Miguel Espeche: "El miedo hace que las personas se refugien en la capacidad de batalla, lo que en clave juvenil es tener aguante, sodomizar al otro" | RED/ACCIÓN

Miguel Espeche: "El miedo hace que las personas se refugien en la capacidad de batalla, lo que en clave juvenil es tener aguante, sodomizar al otro"

El psicoterapeuta especializado en vínculos reflexiona sobre los factores que pudieron haberse dado como para que un grupo de jóvenes asesinara a golpes Fernando Báez Sosa. Como coordinador general del programa de salud mental barrial del Hospital Pirovano, Espeche analiza lo que podría estar diciéndonos el crimen ocurrido en Villa Gesell.

Foto: Facebook Miguel Espeche

—¿Qué combinación de factores se da para que un grupo de 10 jóvenes mate a golpes a otro?
—La idea de “descontrol” como elemento homologable al “divertirse” es uno de los factores que hacen a la cuestión. En un contexto deliberadamente formateado para el aturdimiento, como los son los boliches, ocurre que muchos chicos (sobre todo los más frágiles emocionalmente) sienten que la impulsividad es la regla, todo favorecido por una cultura del “hacé lo que sientas” sin intermediación alguna. De todas maneras, el problema va de la mano de la falta de épicas fecundas en algunos jóvenes (no todos), lo que los hace sobrecargar las riñas bolicheras para en ellas dirimir su masculinidad, según una concepción muy violenta de la misma. Esto los lleva a vivir aterrados de ser los derrotados y pasar por perdedores.

—¿Por qué motivo un grupo se convierte en turba violenta?
—El grupo se transforma en turba cuando se reconoce a sí mismo a partir de la contienda contra otro grupo o entidad a la cual oponerse en términos violentos. La sensación de pertenecer a algo más grande que la propia y frágil identidad individual tiene una cualidad lisérgica, que hace que la vida se sienta con una intensidad mayor, pero con un costo personal y social altísimo. Esto no va en contra de experiencias colectivas muy profundas, como algunas religiosas o de reconocimiento de la propia pertenencia nacional o cultural, por ejemplo. Estas experiencias no requieren de un “enemigo” para existir, y tienen otro cariz.

—¿Qué dice el asesinato de Fernando Báez Sosa de la sociedad argentina?
—Vivimos en una tierra sin ley, donde la fuerza es la ley. Cuando en todos los lugares se diluye deportivamente todo concepto de orden, de autoridad, de valores que vayan más allá que el mero impulso, no es de extrañar que haya mucho miedo, y ese miedo hace que las personas se refugien en la capacidad de batalla, lo que, en clave juvenil, es el “tener aguante”, sodomizar al otro” y similares. La idea exacerbada de competencia, con un ganador glamoroso y un perdedor humillado, son un caldo de cultivo ideal para este tipo de tragedias.

Si bien no se puede estigmatizar un deporte por la conducta de algunos de sus representantes, no es la primera vez que un grupo de jugadores de rugby ejerce la violencia extrema. ¿Qué debería hacer la dirigencia de ese deporte?
—La idea de que para ser fuerte y ganador hay que prescindir del universo emocional, o de la sensibilidad, hace que los jóvenes que gustan de ese tipo de entornos, como el del rugby, deban sobre adaptarse y suscribir forzadamente a un concepto “robocop” de la vida.  En tal sentido, el rugby, entre otras disciplinas, podría incorporar una didáctica de lo emocional que prestigie esa dimensión en vez de despreciarla o verla como algo ajeno. Algunos clubes algo han hecho al respecto y no podríamos decir que su performance deportiva haya decrecido. La idea sería que la excelencia deportiva va de la mano de la humanización y no de transformar a los hombres en máquinas.

—¿El consumo de alcohol es el problema o el síntoma?
—El problema del consumo abusivo de alcohol es un síntoma. Siempre que se apunta a culpar a la sustancia, se deja de lado a los seres humanos que la consumen. Vale percibir qué ofrece el alcohol, de forma “falluta”, para entender lo que pasa en el alma de los jóvenes. Claro…siempre que se quiera ver qué pasa en el alma de los jóvenes. El alcohol quita el miedo (de los que tienen miedo), ahoga las penas (de los que tienen penas), calma ansiedades (de quienes sufren ansiedad). Más que luchar contra el mensajero que es el alcohol (lo que por supuesto no implica prescindir de un marco regulatorio adecuado para el consumo de bebidas alcohólicas) vale revisar por qué los chicos y chicas sufren miedo, pena y ansiedad, entre otras emociones. Esto último, digámoslo, raramente se transforma en un interés genuino y se prefiere el escándalo ante la “juventud perdida” a ahondar genuinamente en la cuestión.

—¿Cuáles son los antídotos sociales para evitar episodios como el de Villa Gesell?
—Validar espacios que permitan charlar, reflexionar, expresar sentimientos o pensamientos que den legitimidad al aspecto lúcido y fresco que sin dudas es fuerte en los chicos que no se nublan con el aturdimiento. Generar figuras de autoridad, protectoras, justas y poderosas (según una idea de “poder” que posibilita, no que somete), que no se homologuen siempre al autoritarismo, el abuso, y el afán de dominación. Tengamos presente que en nuestro país, como quizás en ningún otro, decir “hijos nuestros” es decir “te gano, te humillo, te someto”, y no “ te quiero, te protejo, te marco la cancha y te señalo rumbos posibles”. Un psicólogo muy lúcido dijo alguna vez: “no es lo mismo ser libre que estar suelto”. En tal sentido, sin culpas, pero con responsabilidad, los adultos, sean padres, docentes, entrenadores o el Estado mismo, tiene mucho por hacer para marcar referencias que salven a los chicos de la tiranía de sus propios impulsos.

Esta entrevista formó parte de la edición del 6 de enero de 2020 de “El Reporte de los Lunes”, el panorama semanal que reciben los miembros de RED/ACCIÓN.

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