son los que en mi opinión revisten el mayor interés, pues son ellos los que prestan la argamasa para la sustentación jerárquica del sistema. Si la violencia física tiene una incidencia incierta del 10, 20, 50 o 60% [Segato cita las diversas cifras de incidencias en diferentes países y culturas, que viene de exponer], la violencia moral se infiltra y cubre con su sombra las relaciones de las familias más normales, construyendo el sistema de estatus como organización natural de la vida social.


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