Violencia de género en la literatura argentina | RED/ACCIÓN

Las novelas de ficción para jóvenes, una poderosa herramienta para contar, explicar y accionar en contra de la violencia de género

 Una iniciativa de Dircoms + RED/ACCION

Este tipo de relatos interpelan a niños, niñas y adolescentes al tratar el problema desde diversos ángulos y abrir la conversación. Autoras cuentan cómo la necesidad de visibilizar experiencias para comenzar a cambiar la realidad se trasladó a los personajes de sus narrativas.

Dibujo de una mujer leyendo un libro en el cual se una mujer evita que la golpeen.

Ilustración: Victoria Guyot.

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¿Cómo explicar aquello que no se entiende? 

¿Cómo poner en palabras lo que no puede decirse? 

Niñas y mujeres jóvenes de todo el mundo enfrentan situaciones de violencia de género, en su mayoría en el hogar. En el lugar en donde debieran sentirse protegidas. Y de parte de aquellos que expresan amarlas y cuidarlas: parejas, padres, tíos, padrinos, maestros.

La ONU instauró el 25 de noviembre Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, con el objetivo de visibilizar, reflexionar y erradicar todas las formas de violencia contra las mujeres.

Un 25 de noviembre, pero de 1960, tres hermanas activistas de República Dominicana, Minerva, María Teresa y Patria Mirabal, conocidas como Las Mirabal o las Mariposas, fueron asesinadas por oponerse a la dictadura de Trujillo. Esas muertes se transformaron en un símbolo para que miles de mujeres en el mundo puedan decir basta.  

La Declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer emitida por la Asamblea General de la ONU en 1993 define la violencia contra la mujer como “todo acto de violencia que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la vida privada.”

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¿Cómo decir la violencia?

¿Cómo pedir ayuda, denunciar, cuando se tiene vergüenza, miedo, culpa? ¿Cómo pueden hacerlo niñas y adolescentes cuando el agresor es aquel en quien deberían confiar?

Natalia Pino Roldán, psicóloga que trabaja con víctimas de violencia y abuso sexual, y que capacita a quienes atienden la línea 137 de Misiones, a la que pueden comunicarse tanto mujeres como testigos de violencia, ofrece una respuesta: "Cada día estoy más convencida de que el camino para trabajar violencia de género con los niños, niñas y adolescentes es acercarles material disparador: libros, series, películas, y darles la libertad de construir sus propias teorías, expresar sus opiniones, debatir".

"Con el tiempo —sigue Pino Roldán— comprendí lo poco eficaces que son las capacitaciones que damos en escuelas y universidades, donde llevamos nuestro saber y los alumnos y alumnas escuchan de manera pasiva, lógicamente con pudor de preguntar. Me he sentido avergonzada por mi enfoque adultocéntrico que de manera muy ineficaz intentó transmitir el conocimiento".

La ficción como camino. Porque cuando uno lee una historia con la que se siente identificado, una historia que lo interpela, que lo sacude y emociona, es cuando comienza a encontrar las palabras que necesita.

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¿Debe la literatura infantil y juvenil ofrecer un aprendizaje?

Rotundo no. La literatura infantil y juvenil es literatura. Solo que sus lectores tienen una edad específica. C. S. Lewis decía que "la literatura infantil es la que también gusta a los niños". Lo mismo sirve para la literatura juvenil, que trata en general temas de iniciación, temas que tienen que ver con lo que viven e interesa a los adolescentes

Por otra parte, los libros que dialogan con los temas actuales les presentan a los lectores personajes y situaciones que tal vez no sabían que existían o a los que no prestaban atención. Les dicen, página tras página: esto sucede, esto pasa ahora. Un libro siempre enciende algo, un saber, una emoción, una pregunta, una duda, una certeza.

Lydia Carreras, escritora y autora de  Nada es suficiente, colección Nube de Tinta de la editorial Penguin Random House, cuenta: "La LIJ (literatura infantil-juvenil)  visibiliza los temas de la violencia de género y otros como el bullying, los embarazos no deseados, la discriminación, el exilio, el grooming y hace su tarea, a paso de hormiga a veces, pero la hace. Pone sobre la mesa de discusión el conflicto y si bien no revela nada que los chicos y chicas no sepan, se abre el juego.  Cuando voy a las escuelas con estas historias ásperas, en general las preguntas están pautadas de antemano entre maestras y alumnos para que la charla fluya y la mañana avance. Sin embargo, me gusta tirar el anzuelo muchas veces con algún comentario fuera de libreto para desacomodarlos y ver qué pasa. Con frecuencia, entonces, desde el fondo aparece la mano levantada y la pregunta que estaba esperando, y un compañero viene y abraza fuerte, en silencio. Y nada más. Y ni falta que hace porque en ese momento, una entiende para qué está allí ese día, con esa historia, y todo tiene sentido. La historia tocó a ese chico, a esa chica y a partir de allí no hay vuelta atrás".  

En Nada es suficiente Daniela, la protagonista, tiene un novio, Javier, que la va encerrando de a poco, que la va envolviendo en su propio deseo. Cuando llega la violencia, se cuenta con las palabras justas, porque los lectores merecen ese respeto:

"Javier la tenía sujeta del pelo a la altura de la nuca y le hablaba al oído en voz baja e intensa, mientras tiraba de ella hacia adentro. Por un momento, ella se resistió a entrar braceando en el aire, pero luego puso las dos manos encima de las de su novio para aflojar el tironeo y con las rodillas flexionadas intentó quedar del lado de afuera. Javier empujó con fuerza la cabeza de Daniela hacia abajo y la arrastró del pelo hacia el interior. Hacia abajo y hacia adentro. Doblegada, ella dejó de defenderse".

La ayuda llegará de parte de una tía y de otro chico que observa, que espera, que trata de entender qué está pasando.

 

Tapas de literatura de ficción que trata la violencia de género.
Literatura de ficción que trata la violencia de género.

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Entre 2013 y 2018 el Registro Único de Casos de Violencia contra las Mujeres (RUCVM) del INDEC, contabilizó 576.360 casos de violencia contra las mujeres mayores de 14 años por razones de género. La mayoría de las mujeres tenían entre 18 y 39 años. La mayoría de los hombres denunciados eran parejas o exparejas. La violencia psicológica predomina sobre la violencia física, aunque en más de la mitad de los casos las mujeres informan sufrir más de un tipo de violencia de forma simultánea.

¿Cuántas formas tiene la violencia?

La violencia se divide en tipos para poder estudiarla. Hay violencia psicológica, física, simbólica, económica y patrimonial, sexual. 

Los libros para jóvenes enfocan la temática desde diversos ángulos y, como toda buena literatura, son obras que abren la conversación y que responden a una búsqueda del autor, que este traslada a sus personajes. 

 Cocodrilo con flor rosa, de Sandra Siemens y publicado en la colección Zona Libre de la editorial Norma, es la historia de un trauma, una negación y un recuerdo que aparecen de pronto cuando Teresa, la protagonista de 17 años, acude a un taller de pintura y, a través del arte y de la guía de su profesora Margo, desentierra aquello que no sabe cómo decir: que fue abusada por un hombre del pueblo. 

"Sos una víctima, me había dicho Margo. Nunca te olvides de que sos una víctima. Repetilo: ´Soy una víctima´.

“No sé qué esperaba. Imaginé montones de escenas. Que mamá se desesperaba y se arrancaba los pelos. Que papá lo agarraba a piñas y lo mataba. Y después me asustaba la escena y volvía atrás, hasta donde papá solo lo agarraba a piñas. Pero después tenía que explicarle a la policía por qué. Y me asustaba de nuevo porque entonces todo el mundo se enteraba y me moría de la vergüenza. Y entonces dije que no, que no iba a hablar. ¿Cómo le iba a causar ese dolor a mis padres? ¿Qué podían cambiar ahora?

“Antes de encontrar las palabras, me largué a llorar. No era lo que quería, pero lloré y mamá se acercó, se pegó a mi cuerpo y me agarró las manos.

–Qué, Teresa, mi amor”.

“Una experiencia personal fue la motivación que me empujó a escribir este libro”, dice Sandra Siemens. “Pero mi decisión fue no escribir una novela autobiográfica, sino hacer ficción. La primera aproximación al tema podría decir que fue como una investigación espontánea (no sé si eso existe), fue enterarme.

“Como le ocurre al personaje de mi novela, un día me apareció un recuerdo. Como una foto. Yo tendría unos treinta años, ya estaba casada y tenía dos hijos. Y de golpe, sin previo aviso, aparece una imagen en mi cabeza. ¿Qué es esto? ¿Estoy recordando? ¿Pasó? ¿Lo estoy inventando? ¿Por qué así de la nada?”.

“Esa imagen —continúa la autora— era una situación de abuso de cuando era niña, tal vez tendría unos ocho, nueve años. No estoy segura. Ese hecho me paralizó. ¿Mi cabeza no era confiable? ¿Cómo era posible que guardara algo así por veinte años? De todos modos no supe qué hacer con eso. Volví a archivar la foto por otros quince  años. En un momento empecé a hablar con mi grupo de amigas de la infancia. De cinco mujeres que rozaban los cincuenta años, tres habían sufrido situaciones de abuso. Nunca jamás lo habían contado hasta ese momento. Ni siquiera a sus parejas. Me conmocionó el secreto. Ellas no lo habían olvidado, pero nunca lo habían puesto en palabras. Creo que fue entonces que decidí que tenía que escribir  sobre eso”. 

La decisión de Sandra dio lugar a una novela, porque hacía falta contar: “Hablé de mi proyecto con un grupo de escritoras amigas. Tres. Las tres habían sufrido situaciones de abuso. No lo podía creer. Me conmovían tanto los abusos como los silencios que los rodeaban. Silencios demasiado largos y pesados. De manera espontánea, cuando yo mencionaba que estaba escribiendo esta novela, muchas personas cercanas me contaron los abusos a los que habían sido sometidas. Parte de esas historias contribuyen a la ficción de la novela”.

“La ficción logra visibilizar temas para la infancia, para los jóvenes y para los adultos, de una manera especial”, opina Siemens. “La lectura de una noticia periodística y de una novela que hablen sobre lo mismo nos van a convocar, como lectores, de diferente manera. La literatura nos pide una entrega, una empatía. Cuando nos adentramos en la ficción firmamos un contrato que nos compromete no solo intelectual, sino emocional, sensorial, intuitivamente. Se activan capacidades lectoras que ni siquiera sabemos que tenemos y que los llevan hasta lo más hondo, lo más primitivo”. 

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La pandemia encerró a las mujeres junto a sus agresores. 

Datos de las Naciones Unidas revelan que la violencia de género aumentó un 39% en el país durante el confinamiento obligatorio, y que se registraron al menos 19 femicidios. El 45% de los asesinos fueron las parejas actuales de esas mujeres que no tenían a dónde ir.

Si nada ni nadie puede salir y nada ni nadie debe entrar, ¿cómo llega la ayuda?

Los libros sirven muchas veces de balsa, pero no para dejarse mecer por las olas sino para adueñarse de los remos. Son, los libros que hablan del tema que uno está atravesando, un espacio en donde encontrar la fuerza para cambiar la situación, porque sus personajes lo logran. Un espacio donde hallar las palabras necesarias, porque los personajes también las están buscando. 

En la novela La chica pájaro, colección Zona Libre de la editorial Norma, la protagonista, Mara, escapa de una relación abusiva. Y mientras trata de encontrar un nuevo camino, va reflexionando y entendiendo la trama de violencia intrafamiliar en la que vivió siempre. 

La escritora Paula Bombara dice: "Estoy enfocada en el tema de la violencia contra mujeres e infancias desde que tengo memoria porque mi madre y yo la sufrimos por parte del terrorismo de Estado cuando era muy pequeña, de un modo muy cruento. La violencia, en todas sus formas, es materia de reflexión permanente en mi vida”.

“Un mediodía de 2013  en el que llevaba a mis hijos a la escuela —narra Bombara— fuimos testigos de una pelea muy violenta a la vuelta de mi casa entre dos adolescentes, una chica y un chico, ambos a las piñas, y fui incapaz de hacer algo útil. Esa parálisis que indujo la violencia me generó una gran impotencia y vergüenza frente a mis hijos, porque no pude accionar de ningún modo. Creo que la zanahoria que me llevó a la escritura fue la necesidad de salir de esa impotencia, escribir para reflexionar, para revisar mis actitudes, para desandar pasos y tomar otro camino en el que no me dejara intimidar por la violencia”.

Esa violencia de la que Bombara fue testigo es la violencia de la que escapa Mara en La chica pájaro, y que cuenta de este modo fragmentado, roto, en la ficción, porque así de fragmentada y rota está su vida:

“Yo tenía cinco años pero me acuerdo de todo. Mamá siempre. Cada vez. Decía que era así porque estaba enojado con la vida. Enojado con la vida. Ella decía así. Yo nunca entendí. Lo de enojado con la vida. ¿Les pegás a otros porque estás enojado con vos mismo? Yo digo que no. No nos quería, ¿viste?".

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La vida real no es una novela. Nadie lo pone en duda. 

En la vida real no siempre llega la ayuda. En la vida real el final no es siempre esperanzador. Pero nunca dejamos de buscar la esperanza. A veces, por eso, cuando la vida real es tan oscura, la ficción es un poco de luz. También un espejo en el cual reflejarse y saber que no se está sola, que hay otras, que esto que está pasando está mal, que debe parar, que hay que decirlo, gritarlo, denunciarlo. 

En Argentina se puede llamar a la línea 144 o al 137, o enviar un Whatsapp en caso de no poder hablar. Allí ofrecen asesoramiento y contención por situaciones de violencia de género. Para una emergencia hay que llamar al 911.

Si se está viviendo una situación de violencia de género, la página de la Ciudad de Buenos Aires aconseja: tener a mano los documentos propios y de los niños a cargo; de ser posible, mantener abiertas puertas y ventanas para que los vecinos puedan escuchar y acudir o pedir ayuda; mantener escondido un bolso con ropa, algo de dinero y una tarjeta SUBE. 

"Sanar.
Llegar hasta esa persona que sane, que me sane. 
No sé lo que es sanar.
Es descansar en alguien".
Cocodrilo con flor rosa, Sandra Siemens.


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